El frío, gélido, absoluto, lo llenaba todo. Quizá era eso lo que aún mantenía en pie a aquella mujer, a pesar de la sangre, espesa y pesada, que manaba de las heridas que atravesaban su cuerpo. Notaba la mirada de su adversario... que esperaba hasta que ocurrió lo inevitable... se desplomó... y tosió, dejando una mancha de sangre en el suelo... que no tardó en convertirse en otro témpano.
_ Ese siempre ha sido tu problema, Carol... no sabes trabajar en equipo._ Cada paso mientras se acercaba era como otra puñalada. Carol Danvers, por primera vez, se sentía totalmente impotente. _ Supongo que podemos añadir a la Capitana Marvel a la lista de héroes caídos.
Cuando aquel pie presionó su espalda, se dio de bruces con el hielo. Carol Danvers no se levantó. No volvería a levantarse aún cuando el hielo la cubriera. Nadie podría volver a por ese cadáver.
_Eso nos deja uno más y habré terminado... doctora Foster.
Jane Foster se encontraba tirada en el hielo, apoyada en una estalagmita. Se sujetaba el vientre en un vano intento de contener una hemorragia. Aunque el frío que la estaba matando estaba haciendo un mejor trabajo. Jane Foster hacía rato que intentaba pulsar un botón dentro de una aplicación de su móvil, pero el frío había congelado sus huellas dactilares y no respondía. Cuando lo consiguió, pareció rendirse, dejando caer el brazo a un lado, y observando. Quería llorar, pero sabía el sufrimiento que le causarían sus lágrimas congeladas.
_¿Qué me dices, Jane?_ Le preguntó_¿Quieres que te ayude? No digas que no muestro compasión. Dejarte morir de frío sería... cruel.
_ Haz lo que tengas que hacer.
Hubo un último grito que se escuchó por aquel páramo helado... que atravesó distancias que no parecían posibles. En ese momento nadie pudo saberlo... pero el último de los vengadores... había perecido.
Algún tiempo más tarde
Era un sonido insistente, como el despertador de una alarma que parece no dejar de sonar. El sonido que vino después, propio de una descompresión, no era tan habitual. Vino seguido de un ruido sordo. En lo más profundo de las instalaciones de Shield... una mujer trataba de incorporarse, tiritando. Consiguió alcanzar una manta y envolverse con ella, pero no era suficiente. Acababa de salir de un bloque de hielo.
_ No sé si creéis que dejarme sola es divertido, pero traedme un chocolate al menos.
En aquella noche cerrada, sólo había un par de guardias de seguridad, por eso tardaron tanto en llegar, en darle el chocolate que había pedido y en ayudarla a entrar en calor.
_ ¿Dónde está Jane?_ Preguntó. Al ver que se miraban mutuamente, suspiró. _ Jane Foster, no tiene pérdida ¡Tenéis que saber dónde está! Es alguien importante.
Cuando ambos guardias bajaron la mirada casi al mismo tiempo, y negaron con la cabeza, la mujer no necesitó que le explicaran nada más.
_ Ella dejó un mensaje para usted._ Dijo uno de los guardias, pasándole un pequeño pendrive._ Dijo que lo reprodujera si pasaba algo de esto.
_ Dejadme sola, por favor.
Se dirigió a una sala amplia y circular. En su centro se encontraba lo que parecía un dispositivo de reproducción. Insertó el pendrive en el lector USB del que disponía y, tras seleccionar el archivo, un holograma de Jane Foster se reprodujo frente a ella.
_ Hola, Darcy_ Se estremeció al escuchar su nombre. _ Si estás viendo esto, es que he muerto en una misión. Sé que te prometí que te sacaríamos de ese hielo cuando descubriéramos como curar tu enfermedad... Pero no pude. Sentía que el mundo estaba sumido en un desastre, y ese no es el mundo en el que quería que volvieses. Lo fui postergando cada vez más... y ahora, ya es tarde. Ya no puedo hacer más... y tengo que poner esa carga sobre tus hombros.
_ ¿Yo? Tienes que estar de coña._ Espetó en voz alta, a saber de que no podía oírla.
_ Eres la máxima autoridad de Shield ahora mismo, Darcy. Todo está en tus manos. Me habría gustado ser yo la que te despertara, la que te dijera que estabas curada... pero no ha sido así. Y lo lamento mucho.
Dos días más tarde
Nadie esperaría que una residencia de ancianos tuviera tanta seguridad. Pero había dos agentes armados que vigilaban aquella puerta, día y noche. Sin embargo… nadie parecía estar vigilando la ventana. Y cuando lo que parecía una pequeña mosca atravesó entre las rejillas de la ventana... alguien reaccionó.
Incluso en la cama, con la vista de su único ojo casi perdida, Nick Fury tuvo los reflejos para sacar su arma del segundo cajón de la mesilla y apuntar al punto exacto en el que esa mosca... o esa avista, crecía hasta adquirir el tamaño de una persona. Cuando se quitó el casco, Darcy se le quedó mirando.
_ Vaya, te veo desmejorado. Baja el arma viejo, soy Darcy Lewis... Puede que esté loca, pero no trabajo para Hydra... si es que existe aún.
Fury, no sin cierta reticencia, bajó el arma y se concentró para alcanzar a ver a aquella mujer.
_ Para la mayoría, veinte años no pasan en balde. Aunque veo que tú eres una excepción.
_ ¿Veinte años, eh? ¿Eso ha hecho falta para acabar con los vengadores?
_ Si dices eso es que estás al mando... ¿Por qué te has colado por la ventana con un traje que no es tuyo en vez de venir por la puerta?
_ No me han investido aún... dudo que tus gorilas me dejaran pasar. Y no tengo paciencia para estas cosas. Prefiero invertir mi tiempo en cosas importantes como venir a verte o comprar gominolas. Las de los ositos me encantan.
_ Conserva ese humor... te vendrá bien cuando estés al mando.
_ Sobre eso... entre tú y yo... ¿Qué coño hago?
Fury sonrió.
_ Sabes exactamente lo que voy a decir, Darcy... no sé para qué te has molestado en venir.
_ No te atreverás...
_ Existía una idea...
_ Te has atrevido.
Darcy bufó, negando con la cabeza.
_ ¿Tu plan es que yo... ¡Yo! Vuelva a formar los Vengadores? ¿Te parezco el Capitán América?
_ En algunas cosas sí que te pareces a él. Sois igual de testarudos.
_ La mayoría de la gente odia a los Vengadores._ Hizo una pausa. _¿Crees que voy a convencer a un grupo de suicidas para que se unan a la causa?
_ Espero que sí, Darcy. El mundo depende de ello. Y ahora, si me disculpas, es la hora de mi almuerzo
Esa misma noche
Había muchas tumbas en aquel cementerio. Pero ninguna tenía más flores que aquella. Había tantas que casi costaba leer la lápida a la que alguien parecía sacar el lustre muy habitualmente. Darcy se arrodilló frente a esta, y se la quedó mirando un buen rato antes de hablar.
_ Así que... aquí estamos, Steve._ Miró la tumba y suspiró. _ No sé cómo lo haces. Hay gente que odiaba a Banner... a Tony... incluso a Thor y Jane... pero a ti... a ti te quería todo el mundo.
Darcy pasó los dedos sobre la lápida con cierto respeto y dejó una flor junto con el resto. La verdad es que no destacaba en absoluto en aquel jardín.
_ ¿Sabes una cosa?.. no es justo. Para ti sería muy fácil. Sólo tendrías que levantar tu escudo y gritar. "Vengadores, uníos"._ Se le escapó una leve sonrisa. _Todo el mundo tiene razón en creer en ti.
Miró a las estrellas.
_ Y si embargo, no sé qué ven en mí. Ni Nick, ni Jane... pero si es lo que quieren... bueno, hagámoslo... busquemos a los vengadores... otra vez
Se levantó y dio un par de pasos... se detuvo y se giró.
_ Pero lo haremos a mi manera. Y me da igual lo que opine Fury.
Tres meses después
El despertador sonaba por segunda vez. Augustine Morgan se levantaba de la cama de mala gana. Lo había estado celebrando. A pesar de no ser algo seguro, era la primera vez que la llamaban para una entrevista de trabajo hacía bastante tiempo. A su edad ya nadie parecía hacerle demasiado caso. Parecía que nadie quería tener a una madre soltera de más de cuarenta años.
Su madre se había quedado con la niña, así que en aquella ocasión tenía tiempo para prepararse. Darse una buena ducha, maquillarse. Se habría preparado un buen desayuno, pero se le había formado un nudo en el estómago. Aún quedaban dos horas para el momento en el que tenía previsto salir.
Se preparó un sándwich de queso y se lo guardó para después. Salió de casa, caminando temblorosa mientras su cabello oscuro parecía querer ondularse. Había nervios en sus ojos azules. No paraba de pensar en su acento. Le preocupaba que el acento inglés sonase condescendiente.
Era una estupidez, pero era algo a lo que no dejaba de darle vueltas. No sería la primera vez que la miraban raro por eso. Llevaba ya veinte años en Nueva York, pero su acento era tan pegajoso que no era capaz de quitárselo de encima por mucho tiempo que pasase.
Usó su abono para entrar en el metro y se quedó de pie. Había sitio en el que sentarse, pero sentía que tenía demasiada energía en el cuerpo. No le apetecía estar sentada. Lo cierto es que fue una buena idea, porque no pasaron muchas paradas hasta que se encontró rodeada. El metro de Nueva York estaba tan lleno como ya era costumbre… Y Augustine no pudo ignorarla.
Aquella mujer estaba tumbada en los bancos, con un sombrero vaquero sobre la cabeza. Lo cierto es que Augustine no estaba extrañada de que impusiera a la gente. Aunque llevaba un top bastante escueto, sería difícil vislumbrar alguna parte de la piel de su torso, pues estaba cubierta de ríos de tinta. Cada parte de su anatomía estaba adornada con un dibujo distinto.
Augustine no habría intervenido en circunstancias normales. Pero sentía que tenía un deber cívico, y que aquella mujer estuviera tumbada en el asiento mientras una señora embarazada estaba sujetándose precariamente a las barras para no caer la sacaba de quicio. Así que se acercó y tosió sonoramente. La mujer no pareció hacerle caso.
_ Disculpe…_ Finalmente la mujer levantó el sombrero que le cubría la cara.
Incluso en su rostro había tinta. Una hilera de estrellas adornaba el lateral izquierdo de su rostro, formando un arco en el ojo. Era bonito y al mismo tiempo, le resultaba imponente.
_ ¿Qué carajo quieres, inglesita?_ Le preguntó, de malos modos._ ¿Qué tiene que hacer una para que la dejen dormir en esta lata de sardinas de mierda?
_ Señorita… Verá..._ Augustine tragó saliva, por cómo había hablado, dudaba que fuera receptiva._ Está usted ocupando mucho sitio. ¿No cree que debería hacerse a un lado para que se pueda sentar esta señora?
Augustine se puso pálida. La señora ya no estaba. Se había bajado en la parada anterior. Un escalofrío acababa de recorrerle la espalda.
_ Me sentaré donde me dé la puta gana, cerda británica._ Le espetó la mujer, de mala gana._ Como me vuelvas a molestar te parto la puta boca, ¿Entendido?
Augustine dio un paso atrás, le temblaban las piernas. Se retiró lentamente y volvió a sujetarse a la barra.
_ Eso me parecía._ Espetó la mujer, acomodándose de nuevo en su sitio.
Ella estaba muy mayor para andar metiéndose con macarras. Tenía que haber aprendido ya la lección de que hacerse la heroína no le salía bien. Se bajó del metro y se dirigió hacia la calle. Era temprano, pero eso no la detuvo. No sabía si eso daría una buena o una mala impresión. Notó que la mujer tatuada la seguía. Notando el sudor frío, comenzó a encaminarse al lugar en el que la habían citado. La mujer no se apartó de su rumbo. De haber sabido lo que se le venía encima, no la habría molestado. Cuando se quiso dar cuenta, estaba corriendo.
Mientras tanto, en otro lugar.
Se escuchaban cánticos desde el piso superior, un coro de góspel que entonaba una letra que Robert no lograba entender desde la distancia. Durante un instante, cuando la trampilla que se encontraba en la entrada de aquel oscuro y polvoriento sótano. Los pasos de su captora resonaron cuando pisó sobre los gastados escalones. El polvo en suspensión pareció alterarse ante su presencia.
Era una mujer que ya había alcanzado la madurez, con unos ojos claros que miraban como los de un águila. Incluso aunque la cortina de cabello pelirrojo cubría uno de ellos en aquel momento, Robert podía sentirlo clavarse en él, como si lo atravesara.
Iba vestida con un uniforme militar, su rostro estaba sucio, manchado de tierra. A su espalda llevaba un arco, ese maldito arco. Y en su mano, una pistola que colocó sin el menor ánimo de duda sobre la frente de Robert, que estaba temblando sobre la silla.
Cualquiera pensaría que un agente de S.H.I.E.L.D bien entrenado estaría preparado para una situación como aquella. Y lo había estado cuando unas cinco horas antes había bajado la mujer por primera vez… y había asesinado a su compañera sin mediar palabra. El cuerpo estaba a su lado… en el suelo. No había podido apartar la vista de él.
_ Dime… Bob… ¿Ha merecido la pena venir hasta aquí a espiarnos?_ Su voz era profunda, calmada._ ¿Ha merecido la pena que Rose haya tenido que morir por la curiosidad de tus jefes?
El pulso de Robert se elevaba. ¿Cómo sabía ella todo eso? Él no había hablado con nadie, no habían dado sus nombres.
_ ¿Qué dirán Thomas y la pequeña Lucy si aprieto el gatillo ahora y papá no vuelve? ¿Cuánto lleva Mary preparando la fiesta para la pequeña? Por lo menos un mes… sería muy triste que papá no asistiera y le cantara su nana especial, ¿No crees?
Los ojos de Robert estaban abiertos de par en par, y su expresión congelada en un rictus de terror. Ella sabía sobre su familia… ¿Cómo? ¿Cómo podía saber todo eso? Le habían pedido que investigase a un culto religioso que parecía salirse un tanto del tiesto, y eso había hecho. ¿Cómo podía saber tanto sobre él su líder?
_ Y por eso, Bob..._ La pelirroja bajó el arma._ Te voy a dejar ir a casa… ¿Le darás un poco de tarta a Lucy de mi parte?
Robert no era capaz de hablar mientras la mujer le desataba y le cogía del brazo. Podría haberse revuelto y haber intentado escapar. Pero su cuerpo no le respondía.
_ Quieres ir a casa, ¿Verdad?_ El cañón del arma se pegó a su espalda._ Entonces… ¿Por qué no me lo pides?
_ Quiero… quiero ir a casa._ Rogó, con lágrimas de impotencia en los ojos.
La pelirroja extendió su sonrisa.
_ No está mal que llores, Bob. Tu padre te mintió. No eres menos hombre porque lo hagas.
Sintió como algo en su corazón se rompía mientras la mujer lo llevaba escaleras arriba. Se vio a sí mismo frente al altar de una iglesia en cuando cruzaron una pequeña habitación. El coro, tras él y la mujer, estaba cantando a pleno pulmón. Robert estaba demasiado aturdido para entender la letra. Tan sólo escuchaba aquella palabra, aquel nombre. Janet… el nombre de la mujer que lo empujaba.
Janet Jones lo empujó por aquella iglesia, y él no se resistió. Sentía que el miedo le había vencido. Cuando salió y pudo ver el sol, un asomo de sonrisa apareció en su rostro.
_ Ve a casa, Robert._ Le dijo en un susurro._ Y dile a tus amigos que no vuelvan a espiarme… sólo quiero paz… ¿Has entendido?
Le soltó. Y un instinto primario se apoderó de él. El coche no estaba lejos. Comenzó a correr. Pero Janet no se quedó quieta. Sacó el arco de su espalda y una flecha salió del carcaj. Lo tensó con parsimonia, ajustando la mira. Esperó a un instante en que el viento pareció calmarse.
La flecha salió disparada, produciendo un silbido cuando cortó el aire. Robert pudo escucharlo, y frenó. Pero no pudo reaccionar a tiempo… la flecha atravesó su pierna derecha. Lo hizo limpiamente. Se cayó al suelo. Robert se giró y sus ojos se encontraron con aquellos dos orbes azules clavados en los suyos.
_ Puedes volver a casa, Robert..._ Insistió._ Pero no sin penitencia. El perdón nunca llega sin un precio.
Se giró y se encaminó a la iglesia. Antes de entrar, se volvió de nuevo hacia el hombre, que entre gruñidos y gritos intentaba sacarse la flecha.
_ Que dios te bendiga, Robert.
