CAPÍTULO 1 – Mi nueva vida

Vale, ahora sí que comenzaba a sentirme nerviosa. El nudo en el estómago era soportable pero la opresión en el pecho me estaba preocupando. Estaba en un taxi camino a un pueblo llamado Forks y ya estaba echando de menos las charlas banales de los taxistas en España; necesitaba distraerme y aún no tenía tarjeta para conectarme a internet. Busqué nerviosa un pequeño espejo en la mochila, tenía que disimular las ojeras que seguramente tendría. Una chica de tez clara, ojos oscuros y ojeras grises me devolvió la mirada. Vaya, podría ser peor.

Había tomado la decisión de dar clases de español tres meses atrás. Al principio nadie de mi familia se lo tomó demasiado en serio, siempre había sido una chica asustadiza cuya mayor aventura se limitaba a pasar una semana en Londres cuando tenía veinte años. Es normal que no me tomaran demasiado en serio pero después de terminar una relación de nueve años necesitaba escapar de allí, dejar mi vida atrás.

Y ahora aquí estaba, en un taxi que olía a humedad, con dos maletas enormes y un móvil sin conexión que contenía toda la información necesaria para poder sobrevivir. A lo mejor debería haberlo apuntado en mi cuaderno, me encantaban los cuadernos pero al final siempre los dejaba en blanco.

Pagué al taxista y me ayudó a bajar las maletas. En la puerta de casa estaba un hombre de aspecto juvenil que se acercó en seguida a saludarme. Era bastante pálido, pero supongo que a partir de ahora debería acostumbrarme a esa tonalidad, vestía unos vaqueros, camisa de cuadros y una gorra roja pese a que no era un día soleado. Supuse que era mi nuevo casero.

- Hola, ¿eres Eva?. Encantado, yo soy Matt - dio tres amplias zancadas hasta llegar a mi altura, el patio de la casa estaba lleno de barro pero no pareció importarle.

- Sí, espero no haberte hecho esperar demasiado – le di la mano y él cogió una maleta mientras andábamos hasta la puerta de mi futura casa.

- Nada, no te preocupes. Supongo que estarás cansada, no te quiero entretener demasiado. Aquí tienes mi número y algunas notas sobre el pueblo, ya sabes, números de emergencia, dirección de tiendas … - Me dio un papel con varios números anotados y entramos en la casa tras sacudirnos bien el barro de los pies.

Era una casa preciosa, vale que siempre había vivido en pisos de 90m2 pero objetivamente era preciosa. Tenía una amplia sala de estar nada más entrar y una pequeña cocina abierta a su derecha. En la parte izquierda, unas estrechas escaleras llevaban al piso de arriba donde se encontraba mi dormitorio, una habitación de invitados y el cuarto de baño. Había leído tantas veces la descripción de su página en Airbnb que me lo sabía de memoria.

Matt, mi casero, comenzó a hacerme un pequeño tour por toda la casa. Desde dentro no notaba ni el frío ni la humedad que hacía en la calle, se estaba bien. La casa era exactamente como en las fotografías; la cocina tenía una pequeña isla, un microondas, horno y un frigorífico de hace veinte años. La sala de estar tenía dos sofás formando una ele frente un pequeño televisor, la ventana daba al patio de entrada; perfecto para ver quién rondaba la casa (yo siempre previsora del mal augurio). El piso de arriba era estrecho, mi habitación estaba a la derecha y tenía una ventana enfrente de la cama que daba al patio trasero lo cual significaba intimidad porque aquí las persianas no existían, claro. El resto del piso de arriba lo conformaban el aseo y la habitación de invitados. No podía pedir más.

Después de que Matt se fuera, saqué la ropa de la maleta, cogí mi bolsa de aseo y me fui a dar una ducha. Por fin volvía ser persona, eran exactamente las 6 de la tarde y tenía algo de tiempo para ir a comprar la tarjeta de móvil y conocer un poco el pueblo, muy poco dado lo cansada que estaba pero madre mía, estaba sola en un sitio completamente nuevo y la emoción podía más que el cansancio. Me puse la camiseta negra ancha de Monki, unos leggins vaqueros, las vans y salí de casa con una pequeña mochila a mi espalda.

La verdad es que no me lo creía, iba flotando todavía, tanta vegetación, el tipo de arquitectura, la gente... Todo era distinto. Desde fuera tenía que tener un aspecto ridículo, sacando fotos a cada pequeño rincón. Pero qué demonios, era mi primer día.

Al llegar a la tienda compré algunos alimentos básicos para sobrevivir y la tarjeta. En cuanto llegué a casa me conecté, estuve hablando con mi madre quien todavía no creía que no fuera a ir cada domingo a comer paella. En España tenía mi vida hecha, trabajaba en un colegio dando clases de literatura castellana, vivía con mi novio desde hacía 2 años y no tenía ningún problema importante. Mi vida era esencialmente aburrida. De lunes a viernes, al llegar a casa recogía los platos del día anterior y me sentaba a ver una serie de televisión esperando a que Ricardo, mi novio, llegara. Luego dependía de su humor, si llegaba estresado seguramente discutíamos y si no íbamos al gimnasio. Los fines de semana se pasaban sin más. Entre limpiar e ir a comprar no tenía una vida muy emocionante. Pensaba que eso estaba bien, quiero decir, siempre me decían que tenía mucha suerte y creía que él pensaba lo mismo; que con estar juntos bastaba. Pero no fue así, un día me dijo que tenía que hablar conmigo y al día siguiente sus cosas no estaban en casa. Es curioso, ¿verdad?. Como nunca te planteas que tu vida puede cambiar de la noche a la mañana sin tú decidirlo, como das por hecho que todo va a seguir igual siempre.

Así que aquí estaba siendo atrevida y aventurera. Ahora no podía decir que fuera aburrida. Había decidido hacer lo que siempre quise y nunca me atreví. Haciendo lo que yo quería sin esperar la aceptación de nadie. No podía venirme abajo delante de mi madre y decirle que tenía miedo, que estaba sola y que no sabía si iba a sobrevivir; no al menos cuando hacía apenas 24 horas que la había abrazado por última vez.

El domingo fue un día aburrido, ordené mis cosas, observé llover desde la ventana de mi habitación y lloré un poco poniendo todas las fotos de mi vida por la casa. Por la tarde decidí ir a dar una vuelta campo a través. En mi ciudad natal básicamente teníamos polvo y pinos, para mí esto era como un cuento. Cogí un chubasquero, el móvil y las llaves de casa; no recuerdo cuando fue la última vez que salí sola a dar un paseo sin más, sin tener una razón para hacerlo como cuando iba a hacer la compra, a visitar a alguien o al trabajo. Al cerrar la puerta me invadió un sentimiento de nerviosismo, como si estuviera haciendo algo malo, algo peligroso; así era mi vida de aburrida. Me reí de mí misma y comprobé por cuarta vez que el móvil tenía cobertura y las llaves eran las correctas, por si acaso.

Al lado de casa había un pequeño sendero que se internaba en el bosque así que lo seguí. Eran las 5 de la tarde, tenía tiempo de sobra hasta que anocheciera, y quién no quería hacer unas fotos del atardecer en aquel sitio. Seguro que me sentaba bien tener unos cuantos likes en IG y que la gente viera que podía sobrevivir estando sola a tantos km de distancia. No me desvié del sendero, tampoco quería ir de exploradora el primer día, hasta que llegué a un pequeño riachuelo, creo que nunca había visto algo tan bonito. La luz se colaba por entre los árboles y las pequeñas gotas que saltaban brillaban como diamantes. Me quedé un rato observándolo hasta que lo salté y seguí andando. No paraba de hacer fotos y pararme cada dos pasos, así que todavía no entiendo por qué me perdí. Vale que todo era verde y me experiencia de senderista se me limitaba a ir a comprar el pan, pero tampoco me se podía tachar de inútil, ¿no?. Había conseguido trabajo al otro lado del mundo y había llegado hasta aquí yo solita... Para acabar perdida, al lado de mi casa, el segundo día. Me intenté situar con la aplicación Maps del móvil pero no había cobertura. Perfecto. Me estaba empezando a poner nerviosa así que agudicé el oído por si escuchaba el sonido del agua correr y sí... ¡sí!, ahí estaba. Seguí el sonido cuando me llevó a la absoluta nada, genial. Alcé el brazo para conseguir algo de cobertura cuando un ruido de pisadas detrás de mí me asustó. Di un pequeño salto y se me cayó el móvil al suelo, en seguida me agaché a recogerlo cuando unas manos bronceadas se me adelantaron.

- Hola, perdona el susto - ¡Vaya, VAYA!, unos ojos oscuros me miraron con curiosidad mientras nos incorporábamos. Era alto, muy alto, tenía el pelo negro y bueno, no llevaba camiseta. ¿Por qué no llevaba camiseta? No hacía calor precisamente, y ¿qué hacía en mitad de la nada?, ¿debo temer por mi vida ya?

- H-hola, no pasa nada. Vaya, gracias – Cogí el móvil y rocé sus manos sin querer. Estaba ardiendo, espero que no notase lo que me sudaban las manos. En cuanto me pongo nerviosa mis manos deciden ser poner de su parte y empezar a soltar agua.

- No te había visto por aquí antes, aunque yo no vivo en el pueblo pero no pareces de por aquí. ¿Te has perdido? - Era obvio, ¿no?. Quiero decir, había escuchado mi acento y había visto mi cara de pánico. Quería pedirle me ayudara pero no quería ser la reina del patetismo el primer día. Mantenter las compostura, eso, tenía que aparentar tranquilidad; pero era guapo, no guapo tipo bebé si no guapo tipo dios mío qué guapo eres. Vale, mantener la compostura.

- ¿Tanto se me nota? -me reí- Sí, llegué ayer y estaba dando un paseo, creo que me he alejado demasiado – Espero que entienda que le estoy pidiendo ayuda discretamente, por aquí entenderán eso supongo, a lo mejor debería ser más directa, pero ¿por qué no lleva camiseta?. Mírale a los ojos por dios, espero que no sea … Madre mía, y si es una especie de violador o un asesino. Maldita sea, yo no valgo para ser aventurera.

- No demasiado, pero te he visto esto... buscar cobertura con el móvil y bueno, no parecías tener muy claro dónde ir. Me llamo Seth, por cierto. - Me dio un apretón de menos y se rió, parecía algo nervioso. Supongo que no estaría acostumbrado a encontrarse con extranjeras en apuros por esa zona.

Vale, al menos no parece que sea peligroso. En verdad, parece bastante simpático. Me toqué mis rizos rubios deseando que no se me hubiera bufado tanto el pelo como pensaba. Definitivamente, iba a ser un desastre con este clima.

- Hola Seth, yo soy Eva. La verdad es que no tengo ni idea de dónde estoy o cómo llegar a casa. Me tengo que acostumbrar a tanto verde... - Miré alrededor evidenciando mi frase. Esperaba que fuese justificación suficiente. Seth, chico guapo sin camiseta, ayúdame por favor. Él me miró y en seguida sonrió hasta acabar riéndose.

- Vale, no te preocupes. No estás muy lejos del pueblo, si quieres dime dónde vives y te acompaño. Yo estoy acostumbrado a correr por esta zona y la conozco bastante bien – Parece que le hacía gracia su propio comentario, aunque yo no entendí ni el porqué de ellos ni tampoco por qué alguien decide ir a correr en vaqueros cortos en un día lluvioso pero bueno, quién era yo para juzgar a nadie.

Le dije dónde vivía y se alegró de saber que estaba a tan sólo unos minutos andando a mi paso. Tampoco entendí a qué se refería con 'mi paso'. ¿Paso de perdedora en apuros? No lo creo, me acababa de conocer. Le miré recelosa y dije simplemente 'ok'. Al principio no hablamos nada, lo que se me hacía bastante incómodo pero al final acabó preguntándome de dónde era. Gracias chico guapo sin camiseta que se llama Seth. Le conté más o menos mi vida resumida, y parecía entretenerle. Él me contó que era sólo dos años menor que yo, aunque parecía de mi edad o un poco mayor; vivía en una reserva a unos kilómetros del pueblo y trabaja de profesor en una escuela que tenían allí. Me alegró saber que también era profesor, y conocer finalmente a alguien de mi edad. Me estuvo contando un poco de su vida allí y cómo había decido independizarse pese a vivir ahora a tan sólo diez minutos de la casa de su madre.

- Supongo que irte tan lejos de tu casa tiene que ser duro. Yo tenía muchas ganas de salir de la mía, aunque no me he ido muy lejos, claro – Parecía buena persona. En cuanto me di cuenta habíamos llegado, realmente se me había hecho corto. Me había sentido muy cómoda hablando con él.

- Bueno, sí. Me tendré que acostumbrar. Aún estoy un poco descolocada con el cambio... Espero hacer algún amigo al menos. Quiero decir, gente de mi edad, del pueblo y poder salir a tomar algo - Bien, Eva. Mostrando tu desesperación por tener amigos. El primer chico que conoces, no sólo te salva si no que le anuncias un 'busco amigos'. Miré hacia la puerta, incómoda, pero él simplemente se miró con una media sonrisa en la cara.

- Seguro que sí, pero si quieres puedes apuntar mi número de teléfono. Ya sabes, puedo ser tu primer amigo aunque no sea del pueblo. Espero que también cuente – Oh, eso no me lo esperaba. Realmente era una buena persona.

- ¿De verdad?, ¿No te importa?. Claro que cuenta. - Me miró a los ojos y me dictó su número de teléfono con una sonrisa, espero que no se diera cuenta del temblor de mis dedos. Ahora se me hacía una malísima idea tener este teléfono móvil tan pequeñito. Me equivoqué varias veces mientras mi cara ardía de la vergüenza.

- Escríbeme cuando tengas un rato y así me apunto el tuyo – Se quedó pensativo un momento, como mirando a la nada y enseguida se despidió – Bueno, me tengo que ir Eva. Encantado de conocerte, intenta no perderte otro día – Se fue riéndose y medio corriendo, de vuelta al bosque. El color anaranjado del atardecer le daba a esta situación un tono todavía más extraño.

- Sí..., lo intentaré. Muchas gracias nuevo amigo – Sonreí al despedirme con la mano mientras él se iba. Se volvió sonriéndome en cuanto escuchó lo de nuevo amigo. Oh, vamos Eva. El primer chico que conoces y ya te estás pillando. Vale que es guapísimo, amable y parece buena persona. Pero a lo mejor aquí es todo el mundo así, ¿no?. ¿No?. Ok. Vale. Me he pillado de una tal Seth, que me rescató del bosque y al que le he prácticamente rogado ser mi amigo.

Entré riéndome en casa cuando me empezó a vibrar el móvil, mi mejor amiga Patricia me llamaba. Justo a tiempo. Descolgué rapidísimo para decirle que se conectará al ordenador, tenía que contarle una cosa mirándole a la cara y que me dijera que estaba loca y me centrara, le llamaría en unos minutos. Colgué y me fui a dar una ducha antes de ponerme cómoda. Parece que en mi segundo día ya me estaban pasando cosas emocionantes.