Bueno Frey, helo aquí. Estos dos no cuarentenean. Espero que lo disfrutes.
¡También a quien sea que lea esto!
Disclaimer: eso, nada me pertenece en este mundo, salvo la trama de este fic y algunas otras cosillas. Digimon no.
Mañana lluviosa. El frente de un edificio. Las gotas, ágiles, ávidas, azotando la vereda. Los faroles, luces artificiales, encendidas. Las nubes negras parecen quietas, sin intención de moverse. Bajo la tormenta, Taichi espera. Manos dentro del bolsillo de su largo abrigo, que chorrea agua. Espera, mirando hacia el edificio, hacia la puerta cerrada. Su rostro es serio, casi inexpresivo. Hay algo en su ceño, algo parecido a la angustia.
Los segundos pasan y pasan. La lluvia no cesa. Él no se mueve de donde está. Lento, muy lento, la puerta principal del edificio se abre. De ahí, sale un paraguas transparente, sostenido por un joven pelirrojo. La puerta se cierra, el recién salido justo frente a ella. Taichi lo observa, sin mover ni un ápice su cuerpo.
—Te estás mojando —dice Koushirou.
—Sí... —responde Taichi.
Ninguno de los dos avanza ni un sólo paso. La lluvia parece caer con más intensidad, resonando contra el pavimento. A Taichi le da un escalofrío. Su espalda se sacude un poco nada más.
—Te llamé —le dice al pelirrojo—, varias veces.
—Estaba ocupado. Estuve a punto de mandarte un mensaje.
—No lo hiciste.
—Ya estabas aquí.
Ambos se miran. Koushirou avanza unos pasos, hasta quedar al costado de Taichi. Con el paraguas, también lo protege al otro de la lluvia. Una pareja pasa, protegida bajo un paraguass naranja, por la acera de enfrente.
—Tengo que ir a comprar algunas cosas —suelta Koushirou, como al pasar.
Sin mediar más palabra, dobla a su derecha y emprende marcha, a paso lento. Taichi observa su espalda mientras se aleja. Pasa un momento, y el moreno sale en medio trote hasta alcanzar al pelirrojo. Llega a la altura de él e iguala su andar. En silencio, ambos caminan.
Sus pasos chapotean contra la vereda, levantando unas pocas gotas. Sus brazos se contonean al mismo ritmo, izquierdo y derecho. Sobre el paraguas, caen gruesas gotas. El rostro de Taichi se ve empapado, el de Koushirou, completamente seco.
Llegan a un cruce con otra calle, que se abre sólo hacia su derecha.
—¿Cómo has estado estos días? —pregunta entonces Taichi.
—Bien —responde Koushirou, con sequedad—. He estado ocupado con la universidad.
—Siempre el responsable —suelta el otro, medio sonriendo.
—Alguien debería serlo.
El semáforo de peatones se pone en verde. Koushirou cruza. Taichi se queda en la esquina.
El pelirrojo llega al otro lado. El moreno, quieto en su lugar, bajo la lluvia. El semáforo se pone en rojo.
Koushirou se gira a ver a su acompañante. Ninguno de los dos dice nada. A ambos, sólo llegan las gotas que caen. Y caen.
—¡Te estás mojando! —grita Koushirou. Su voz parece irritada.
—¡Ya lo sé! —devuelve Taichi, con el mismo tono.
Con un brusco movimiento de la mano, Koushirou arroja su paraguas a un costado. Abre sus brazos, como si le estuviera mostrando algo a Taichi.
—¡¿Ves?! ¡Ya somos dos!
Taichi frunce el ceño. Bufa. El semáforo de peatones se pone en verde.
—¡No seas idiota, Koushirou!
—¿Idiota? ¡¿Yo?!
—¡SÍ! —grita Taichi, y el aire parece escapársele de los pulmones. El semáforo se pone en rojo. Koushirou, del otro lado, se cruza de brazos.
—Esto es ridículo —murmura el pelirrojo, pinchándose con los dedos el puente de la nariz.
Las luces de dos autos se acercan a lo lejos por la calle. Cruzan, uno yendo a la izquierda, otro a la derecha. Uno azul, el otro gris.
Taichi sólo observa a Koushirou, que ahora mira hacia un punto fijo en el suelo, mirando más que nada al vacío.
—¿Eso fue todo? —Se oye decir a Taichi desde el otro lado. Koushirou no parece reaccionar— Respóndeme, Koushirou... ¿eso fue todo?
El pelirrojo mira hacia adelante, en dirección a Taichi. Sus brazos caen a su costado. Sus ojos se llenan de lágrimas.
—No... no lo sé, Taichi. Yo... yo... yo...
Apreta sus párpados con fuerza. A pesar de la lluvia, puede notarse que está llorando.
De lejos, vienen tres autos. Corriendo, Taichi cruza la calle. Se escuchan bocinazos, varios. Llega a donde está Koushirou. Lo abraza. También llora.
Se separan. Ambos se miran a los ojos. Taichi se acerca lento, muy lento, a Koushirou. Igual de lento, se acerca a sus labios. Igual de lento, lo besa. Con pausa, con paciencia, con cuidado. Koushirou sigue llorando. Taichi, ya no.
Se apartan. Se distancian con un metro entre ambos.
—Esto es confuso, Taichi. Yo, ya no sé más... no sé más...
Koushirou llora. El otro lo observa, sin hacer movimiento, aunque su expresión es mucho más suave que antes.
—Lo sé, Kou, lo sé.
Ambos se miran. El paraguas está sobre la calle, olvidado por ambos. Codo a codo, reemprenden su andar. No hablan, no se miran, tan sólo andan.
Llegan a un pequeño edificio iluminado de blanco, de vidrio por fuera. Dentro, pueden verse varias góndolas, algunas heladeras contra las paredes. Encima, un cartel verde, rojo y amarillo.
Los muchachos se miran. Taichi sonríe. Koushirou no. Con la mano izquierda, el moreno acaricia el rostro del pelirrojo, que apenas cierra los ojos.
—Nos vemos Koushirou —le dice, con una media sonrisa medio triste—. No olvides comprar las moras y el té.
Koushirou tan sólo lo observa, mientras Taichi se aparta.
El pelirrojo entra a la tienda, su espalda bañándose de la luz blanca del interior. Taichi se queda fuera, mirando a Koushirou entrar. Cuando las puertas se cierran, empieza a caminar hacia adelante.
Taichi se pierde entre la lluvia, por la acera, en la ciudad. Koushirou revisa una góndola.
Fue corto, pero salió lo que salió.
Si se me pasó algo, por favor avisen.
¡Saludos! ¡Y quédense en sus casas!
