Enmudeció y contempló a la muchacha sin ánimos de exclamar palabra alguna, ella continuaba ojeando el libro entre sus manos con despreocupación; y es que Beatrix, que en su opinión era un nombre bastante predecible, no era exactamente la persona más juiciosa para ser mortífaga, pero tampoco tenía veredicto sobre aquello: su problema era ser demasiado impulsiva y melodramática. De tal palo, tal astilla.
Cuando la vio por primera vez, Severus pensó que poseía ciertas similitudes con su estimada Lily. Pensándolo mejor, eran tan idénticas que le provocaba una sensación desconocida.
– Severus. –llamó ella, alegre. Era la quinta vez que solicitaba su presencia en menos de diez minutos y el mortífago estaba reconsiderando la idea de lanzarle una maldición imperdonable–. Recuérdame el plan; estaba prestando atención a otra cosa.
Mentira, no se parecía en nada a su querida Lily.
Beatrix le miró con los chispeantes ojos esmeraldas y esbozando una tenue sonrisita, en realidad era más como una mueca burlona, pero tampoco tenía opinión alguna sobre eso; y sus cabellos, tan escarlatas como rosas, deslumbraban contra la luz solar que se asomaba por los amplios ventanales. Evidentemente la apariencia entre ambas era bastante similar.
– ¿Qué pasa por tu mente, Sev?
Sus miradas volvieron a encontrarse. Beatrix había abandonado su posición en el sillón y, silenciosamente, se había aproximado al mago. Él no se inmutó ante su cercanía.
– ¿Qué pretende usted, señorita?
– No soy especialmente señorita.
No, no se parecía en nada a su estimada Lily.
– Beatrix, es suficiente. –demandó.
– ¿De qué? –una cínica sonrisa adornó su rostro–. ¿Por qué quieres detenerme?
Severus no gustaba de Beatrix, por supuesto que no. Sus intensos cabellos escarlatas no tenían nada que ver con sus insinuaciones hacia la adolescente, eso estaba más que confirmado. Cuando sus labios fueron apresados ágilmente por los ajenos, se mantuvo quiero aguardando por alguna carcajada llena de burla: tal cosa no ocurrió.
¿Qué tan bajo era caer bajo el ímpetu de una jovencita?
– Este es el momento donde me miras a los ojos con esa expresión tuya tan indiferente y me dices que no necesitas de un estorbo en tu vida. Dímelo, Severus… atrévete a decir que no me necesitas.
Beatrix le miraba, pero el resplandor en sus ojos se había marchado por completo y había dado paso a una expresión afligida, y su sonrisa, esa que provocaba tanta agitación en el prestigioso profesor, era iluminada por una osada desesperación. Fue el turno de Snape de esbozar una mueca irónica.
– No te necesito.
– No digas eso. –gimoteó la bruja.
– Irónico, fuiste tú quien me pidió esas palabras.
Él la examinó con pensamientos venenosos invadiendo su mente; Beatrix, la hija del mago tenebroso más poderoso del mundo, lucía como un pajarito de alas rotas entre sus manos, rogando porque correspondiera a un romance desfavorable. Nunca fue envuelto por la oscuridad que ella poseía, la jugada había dado un giro inesperado y ahora, por más insólito que sonase, era la muchacha quien estaba perdiendo la partida.
Nadie, absolutamente nadie tomaría el lugar de su estimada Lily.
Beatrix lo aprendió ese fatídico día, y la luz que filtraba por los ventanales alumbró su rostro sumido en lágrimas: incluso cuando lloraba era idéntica a su amor perdido. Por supuesto, ¿cómo no iba a ser parecida a Lily? Después de todo, eran madre e hija.
