Heyyyyy

Ha sido un tiempo. Mucho tiempo.

Debido al prominente fin del mundo, tendré unos pocos días disponibles, que espero me sirvan para explotar la poca inspiración que me queda. (mentira, tengo mucha, pero me gusta el dramatismo).

El siguiente fic lo vengo planeando hace bastante, y algunos reconocerán fragmentos de algunos one shots que publique y luego eliminé porque les vi con el potencial de pertenecer a algo más grande.

Como ya habrán leído en el resumen, me centraré en un intento de psicoanálisis de los personajes, y como, a medida avanzan en sus vidas, se verán cada vez mas reflejados en sus propios progenitores.

Mas importante que todo lo anterior, va a ser el primer fic que haga en mi puta vida, donde Cartman será el pasivo jajajajajaja

Sé que muchos no lo soportan, me cuento entre esos; pero teniendo en cuenta la trama del fic, es un desenlace irremediable para su sexualidad.

Me centraré en tres ships, Kenman, Kyman y Stenny ¿Cual es la principal? Ni idea, ya lo iremos descubriendo c:

Desafortunadamente no todo es perfecto. Cabe la posibilidad de que algunos lleguen a considerar a los personajes un poco out of character, espero no sea así.

Con esto continuamos. Espero les agrade tanto como a mí, y me disculpo de antemano por errores que hayan escapado a mis mil correcciones.


PRÓLOGO


Todos tienen un punto de presión.

Una llaga que nunca curó, escondida en ese lado poco reconocible de la persona, donde termina la cara que muestra al mundo, a sí mismo; y empieza la cara que enfrenta toda la putrefacción del alma.

Todos, inconscientes de la existencia de una persona de tal índole en sus adentros, caminan por la vida heridos de muerte, sin saber que lo están, todos un poco rotos.

Tal vez por eso la industria del entretenimiento es tan importante en el día a día, tal vez por eso las adicciones existen, y las obsesiones arraigan en corazones debiles. Tal vez por eso el mundo se hunde en esta aprovechable indiferencia, o en esta ilusión de la justicia social al alcance de un hashtag.

Cuando la nada llega, y no hay videojuego, pelicula, movimiento social, droga u objeto de obsesión en el cual fijar la existencia, esta se halla sin sentido, y la llaga en el corazón sangra, revelando en un rojo carmesí, el relieve de ese rostro que queremos desesperadamente que se mantenga invisible.

Por suerte el mundo se encuentra a desbordar de luces de colores, dispuestas para mantener la mirada lejos de nuestro propio reflejo, manteniéndonos protegidos de ese odioso autodescubrimiento, llevándonos lejos, y más lejos de nuestro abismo.

Los incrementos de ansiedad y depresión en una población joven y distraída no son más que una estadística más; si, si, ya todos lo sabemos, el mundo está jodido.

Mi distraer era producto de innumerable fuentes, de infinitas personas. Como víctima de una realidad destinada al hundimiento programado por mis putos abuelos, la distracción pasaba a ser un elemento indispensable para sobrevivir.

Y eso hacía, sobrevivir. ¿Quién podría negarme algo tan simple? ¿Quién podría cargar con la idea de un niño perdido en ansiedad ante la ausencia de un distractor? ¿Quién podría justificar el suicidio de un adolescente por el simple hecho de objetar su medio de entretenimiento?

Y ahora, en la flor de la adolescencia, respiraba aires de perversión. El sexo, en esta etapa en particular, pasaba a ser un epicentro del desarrollo, un factor de muchas índoles, para fines aún más variados.

Placer, orgasmos, estatus, curiosidad, juventud, explotación de la belleza en su etapa más pura, una adultez prominente, la realidad de la sociedad esperando a unos cuantos años de distancia…

Parecía el fin del mundo, y ante el fin del mundo, cerrar los ojos se vuelve aún más indispensable.

Pero no pude ignorarla como todos, desde las entrañas de una puta, nací envuelto en sangre pútrida, mi inocencia fue reclamada desde el mismo momento de mi concepción sacrílega ¿Y qué más puedo decir? simplemente hay experiencias que tienden a cerrar las puertas a una percepción del mundo funcional, y trastornan el entorno, lo deforman, lo moldean en pos a delirios, a miedos…

Era increíble.

Había quienes peleaban, luchaban contra ese divergir de la idea y la realidad, buscando aminorar este desagrado que pululaba de entrañas aterradas, al contemplarse en un escenario demasiado… real.

Conocía la sensación, el asco, el miedo… el recuerdo de la inocencia como una entidad que nació muerta, la desconexión con el resto del mundo, la soledad.

Tenía doce; y, como este relato, sucedió abruptamente.

Los cambios que impactan a un nivel irrevocable, son los más súbitos; aún así, la idea, subyacente al tiempo que transcurría, resonaba como un reloj olvidado al que pronto debía darle cuerda. Porque como he escuchado afirmar con anterioridad, aunque el acto sea súbito, la idea siempre se gesta por semanas, meses, años.

Sabía lo que vendría, sabía el desarrollo de esta sátira a la tragedia, y aún así no deje de pedalear.

Eran cerca de las doce, había discutido con Kyle o alguien más, no recuerdo; y en mi afán por demostrar algo, algo que ahora escapa de mis selectivas memorias, tomé mi bicicleta y manejé hacia esa zona donde… ah, ya recuerdo, donde decían que mi madre trabajaba.

Dejé la bicicleta a un lado, en un callejón lo suficiente alejado de algún vagabundo oportunista, o el borracho gracioso de turno, y me adentre en esa jungla de neón, hormigón y secretos.

La música que desbordaba de esos establecimientos, como residuos de alcantarillas saturadas en basura, desprendían letras destinadas a jalar emociones obscenas de las entrañas de sus oyentes, los últimos rastros de vida explotables. Como buitres rasgando los restos de carne de entre cadáveres ya hechos huesos hacía años.

Así que así es como sonaba la decadencia.

Las calles se colmaban de personas, los autos pitaban cada dos segundos por las multitudes atravesando la estrecha carretera sin mayor preocupación, y el barullo entre mil botellas de alcohol chocando se elevaba hacia un cielo pintado en colores fosforescentes.

Todos parecían acostumbrados al lugar…

Y aquí entra en juego esta muy necesaria parte de mi psiquis, que tiende a omitir recuerdos que de no ser por los vacíos argumentales que parece presentar mi vida, no sabría que probablemente existen.

No puedo describir como llegué a ese establecimiento; tal vez lo reconocía de alguna otra memoria, o tal vez alguien me dió la dirección… tantas posibilidades.

Un hombre de estructura intimidante cuidaba la puerta. Busqué entre mis bolsillos por esa identificación falsa que había hecho Kenny para mí… No sé en qué maldito momento de estupidez se me ocurrió que funcionaria. Que dijera que sufría de enanismo, había dicho la puta esa. Iba a funcionar de seguro.

Me acerqué ante la obvia incredulidad en la mirada de ese hombre. Saqué mi ID falso, y lo extendí en su dirección, apretando entre mi bolsillo un billete de diez dólares que esperaba no tener que usar para sobornarle…

Mi ultimo rastro de infantil inocencia, en gestos que la inmadurez considera inteligentes.

Fue un momento incómodo, algo extraño. Pero en algún momento logró definir mis facciones, y el apellido en el ID pareció traer consigo un brillo perverso a su mirada. Preguntó mi edad, mentí; preguntó mis intenciones, y menti. Y una puerta trasera se abrió para mí único acceso a un mundo de bajezas del que aún no he logrado salir…

Un acto de brutal violencia se llevó a cabo tras esas puertas, violencia que me asqueó al punto de llevarme al orgasmo. Mis entrañas se revolvían en nauseas, y algo en mí se volvió adicto a ese concepto pecaminoso desde esa noche ¿Estaba enfermo?

Como la madre, el hijo.

Recuerdo escuchar esa frase entre una gracia que no entendía, que no deseaba entender.

Pero eso no era más que la mitad del acto.

El sudor ajeno, el esperma añejo, la piel marcada y las laceradas entradas me dejaron un nudo inaguantable en mi pecho, el dolor pasaba a segundo plano mientras mi mente daba mil vueltas alrededor de esta sensación de… ¿Insatisfacción?

Si, este acto aún estaba a la mitad.

La semana siguiente tomé mi navaja, y descubrí que la primera parte de esta pantomima, no era más que la justificación de la siguiente.

Ver los ojos que antes desbordaron de avaricia y deseo, despojados, gota a gota, de tan grotesca vida en ellos, acompañó mi memoria en los meses por venir, cada vez que no podía correrme en la oscuridad de mi habitación.