DISCLAIMER: Los personajes de CCS pertenecen a CLAMP, y son utilizados sólo como fuente de inspiración y entretenimiento. La historia es de mi autoría.
ESMERALDA
La alarma sonó solamente una vez antes de desactivarla. Prácticamente me despierto solo algunos minutos antes de que suene. Me incorporo y me dirijo directamente a la ducha, controlo la hora, 6:55 a.m. , primero abro el grifo del agua caliente, dos vueltas y espero 1 minuto a que temple, luego abro el grifo del agua fría una vuelta. Y media. Hace tiempo vengo pensando en abrir sólo una vuelta la fría, pero no me he atrevido. El agua saldría con unos grados de más de temperatura y eso empañaría el espejo, por lo que demoraría más en arreglarme. No. Una vuelta y media es perfecto.
Cierro los grifos, me seco, 7:05 a.m., tomo mi reloj de Iron Man que me regaló papá cuando cumplí 9 años. Es de malla roja con detalles en amarillo y tiene una tapa sobre el visor con la máscara del traje del superhéroe. Recuerdo que por aquel tiempo era complicado para mis padres descifrar mis gustos y comunicarse conmigo, pero descubrieron que pasaba largo rato controlando la hora en los relojes de la casa. Desde aquel cumpleaños, siempre lo llevo conmigo. 7.20 a.m., Demonios me perdí en mis pensamientos.
Me alisté y estuve listo para las 7.30 a.m., preparé mi desayuno, leí el periódico, avancé un capítulo en una novela de un colegio de magos, acomodé unos libros que no estaban en su lugar y me quité la camisa que tenía puesta para plancharla otra vez. Programé la lavadora con ropa de color, resolví el sudoku del periódico. Suena el timbre. 10.30 a.m.
Abrí la puerta para que la menor de mis hermanas, Shiefa, ingresara al departamento. Ella siempre viste esos ruidosos zapatos de tacón, pero en esta ocasión llevaba unas zapatillas como las de bailarinas color negro con detalles en pedrería que se ven mucho más cómodas. Tiene los pies pequeños, tal vez por eso siempre usa zapatos tan grandes.
-Me escuchaste?- resonó su voz como un eco.
-Si- respondí sin mirarla, cerrando la puerta.
-No es verdad. Dije "Buenos días Shaoran"- levanté un poco la vista y noté que compensó la falta de los enormes zapatos, con un enorme bolso negro. Dudo que encuentre su celular dentro.
-Buenos días.
-Perfecto, espero que estés listo, tendremos un rato en tren hasta el consultorio. Aunque si no desayunaste podemos tomarnos un taxi hasta la estación.
- Ya desayuné.
-Lo supuse, vamos entonces.
Tengo una familia numerosa. Luego de que mis padres se mudaran desde Hong Kong a Tokio, tuvieron 4 hijas, Fanren, Feimei, Futie y Shiefa. En el último intento de conseguir un varón llegué yo. Con Shiefa nos llevamos 5 años, y es la más cercana a mí. Dentro de MI definición de cercano. Básicamente es la única que se ha realmente esforzado por hablar conmigo, para el resto siempre fui invisible. La observo brevemente mientras caminamos hacia la estación de tren notando lo similares que somos físicamente: Alta, cabello castaño oscuro hasta la mitad de la espalda, lacio, apenas recogido hacia un lado, nariz recta, ojos castaño rojizo, labios pintados de rojo que no dejan de parlotear algo acerca de que el calor es inaguantable y que la estación estará infernal y que si no me siento bien se lo diga, y, y, y… nuestra única verdadera diferencia debe ser que Shiefa aún con sus 27 años parece no callarse nunca.
-¡Es cierto! la próxima semana se cumplirá un año desde que te mudaste solo.- me busca la mirada aún sabiendo que no la recibirá. Por darle el gusto aún así, esbozo una pequeña sonrisa. Para que se calle un momento. Siempre que sonrío Shiefa suele quedarse en silencio sonriendo también, aunque no entiendo muy bien por qué.
10:50 a.m.
La decisión de mudarme solo no había sido fácil para mis padres, pero era algo completamente necesario según mi psicólogo luego de que yo deslice la idea en una consulta antes de comenzar la universidad. No es que lo dijera textualmente, pero él lo había interpretado así y era un alivio enorme en mi rutina.
Me diagnosticaron un pequeño porcentaje de Trastorno del Espectro Autista a los 6 años, cuando comencé la escuela primaria; las profesoras sospecharon que no era solamente un chico serio y callado. A pesar de eso he vivido mi vida con total normalidad, fui a una escuela normal, no necesité maestros auxiliares y tuve notas excelentes. Mi problema es con los espacios cerrados y atestados de gente. Cualquiera que me viera pensaría que… soy un chico serio y callado. Y debido a esta condición me encontraba más tranquilo en mi propio departamento, sin el alboroto de una familia tan numerosa alrededor; un lugar individual, donde podía ser yo.
Luego de un par de calles en silencio, el motivo de mi ansiedad apareció frente a mis ojos: la estación de metro. La entrada se encontraba ahí, paciente, permitiendo a los diversos transeúntes a adentrarse en sus entrañas de frío metal y blancos azulejos. Cual puerta al averno, anticipaba la contaminación sonora en su interior. La espalda comenzó a dolerme por la tensión que me provocaba, tragué grueso, puse mis manos en los bolsillos y enfoque mi vista en otra parte sin dejar de avanzar.
Esa es la razón por la que mi parlanchina hermana me acompaña a mi visita regular al psicólogo: la manera más simple de llegar es tomando el metro. Y aunque tengo varios consultorios en mi vecindario, ya estoy acostumbrado al que me atiende desde niño, el Dr. Clow Reed. Y no me gustan los cambios.
11:00 a.m.
Como era de esperarse en la hora pico, la estación estaba atestada de gente. Aunque intentaba respirar con tranquilidad, el sudor frío bajaba lentamente por mi nuca. 11:02 a.m. Apenas habíamos avanzado unos pasos y ya no pude controlar el movimiento de mi mano acomodando el reloj y separando un poco el cuello de la camisa de mi.
-¿Todo bien?- la voz de mi hermana sonaba un poco lejana entre el bullicio de la gente, el ruido de las grandes máquinas y unos malditos teléfonos que nadie parecía contestar.
-Tengo un poco de calor.-
-No me extraña, te prendes hasta el último botón de la camisa, debes estar asfixiado.- dijo intentando desprender mi camisa, alejé sus manos en un instante.
-Los botones están bien. El aire no corre aquí.
-Te arreglas como un anciano. Un chico de tu edad deja dos o ¡tres! botones desprendidos. Y levantan las mangas hasta el codo.
Levanté una ceja como única respuesta. Eso arrugaría la camisa.
11:15 a.m.
El metro estaba un poco demorado, por lo que me acerqué a una de las columnas para no tener tanta gente alrededor. Saqué mi mano del bolsillo para ver la hora aunque sabía que no habían pasado ni dos minutos desde la última vez. El ruido alrededor me hacía doler la cabeza. Acomodé el reloj con un gesto de fastidio. Ignorando a mi hermana que se había sumido en su celular junto a mi, decidí hacer un paneo general de mi entorno para descubrir algún lugar más calmo, sabiendo que era imposible.
Lo que no esperaba descubrir eran esos ojos esmeralda.
Estaba a unos metros de mí en el andén. Miraba hacia las vías con una sonrisa tranquila. El cabello, de color como la miel que apenas le sobrepasaba la barbilla, se balanceaba lentamente a la vez que ella misma lo hacía en un lento vaivén como si fuera al son de alguna canción en sus auriculares que yo creía escuchar también. Y sus ojos eran de un verde que sólo había visto en los paisajes boscosos de mis vacaciones en Yakushima.
Nunca me había fijado en alguna chica en particular pero el aura de la esmeralda me había capturado. Era como si ella no escuchara el ruido, no le molestara el gentío y estuviera envuelta en su propia burbuja. De repente me había envuelto en su burbuja a mi también.
El escrutinio de mi parte debe haber sido muy intenso porque giró su cabeza hasta que dió conmigo.
Y ya no pude ni percibir el ruido de las manecillas de mi reloj.
A pesar de que pocas veces había mirado directamente a los ojos de las personas por más de un instante, los suyos causaban una curiosidad en mi ser que era cautivante. Si ya había percibido que su perfil era perfecto, su cara era preciosa. Sentí el calor en mis mejillas. Qué sensación tan desconcertante. Que la mirara tan fijamente debía de resultarle incómodo, pero no podía dejar de hacerlo.
¿Cuántas horas llevábamos mirándonos?
Diez segundos que parecían una eternidad.
Pero ni la eternidad dura para siempre. Un hombre con mala cara cortó nuestra conexión tocándole el hombro. Le dijo un par de cosas y ella asintió con un movimiento rápido de cabeza. El hombre que siempre se había encontrado a su lado, pero al que no le había prestado atención se alejó, y ella revisó su celular. Miró de nuevo hacia el andén y nuevamente dirigió su mirada a mí dándome el regalo más hermoso que no sabía que quería.
Una sonrisa genuina.
Ella no sabía quién era yo, ni como me llamaba, ni que tenía autismo, ni que mi hermana me estaba acompañando al psicólogo, ni que acababa de hacerme sonreír sin siquiera pensarlo, y con mi pequeña sonrisa la de ella se hizo aún más grande y brillante. Mi corazón latía desbocado, tal vez… sólo tal vez, podría acercarme y…
-Shaoran, vamos.
Todo el ruido que había alrededor volvió de repente, aturdiendome. Estaba tan inmerso que me gire asustado, miré a Shiefa directamente a sus ojos y la asusté en el proceso.
-¿Estás bien? Te ves agitado podemos avisarle al doctor que…
-No, ¡espera!
Volví la cabeza dónde estaba la esmeralda, pero se había ido. Busque desesperado entre la muchedumbre pero todo el mundo estaba en el anden subiendo al metro que finalmente había llegado.
-Ya.. no está.
-¿Qué cosa?¿Quién? Me estás asustando.
Miré el reloj , 11:25 a.m., lo acomodé con frustración, el metro estaba en el andén. La esmeralda…
-Ya no está. -dije en voz alta, confundiendo aún más a mí hermana- Vamos o llegaremos tarde. No quiero perder la cita con el doctor.
11:30 a.m.
Shiefa intentó todo para hablar conmigo en el metro, pero simplemente no podía prestarle atención. Por todos los medios posibles quería guardar el momento que acababa de vivir en mi memoria, sin perder detalle. Luego de perderla de vista mi cerebro se encargó de enfrentarme a la realidad de que tal vez nunca más la vuelva a ver, y si es así quiero recordarla minuciosamente. Tenía la misma sensación de pérdida que tenía de niño cuando mis hermanas rompían alguno de mis juguetes accidentalmente: una mezcla de enojo por mi juguete perdido y tristeza de que mis hermanas no lo habían hecho adrede.
Suspiré derrotado, ganándome la atención de mi hermana otra vez. No termino de entender qué es lo que la esmeralda tenía para alterarme así. Y en fin, ¿por qué la había bautizado así? Por el color de sus ojos obviamente. Por no saber su nombre. Porque todo debe tener un nombre y ante la ausencia de uno busco normalmente denominarlo y así pasó con mi Esmeralda.
¿Mi? Demonios. En un par de horas tengo una visita al psicólogo, sería muy extensa y tediosa si me descubría en este estado. Ese sujeto notará en el acto que algo sucede conmigo. Era normal en mi alterarme un poco luego de pasar por el metro, pero hoy no quería estar en el consultorio ni un segundo más.
-Shaoran ¿de verdad te sientes bien?- La insistencia de mi hermana no ayudaba.
-Si.
-Puedes hablarlo conmigo... luego. ¿De acuerdo?
No respondí, pero lo evaluaría.
12:05 p.m.
Estábamos en la sala de espera del consultorio. Shiefa tecleaba un mensaje en su celular mientras yo detallaba el nuevo cartel que colgaba del panel, era azul oscuro con letras blancas y pequeño, pero lo noté al instante. Se encontraba en la esquina superior izquierda, rodeado de afiches médicos y de anuncios de terapias complementarias. Este cartel no tenía información médica, ni dirección o número de contacto, sólo tenía una frase: "En este mundo no existen las casualidades, solo existe lo que es inevitable". Levanté una ceja. No venía al caso.
La secretaría del doctor Clow tecleaba un texto infinito en su computadora, sin mirar casi el teclado, parando sólo para acomodar eventualmente sus anteojos sobre el puente de su nariz. Me encontraba tan irritado, en general, que ese sonido repetitivo me estaba tensionando, eso sin mencionar que la susodicha mujer nunca me había caído bien.
Con su cara de no matar a una mosca, siempre se había comportado como un ángel con mi familia y conmigo, pero siempre presentí que era una falsa personalidad. Hoy sólo había mencionado con su tonta sonrisa de atención al público que el doctor estaba un poco demorado y me atendería en un momento, y volvió a su inexistente ensayo sobre "cómo simular que estoy trabajando mientras tecleo en mi computadora".
Tenía un largo cabello pelirrojo que llevaba en una coleta alta, y si alguna vez pasaba mi mirada por su persona, por seguro que ella me la devolvía al instante, como si la bruja lo supiera apenas la miraba. Nadie dijo que las brujas sean verdes y llenas de verrugas. Sonreí en mi mente. Bruja, un nuevo apodo, y aunque conocía de sobra el nombre de la secretaría, esto de poner apodos podría ser mi nuevo hobbie mental.
No habían pasado ni un par de minutos cuando una risa melodiosa provino del interior del consultorio, mientras la puerta se abría lentamente. La silueta del Dr. Clow se veía a contraluz invitando a las personas dentro de su oficina a salir, un hombre casi de la altura de Clow y una figura menuda detrás de él. No estaba mirando directamente, pero inexplicablemente mi corazón se aceleró al escucharlos conversar.
-No debes preocuparte, tu hermana queda en buenas manos.
-No me preocupa ella, me preocupan todos ustedes, puede ser un monstruo cuando se lo propone.
-No hables así de mi frente al doctor, me averguenzas hermano!
-Sakura, yo se que eres toda una profesional, y que tu hermano tiene un problema con admitir que ya eres adulta.
Nuevamente una risa melodiosa se oyó en la sala de espera junto a un bufido masculino y un destello dorado inundó mi vista periférica. No podía ser verdad, me negaba a girar la cabeza.
-Realizar esta investigación es algo muy importante para mí. Le agradezco que me ayude tanto.
Su voz dulce me resultaba hipnotizante, como una sirena, casi sin darme cuenta me giré para ver esta vez a una distancia muchísimo menor a mi Esmeralda. Prácticamente volvió a mi, a donde yo estaba, ¿podía ser la casualidad tan grande?
"En este mundo no existen las casualidades."
Mi corazón comenzó a latir desbocado. Parecía una ninfa sacada del cuento infantil más cursi que te pudiera venir a la mente y yo.. un bufón.
-Tu vocación es enorme pequeña Sakura, nunca me negaría a un pedido tan noble.- continuó el doctor.
Sakura... un nombre de flor. Mi Esmeralda tiene un nombre de flor.
-Deje de halagarla tanto o se la va a creer.- agregó el que, según Clow, se trataba del hermano de la chica.
-Vamos Touya, deberías irte a la clínica antes que comience a llamarte la jovencita de mesa de entrada.-insistió Clow al hermano Cara de ogro.- Yo debo continuar mis turnos. Kaho, lleva a la señorita Kinomoto a la biblioteca, y atiende a todo lo que necesite, por favor.-indicó a la bruja, quien solícita se puso de pie para acompañar a mi esmeralda que finalmente se giró hacia donde estaba sentado, pude intuir en su mirada un brillo de reconocimiento.
Sentí el calor agolparse en mi cara. Con un movimiento un poco atropellado y evitando mirarla de frente desde tan poca distancia porque en cualquier momento iba a darme un ataque, la saludé con la cabeza y ella correspondió con una sonrisa antes de desaparecer tras otra puerta.
Cara de ogro y el doctor se despidieron en la salida, y una vez cerrada la puerta se dirigió finalmente hacia mi.
-Joven Li, sin más dilataciones, pase por favor.- pronunció en su siempre neutro tono.
Enviándole más señales de las necesarias a la sangre en mi cara para que volviera al resto de mi cuerpo, y me permitiera ponerme de pie sin que las piernas me fallaran, fui hasta la acostumbrada silla marrón ubicada en el escritorio de Clow, junto a la cual había otra,que normalmente está a un lado de una cajonera .
-Bien Shaoran, disculpa por la demora, sólo que un amigo me pidió un favor y no podía posponerlo para después. ¿Que prefieres que discutamos hoy? Alguna consulta, o novedad que podamos compartir.
Me quedé en silencio por unos minutos dejando que un perfume dulzón y cítrico intoxicara mis fosas nasales. Normalmente el consultorio olía a cuero, café y un poco de tabaco. Pronto compredí que ese aroma que me distraía de mis propios pensamientos, pertenecía a Sakura, y el sólo hecho de pensar en ella evocando su recién descubierto nombre, hizo que me sonrojara un poco. ¿Cómo podía manejar esto que me pasaba?
-Vi a esa chica en la estación.-salió de mi garganta sin poder evitarlo. Clow sólo levantó sus cejas sobre sus anteojos rectangulares, haciéndome sentir un poco de vergüenza. Nunca hablo, y cuando lo hago…
-Así que viste a Sakura y a su hermano en la estación-dijo remarcando al último nombrado-¿Ya los conocías?
Negué con la cabeza sin mirarlo directamente. El doctor prosiguió.
-Ya veo. Te aseguro que tendrás oportunidad de charlar con ella pronto.
Sentí un nudo en el estómago, una mezcla entre la ansiedad de hablarle y la angustia de pensar que...
-¿Es psicóloga?
-Maestra. -dijo inclinándose en su respaldo- Está a punto de titularse, sólo debe finalizar las prácticas. Y en la última escuela en la que ingresó tiene una alumna con Aspenger que nunca fue integrada por el grupo y no logra comunicarse con ella. Le di acceso a mi biblioteca para que pueda investigar a fondo, y también le daré algunos consejos. ¿Te gustaría ayudarla también?
-Pero ella no es doctora.- Sentencié.
-En lo más mínimo, pero..
-Entonces yo no sería su paciente ¿Verdad?-lo interrumpí.
-No Shaoran, si no quieres hacerlo…
-Quiero, lo haré- volví a interrumpir- sólo quería asegurarme…-cerré la boca antes de delatarme verbalmente, porque podría jurar que ese calor en mi rostro nuevamente era visible.
El doctor hizo una sonrisa diminuta. Y un silencio incómodo nos rodeó. No sabía cómo seguir la sesión para que se alejara lo más posible del tema, acomodé el reloj.
12:28 p.m.
Las palabras de mi hermana resonaban en mi mente "te vistes como un anciano". Llevé una de mis manos al primer botón de mi camisa, pero dejé ir un suspiro. No podía. Me revolví el cabello con frustración.
-Te ves contrariado- mencionó el doctor, que tomaba notas en su cuaderno.
-Hay pensamientos que no puedo procesar bien, no todo es programable. Son míos y no siempre puedo comprenderlos, es frustrante.
-Es parte de tí. Deberías amigarte con esos pensamientos y sentimientos que no comprendes únicamente para tener más amor propio por ti mismo.- reflexionó un poco antes de continuar.- Te aseguro que no existe una mejor versión de tí que lo que eres hoy.
Mastiqué sus palabras en silencio. Podía llamar la atención de mi esmeralda desabrochando los botones de mi camisa, doblando las mangas hacia arriba, o arreglándome como los demás chicos. Pero entonces a ella no le llamaría la atención quien verdaderamente soy, si no quien pretendo ser.
¿A eso se refiere el doctor con amor propio?
¿He aceptado en todo este tiempo a mi mismo con mi TEA? ¿He creído alguna vez que podía llamar la atención de alguien? ¿Me he sentido suficiente?
No.
Sonreí un poco.
No aún.
-Gracias Doctor.
-Para servirte.
12:40 p.m.
Cuando salí del consultorio di de lleno contra alguien y un montón de libros cayeron al piso. Tarde casi dos segundos en reaccionar y ponerme en cuclillas para recoger, cuando el perfume dulzón del consultorio volvió a mí y el sonido dulce de su voz resonó.
-Lo siento tanto! venía tan distraída que no te ví, ¿estás bien?
Levanté la cabeza un tanto sorprendido y fascinado ante lo inevitable del encuentro. ¿Así funciona el destino?
-No te preocupes, estoy bien y...- pude articular antes de que sus ojos se cruzaran con los míos.-... ¿y tú?
Sakura tenía el puente de la nariz lleno de pecas diminutas y sus ojos eran aún más verdes y brillantes.
-Si, muchas gracias- ambos nos pusimos de pie- estoy segura de que nos vimos en la estación de metro ¿verdad? ¡Que casualidad encontrarnos de nuevo!
Tragué grueso. Vamos, yo puedo entablar una conversación. Quiero hacerlo.
-Las casualidades no existen- dije dedicándole una sonrisa a ella y a mi mismo.-Soy Shaoran Li.
-Yo Sakura Kinomoto, un placer.- ambos inclinamos levemente la cabeza.- debo llevar estos libros a la biblioteca de Clow rápido o se me hará tarde.- miró los libros en mis manos.
-Te ayudo.
Al girarme me encontré la mirada atónita de mi hermana, que tenía la boca abierta y a la bruja de Kaho, que reía disimuladamente. Me encogí de hombros y miré hacia delante, dónde la esmeralda avanzaba mientras me agradecía y me indicaba el camino.
12.45 p.m
Sakura no lo sabía, pero no solo me guiaba a la biblioteca.
La estaba dejando guiarme a algo que nunca me había gustado y que nunca había intentado hasta ahora.
Algo nuevo.
FIN
