Chocolate blues
Nee, Kou-kun… ¿Te acuerdas del día en el que hablamos por primera vez? Lo sabes, ¿cierto? No hay día en que no piense en ti.
El cielo está encapotado y todos caminan indiferentes en esta ciudad que nunca duerme. La nieve sigue cayendo y se me hace un vacío en el pecho. Recuerdo esos días grises y me dan ganas de llorar.
Ay... La vida es muy caprichosa y cruel.
Cuando falleció oka-san fuiste el único que se quedó conmigo. No, no puedo ser tan injusta. Sora-san siempre se preocupaba por mí, al igual que tus padres. Ay, Kou-kun, lloro de recordarlo. ¿Por qué un choque de autos debía llevarse a tus padres? Por segunda vez... Era demasiado doloroso para dos almas rotas como las nuestras. No sabíamos a dónde ir ni qué hacer, apenas conocíamos el mundo de los adultos.
Sora-san siempre fue mi ángel, pero nunca se me ocurrió que su padre sería el tuyo. Debía irme de Japón con oto-san pero aún no estaba preparada para ser independiente y justo ocurrió lo de tus padres. No quería dejarte solo pero no sabía qué hacer. Oto-san nunca volvió a ser el mismo después de lo de oka-san, era una máquina en modo automático. Ya tenía una hija problema, no quería otro hijo incluso si era un santo.
Takenouchi-san arregló todo. Un amigo suyo en New York podía recibirte en su laboratorio de investigación, "falta el financiamiento, pero con tus antecedentes eso no será problema". Tenía razón.
Después de meses que fueron eternos pudimos reencontrarnos. Tú dabas tus primeros pasos como estudiante de doctorado y yo trataba de hacerme un espacio en el competitivo mundo repostero de New York. Estábamos asustados y tristes, estar juntos era lo único que nos reconfortaba. Todo estuvo bien por un tiempo pero no puedo seguir echándole la culpa al destino. La que se equivocó fui yo.
Me acostumbré tanto a que me cuidaras que nunca me di cuenta de lo frágil que eras. Yo le gritaba al mundo cuánto lo odiaba y tú lo callabas de la peor manera: siendo una persona seria y responsable. Mi frustración con la vida no me dejaba ver más allá de mis narices y siempre quería más de ti… Llegó a ser una necesidad pero tú nunca te quejaste de nada, hasta que un día no lo soportaste más y explotaste.
Me da tanta vergüenza saber lo egoísta que fui. Nunca dijiste nada y eso para mí era que estaba todo bien. Fui ciega a tu dolor, tan tonta.
Hasta ese entonces nunca había necesitado fumar. Ahora lo hago cuando me pongo nerviosa o nostálgica... Te extraño tanto, Kou-kun. Retrocedería el tiempo y haría las cosas bien. A veces sueño contigo y siempre huyes. ¿Tan mala fui que incluso en mis sueños te alejas?
Cuando camino por la ciudad siempre busco con ilusión tu cabellera y muchas veces el corazón me saltó en vano. Ni siquiera sé si sigues aquí.
¿Sabes? Me prometí madurar. Por el recuerdo de mi madre y de tus padres. Por el recuerdo de mi padre sonriente. Por quien fuera mi primer y único amor, mi mejor amigo, mi cómplice.
Sigo siendo débil y torpe, pero creo que hay futuro para mí. ¿Eres feliz?, ¿qué es lo que piensas cuando no trabajas?, ¿descansas del trabajo? Quiero saberlo de ti. Me gustaría ser yo la que alguna vez te escuche. Que te enojes, grites, llores, rías… ¡lo que sea! Te lo debo, pero incluso si no fuera así… Mi amor por ti es más que suficiente.
Dime, Kou-kun… ¿Por qué el destino es así de caprichoso y cruel? Justo ahora un chico de cabellera rojiza me mira fijamente. ¿Tan patética me veo?
El destino tiene la mentalidad de un niño. ¿Se calmará si le regalo un puto caramelo?
Todo este tiempo ansié verte y ahora me quedo muda. Me miras fijamente y aunque yo también miro hacia donde estás tú, no soy capaz de verte. Me pierdo en la miseria de mi patetismo. Me estoy congelando.
—¿Kou-kun?
Levanté la mano y tropecé con la escarcha —how pathetic!—. De milagro no barrí el piso, pero el cuerpo ya no me responde más. Te quedaste congelado un instante y te largaste a correr.
Mi resignación duró un segundo. Que justo hoy anduviera con zapatos bajos es gracias a la nieve que tanto te gustaba cuando caminábamos juntos.
Dos cuadras más adelante estabas tratando de recuperar el aliento pero volviste a correr cuando me viste. Si hacía más frío ni cuenta me di porque esta vez fuiste a la estación, maldito cabrón. Así te aseguras de que no arme un alboroto y de perderte entre la gente. Hombre astuto, lo conseguiste.
Después de pensarlo unos segundos, te encontré descansando a la salida de la estación y tu quijada se fue al suelo cuando me viste frente a ti, jadeante pero triunfal. Desde niños siempre fuimos una vergüenza en educación física… Cariño, obvio que sé que esta es la salida menos agotadora.
Evitando mirarme, abriste tu bolso cruzado para sacar un gorro de lana gruesa que te cubriría toda la cabeza
—¡No huyas Kou-kun! —Lo dudaste, te conozco—. Sólo quiero que me escuches… Hay una chocolatería aquí cerca.
En el momento no entendí lo que dije ni lo que había detrás de esa mirada perdida que tenías. Diste dos pasos al frente y eso fue todo lo que necesité para recuperar el aliento.
Caminamos en silencio, siempre contigo a medio paso detrás. Nos instalamos y no sé si hicimos nuestra orden en silencio. El gorro que tenías sólo dejaba al descubierto los mechones de cabello que se escapaban por delante de tus orejas. No te lo quitaste y no quise saber la razón.
Dos tazas de chocolate, 86 y 75 por ciento de cacao, un pocillo con malvaviscos y mini donuts para compartir. No nos miramos en ningún momento cuando llegó el pedido e hicimos tiempo agregando uno a uno los malvaviscos a nuestro chocolate. No sentía nervios pero estaba completamente en blanco. El calor del chocolate me dio valor para hablar.
—Kou-kun, quiero pedirte perdón por todo el daño que te causé —ya, lo dije—. Me acostumbré tanto a ti y… me doy vergüenza por lo egoísta que fui —sigues de piedra sin mirarme—. En el fondo sabía que te caías a pedazos pero no quise verlo. No quería imaginarte deprimido, si siempre me habías protegido de todo, que a final de cuentas los problemas eran sólo de mi familia… Te lo digo sin mentir, para mí ustedes eran una familia perfecta —tomaste un sorbo de chocolate y seguiste en silencio.
Tengo miedo, Kou-kun. De no verte más, de no enmendar mis errores, de dejarte una herida sin curar. Bebo chocolate, necesito valor.
—Cuando quise hablarlo contigo, hice lo que nunca hiciste conmigo. Te juzgué y es una culpa que me va a perseguir toda la vida. Fui sorda a tu tristeza, a todas las señales que dabas… ¿Así es como te agradecí sacarme del hoyo en el que terminé metida? I hurt you when you did nothing wrong… Suggoku gomen ne.
No te moviste un centímetro, apenas abrías la boca para comer. Cada segundo que pasaba sentía que el calor del chocolate me abandonaba. Bajaste la cabeza y mirabas tu taza a medio vaciar. "¿Qué es lo que piensas, Kou-kun?" es lo que hubiera dicho hace un año pero hoy esperaré en silencio si hubiera alguna respuesta que quisieras darme. Todo el tiempo, todos los malvaviscos que sean necesarios.
Hola gente, espero que estén bien y ojalá en cuarentena. Lo que es yo, estoy con mucha ansiedad, tristeza y rabia por como están manejando la situación en Chile, cada día peor. Les mando mucho ánimo y fuerza.
