Los días anteriores habían sido muy duros en el Cuartel general. Se notaba en el propio ambiente de la cantina: casi vacía y las mesas limpias como el jaspe. Erika, la joven humana que había llegado un par de años antes al mundo de Eldarya, se deleitaba con una gran jarra de hidromiel. Desde que Valkyon, el líder de la Guardia Obsidiana, le había dado a probar una pequeña porción de la suya tiempo atrás, no había sido capaz de disfrutar de otra bebida de aquel mundo que ahora era su hogar.

Al principio jamás habría creído que acabaría acostumbrándose a ese lugar tan exótico y singular. De día era un lugar precioso, sobre todo el bosque y la playa cercana. Sin embargo, cuando oscurecía todo se volvía realmente mágico y extraordinario.
Su familiar, un Owlett, había sido su confidente desde el primer momento. Siempre dormía acurrucado junto a ella, no dudando ni un instante en consolarla si había tenido un mal día en los entrenamientos o por alguna misión desafortunada.

Ella pertenecía a la Guardia Sombra, ya que por su pequeño tamaño, agilidad y habilidad, aprendió a moverse en sigilo sin dificultad alguna. Los últimos días, de hecho, los miembros de su Guardia habían sido un punto clave a la hora de enfrentarse a los nómadas que viajaron desde las tierras del norte, con el fin de provocar daños irreparables a la población de Eel.
Sin embargo, gracias a las directrices que les había dado Nevra, fueron capaces de reducir el número de enemigos casi a la mitad. De estos pocos restantes se encargaron la Guardia Obsidiana junto a las pócimas sanadoras y refuerzos de la Absenta.
Todos habían trabajado duramente, hasta acabar por completo con la amenaza sin lamentar bajas. Aun así, sus fuerzas habían mermado considerablemente y temían que si hubiera un segundo ataque, no podrían sobrellevarlo.

Mientras seguía manteniendo sus pensamientos en el miedo irracional que le atormentaba desde hacía dos noches, Erika dirigió su mirada a la figura que se había sentado frente a ella. Le sorprendió ver al vampiro que le había salvado la vida a ella y a sus compañeros. Él sonrió con ternura.

Me alegra saber que te encuentras bien, Erika. —Sus ojos brillaban de una manera especial, casi poética. La devoraba con la mirada, pero con lentitud y sosiego. —Me asusté cuando te vi flaquear en la lucha... Creí que te habían herido.

Y así fue. Pero solo recibí un pequeño corte en el muslo. —Rascó su nuca, de forma algo tierna. — ¡Estoy perfectamente! Eweleïn me preparó algunos remedios para la herida y ahora puedo andar sin problemas ni dolor alguno.

El azabache asintió, dando un sorbo a lo que la joven inmediatamente supo que se trataba de la cerveza amarga que le encantaba servir Karuto a los líderes de las Guardias.
Nevra peinó su cabello algo revuelto, con suma elegancia y sensualidad. A veces se preguntaba cómo podía seguir viéndole con esos ojos, a sabiendas de que el vampiro se valía de encaprichar a las mujeres y romper su corazón. De hecho, en el Cuartel General fue lo primero que escuchó de él. Después, claro, le fue conociendo. Comprobó entonces que aunque esos rumores eran ciertos, había más sentimientos que se desperdigaban por la mente del vampiro.
Siempre había estado junto a ella, sobre todo después de que la obligase a beber la poción del olvido. Ese día, la prometió que la cuidaría con su vida. Ya que había perdido a su familia y a todos sus seres queridos, crearía unos nuevos. Y vaya si había sido cierto. En varias ocasiones estuvo el joven a punto de morir por proteger a aquella delicada mujer de cabellos castaños y ojos violetas.

Gracias por haberte sentado aquí conmigo. —La chica se sonrojó mientras admiraba aquel ojo gris que la contemplaba con dulzura. —Y por preguntarme cómo me encuentro.

En vez de responder, el chico se enderezó del asiento, extendiendo una de sus manos hacia la chica, que no dudó en aceptar. Le encantaba cuándo el chico era amable con ella, y aunque odiara admitirlo, también cuándo sonreía de la manera que lo hacía en ese preciso momento.

Te acompañaré a tu habitación, preciosa. No quiero que te caigas y tengas que pasar la noche en el suelo del Cuartel. —Lanzó una risa pronunciada mientras sostenía la mano de la chica. Sin embargo, ella se zafó de su agarre, divertida.

¡Te dije que puedo caminar! —Y así, comenzó a andar por delante del vampiro, sabiendo perfectamente que la seguían tanto su paso cómo su mirada. Y sin duda, al joven le gustaba admirar el cuerpo de aquella mujer desde el primer día.

Los pasillos de las alcobas estaban silenciosos, vacíos. Apenas se iluminaban con unas pocas lámparas azuladas muy tenues. La habitación de Erika había sido, de hecho, preparada por el vampiro cuando llegó. Era el deber de los líderes de cada Guardia cuando se incorporaba un nuevo recluta, y él le había proporcionado una alcoba propia de una reina. Al menos, eso creyó ella cuándo atravesó por primera vez el lindar de la puerta.

Los pasos de ambos se detuvieron con cuidado en la puerta rosada de la castaña. Mientras buscaba en uno de los pequeños bolsillos de su pantalón negro la llave, recargó su espalda en la puerta. El chico la miró de arriba abajo, mientras apoyaba uno de sus brazos en la pared con cuidado. Se relamió el labio sin que ella pudiera si quiera percatarse.

¿Sabes...?— Erika habló con suavidad, sacándole de su ensoñación. Una voz que él definió de inmediato cómo sensual y erótica. Sus ojos violetas seguían perdidos en su bolsillo delantero, hasta que por fin la plateada llave se asomó a través de sus dedos. —Siempre he tenido una duda.

¿Cuál? — El vampiro sonaba desesperado, grave, acalorado. Sin duda la temperatura aumentó en el momento que sus cuerpos estaban más cerca uno del otro.

Erika deslizó una de sus manos acariciando el pecho del vampiro, con libertad, ya que aquella noche no portaba su bufanda negra. Recorrió lentamente sus pectorales, deleitándose con lo que encontraba a su paso. Finalizó su trayecto en el cuello del joven, arañando suavemente con sus largas uñas la nívea piel de su acompañante. Él soltó un gruñido casi imperceptible, se contuvo. Sin embargo, los labios de la chica se acercaron en gran medida a su oído. Cuando notó el aliento de la joven sobre el lóbulo de su oreja, no pudo evitar un pronunciado escalofrío que recorrió su espalda hasta llegar a la nuca. Apretó con fuerza su puño apoyado en la pared. Sabía que podía tratarse de un juego de aquella humana que le había estado robando los sentidos desde que había aparecido en los alredores del refugio mucho tiempo atrás.

¿Cómo se sentirá ser mordida por un vampiro...?—Tras pronunciar esas palabras que parecieron el detonante de la locura de Nevra, este se abalanzó contra la joven, aprisionando el cuerpo femenino con el suyo propio. Apretó ambas caderas, a lo que se vieron obligados a soltar un suspiro.

No tientes a tu suerte, preciosa...—Mordió su labio inferior ante la atenta mirada de Erika. —Me he contendido y reprimido de probar tu deliciosa sangre mucho tiempo. No juegues con fuego.

Me gusta mucho quemarme...—Las manos de la castaña se pasearon por la ancha espalda del joven, deslizándose de un lugar a otro con atrevimiento. Por supuesto que en ese tiempo había compartido momentos íntimos con otras personas del cuartel, sobre todo con Valkyon, pero a quién realmente anhelaba era al hombre que tenía en ese momento frente a ella.

Por pura inercia, sin despegarse mucho del cuerpo del líder, abrió la puerta de su alcoba mientras invitaba al joven a entrar con ella. Sin embargo, él se mostró reticente en un primer momento, sin entender la razón.

¿No quieres entrar? —Aunque le costaba aceptarlo, sentirse rechazada por Nevra le hacía daño. Y más por ser alguien a quién no le costaba compartir el lecho con cualquier mujer. Él entró, cerrando la puerta con cuidado.

No se movió de la entrada, y por supuesto, el calor del momento se disipó unos cuántos minutos. Ella se cruzó de brazos, sin entender la situación ni tampoco lo que le pasaba al vampiro por la cabeza. Sin embargo, si de algo se caracterizaba era por su paciencia. Y por ello, aguardó a que el azabache hablara. Pocos segundos más tarde, acercándose a él, el chico abrió sus labios de nuevo.

No quiero que pienses que eres un juguete para mí. —Una mueca de sorpresa se presentó en el cuerpo de Erika. —No me mires así, preciosa. Sabes perfectamente lo que se dice por aquí sobre mí. —Él agarró el mentón de la chica. Al fin y al cabo, los sentimientos de ella eran latentes y le dolía pensar en todo lo que conllevaban sus ''invitaciones privadas''. —Claro que quiero morderte, probar tu delicioso manjar...—Los labios del joven susurraban muy cerca de los de Erika, ruborizando su rostro completamente. Su mirada era desesperada, necesitaba besarle en ese preciso instante. —Y claro que quiero pasar esta noche contigo. Pero no solo ésta, quiero compartir todas mis noches contigo, por el resto de mi vida.

Los brazos de la castaña rodearon el cuello de Nevra con presteza, dejándose llevar por el deseo que la consumía desde hacía un rato. Sus labios se buscaron entre sí y pronto estuvieron unidos, en una tormenta apasionada que ninguno de los dos ganó. Ambos jugaban con rapidez y apetito, mientras iban abriéndolos progresivamente, hasta que sus lenguas bailaron entre sí. El azabache se limitó a corresponder con fogosidad el beso que le brindaba aquella joven que le tenía totalmente loco, mientras sus manos deslizaban con suavidad la parte superior de su traje. A muchos del cuartel ya les había revolucionado en más de una ocasión debido a sus ropas estrechas, sus escotes y vestidos cortos. Pero ahora la tenía solo para él, y era lo único que importaba.

La piel del vampiro, a pesar de ser fría por naturaleza, comenzó a emanar un calor que agobiaba a Erika, la cuál no dudo en quitarse ella misma la camiseta, causando una risa en su compañero. Pretendía ir despacio con ella, pero parecía estar deseosa de él, de sus labios, de su piel. Al verla en sostén, no pudo evitar retroceder ligeramente para admirar aquella belleza que contemplaba. Sin duda, además de tener una personalidad que le encantaba, su físico no era para menos.

Continuaron besándose, hasta que las manos de Erika se desprendieron de una de las prendas más características del chico, y que para ella, verle así era una señal de complicidad y cariño. Su parche cayó al suelo, dejando ver aquella marca que le había dejado su familiar de por vida. La cicatriz era aún visible, al igual que la pupila cenicienta que le impedía ver con claridad.

Te prefiero así.

El joven se percató de que la cama estaba inmediatamente detrás de la castaña, por lo que besándola con fiereza, la obligó a tumbarse en ella, mientras sus piernas colgaban del borde del lecho. Él se situó en medio de estas, totalmente abiertas, con una sonrisa en sus labios. Le encantaba verla así: sonrojada, sonriente de excitación, con los labios hinchados por tantos besos, y tumbaba mientras él seguía erguido admirando su figura.

Con lentitud, tomó cada una de sus piernas y fue quitando las botas de color caoba que portaba, mientras ella misma deslizada su pantalón fuera de su vista. Él terminó la acción, torturándola a la vez que besaba sus pies y las piernas. Subió poco a poco, recorriendo los tobillos, depositando besos húmedos por doquier. Al llegar a uno de sus muslos, observó la herida de la que habían hablado anteriormente. Se encargó de mimarla unos cuántos segundos. Comenzaba a percatarse de que su centro estaba húmedo y caliente; toda la sangre se encontraba en esa zona. Pero no iba a morderla. Aún no.

Quiero desnudarte, Nevra. —Él resopló. Le encantaba oír su voz y más estando tan excitada. Subió inmediatamente a sus labios, mordiendo el inferior y arrancándole un profundo gemido. Ella se encargó de quitarle la parte de arriba de su uniforme, junto al kimono que siempre portaba y que le hacía ver realmente apetitoso. Se relamió los labios al ver el pecho de su líder. Tan bien trabajado, marcado, y ahora, subiendo y bajando repentinamente al ritmo de sus agitadas respiraciones. Lo acarició e intentó enderezarse para besarlo, pero de nuevo las manos de Nevra se apoyaron en su pecho, empujándola al colchón.

No, no, preciosa. —Sonrió. —Me toca jugar a mí. Tengo mucho hambre, y no solo de tu sangre.

La muchacha no pudo evitar un gemido alto al oír sus palabras. Habían sido tan excitantes junto al tono en las que las había pronunciado, que sentía que se iba a derretir en cualquier momento.
Poco a poco el vampiro comenzó a descender, besando su cuello y mordiéndolo, sin usar sus colmillos. Aunque sí los rozaba, provocando un sinfín de sensaciones positivas en la mujer que lo rodeaba con sus brazos y piernas. Bajó aún más hacia sus pechos, y sonrió al darse cuenta de que su sostén se habría por delante. No tardó mucho en descubrir aquellos dos pechos; grandes, tibios, perfectos. Colocó su boca alrededor de su parte más excitada, hasta dejarlo enrojecido gracias a sus labios y dientes, que los mordisqueaban a placer.

Una de sus manos deshizo el enganche que tenía Erika con sus piernas en torno a su cadera, y metió la mano por debajo de su ropa interior. Estaba totalmente mojada. Ella gimió una vez más, pero esta vez su nombre. No pudo evitar gruñir al saber la excitación que le provocaba. Sus dedos recorrieron aquella zona erógena, mientras buscaba el clítoris de su compañera. Cuando lo encontró, curvó sus labios por satisfacción mientras ella apretaba la sábana con fuerza y entreabría la boca. Nevra se colocó en medio de las piernas de la chica, bajándole por completo la ropa interior.

La vista desde esa posición era magnifica, excitante y sensual. Sin perder más tiempo, el azabache agarró con firmeza los glúteos de Erika mientras acercaba su rostro. Se entretuvo un buen rato usando la lengua en sus labios mayores, observando cada reacción de la castaña. El simple hecho de que gimiera su nombre le volvía loco, pero él no quería eso.

Quería hacerla gritar.

Poco a poco, su lengua viajó hasta su clítoris a la par que la joven colocaba una de sus manos en su cabello azabache, incitándole a que comiera con más premura. Obviamente, obedeció. Nadie se negaría a los deseos de una mujer como Erika.

Estás tan mojada...—Su lengua jugó con su punto clave, alternando movimientos circulares, con otros más erráticos y vivaces. La joven gemía sin parar, y revolvió por completo los cabellos de su amante mientras él se encargaba de comerla. Dos de los dedos del chico se adentraron en ella, moviéndose de forma ascendente. No pudo evitar retorcerse de placer. Queriendo descubrir las sensaciones que Erika tendría, decidió pasear uno de sus colmillos por el punto más excitado.

Quiero que grites mi nombre. —Chupó con más energía mientras, ahora sí, sus dedos se movían frenéticamente dentro de ella. Las respiraciones de ambos eran totalmente desesperadas y la joven se sentía en el séptimo cielo. —Quiero... Que me digas todo lo que quieres que te haga.

Ella, desde su posición, se alzó sobre sus codos y le dedicó una sonrisa. Además de sensual, el vampiro era un total desenfrenado en la cama. Y eso la encantaba, por supuesto. Le agarró los cabellos azabaches, atrayendo su rostro más hacia ella. Él, sin embargo, aminoró su velocidad para hacerla sufrir.

Nevra...—Movió sus caderas en torno a su boca. Quería más. Quería sentir su lengua moviéndose frenéticamente.

Dime qué quieres y lo haré.

Maldita sea, ¡devórame! —Su voz era totalmente obsesiva, estaba desesperada. —Ahora. —Antes de continuar, le dedicó una sensual sonrisa antes de enterrar su boca de nuevo en ella. Su lengua entraba en el interior, haciendo movimientos circulares que la volvían loca. Después, era sustituida por dos de sus dedos, mientras se dedicaba a lamer su clítoris totalmente hinchado y enrojecido por la excitación. —Joder, Ne...Nevra me voy a correr...—

Quiero comerte, preciosa... —Ella curvó la espalda, y profiriendo un grito muy perceptible, llegó a su deseado orgasmo.

Él era un vampiro. Podía pasar horas y horas haciéndolo sin cansarse, pero ella, siendo humana, jamás hubiera pensado que se levantaría rápidamente mientras le arrancaba los pantalones. De hecho, casi los rompió. Ahora era el vampiro quién estaba sentado en la cama. Cerró los ojos mientras sujetaba con su mano izquierda la mejilla de Erika y le daba un profundo beso. No se esperaba que, sin darle tiempo a reaccionar, ya se encontrara totalmente desnudo y con el cuerpo de la castaña encima del suyo.

Le dedicó una mirada de perversidad, de nuevo devorando uno de sus pechos. Erika le dirigió a su entrada, y descendiendo su cadera, entró en ella mientras mantenían una mirada de complicidad. Ambos gimieron profundamente, por el placer que habían sentido. Nevra dejó caer su rostro al pecho de la castaña, apoyando allí su frente unos cuántos segundos. Ella comenzó a mover su cintura y su pelvis, provocando una fricción realmente irresistible. Le abrazó completamente mientras se sujetaba de su espalda, arañándole.

Me vuelves loco. No sabes cuántas veces he soñado con esto...—Besó su cuello mientras lo mordía salvajemente, dejando marcas rojizas. Se moría de ganas por probar su sangre, y más en estos momentos. Sin embargo, intentó controlarse un poco.

Craso error.

Ella sabía perfectamente en lo que estaba pensando en aquel momento, y al ver sus dudosos ojos y su mirada perdida, decidió moverse frenéticamente. La habitación se encontraba inundada de gemidos mientras sus cuerpos chocaban una y otra vez. Los movimientos de Erika enloquecían Nevra, y cuando notó de nuevo la uñas de la chica en su espalda, se dejó llevar.

Clavó sus colmillos en el cuello y bebió de ella con urgencia. Jamás había sentido tal nivel de excitación con ninguna de las chicas con las que lo había hecho antes. La visión del cuerpo de Erika encima del suyo, moviéndose con un ritmo enajenado y delirante, era demasiado excitante. Sus pechos rebotaban a cada una de sus embestidas, y él, por su parte, agarraba con firmeza los glúteos de su amante. Al poco tiempo, cansado de estar sentado, decidió levantarse sin romper ninguno de los dos vínculos que tenían. Apoyó el pequeño cuerpo de la chica contra una de las paredes, recargando en ella su espalda, y siguió penetrándola con fiereza. La castaña no podía evitar gritar de placer, y él, sonreía mientras bebía de su sangre.

Era un sinfín de emociones. Placer, dolor, éxtasis, complicidad, deseo. La pared retumbaba y sabían que les oiría todo el Cuartel General, pero lo ignoraban completamente. Solo existían ellos dos, solo existía su hambre voraz por el cuerpo del contrario.

¡Ne... Nevra! —El roce de la pelvis del chico en su zona erógena estaba consiguiendo que una gran ola de placer se extendiera por la zona baja del cuerpo de Erika. Quedaba poco para obtener su deseado orgasmo, y de la fuerza con la que agarraba la espalda del vampiro, sintió que le hizo sangre con sus dedos. Sin embargo, esto solo provocó un nuevo gruñido por parte del chico y que sus embestidas fueran más rápidas, sin descanso. — ¡Me...Me voy a...! —Su voz no conseguía salir. Estaba totalmente abrumada.

Pf... Córrete Erika...Es lo que quiero. —Finalmente, sintió las paredes vaginales de la chica apretándose en torno a su miembro. —Eri...Erika...Mi Erika...—Un gemido gutural salió despedido a través de sus labios, al igual que los gritos de su acompañante. La llenó por completo, mientras la observaba sonriente y apoyaba su frente contra la de ella. Sudorosa, abatida, pero con ganas de más, besó de nuevo al vampiro que no dudó en llevarla a la cama.

Tras limpiarse, Erika decidió tumbarse en los brazos de aquel chico que le había robado el sueño aquella noche. Él parecía no haber realizado ningún esfuerzo, y la miraba con una pronunciada sonrisa mientras depositaba el rostro en su hombro. Ambos se taparon con la sábana blanquecina, pero aun así, continuaron besándose y profiriendo caricias al otro durante un largo rato.

Mañana iré a la enfermería a por una poción anticonceptiva. —Informó la joven. Su respiración era tranquila, se sentía tan a gusto en sus brazos. — Y... Bueno, ¿puedo llamarte novio a partir de ahora? —Sonrió. Él acarició su rostro con delicadeza, admirando el color de ojos tan bonito que tenía su amada.

Ahora y siempre. —La volvió a besar.

Aún quedaba una larga noche de luna llena, en la que recuperar el tiempo perdido.