Disclaimer: Los personajes y lugares de Harry Potter descritos pertenecen a J.K. Rowling. Tan sólo los que no reconozcáis son de mi total y absoluta propiedad. Todos los derechos reservados. Queda prohibida su copia, adaptación, traducción o distribución sin pedir permiso de la autora (y menos aún sin dar créditos).


Sahani

Genre: Romance, Adventure

Pairing: Draco Malfoy / OC (Original Character)

Rating: M, por futuros capítulos.

Nota del autor: Esta historia (aún en proceso) la llevo escribiendo cerca de un año. La he editado mil veces, porque nunca terminaba de convencerme, pero finalmente estoy lista para publicarla. Sé que las fics con pairing de OC no suelen llamar demasiado, pero cuando me vino la idea para escribir esta historia, no había más remedio que crear OCs (era eso o cambiar por completo a los personajes originales, y bastantes cambios a la historia hago ya). Es un "universo alternativo" (realmente es el mismo descrito por J.K. a nivel de personajes, lugares, etc., con algunos cambios en la historia), pero no quiero contar mucho más porque lo descubriréis leyendo.

Resumen: Sabemos todo sobre la magia del mundo occidental y del nuevo mundo. Sabemos, por lo tanto, que existe la magia. Lo que no sabemos es cómo funciona la magia más allá de lo que conocemos. ¿Qué ocurriría si un nuevo mago tenebroso descubre lo poderosa que puede llegar a ser la magia fuera de los límites conocidos?


Sahani [noun]

Nombre de origen aborigen australiano que significa "estrella".


O

CIRCINUS

Diciembre, 1980. Falkland House School, Falkland (Escocia)

Aquella noche de diciembre estaba siendo especialmente fría. Nerida y Bearchan Circinus recorrían los extensos terrenos de Falkland en un silencio tenso; se podía observar como con sus respiraciones una densa cortina de vaho se elevaba desde sus bocas hacia la oscuridad del cielo nocturno.

La señora Circinus llevaba en sus brazos un pequeño bulto, oculto bajo su túnica de piel, para protegerlo del frío. Las lágrimas caían silenciosas por sus mejillas, causadas tanto por el frío aire que chocaba contra su rostro, como por la decisión que habían tomado. Su marido, el señor Circinus, iba un paso por detrás de ella, el rostro impasible y sus ojos oscurecidos por el dolor: dolor por ver cómo su mujer se rompía por dentro, dolor por cómo él se rompía por dentro, también, y dolor por lo que debían hacer para proteger lo que más querían.

Tras varios minutos caminando por el campo en completo silencio, el único ruido el de sus pasos aplastando la hierba mojada, ante sus ojos apareció un castillo que a su parecer era una versión muy pequeña de Hogwarts. Era un edificio de tres plantas, con dos pequeños torreones a cada lado y enormes vitrinas en la parte central de la segunda y la tercera planta. A esas horas de la noche, sólo permanecían encendidas las luces de la planta baja ― probablemente porque les estaban esperando. Si no fuera por esas luces, habrían apostado que se trataba de un edificio abandonado.

― Es lo mejor que podemos hacer, Nerida ― el señor Circinus rompió el silencio al notar que su mujer había dejado de caminar y agarraba con fuerza el bulto bajo su túnica, susurrando dulces palabras en otro idioma ―. Es la única opción que tenemos si queremos evitar un desastre.

― ¿Lo es? ― la voz de la señora Nerida estaba teñida del dolor que sentía en su corazón ― ¿Realmente lo es, Bear? Porque mi corazón me grita que esto no es una buena idea, que no va a salir bien.

― Cariño ― el señor Circinus suspiró y abrazó a su mujer ― , en tiempos de guerra no se puede pensar con el corazón – el enemigo no piensa nunca con el corazón, no tiene piedad. Ya lo hemos hablado. Dumbledore dijo que éste sería el lugar más seguro para hacerlo.

― Dumbledore no siempre debe tener razón… ― susurró para si misma mientras comenzaba a caminar de nuevo, comprendiendo que, aunque el director (y uno de los magos más poderosos de la era) era un hombre sabio, y le admiraba, no era quien para dictar su futuro ni las decisiones que debía tomar ella o su familia.

Cuando alcanzaron la impresionante puerta de madera y metal que daba entrada al castillo, no fue necesario que llamaran. Una mujer menuda de rasgos extraños les abrió la puerta y les invitó a pasar con una cálida sonrisa. Se trataba de Miss Effie McCann, la directora del lugar, una mujer cuya edad era difícil de adivinar pues era hija de una elfina y un humano, otorgándole así esos extraños rasgos: sus ojos eran grandes y redondos, su cuerpo no mucho más alto de un metro; su rostro, aunque lleno de arrugas, de aspecto aniñado.

― Buenas noches, señores Circinus. Espero que no haya sido muy complicado llegar hasta aquí, pero por motivos de seguridad el traslador nunca puede dejarles en los terrenos del castillo.

Su voz era también extraña, muy aguda, pero con un efecto calmante; transmitía confianza, y eso, de alguna forma, liberó un poco el corazón de Nerida Circinus.

― Sólo han sido un par de kilómetros. Dumbledore nos dio muy buenas indicaciones para llegar aquí sin problema.

― Perfecto ― sonrió de nuevo Miss Effie ―. Acompáñenme por aquí, para que podamos hablar. ¿Puedo ofreceros una taza de té?

El señor y la señora Circinus asintieron mientras seguían por un largo pasillo a Miss Effie hasta llegar a una oficina en la que ya había una humeante tetera preparada para ellos. Se sentaron en un cómodo sillón de color vino, colocado estratégicamente junto a la chimenea; la señora Circinus fijó su mirada en los cambiantes colores de las llamas del fuego prendido.

― Tengo todos los documentos preparados, por lo que lo único necesario es que los firmen y la entreguéis para que podáis iros. Por mi experiencia, lo mejor en estas situaciones es hacerlo rápido, para evitar el sufrimiento.

Al escuchar esas palabras, Nerida y Bearchan se miraron, el dolor deformando sus rostros y las dudas inundando de nuevo sus corazones. Aquello no era fácil para ninguno de ellos. El señor Circinus miró de nuevo a Miss Effie y agarró los papeles que la misma había colocado en la mesita de café frente a ellos. Mientras él leía los papeles con detenimiento, la señora Circinus abrió su túnica para observar lo que había oculto bajo ella.

Una preciosa niña de poco más de un año de edad se encontraba en sus brazos, envuelta en varias mantas de franela que la protegían del frío. Tenía la piel color canela, por la herencia genética de sus padres, ambos de piel tostada. Un colgante de plata colgaba de su cuello, con una pequeña medalla con la inicial de su nombre por un lado, y el escudo de su familia, con pequeñas perlas incrustadas, por otro. La pequeña, que hasta entonces había estado durmiendo, abrió sus ojos para observar a su madre con la intensidad y adoración que solo los bebes pueden tener en la mirada, para segundos después, sonreír. Los ojos de la niña eran lo único que no había heredado de sus padres; unos intensos ojos verdes que recordaban al color del césped en primavera, tal vez incluso un poco más claros. Unos ojos verdes que se podían ver incluso en la oscuridad de la noche, y que eran el principal motivo de que la familia Circinus hubiese tomado una decisión tan drástica. La señora Circinus sonrió por inercia en respuesta a la sonrisa de la pequeña, al mismo tiempo que nuevas lágrimas acudían a sus ojos.

― Esto no es definitivo ― la dulce voz de Miss Effie la hizo alzar la mirada ―. Solo es temporal, de acuerdo con lo que Dumbledore me explicó. Sólo hasta que la guerra acabe, y las estrellas indican que será dentro de poco.

La señora Circinus asintió, mirando de nuevo a su preciosa niña. Tan solo había disfrutado de ella durante un año y medio, y ya se tenían que separar. Pero era necesario. Dumbledore por fin había descubierto como derrotar de una vez por todas al Señor Tenebroso, y necesitaba que todos los miembros de la Orden colaboraran. Aparte de ellos, los únicos miembros de la Orden con hijos eran los Potter y los Longbottom; ambas familias acababan de ser padres y no podían separarse de sus bebés, por lo que el número de miembros activos en la Orden disminuía bastante.

El señor y la señora Circinus tuvieron que plantearse una importante decisión, una muy difícil: separarse de su pequeña para poder acabar con cualquier amenaza en el futuro de su hija. Finalmente lo hicieron cuando, apenas unas semanas atrás, descubrieron que su hija era la portadora; cuando sus ojos comenzaron a brillar con más intensidad. Si el señor Tenebroso alguna vez lo descubría, no dudaban que la haría daño. Debían protegerla.

Miss Effie ofreció sus brazos para que depositaran a la niña en ellos, y nada más entregarla, la señora Circinus se giró y se lanzó a los brazos de su marido, el dolor desgarrándola por dentro.

Agosto, 1981. Cuartel General de la Orden del Fénix.

Cada vez estaban más cerca de derrotar a Voldemort, y eso era lo único que había mantenido a flote a la familia Circinus durante todos esos meses de agonía lejos de lo que más querían en el mundo. Porque cuanto antes le derrotaran, antes podrían volver a ver a su pequeña.

Sin embargo, aquella calurosa tarde de Agosto todo cambió: para ellos ya no importaba mucho cuanto tardaran en acabar con aquella guerra. Para ellos ya no importaba nada demasiado.

Se encontraban con Regulus, el menor de los hermanos Black, cuando una lechuza picoteó la ventana para que recogieran la carta que transportaba. Fue Regulus quien la cogió, y al ver el remitente, supo que no eran buenas noticias. Sin embargo, debían saber lo que ponía en su interior para asegurarse.

El señor Circinus abrió la carta con el corazón en un puño, y comenzó a leer en voz alta.

Estimados señor y señora Circinus,

Lamento desde lo más profundo de mi corazón tener que informarles de esta trágica noticia que aún a nosotros nos tiene con el corazón desgarrado.

Hace unos meses una fuerte gripe del Dragón llegó al internado, infectando a prácticamente todos los que aquí residimos. Muchos no fueron capaces de sobrevivir a ella, entre esas personas, la antigua directora, Miss Effie McCann.

Su hija ha estado luchando como toda una superviviente para no perecer, sin embargo, esta pasada madrugada ha fallecido. Los medimagos del internado han hecho todo lo posible por salvarla, pero ha sido en vano.

De acuerdo con la normativa de sanidad del internado, su cuerpo ha sido incinerado inmediatamente para evitar la propagación de la gripe, por lo que en unos días se comunicará con vosotros nuestro secretario para entregarles vía red Flu las cenizas junto a todas las pertenencias de la niña.

Desde el internado mandamos nuestro más sentido pésame.

Miss Anne Flinn,

Directora de Falkland House School.

El señor Circinus no había sido capaz de terminar de leer la carta, y fue Regulus quien lo hizo en su lugar. Levantó la mirada para observar a la joven pareja abrazada, llorando desconsoladamente. Ni siquiera habían podido decirle adiós a su hija.

Pero Regulus no entendía muy bien lo que había ocurrido, y pasó los siguientes meses investigando y releyendo el acuerdo que Bearchan había firmado cuando dejaron a su pequeña hija en el internado. Fue así como descubrió que tal vez aquella carta fuera falsa, o al menos parcialmente falsa. Sin embargo, tanto Nerida como Bearchan Circinus se negaron a escuchar sus palabras, ni siquiera cuando él resaltó un hecho que debería haber llamado su atención.

― Regulus, entiendo que estás intentando redimirte por tu comportamiento cuando te uniste a las filas del Señor Tenebroso, y apreciamos que te preocupes por nuestra felicidad ― Bearchan le dijo un día, después de que Regulus le pidiera por favor hablar sobre el tema ―. Pero tienes que dejarlo ya. Nerida y yo estamos intentando seguir adelante, no hundirnos. No podemos aferrarnos a ninguna falsa esperanza. Ella ya no está. Ha muerto.

― Pero Bear, tienes que escucharme. En vuestro acuerdo decía que si en cualquier momento vuestra hija enfermaba seríais informados inmediata…

― Regulus…

― ¡No! Escuchádme un momento, por favor. ¿Acaso no os llama la atención que entre las pertenencias enviadas de vuelta no se encontrara el colgante?

Bearchan alzó las cejas, sorprendido por ese hecho del que no se había percatado. Sin duda, era curioso…

¡Basta, Regulus! ― esta vez fue Nerida quien habló, casi gritando ― Es suficiente. Te suplico que no vuelvas a sacar el tema. Nunca.

Regulus Black no tuvo más remedio que obedecer, pues no buscaba hacer sufrir a nadie, y menos aún a las personas que habían sido capaces de perdonar todos sus pecados. De perdonar que se uniera al bando enemigo, enajenado por las palabras de su tía, por la ideología de la pureza de sangre que todos en su familia destilaban, por la envidia que profesaba hacia su hermano mayor.

Regulus solo quería hacer lo correcto por una vez en su vida, y aunque sentía que volver suplicando perdón a su hermano y jurando saber la forma de derrotar al Señor Tenebroso había sido una buena forma de empezar, todavía tenía un agujero en el corazón; un vacío que sabía que necesitaba llenar de nuevo para que la oscuridad dentro de él desapareciera por completo. No había sabido que era lo que podía hacer para lograrlo hasta ese momento.

En ese momento, Regulus Black decidió que aunque fuera lo último que hiciera en su vida, descubriría la verdad sobre la primogénita de los Circinus, porque sabía que ellos necesitaban la verdad. Él había necesitado la verdad para darse cuenta de todo.