Las trampas de una bruja
Primera Parte
El disfraz de Guinevere (o Los sueños de Gray)
Gray la había visto en visiones durante la fiebre de confinamiento. Al tope de una torre, sus cabellos al viento, extendiendo las manos hacia ella.
Él.
Pero.
Tenía lentes.
Eso no guardaba ningún sentido histórico.
Reconocía, además, el rostro de la chica.
(No podía ser...).
Así que. Una de las instituciones de Estados Unidos envió a esta mujer, japonesa. Gray escuchó un rumor atolondrado. Incluso más torpe y con peores intenciones que los que circulaban sobre su maestro.
La mujer lo conocía y tenía en gran estima.
Lord El-Melloi II había salvado su vida cuando ella era casi una niña. Y él era Waver Velvet. Si.
Gray acumulaba lo que sabía de su maestro. Cada anécdota suya era un tesoro del que buscaba aprender.
Para que algún día...
En sueños la mujer parecía conocerla. Conocerlo.
Gray ya no sufría por ser una copia. Rechazada. Y perdida. Un receptáculo vacío.
Ella era lo original.
Y parte de ser genuina, era no saber que lo era. Solo había una ella. Y era él.
En los sueños no importaba. Podía llamarla "esposa". Lo era.
Y...
Hacían lo que los esposos deberían hacer.
Era importante remarcarlo para denunciar.
Fue difícil contárselo a Lord El-Melloi. Pero no tanto como darse cuenta de qué había sucedido en sí.
Que las luces fantasmagóricas, los sueños y las hadas que la acompañaban hacia la extraña mujer solo eran...
Segunda Parte
Las intenciones de Morgana
Ayaka esperó. No le molestaba esperar. Tenía la vista gacha pero sonreía. Había perdido sus anteojos pero veía con claridad. Un mechón de cabello teñido de rubio le caía sobre los ojos.
No estaba enojada ni frustrada. En absoluto. ¿Qué podían hacerle?
En especial...
Lord El-Melloi II finalmente llegó.
Ayaka alzó la vista. Estaba un poco avergonzada. Pero no se arrepentía.
—¿Sabes lo que has hecho?
Él le arrojó los papeles que ya había visto con la acusación formal y la petición que no había firmado. Y que no firmaría.
—Yo...—quiso disculparse. Pero...Con sinceridad...
No le importaba moralmente.
Era como lamentar su felicidad. No lo haría. Nunca.
Así que no dijo nada. Solo dejó que él continuara con su acusación.
—La chica de la que abusaste.
Arthur...
—Su nombre es Gray.
Bésame. Te conozco. Seremos uno. Esta vez lo haré bien. Te protegeré de ella. Lo prometo...
—Gray está asustada y confundida. ¿Siquiera te interesa eso? La violaste. Solo porque...
Ayaka no pudo escuchar más, como si la voz del Lord hubiese sido ahogada en un chirrido. Y luego...
—Llorar no te ayudará. Gray tiene 15 años.
—Solo quería algo de él —admitió ella, encogiéndose de hombros. No podía hacer ademanes justificativos con las manos, puesto que las tenía esposadas con un encantamiento a la silla de interrogación.
—Y ahora tienes demasiado. Lo mínimo que puedes hacer, es quitártelo. De otra manera, Gray estará...
—¡No mataré a su bebé! ¡No!
Lord El-Melloi gruñó, frustrado como un lobo acorralado.
—Todavía no entiendo cómo hiciste para cambiarle el sexo por una noche. Ella tiene un problema para hablar del asunto. Está en tratamiento por los hipnóticos que le diste.
Ayaka volvió al silencio, con pena de sí misma pero no menos que resuelta.
—...Averiguaste dónde descansaba. Te disfrazaste de Guinevere. Entraste por su ventana, luego de que se durmió, la drogaste. Y ella pensó que estaban casados. Es asqueroso. Hace años, intercedí por ti frente a la Torre de Reloj. Los Templarios querían ejecutarte. No te defenderé de nuevo. Aquí estás sola.
Ayaka pensó que estaba de nuevo ante el joven inexperto que había sobrevivido de casualidad la Guerra. El que quiso protegerla, tal vez por culpa.
—Lo hice. No lo negaré. Tampoco lo desharé.
Fue firme, alzó el rostro, se tragó las lágrimas. Bien pudo recibir una bofetada de Lord El-Melloi, pues este hizo una mueca feroz.
—Tu interior es ruin.
Ayaka asintió.
—¿Qué vas a hacer con el hijo del último descendiente del Rey Arthur? —escupió las palabras, espetándola, el maestro que tan bien la había recibido hasta entonces.
—Criarlo. También será mi hijo, después de todo.
—Mantén esto alejado de Gray. Eres mayor ahora. Ya no me das pena como cuando te cuidé. ¡No te atrevas a pedirle nada más a ella! Está a mi cargo.
Ayaka le sonrió.
—Ya me dio suficiente. Y demasiado. Si...
—En eso estamos de acuerdo.
Las esposas de Ayaka se abrieron. Ella se puso de pie dudosamente. Parpadeó. Su equipaje estaba ante ella. Tal y como lo esperaba, eso era solo una formalidad.
—Quedas expulsada de la Torre del Reloj.
—Jamás fui parte...
—Ahora menos que nunca.
—Volveré a Estados Unidos —explicó, políticamente, como una excusa.
A decir verdad, criar a ese hijo le demandaría toda su energía, de cualquier modo.
