Emmett es atacado por un oso pardo. La historia contada en un mundo donde los vampiros son ligeramente distintos a los definidos por Stephenie. Esta historia tiene la clasificación M por algo, lean bajo su responsabilidad.

A mediados de abril la temperatura en el bosque era bastante amable a pesar de que me había levantado temprano para la expedición de caza. Con suerte, podría llevar a casa algo para alimentar a la familia este domingo, si me daba prisa, claro. Mi madre me había sermoneado para llegar con tiempo suficiente para acudir a misa. Luego, una buena comida familiar en domingo y una siesta justo antes de salir con Jeff: esta noche ganaría yo en la casa de apuestas.

Con ganas de encontrar algo rápidamente, una presa pequeña que pudiese llevar fácilmente a casa, una liebre o una perdiz, me adentré sigilosamente en el bosque, pasando una zona más espesa. Silenciosamente busqué rifle en mano. Esto debería ser rápido.

Caminé durante casi una hora, buscando una presa. Esto no era normal, no se oía un sonido en el bosque. ¿Se acercaba una tormenta? Un frío escalofrío recorrió mi espalda, sentía que algo observaba todos mis pasos. No seas cobardica Emmett me dije a mí mismo y luché contra la absurda necesidad de volver a casa con las manos vacías.

Merodeé por la zona un poco más, buscando mis habituales presas, pero algo iba mal. En la zona siempre había conejos a raudales y hoy no había absolutamente nada. Ni siquiera se oía un simple pájaro en un día soleado, ni moscas, ni saltamontes: no había absolutamente nada. El silencio sepulcral hacía que la piel de mi cuerpo se erizase, preparándose para un peligro inminente que no acababa de llegar. Demonios, voy a llegar tarde para el sermón.

Entonces ocurrió, algo se movió a mi izquierda. Mi vista se dirigió hacia el pequeño movimiento e inmediatamente supe que estaba en problemas: un oso pardo había salido de la nada y se aproximaba a mí a unos escasos metros, corriendo, estaría sobre mí en segundos. Casi aliviado por encontrar al fin de la tensión de lo desconocido, lo vi todo con claridad, necesitaba acertar o sería hombre muerto. Las manos me temblaban. Apretando la mandíbula cuadré los hombros y apunté lo mejor que pude. El objetivo se movía desbocado y una sensación de júbilo recorrió mi cuerpo: esto es inesperadamente... divertido.

- ¡Muere bestia! - grité mientras apretaba el gatillo. Estupefacto vi como mi grito hizo que el oso cambiase ligeramente su posición y la bala pasó demasiado lejos del objetivo.

No tuve tiempo para más. El animal golpeó mi pecho y me tiró de espaldas al suelo. Noté cómo las uñas se clavaban en mi pecho rasgando la carne como cuchillos y los dientes de aquella bestia se acercaron peligrosamente a mi cara. Por puro instinto elevé los brazos para proteger mi cara y noté el doloroso mordisco del oso en mi brazo, desgarrando la carne. Con toda mi fuerza intenté sacarme aquel bicho de encima mientras él no soltaba su presa en mi brazo.

Mi fuerza estaba debilitándose y tras un gruñido volví a notar que los dientes de la bestia desgarraban mi brazo y las uñas ahondaban en mi pecho. Cerré los ojos y cuando los abrí supe que mi vida había acabado. Un ángel, una bellísima muchacha de tez blanca y pelo dorado me observaba con ojos negros. Era un ángel que me llevaría al otro mundo. Como pensaba, el ángel me tomó de la tierra y me llevó volando en sus brazos.

El dolor aún no se había ido, era insoportable. Mis ojos querían dormirse mientras veía el mundo desvanecerse a nuestro alrededor pero ante la vista de este alma pura, ¿cómo iba a cerrar los ojos? Centré mi vista en su cara, que alternaba entre mi cuerpo y el camino. Una dulce sonrisa tensa por la preocupación empañaba su belleza, quería quitar esa preocupación de aquel rostro. Un momento después, sus preciosos ojos negro azabache cambiaron. Tenían un reflejo broncíneo, las puertas del cielo estaban cerca, seguro que era el sol reflejándose en su mirada. Como si leyese mis pensamientos lo confirmó:

- Ya casi estamos, cazador. Ya pronto pararemos el dolor - Me permití cerrar los ojos momentáneamente, disfrutando del sonido de aquella voz angelical. - ¿Cual es tu nombre cazador? ¿Puedes hablarme? Quédate conmigo.

Tenía que responder, no podría negar nada a aquel ángel. Buscando fuerzas de donde no las tenía respondí.

- Em... Emmett.

- Muy bien Emmett, ya estamos - el mundo dejó de girar alrededor de nosotros-. Ahora vamos a cuidar de ti. Espero que sepas perdonarnos.

¿Perdonar? Lo que decía aquel ángel no tenía sentido. Era yo el que tenía que agradecer sus cuidados.

Noté que me posó sobre algo mullido y oí cómo una tela se rasgaba. Había vuelto a cerrar los ojos. Los forcé abiertos y vi cómo el ángel encargado de mi cuidado retiraba mi camisa ensangrentada y tomaba mi brazo entre sus manos. Estaba fría al tacto, seguramente mi piel quemaba por la fiebre. Con un cuidado infinito, hizo magia. Bajó su rostro sobre la herida de mi brazo y posó un beso sobre la herida. Apenas noté sus labios, sus rizos dorados me tapaban la visión. Maravillado noté que aquel brazo dejó de dolerme. Cuando acabó con esa herida pasó al otro brazo y volvió a hacer su magia. Un beso curativo. Con el nuevo ángulo, me di cuenta que no era solo un beso sino que ella pasaba ligeramente su lengua encima de la apertura y la piel sanaba y volvía a la forma original.

Mi ángel pasó a reparar las heridas de mi pecho, el dolor estaba trasladándose a un segundo plano y pude notar su fría lengua depositarse encima de mis heridas lamiendo primero y besando la piel después. Cada beso era un alivio para mí y notaba mis fuerzas regresando. No sabía si era el júbilo por volver a la vida o el contacto femenino contra mi pecho pero, la visión de aquel ángel sobre mi pecho desnudo estaba creando en mí un calor inesperado y mi cabeza estaba llenándose de lo que podría pasar si aquellos labios bajaban un poco... Sintiéndome culpable por mis sentimientos terrenales examiné el lugar en el que estaba, intentando evadir las sensaciones que aquel ser puro me provocaba mientras me curaba.

Era una estancia limpia, parecía el interior de una cabaña. Encima de mí se podía ver un techo de madera. Una biga central unía las dos partes de un tejado en punta. Alrededor había una estancia pequeña. Una mesa pegada a la pared, un banco, una hoguera apagada... Definitivamente parecía una cabaña del bosque. ¿Sería esto el purgatorio? ¿Me llevaría ahora a ver a San Pedro?

Una mano fría se posó en mi mejilla y guió mi cara hacia arriba, hacia sus ojos. La magia había curado mis heridas, ya no había dolor en mi pecho, ni en mis brazos, solo una sensación de fatiga. Con mis manos toqué mis brazos, mi pecho, asombrado. Restos de sangre seca manchaba mi piel, pero no había ni rastro de las heridas que hacía unos minutos cubrían mi cuerpo.

Aquel ángel me miraba mientras yo examinaba su trabajo. Miré en su dirección, intentando encontrar una respuesta a su magia celestial y vi en sus ojos que algo había cambiado. Volvían a ser negros y ya no había una sonrisa amable en sus labios sino una expresión indescifrable. Luché contra el cansancio para agradecer sus cuidados.

- Mi ángel... Gracias por curarme, por recogerme... ¿Cómo te llamas mi ángel? ¿Qué debo hacer?

Ahora que mis fuerzas volvían a mí, intenté incorporarme sobre la cama en la que me había depositado pero su mano se posó en mi pecho y me impidió levantarme. Quizás no estaba más débil de lo que pensaba, su sola mano bastaba para detenerme completamente. Quizás era parte de su magia. Observé su cara otra vez, intentando entender qué pasaba. No había respondido a mis palabras y tenía la mirada fija sobre la mano en mi pecho, pensativa.

- Ángel... ¿qué va mal?

Atraída por mis palabras miró fijamente mi cara y, tras una larga inspiración, por fin dijo algo:

- Mío.

Algo en su voz había cambiado. No era la voz dulce de antes, pero seguía siendo su voz, solo que más tosca. ¿Que quería decir? ¿Estaba respondiendo a alguna de mis preguntas?

- Mío -repitió con más énfasis.

- No entiendo...

Mágicamente aquella extraordinaria mujer estaba encima de mí, estirada sobre mi cuerpo, notaba cada curva de aquella preciosa mujer contra mí y sin mediar palabra estampó sus labios contra los míos. No había otra forma de definir lo que aquella criatura hacía. Parecía cegada por la necesidad y mis labios, por supuesto, correspondieron a aquel beso. Haría lo que fuese por este ángel. Una voz en mi interior me alertó que quizás esto era una prueba, para decidir si era digno del cielo. Durante mi vida en la tierra había roto muchas reglas: apostaba, bebía, intentaba conquistar a las mujeres... Pero si el precio por besar a este ángel era ir al infierno, lo pagaría con gusto.

Su cuerpo entero parecía estar conteniéndose mientras sus labios aplastaban los míos con fiereza. Sus manos acariciaban mi pecho, mis brazos. Sus caderas se apretaban peligrosamente contra las mías, cada una de sus piernas estaba a un lado de mi cuerpo. Gemidos comenzaron a salir de su boca cuando encontró el punto adecuado de fricción entre su cuerpo y el mío, demasiado excitado para poder respetar a un ser celestial.

La boca de mi salvadora se trasladó de mis labios por el cuello, lamiendo, succionando sutilmente mi piel. Intenté tomar aliento para analizar la situación, no quería mancillar el honor de mi salvadora. No estaba del todo orgulloso por mis antiguas conquistas, aquellas mujeres sabían que nosotros compartiríamos un buen rato. La succión de mi cuello paró y mi ángel se separó, sentándose encima de mis caderas. La magia volvió a surgir. La blusa que aquel ángel llevaba desapareció y lo entendí: Aquel ángel me había llevado al cielo y ahora se estaban cumpliendo todos mis deseos. Era la única explicación posible.

- Ángel... eres la criatura más bella que... - ninguna comparación le haría justicia. Con un gran esfuerzo por mi parte, intenté sentarme sobre el camastro. Quería abrazar a aquel ángel, acariciarla -. Déjame...

- Rosalie - interrumpió mis balbuceos con la voz tosca. Se abrazó a mí, pasó sus piernas detrás de mi espalda y depositó un juguetón lametón sobre mis labios. Con esta nueva posición, volví a sentir su cuerpo apretado contra el mío. Piel con piel. Sus pechos turgentes apretaban contra mi pecho, su piel estaba fría, la atraje a mi cuerpo, intentando compartir mi calor con ella.

- Rosalie... - susurré el nombre con alegría. Su cara estaba casi pegada a la mía, mirándome a los ojos con una expresión aún indescifrable. - Rose... Eres preciosa. No... no tengo palabras.

Aunque su mirada siguió perdida, un pequeño cambio en su boca trajo el atisbo de una sonrisa. Aquello parecía gustarle, los halagos. Me pasaría toda la eternidad adorándola si aquello la hacía feliz. Pretendía continuar alabándola pero en un borrón ella ya no estaba frente mi cara. Algo me aplastó contra la cama de nuevo, manteniéndome totalmente tumbado. Un sonido de algo rompiéndose, rasgándose, llevó mi mirada hacia abajo. Ella estaba allí, mirándome con una cara traviesa. Al principio, no me di cuenta, su largo pelo cubría la parte baja de mi cuerpo, pero definitivamente noté como una mano fría, su mano, atrapaba mi erección. Contuve la respiración y observé como, con la sonrisa más sexy del mundo en su cara, aquel ángel apartaba su pelo sin quitar sus ojos de los míos.

Mis pantalones habían desaparecido. Su mano se movió ligeramente moviendo mi polla con ella y su cara se acercó. Sin romper el contacto visual, se metió aquello en la boca. Tragué aire asombrado, recordando que debía respirar. Mis ojos se cerraron involuntariamente y siseé al tiempo que estiraba mi cuello, intentando asimilar aquel placer inesperado.

Notaba su lengua moverse en mí y volví a dirigir la mirada a su cara. Ya no me miraba, parecía atenta a su tarea. Soltó mi miembro y con la lengua recorrió toda su longitud, desde la base hasta arriba y volvió a metérsela en la boca. Entonces empezó la cadencia, metiéndome primero hasta el fondo de su garganta para después casi soltarme y volver a engullirme. Apreté las manos a la sábana de aquel colchón, intentando controlar mi cuerpo sin mucho éxito.

- Rosalie, para, por favor... - llevé mi mano a su cabeza, metiendo la mano en su pelo, intentando separarla de mí suavemente sin hacerle daño -. Detente, no puedo controlar...

Toda respuesta que recibí fue un gruñido por su parte que retumbó en mí y no pude aguantar más. Con una sensación de culpabilidad y vergüenza no pude contener el mayor de los placeres. Ella pareció encantada, no cesó con su tratamiento y lamió mi intimidad mientras yo intentaba recomponerme entre jadeos buscando aire tras, sin duda, el mayor orgasmo de mi vida.

- Rose - susurré, dándome cuenta que estaba agarrando su pelo quizás demasiado fuerte. Ella había posado su mejilla en mi pierna y me miraba desde allí, sujetando una cabeza con una mano y acariciando perezosamente mi costado con la otra, desde el muslo hasta las costillas -. No tenías que hacer eso, belleza.

- Mío - parecía que la chica ya no sabía pronunciar otra palabra.

- No te entiendo, Rosie.

Ella negó con la cabeza y volvió a murmurar "mío". Intenté incorporarme y ella pareció entenderlo porque se sentó a mi lado y tiró de mi brazo para ayudarme. Ese oso me ha dejado molido, esta chica tiene más fuerza que yo. La muchacha estaba totalmente desnuda de cintura para arriba y, solo esa visión ya era suficiente para que mi cuerpo mostrase cierto interés. En unos minutos estaría listo para ella, si ella me deseaba, claro. Aprovechando que ella estaba sentada, me recosté encima de ella, tumbándola. No dijo nada, pero se dejó hacer. Cambiamos posiciones y era yo el que estaba arriba ahora, al mando. Besé sus labios suavemente.

- Rosie, déjame corresponderte, ¿te gustaría eso? - le pregunté entre besos -. Me has hecho sentir muy bien, déjame hacerte sentir bien.

Bajé mis manos por su cuerpo, a su cintura y subí ligeramente por sus costados hasta la altura de sus pechos. La chica seguía algo fría, pero gracias a la unión de nuestros cuerpos, parecía que estaba entrando en calor. Mientras seguía besándola, colé mis manos entre nuestros cuerpos y coloqué mis manos en sus pechos. Eran los mejores que jamás había visto, llenaban mis grandes manos a la perfección y unos pezones rosas estaban punzantes contra mi mano y estaba bastante seguro que no solo era por el frío.

Pasé a besar su cuello mientras acariciaba aquellos apéndices suyos, pretendiendo bajar a besarlos. Sin embargo, ella besó también mi cuello, lamiendo y succionando, obligándome a prestar un poco más de atención a su cuello, a su oreja. En cuanto me dejó libre, bajé mi cara a sus pechos. A mí también me gustaba succionar. Coloqué mis rodillas entre sus piernas abiertas y me incliné para darle un buen tratamiento.

- Eres hermosa - suspiré sobre su piel. - La cosa más preciosa que he visto en mi vida.

Ella se dejaba hacer. Mientras besaba, lamía y succionaba aquella parte de su anatomía, bajé mis manos a su cintura, colé mi mano por debajo de su falta y acaricié suavemente su cuerpo por encima de su húmeda ropa interior. Su ropa impedía un poco mi rango de acción y deseé que desapareciese. Confirmando mi teoría de estar en el cielo, la magia del lugar cumplió mis deseos. La ropa desapareció y mis dedos empezaron a acariciar aquella tierna piel sin nada de por medio.

Dando por acabada mi tarea en sus pechos, emprendí un viaje de besos hasta su intimidad. Un poco de pelo rubio cubría su monte de venus, pero no me entretuve demasiado allí. Dirigí mi mirada a sus ojos, que me miraban atentamente, con deseo. Sonreí y soplé sobre su carne.

- ¿Te gusta esto Rosie? ¿Quieres que siga? - dije intentando tentarla.

De aquella criatura solo salió un gruñido frustrado. Llevó su mano a mi cabeza, justo por encima de mi cuello y entrelazándose con mi pelo, guió mi cara hacia ella. Quizás no estaba tan al mando como yo pensaba. Sin hacer esperar a mi amada la lamí toda. Estaba empapada, olía y sabía mucho mejor de lo que me había esperado, era casi adictivo, aquel sabor casi me cegaba. Besé, lamí succioné aquel manojo de nervios, su mano en mi nuca ya no apretaba, pero seguía allí acariciándome, indicándome que aquello le gustaba. La noté tensarse cuando mi dedo índice entró en su cueva, pero no protestó cuando moví mi dedo dentro y fuera. Estaba bastante apretada pero a la vez tan mojada que no era un problema, mi dedo se deslizaba fácilmente. Mi cabeza empezó a imaginar cómo sería estar dentro de aquella diosa y mi erección pulsó dolorosamente contra la sábana.

Con el tiempo, añadí otro dedo y noté como ella se tensaba otra vez alrededor de mis dedos. Empecé a lamer más intensamente encima de aquella piel tan sensible e inconscientemente me restregué contra el colchón, buscando algo de alivio. No tardó mucho en venirse gracias a mis cuidados emitiendo pequeños gruñidos que sonaron como música celestial para mis oídos, lo que me enorgulleció altamente. Lo que no me enorgulleció tanto fue soltar mi semilla sobre la sábana, jadeando mientras sus mano me mantenía inmóvil contra su piel.

Tras unos minutos, ella parecía haberse calmado, yo seguía aún algo jadeante. Como si yo no pesase nada, me impulsó encima suyo, poniendo mi cara a su nivel y apretando sus labios contra los míos y rodeando mis caderas con las suyas, con hambre, pero yo estaba aún blando después de aquel éxtasis.

- Lo siento, Rosie. Dame un tiempo y estaré listo.

Una risa escapó de su garganta y su mano buscó mi brazo derecho, casi haciéndome perder el equilibrio. Mantuve mi peso con el otro brazo mientras ella tomó mi mano y la dirigió a su cara. Observé con atención lo que hacía. Besó mi muñeca primero. A continuación lamió aquella zona y justo después expuso los dientes. Una parte de mí sabía que debería sentirme horrorizado por lo que estaba presenciando, pero no sentí nada mientras los colmillos de aquel ángel, crecían y se posaban sobre mi piel como los de una víbora. No sentí dolor, en absoluto. No sé qué estaba haciendo pero empezaba a sentirme muy excitado. Sus dientes se soltaron de mi muñeca, volviendo al tamaño natural y acto seguido lamió los dos puntos de mi muñeca, haciéndolos desaparecer.

Cerré los ojos intentando encontrar algo de cordura en todo aquello pero todo lo que sentía era una inmensa necesidad de hacer mía aquella mujer. Noté mi erección crecer y unas manos traviesas se colaron entre nuestros cuerpos, posicionando la cabeza de mi pene en su entrada.

- Mío - la manera en la que lo dijo esta vez, parecía suplicante. - Mío.

No había manera de negarse aquello, con la más ligera de las presiones hice avanzar a mi cuerpo, penetrando aquella mujer poco a poco pero sin cesar, mirando su cara. En ningún momento pareció estar incómoda, incluso parecía ansiosa, pero me dejó hacer. No tardé en unir su pubis con el mío, notando el final de su intimidad, estirándola ligeramente. Me retiré hasta la mitad del camino y volví a penetrar aquel cuerpecito, arrancando un gemido de mi ángel. Repetí la operación y pronto estaba penetrándola a un ritmo constante. Ella estiró su cuello, con los ojos cerrados, suspirando, definitivamente lo estaba disfrutando. No tardó mucho en fijar sus ojos negros en los míos y mover sus caderas, pidiendo silenciosamente que aumentase el ritmo.

Obedecí su petición y aumenté el ritmo. Ella bajó sus manos a mis glúteos me dió un cachete. Por alguna razón eso me puso a cien.

- Juguetona ¿eh? - gruñí en sus labios, antes de capturarlos en un brusco beso, rozando lo salvaje.

Ella correspondía a cada movimiento a cada roce, en algún momento llevó las manos a sus pechos, que parecían desbocados por mis embestidas. Siendo tremendamente tentado por la visión, bajé mi cabeza y capturé uno de aquellos pezones en mi boca, y entre mis dientes, aplicando la presión justa. Noté como sus músculos apretaron alrededor de mí cuando lamí aquella protuberancia. Iba a pasar al otro pecho para darle el mismo trato, pero sus manos capturaron mi cara y me llevó al hueco de su cuello.

- Mío - gruñó y se ocultó en mi cuello. Sus caderas seguían moviéndose contra las mías. Noté que me estaba lamiendo. ¿Me estaba mordiendo? No sentía dolor, pero sí noté que su garganta se movía, como si estuviese tragando algo.

Sus músculos empezaron a apretarme, haciendo más difíciles mis embestidas. Un placentero escalofrío recorrió mi espalda y agradecí cuando ella empezó a pulsar a mi alrededor. El más grande de los placeres recorrió mi cuerpo y noté cómo mis propias pulsaciones se fundían con las suyas, soltando mi semilla sobre su fértil carne.

El cansancio hizo mella en mí y me desplomé sobre ella. Rosalie en cambio no parecía cansada. Se separó de mi cuello, me giró y me depositó en el colchón con extrema suavidad. Lo último que recuerdo fueron sus ojos, rojos, llenos de preocupación.

- Perdóname Emmett. Perdóname.

No entendía nada, pero sabía que no había nada que perdonar. Quise decírselo, tranquilizarla, pero todas mis fuerzas me abandonaron y me hundí en un sueño profundo, feliz.

¿Qué opináis? Nunca me acabó de gustar la transformación al estilo Meyer, esta es bastante más interesante. Esta historia pretende ser un ONE-SHOT. Si llama el interés quizás la amplíe, tengo un par de ideas en el tintero y me he divertido bastante escribiendo esto.