DISCLAIMER: el argumento de esta historia es mío pero, evidentemente, no me pertenecen ninguno de los personajes de la misma. Todos son propiedad de las mentes brillantes ocultas tras Akiyoshi Hongō.
AVISO: para los que no conozcáis mi estilo de escritura os advierto de que, fiel a mi costumbre, este fic contiene altas dosis de lenguaje malsonante y en los próximos capítulos también habrá lemmon.
1. PLAN DE SÁBADO
— ¿Qué hacemos? ¿Vemos algo? — preguntó Taichi Yagami estirándose tras terminar de recoger la cena.
Sora aceptó encogiéndose de hombros mientras guardaba los platos en la alacena.
— Claro. — le contestó. — ¡Oh, ya sé! ¿Recuerdas aquella serie de la que habíamos hablado? ¿Cómo se llamaba…? La de la acosadora…
— El Círculo — completó él, bufando con una risilla.
— ¡Esa! Todavía no la he visto. Venga… ¿la empezamos? — pidió. Él puso mala cara.
— ¿Tiene que ser esa…? Dicen que es un coñazo… La tía se pasa los capítulos enrollándose con tíos a diestra y siniestra.
— Y eso sería toda una tortura para ti, ¿verdad? — preguntó con una sonrisilla. — Venga, sé un buen anfitrión, ¡déjame escoger! — insistió. — Además, la tía está buenísima, ¿de qué te quejas?
Tai rio y sacudió la cabeza.
— Como quieras — aceptó, levantando las manos. — Deja que me ponga antes el pijama. Así, si me quedo dormido, por lo menos estaré cómodo.
— ¡Sí! — celebró ella dando y salto y yendo a por su bolsa para cambiarse también.
Era una cálida noche de finales junio y la chica se quedaría a dormir en casa de su amigo para no estar sola en la suya, ya que sus padres se habían ido a Kioto para asistir a la boda de la hija de unos amigos a la que Sora se había negado rotundamente a ir.
El fin de semana anterior, Sora y su madre estaban discutiendo sobre ese tema en el supermercado cuando se habían encontrado con Tai y su familia.
— Mamá, que te digo que no voy a ir, que no me quiero perder el partido del sábado. ¡Es el último de la temporada! ¡Y yo ni siquiera conozco a los Takedo ni a su hija! No insistas — repetía ella.
— Hija, ¿qué quieres que haga? — le insistía su madre. — Tus tíos no están, no puedes quedarte con ellos y si te pasa algo no va a haber nadie cerca para…
— Pero mamá, ¿qué me va a pasar? Son solo dos días — decía Sora. — Puedo quedarme perfectamente sola en casa dos días.
— Pero, ¿cómo te vas a quedar tú sola en casa? ¡¿Toda la noche?!
— No veo por qué no — siguió ella, cruzándose de hombros. — Cuando papá y tú tenéis el mismo turno de noche en el hospital me quedo sola y nunca ha pasado nada. ¿Cuál es la diferencia?
— ¡La diferencia es que en el hospital estamos a 5 minutos andando de casa, no a 2 horas en avión!
Sora iba a seguir replicando cuando escuchó una voz familiar a sus espaldas.
— Sora, Toshiko, ya me parecía haberos oído — saludó Yuuko Yagami.
— Hola, Yuuko — respondió la madre de Sora. — Qué vergüenza, nos has oído discutir.
— Mamá, si no estamos discutiendo… — resopló su hija.
— ¿Cómo que no? ¡Si podía oírte chillar desde la otra esquina del súper! — replicó la voz de un chico.
Sora se giró con una ceja alzada para ver aparecer de detrás de una estantería a su amigo Tai seguido de su hermana Kari.
— Mira qué bien, el que faltaba… — resopló ella.
El chico rio y se acercó a ella para pasar un brazo sobre sus hombros con socarronería. Por pura inercia, como de costumbre, Sora se apoyó un poco en él pese a su fastidio.
— Toshi — le dijo con cariño a la madre de ella—, no sé qué habrá pasado… pero estoy seguro de que tú tienes la razón — afirmó guiñándole un ojo.
— Tai, no seas entrometido… — le advirtió su madre.
— Lo que pasa es que Haruhiko y yo nos vamos el sábado a Kioto a una boda — explicó Toshiko — y la señorita ha decidido que no le da la gana de viajar con nosotros para no perderse uno de sus partidos de tenis. Y ya sabes lo testaruda que es, Tai…
El aludido asintió con conocimiento.
— ¡Pero es que no los conozco! ¿A qué queréis que vaya?
— ¿Y qué más da que no los conozcas? — replicó Tai. — A mí me encantan las bodas. Se come de cine y… — en ese momento, Sora giró la cabeza para fulminarlo con la mirada y él decidió que sería mejor quedarse callado.
— Sora, no te vas a quedar sola en casa todo el fin de semana. No hay discusión posible — zanjó su madre.
— ¡Mamá, que no voy a ir! No me voy a perder el partido del sábado. El equipo cuenta conmigo.
Yuuko, seguía la conversación en medio de ambas, con su hija al lado, moviendo las dos la cabeza de derecha a izquierda como como si de uno de los partidos de tenis de Sora se tratase. Cuando vio que Toshiko empezaba a perder la paciencia decidió que era un buen momento para intervenir, antes de que montasen una escena en público.
— Toshiko, los chicos ya son unos niños… — tanteó. — Tai se ha quedado ya muchas veces solo en casa, o con su hermana. De hecho, este fin de semana nos vamos todos a casa de mis padres, a Kamakura, y él quiere quedarse para ir al entrenamiento del domingo. Si es que están a punto de cumplir los 18…
— No es lo mismo. Tai es un chico, Yuuko, y sabes que no es lo mismo — insistió la madre de Sora con cara de preocupación.
Yuuko asintió, dándole la razón. Era innegable que, por desgracia, el mundo era mucho más peligroso para cualquier chica como Kari o Sora que para chicos de sus mismas edades. Entonces, se le ocurrió otra posibilidad.
— Bueno, ¿y por qué no se viene a dormir a casa? — propuso. — Yo también me quedaría más tranquila sabiendo que Taichi no va a prender fuego a las cortinas ni volverá a inundar el baño — añadió mirando con inquina a su hijo.
— Mamá, eso fue un accidente. ¡Solo pasó una vez! ¡Una! ¿Hasta cuándo piensas recordármelo?
Sora abrió los ojos emocionada. Por primera vez desde el inicio de la discusión empezaba a sentir alguna esperanza de ganar.
— Ay, Yuuko, no queremos molestaros… — oyó decir a su madre.
— ¡No voy a molestar! — la interrumpió.
— Sora nunca molesta — coincidió Yuuko, y no era mentira. Sora se había quedado cientos de veces a dormir en casa de Tai, sobre todo cuando eran más pequeños y sus padres trabajaban en el turno de noche del hospital, y siempre había sido una chica obediente que ayudaba a tranquilizar al demonio de su hijo.
La chica sintió que su amigo apretaba un poco el abrazo alrededor de sus hombros antes de hablar.
— Venga, Toshi — empezó él. Sora se mordió la lengua para no decir nada que pudiese perjudicarla, pero es era impresionante lo zalamero que era ese condenado con su madre. — Te prometo que no le voy a quitar la vista de encima. Incluso puedo acompañarla al partido del sábado — se ofreció.
Toshiko miró a su hija con aire de resignación y Sora sonrió. Había ganado.
Sora salió del baño poniéndose una chaqueta holgada por encima del pijama y se encontró con Tai repantigado en el sofá. Estaba descalzo, con unos pantalones cortos de deporte y una estirajada camiseta de un campamento de verano al que habían ido hacía años, mirando el móvil. Había abierto una de las puertas que daban al balcón para que corriese un poco de aire, lo cual era de agradecer porque el día había sido muy pesado. Incluso, durante el partido de esa mañana, se habían planteado abandonar por el calor, cosa a la que Sora se había negado en rotundo: después de lo que había tenido que pelear para estar allí, no iba a abandonar por una ligera ola de calor.
— ¿Ya la tienes?
— ¿Mmm? ¿Qué? — preguntó distraído, con la mirada todavía en el móvil.
— La serie, ¿la tienes ya localizada? — repitió, sentándose a su lado de un salto y apoyando la cabeza en su hombro para echar una miradita al teléfono. Inconscientemente, él apoyó su mejilla en la cabeza de Sora. — ¿Yukiko? ¿Pero ahora no estabas detrás de Anako? — preguntó viendo la foto que aparecía en la pantalla: una bonita chica de ojos claros y larga melena oscura en bikini que miraba con intensidad a la cámara desde un flotador en medio de una piscina.
— Solo le estaba echando un vistazo a las redes — respondió Tai con gesto de desinterés.
— Pues yo creo que Anako está más buena —reflexionó Sora, girando un poco la cabeza hacia arriba para mirarlo. — Yukiko tiene unos ojos bonitos, pero las tetas de Anako son preciosas. Y tiene un culazo.
—Mm—hm… — respondió él, sin prestar demasiada atención a lo que le estaba diciendo.
— Aunque a mí la que mejor me caía era Ayumi — siguió ella. — Es una chica muy dulce, ¡y muy inteligente! Sigo sin entender por qué cortasteis…
— Mira, aquí está Mimi — señaló Tai. — ¿Crees que también voy detrás de ella?
— Oh, qué guapa sale — comentó mirando la foto de su amiga en la playa con una sonrisa. — ¡Dale a Me Gusta! — pidió mientras extendía la mano para hacerlo ella misma.
— ¡Oh, no! Ahora Matt me matará — dramatizó bloqueando el móvil y echándolo a un lado.
Ella rio y le dio un golpecito en el costado que lo hizo encogerse para evitar las cosquillas.
— No me hagas la burla, ¡encima de que no me haces ni puto caso!
— Menuda mentira. Tienes toda mi atención — replicó con una sonrisa. — Bueno, ¿qué? — preguntó él, cambiando de tema. Extendió los brazos a lo largo del respaldo del sofá y estiró las piernas para apoyarlas sobre la mesita mientras decía: — ¿Pones eso o no?
— ¿Pero es que lo tengo que hacer todo yo, Yagami?
— ¡Si ha sido idea tuya! — protestó él, alzando las manos con fingido desconcierto.
Ella bufó al tiempo que se arrastraba a gatas por el sofá para alcanzar el mando a distancia. Encendió la televisión y se quedó de rodillas al final del chaise longue esperando a que se conectase a Internet.
Él se quedó mirando distraídamente el perfil de su amiga. Se había recogido su melena pelirroja en una coleta alta de la que escapaban algunos mechones más cortos y, debajo de la chaqueta, llevaba una camiseta de tirantes azul oscura y unos pantaloncillos cortos con estampado de estrellas.
— Oye, hablando de traseros… — comentó Tai en voz alta, inclinando un poco la cabeza hacia la derecha para tener mejor ángulo. Sora se giró hacia él con gesto interrogativo. — A ti se te está quedando un culo muy bonito, ¿no?
Sora alzó las cejas, sorprendida.
— ¿Sí? ¿Tú crees? — preguntó con una sonrisa complacida, mirando por encima del hombro hacia su propio trasero.
— Pues la verdad es que sí — asintió con sencillez.
Siempre había sido habitual entre ellos el decirse cosas bonitas. Eran mejores amigos, después de todo. Había habido una fase, cuando tenían unos 13 años y la adolescencia los estaba golpeando duro a ambos, en la que todo ese tema había sido algo más complicado (Tai todavía seguía preguntándose qué coño había hecho mal al regalarle un pasador de pelo por su cumpleaños), pero eso era cosa del pasado.
Con el tiempo las aguas habían regresado a su cauce y habían vuelto a ser tan cercanos como siempre. Desde entonces, Sora no dudaba en decirle a Tai qué pantalón le hacía mejor culo, si debería probar a dejarse el pelo más largo o que tendría que intentar que a su próximo ligue le llegase algo de oxígeno al cerebro, y para él era totalmente normal abrazarla, darle un beso o intercambiar con ella impresiones sobre algo relacionado con sus relaciones sentimentales. No tenían secretos y, como buenos amigos, cuidaban del amor propio del otro soltado algún piropo cuando era necesario.
— Venga, culo bonito — dijo con sorna, golpeándola suavemente con el pie en el trasero. — Dale al play de una vez o te juro que me voy a la cama.
— Pero si no son ni las once, no seas bebé — replicó ella acercándose de nuevo a Tai con el mando en la mano.
Sora se acurrucó a un costado del chico, apoyando una pierna encima de la suya, y él pasó un brazo por encima de sus hombros y dejó caer un poco su cabeza sobre la de ella. Era tan habitual para ellos mantener esa clase de cercanía que ya a nadie, ni familia ni amigos cercanos, le sorprendía.
En cuanto comenzó a reproducirse el primer capítulo supieron que aquello no tendría futuro, pero sería gracioso para pasar la noche. La protagonista, una rubísima con un cuerpo espectacular y que lo hacía todo en tacones de 15 centímetros, se dedicaba desde el minuto uno a mirar con cara de maniaca a todos los personajes que se cruzaban en su camino, fuesen hombres o mujeres. En algún punto hacia la mitad de la primera temporada, Tai rompió a reír llevándose una mano a la cara, desconcertado.
— Dios, es que esto no puede ser — se carcajeó. — Ningún hombre, por más desesperado que esté por follar, se acercaría a una tía que lo mira mordiendo un cuchillo. ¿Pero qué coño se han fumado?
Sora escondió la cabeza en su pecho y se rio también.
— Bueno, ¿y tú qué sabes? — dijo ella al cabo de unos segundos, con gesto pensativo. Él la miró, confundido.
— ¿Qué sé de follar?
— ¡No! — se rio otra vez. — Me refiero a que tú qué sabes lo que estaría dispuesto a hacer cada uno al dejarse llevar por la pasión. Quizá haya quien tenga algún tipo de fetiche con los cuchillos… — valoró.
— ¡Oye! ¡Que yo soy muy pasional! — protestó él, quedándose solo con la primera parte de la reflexión.
— Tai, tirarte a Nanako Ayemi en los baños del instituto a 20 metros de donde se está celebrando el baile de fin de curso no es ser pasional, es ser gilipollas — replicó ella, volteando los ojos.
Tai se encogió en el sofá refunfuñando y volvió a prestar atención a la televisión, pero, al cabo de unos minutos, una duda comenzó a rondar por su cabeza.
— Oye…
— ¿Mm? — murmuró ella, sin apartar la vista de la pantalla, en la que un guapo ejecutivo de ojos verdes la tenía totalmente embelesada.
— ¿Y tú qué sabes? — cuestionó con auténtico interés, comenzando a trazar patrones sobre la piel que la chaqueta había ido dejando al descubierto en el hombro de la chica conforme se iba escurriendo por su brazo. Sora se rio.
— ¿Qué sé de follar? — le preguntó de vuelta imitando la voz del chico.
— Qué sabes de ser pasional — aclaró Tai bajando un poco la cabeza para poder verle la cara.
Ella se calló uno segundos, reflexionando.
— No sé mucho, supongo… Soy una cría todavía — aceptó, haciendo una mueca con poco interés. Tai seguía dibujando círculos con tranquilidad por su hombro y a lo largo del brazo. Ella se acomodó un poco más junto al chico y él sonrió al percatarse desde su posición de un nuevo detalle.
— Bueno, yo diría que ya no eres tan cría — negó él, riendo.
Ella levantó la cabeza hacia Tai, con una expresión confundida, y cuando sus miradas se cruzaron el alzó las cejas y, con un gesto elocuente, desvió la vista hacia un poco más abajo. Sora tardó una milésima de segundo en darse cuenta de que estaba mirando directamente al sugerente escote que dejaba a la vista su camiseta y, sin poder evitarlo, se encogió un poco sobre sí misma para ocultar su pecho y le pegó una palmada en el estómago.
— ¡Oye! ¡A dónde miras tú! — le chilló, riendo.
Tai también soltó una carcajada.
— ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me arranque los ojos? — se defendió.
Tai sabía que esa era una excusa de mierda, el comentario le había salido solo. Había sido incapaz de aguantarse, quizás podría culpar a la confianza. Ya se había percatado de que no llevaba sujetador al ver cómo se le marcaban levemente los pezones a través de aquella diminuta camisetita de tirantes mientras buscaba la serie en el catálogo online y también había notado perfectamente cómo sus senos se apretaban contra su propio cuerpo cuando se acostó a su lado. Por muy amigos que fuesen, él tampoco es que fuera de piedra, precisamente.
— ¡Serás cochino! — le recriminó, tirándole un cojín a la cara al tiempo que se alejaba de él en el sofá.
— Vamos, ven aquí — le pidió, agarrándola de la pantorrilla. — No seas cría — se burló con una sonrisilla. Tai vio como algo brillaba en sus ojos y apenas tuvo tiempo de reaccionar para apartarse de la patada que le lanzó a la cabeza con la pierna libre. — ¡Oye! ¿A qué viene esta agresividad?
— ¡Te jodes! ¡Por gilipollas! — le espetó echándole la lengua.
— Pero si es un piropo, mujer — endulzó él. — Ven — volvió a insistir, tirando de ella hasta pasar ambas piernas por encima de las suyas. — Si estás aburrida de saber que creo que tienes unas tetas espectaculares — la arrulló pasando un brazo por su cintura, colocándola prácticamente en su regazo.
Y era cierto. Sabía que su amigo tenía una especial fascinación con los pechos y era bastante frecuente que Tai comentase que tal o cual camiseta le hacía un buen busto, pero, por lo general, Sora no se sentía tan expuesta al llevar puesto un sujetador. Bueno, al parecer no lo necesitaba…
Ella bufó un poco, y soltó entre dientes un "eres un puto guarro", pero se volvió a acomodar a su lado para seguir viendo El Círculo.
A decir verdad, Tai ya había perdido el poco interés que tenía en la serie. Era cierto que la tía, tal y como había comentado Sora, estaba bastante buena, pero no lo suficiente como para prestarle atención más de 5 minutos seguidos. Era una belleza demasiado artificial para su gusto. Además, a él no le llamaban especialmente la atención las rubias.
Por el contrario, Sora volvía a estar embobada mirando al chico de los ojos verdes, que estaba a punto de caer en las redes de la protagonista. "Pobre cristiano", pensó Tai mientras seguía con su entretenimiento, acariciando ahora el cuello y la oreja de la chica al tiempo que con la mano libre se rascaba la barriga con pereza y hacía esfuerzos por no bostezar constantemente.
— Te aburres — dijo ella, poniendo una palma sobre el estómago del chico para incorporarse un poco. Él se encogió de hombros.
— No es lo mejor que he visto, pero puedo resistirlo — afirmó. — Considéralo mi pago por lo de antes.
Ella le sonrió, complacida. Se estiró un poco más y le depositó un beso en la mejilla en agradecimiento.
— La próxima vez, eliges tú — le prometió, reacomodándose.
— Eres una mentirosa — negó él, agarrándola de la cintura para ayudarla a encontrar posición y dejando que su mano descansase a la altura de su ombligo.
Ella ronroneó y le acarició la mano con la suya. Allí donde ella lo tocó, notó unas pequeñas descargas eléctricas que le agudizaron los sentidos y lo hicieron apretar un poco más el abrazo.
Inconscientemente, siguiendo los patrones de las caricias de ella sobre su mano, Tai comenzó a mover los dedos sobre el estómago de Sora y la joven suspiró imperceptiblemente. Primero lo hizo sobre la camiseta, pero, a medida que se movía, la tela comenzó a subirse y, cuando se quiso dar cuenta, estaba haciendo círculos suaves alrededor de su ombligo desnudo. Cuando descendió un poco más sus caricias hasta su bajo vientre, la chica no pudo evitar dejar escapar un gemido anhelante. Tai paró sus menesteres, sorprendido.
— ¿Y eso? — preguntó. Ella lo miró, mordiéndose el labio.
— ¿El qué? — le preguntó de vuelta, pretendiendo no saber a qué se refería.
— Te estás poniendo cachonda — acusó con una sonrisilla perversa.
— ¡Cállate! — protestó intentando apartarse, muerta de la vergüenza. Él la agarró por la cadera para impedir que se moviese y ni siquiera trato de ocultar su divertimento.
— ¿Me estás diciendo que acabo de encontrar tu punto débil? ¿Después de todos estos años? ¿Las caricias en la barriga? ¿De verdad? — inquirió muerto de curiosidad. — ¡Ayyy, verás cuando se lo cuente a Hideo! — añadió con voz cantarina y burlona, recordando lo que solían chillar ella y Mimi a todas horas hacía no tanto tiempo.
— ¡Vete a la mierda! — contestó ella dándole un empujón, ofendida especialmente por el último comentario. — ¡Hay que ser muy hijo de puta para hablarme ahora de Hideo!
Tai la acababa de cagar a un nivel estratosférico.
¡Aquí os dejo mi primera incursión en el Mundo Digital!
Por si no os lo habéis imaginado ya, en esta cuenta se stanea Taiora y se reniega completamente del final de Digimon 02. Para mí el epílogo nunca ha ocurrido, ¿vale? ;)
En cuanto esta la historia os puedo adelantar que será un fic corto, de unos seis o siete capítulos (aún no estoy segura), y, al contrario de lo que me suele pasar, tengo bastante claro cuál va a ser el final, así que, a no ser que se levante la cuarentena de manera inesperada y pueda volver a mi vida normal (ojalá...) creo que os puedo prometer un buen ritmo de publicación de capítulos. Dejadme algún review con vuestra impresión sobre esta primera entrega (¿quién será Hideo?) y, si me animáis mucho, quizás tengáis la segunda parte antes de lo que os imagináis =3
