—Y usted, jovencito, ¿de dónde viene?

No le miró a los ojos cuando contestó:

—Del infierno.

Otro loco más, pensó mirándole de refilón. De esos abundaban muchos en los últimos tiempos, desde que las tinieblas se cernieron sobre la Tierra y devoraron todo a su paso tras el primer ataque. Era un castigo de los Dioses, alegaban los supersticiosos, la oscuridad perpetua y el desparrame del odio que enfermó los corazones de los inocentes. Más temprano que tarde abandonó sus prejuicios al descubrir que a aquel joven no le faltaba cordura. Solo era una víctima más. Tenía el semblante desabrido de quienes lo han perdido todo y el corazón envenado de rencor y soledad.

El silbido vaporoso de la tetera cortó de tajo el silencio que ninguno de los dos se animó a romper. El cantinero vertió el agua humeante en la taza que recién había acomodado frente a su cliente y reservó el resto para sí. Hacía un par de semanas que no se permitía tomarse una taza de té, porque lo poco que disponía era para el negocio y durante los tiempos difíciles se escaseaba. No sabía si por antojo o despecho, pero por una vez, no le importó. Sirvió, además, un trozo de pan añejo que le sobró del desayuno de tres días atrás.

—Invita la casa. El pan está un poco duro, eso sí, pero en tiempos de guerra es mejor no desperdiciar nada. Mientras unos se mueren y descansan en el Valhalla otros debemos de sobrevivir a expensas de migajas.

El joven asintió por cortesía. Él bien habría preferido morirse junto a su madre el día que su último aliento se escabulló de sus brazos como cual suspiro al viento. De verdad lo habría preferido, de no haber sido por las palabras que arrastró a sus labios justo antes de apagarse para siempre.

Levi, corre, huye de esta tierra maldita y no llores por mí porque yo estaré contigo siempre. Atraviesa la frontera y avanza hasta que en el camino te topes con las luciérnagas. Tú solo síguelas, porque su luz es bendita y a través de ella hallarás tu destino.

Tenía tan solo dieciséis años cuando enterró a su madre en la fosa improvisada que cavó junto a los escombros del que había sido su hogar. Quiso dejarle flores antes de marcharse, pero en su intento comprobó que habían perecido bajo el peso de los despojos o por la furia del fuego inminente que pronto le consumía a él también si no se apresuraba. Resignado y con el pecho herido de tristeza, partió a lo desconocido sin mirar atrás, porque todo cuanto conocía había quedado resumido a polvo y él prefería guardar en su memoria el recuerdo de lo que alguna vez fue.

Huyó y atravesó las fronteras, y habría cumplido al pie de la letra la última voluntad de su madre de no haber sido por las lágrimas que abarrotaban sus ojos durante las noches más frías, o de a ratos, al ser consciente de cuánto le echaba de menos y de que el mundo era cruel y de que había sido construido en base a causas perdidas. De que sus andanzas eran un sinsentido y de que las luciérnagas no se le aparecerían jamás por más que las buscase por no ser merecedor de su luz. De que era un terco y que hubiese sido mejor morirse junto a su madre esa noche maldita.

Pero vaya que era terco…

Comieron sin mediar palabras pese a que no había nadie más que ellos en esa pequeña taberna oliente a humedad. Levi se notaba agotado y el cantinero optó por dejarle disfrutar de su cena en paz. El hombre no se equivocó. A Levi le rugía el estómago de hambre y le dolía hasta el pelo producto del cansancio. En secreto creía que, si avanzaba un tramo más, por más pequeño que fuese, se desplomaría. Había caminado por días, noches, semanas, con intermitentes y escasas horas de descanso de por medio que no bastaban para reponer energías. Más le valía conformarse con el té, el pan rancio y la compañía del afable cantinero que le contemplaba con lástima.

Una vez hubo terminado, sacó las únicas monedas que cargaba en su bolsillo y se las tendió sin contarlas. Era cuanto tenía.

—Guárdelas, muchacho. El próximo pueblo está lejos y habrá de necesitarlas —le sonrió débilmente y agregó—. ¿Por qué no se queda esta noche? Dicen que lloverá…

—No habrá lluvia que me detenga —afirmó, levantándose—. Tome el dinero, que en tiempos de guerra los clientes son pocos y a mí aún me sobran algunas.

El cantinero asintió, intuyendo que mentía, arrepintiéndose una vez más de sus propios pensamientos. La imagen lastimera que hacía minutos había tenido del susodicho cambió de súbito a una de admiración. Nunca había visto a un niño ser dueño de tanta determinación ni de una mirada tan profunda. A lo mejor a ese lo habían envenenado, pero no lograron matarle los sueños.

—Que los Dioses te acompañen.

Luciérnagas… misteriosos seres de luz.

Levi jamás había visto una en su vida, pero creía en ellas firmemente. Aún recordaba la leyenda que su madre habría de compartirle años atrás, justo antes de dormir.

Las luciérnagas son estrellas enviadas de los mismísimos cielos para guiar a los que buscan su sabiduría, Levi.

¿Y son chicas? ¿Cabrían en la palma de mi mano?

Eso dicen los ancestros.

Como las estrellas del cielo… —murmuró, contorneándolas con la imaginación que solo los niños poseen. Pequeñas y muy, muy resplandecientes. Habrían de ser preciosas—. ¿Yo también puedo obtenerla? Su sabiduría…

Si empeñas tu corazón, sí.

¿Empeñar mi corazón?

Kuchel, su madre, rio por lo bajo.

Si le pones ganas. Solo así se te aparecerán.

Ah… ¿Y me guiarán a dónde, mamá?

Solo ellas lo sabrán…

No se conocía su forma, ni su tamaño, si tenían olor o sonido, pero aun así muchos dedicaban su razón de ser a encontrarles.

Nunca nadie logró hacerlo.

Levi, con el paso de los años, no estaba seguro de si los Dioses eran muy caprichosos o si ningún candidato había empeñado su corazón lo suficiente como para ganarse su misericordia.

Así mismo, comenzó a no considerarse uno de los elegidos. A dudar de sus propias fuerzas. A cuestionar sus decisiones y los rumbos que lo habían llevado a deambular durante semanas, que más tardes se convirtieron en meses, por praderas, lagos, montañas y bosques gigantescos que desembocaban en otra pradera o lago o montaña que también atravesaba, no obstante, porque se negaba a rendirse. Porque era terco. Porque su madre así lo habría querido. No pararía porque en algún momento juró que su existencia habría valido la pena solo si encontraba a esas criaturas enigmáticas de las que no había rastro alguno.

Por mucho tiempo no hubo pueblo o persona que se cruzase en su camino. Se sentía encerrado en una realidad alterna cuyo ciclo infinito le debilitaba el alma y le arañaba la paciencia. Los escenarios, para su infortunio, empeoraban como cual desafío y la carrera contra el desgaste de su cuerpo llegaba de a poco a su fin. Por ese entonces, el silencio era rotundo, el frío inclemente y las noches se mostraban tan sombrías que no alcanzaba a adivinar la silueta de su mano a un palmo de su rostro. La luna no se asomaba entre las copas de los árboles y el calor del sol quedaba relegado tras la espesura de los nubarrones grises de aspecto apocalíptico.

El cielo, a pesar de sus esfuerzos, seguía renegándole la luz que tanto anhelaba.

Una oscuridad perpetua. Tal vez era solo él quien había sido recluido en ella para siempre.

Su voluntad de acero llegó a un punto de quiebre al verse obligado a doblarse sobre sí, cediendo al malestar punzante que martilleaba sus entrañas. Con un quejido ahogado se dejó caer a los pies de un sauce que él sospechaba sería su panteón, donde permaneció inerte no sintiendo ya el hambre ni el frío. Las habilidades de caza y supervivencia que le habían ayudado hasta entonces ya no le servían de mucho. Con la llegada del invierno, el alimento se volvía utópico y sus ropas irremediablemente delgadas. No había mucho que hacer.

Estaba exhausto.

Como cual talismán, rememoró a su madre y en medio de su tragedia se alegró por no haber olvidado los delicados trazos de su rostro. Se reuniría con su madre y eso le regalaba cierto alivio de consuelo al fracaso burlesco que le atormentaba los sesos. Probablemente no descansarían en el Valhalla, porque ese lugar privilegiado se reservaba solo para los guerreros. O tal vez sí. Tal vez ellos habían librado sus propias batallas. Justas, aunque perdidas…

Pendía al borde del abismo de lo inevitable cuando avistó el primer punto de luz emerger junto a él. Le siguió con la mirada, escéptico, hasta verle desaparecer en la negrura. Se desvaneció, sin más, como lo había hecho el ímpetu de su espíritu casi extinto. Aguardó un poco, soportando el peso de sus párpados cansados, y vio aparecer un segundo punto que fue precedido, de golpe, por una docena. Y a esos le siguieron cientos y luego miles…

Su cuerpo no respondió al impulso de ponerse de pie. No pudo siquiera cumplir su deseo de alzar su mano para intentar atrapar alguna de esas volutas amarillentas que se mecían despacio, de un lado a otro, indiferentes a su presencia.

Las luciérnagas eran más bonitas de lo que alguna vez conjeturó.

Eran estrellas que habían descendido a la Tierra para erradicar la oscuridad y mostrarle el camino.

Cuán caprichosos eran los Dioses, concluyó en sus adentros, por haberlas enviado demasiado tarde, cuando ya no podía continuar. O eso creyó hasta que un par de ojos pardos se interpusieron entre él y el espectáculo de luces que le había robado el habla.

No fue sino hasta sentir el calor de su mano posarse sobre su frente que sospechó que aquello no se trataba de una alucinación. Y no lo corroboró sino hasta que una luciérnaga se detuvo en su tez pálida, iluminándola a ella y devolviéndole a él la vida que por poco le fue arrebatada.

—¿Mikasa?

Levi no supo por qué pronunció ese nombre.

Y Mikasa no supo por qué no le fue ajena su voz, su rostro, sus ojos, sus labios, su pelo...

—¿Quién eres tú?

Tuvo que tomar una bocanada de aire antes de responder.

—Las luciérnagas… He venido por las luciérnagas.

Mikasa le sonrió, tímida, no queriendo preguntarle cuál era el significado de ese término que no le era familiar. Permaneció allí, estática, cuestionándose por qué sus ojos se llenaban de lágrimas, y a qué se debía el tamborileo frenético en su pecho, y de dónde nacía ese deseo irrefutable de permanecer a su lado para siempre.

Levi, preso de su embeleso, agradeció a Kuchel y al cielo y reunió las fuerzas que le quedaban en un beso que no fue evitado.

Y solo entonces lo comprendieron.

Él, que desde un inicio los Dioses le ampararon en la penumbra para conducirlo hasta allí, justo allí, porque Mikasa era su destino.

Y ella, que había llegado lo que por tanto tiempo había estado esperando. O mejor, dicho, a quien…

—Habrás de estar cansado —susurró, imaginando cuán larga debió de ser su travesía—. ¿Vamos a casa?

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.

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Oh, por Dios, tanto tiempo. Les he echado mucho de menos. A ustedes, a escribir, a Levi y a Mikasa.

Tuve un respiro de la vida en general y aproveché de crear algo, aunque me costó concretar qué. Temprano me dio por reflexionar sobre ciertas cosas y de ahí me inspiré. Cortito y un poco extraño a mi parecer, pero igual no quise dejar de compartirlo.

A las personitas que siempre me leen, aprovecho de decirles que siempre los llevo conmigo y que les guardo cariño. Que mis disculpas serán eternas por la ausencia. Y que los otros fics están pendientes, mi promesa de terminarlos sigue en pie (: de verdad.

Sin más, les mando un gran abrazo. Espero todos estén bien, cuídense mucho.