Hola a todos mis lectores. Aquí vuelve su autora irresponsable que publica y publica y que tarda quien sabe cuánto en actualizar. Aquí les traigo un nuevo long fic para Yakusoku no Neverland. Para aquellos que leyeron mi fic por el especial Rayemma del año pasado, uno de esos one shots era una pista para una historia a futuro ¡Y aquí está su nueva historia!

Este nuevo fic es un AU (Alternative Universe) de fantasía medieval que se me ocurrió poco después de ver el diseño de Emma vestida como una hechicera e imaginarla en un contexto diferente al que todos conocemos.

Y sin más que agregar… ¡Disfruten el inicio de esta nueva historia!


01- Welcome to Grace Field

Podrían haber pasado años, siglos, milenios e incluso una eternidad para él, recorriendo aquel trayecto que, a cada paso, se hacía más difícil continuar y que parecía extenderse un kilómetro más por cada metro recorrido. Pero en verdad, tan solo había transcurrido una semana. Una tortuosa semana sin dormir, apenas alimentándose y bebiendo las últimas gotas de agua de su cantimplora. Y como si aquella precariedad no fuera suficiente castigo, su cuerpo se hallaba delgado por la creciente desnutrición y cubierto de pies a cabeza por rasguños, hematomas y heridas abiertas que no habían sido tratadas adecuadamente. Siquiera él mismo sabía cómo es que había conseguido seguir en pie. Su propio estado le tenía sin cuidado, pues lo único que en su cabeza hacía eco y le obligaba a mantener su cordura despierta, era una palabra y acción concreta.

Huir.

Cuatro letras que se unían para perderse en un mar de imágenes catastróficas tatuadas a fuego en su memoria. Llamas consumiendo los hogares de gente inocente, gritos de mujeres y niños llorando de miedo, aullidos de dolor y el ruido y olor, inconfundible y nauseabundo, de la carne impregnada de sangre siendo desgarrada y los órganos siendo arrancados como mala hierba. Y lo que sus ojos oscuros desearían nunca haber presenciado: ver como aquellas criaturas destructoras, de apariencia viscosa y repulsiva, devoraban sin demora ni remordimiento a cientos de aldeanos, incluyendo a niños y bebés de apenas unos meses de vida.

¡Como los despreciaba! ¡Cuánto odiaba profundamente a esos monstruos! Monstruos que habían sido llamados Demonios por los propios humanos ante su apariencia de engendro y el peligro que representaban.

Apenas había logrado escapar con vida de aquella aldea que se había transformado en el mismo infierno. No salió ileso por supuesto. Una de aquellas bestias le había seguido el rastro y posteriormente le había atacado. Aquel joven era incapaz de recordar al menos como es que había logrado librarse de las garras enemigas y escapado hacia el bosque, sintiendo el escozor irritable y doloroso de sus heridas. Solo rememoraba haber chocado a diestra y siniestra con varias ramas y arbustos que rasguñaron su cara y posteriormente haber tropezado, rodando colina abajo por varios metros, para finalmente acabar de espaldas, mirando al cielo nocturno opacado apenas por los majestuosos árboles.

Volviendo a su estado actual, al dar un paso más exhaló un quejido de dolor y llevó su mano hasta el costado derecho, sintiendo como volvía a humedecerse ante el nuevo brote de sangre.

- Maldición – soltó antes de apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza, luchando contra ese dolor espantoso reavivado. Su rostro se cubrió de sudor frío y su cuerpo fue sacudido por escalofríos. Al parecer, su límite de resistencia ya se acercaba a su fin. Exhaló un gruñido de rabia y cansancio, viendo una última vez hacia adelante. Su vista nublada adquirió un destello de esperanza al divisar una casona de aspecto sencillo a primera vista, ubicada a tan solo unos metros de un área rural destinada a la agricultura.

Y eso significaba… ¡Que había logrado su objetivo! Había conseguido llegar a la próxima aldea más cercana y pedir auxilio. Dejó de lado el razonamiento y se guío por la necesidad y la desesperación que arrastraba consigo. A duras penas, arrastrando los pies, sintiendo sus rodillas colapsar y su mirada apagarse paulatinamente, caminó hasta la divisada vivienda y con suerte logró llegar hasta la entrada. Respirando con dificultad y a punto de desplomarse, consiguió golpear la puerta un par de veces. Sin embargo, el cuerpo lo traicionó y se derrumbó de bruces, dándose un fuerte golpe al estrellarse contra el suelo.

"¡Maldición! ¡Levántate!" su cabeza le habló a su cuerpo que se negaba a reaccionar "Solo un poco más".

Era inútil. Sus articulaciones estaban agotadas y siquiera sentía sus propias piernas. Sus manos temblaban al buscar a que aferrarse.

"Alguien… ayúdeme".

El miedo, el desasosiego y la sensación espantosa de no sentir su propia respiración, tiñeron su vista de color negro y lo obligaron por la fuerza a ceder y dejar caer sus párpados.

"Por favor… alguien…".

Sus manos finalmente se quedaron quietas, inmóviles como el resto de su cuerpo.

"No…".

Perdió el conocimiento, sin siquiera saber si alguien respondería a su llamado de auxilio.

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- ¡Emma! – una infantil voz gritó aquel nombre femenino mientras miraba asomada a duras penas por la ventana.

- ¿Conny? – le respondió la aludida anteriormente, confundida por el dejo de miedo en la voz de su pequeña "hermanita" – ¿Qué ocurre?

- ¡Hay alguien en la entrada! – gritó Conny mientras sostenía a Little Bunny*, su peluche de conejo blanco hecho a mano – ¡Está tirado en el suelo!

- ¿Tirado en el suelo? – repitió Emma, de cabellos anaranjados alborotados y ojos verdes como esmeraldas pulcras, mientras se asomaba a la misma ventana que la niña pequeña, comprobando la veracidad de sus palabras. Se asustó de solo verlo.

- ¿Por qué está en el suelo? – le preguntó Conny totalmente confundida.

- No lo sé – respondió Emma de forma apresurada antes de ir a la puerta de entrada que se hallaba al lado izquierdo de la ventana y abrirla de golpe, apareciendo frente a sus ojos la misma imagen alarmante: el cuerpo de un joven que no debía superar los 15 años, tirado como si fuese un tapiz. A la fémina de cabello en desorden le tomó 30 segundos decidirse a ver si se trataba de un desmayo o un mal engaño. Se agachó junto al joven y lo remeció con mucho cuidado, sujetando sus hombros.

- Hey – lo llamó despacio – ¡Hey! – alzó la voz un poco – ¿Te encuentras bien? ¿Me escuchas?

Al no recibir respuesta, su consternación aumentó. Con cuidado, lo volteó para dejarlo de espaldas en el suelo, al mismo tiempo que reparaba en sus rasgos. A pesar de tener cortes, rasguños, manchas de tierra y sangre en su cara, debía reconocer que el muchacho era bastante… atractivo. Tenía la piel clara, pero no de forma exagerada, más una nariz pequeña y algo respingada. Su cabello era algo desordenado, liso y negro como la lúgubre noche y un mechón caía sobre su ojo, otorgándole un aspecto enigmático y a la vez triste.

Tras fijarse en esos detalles menores por apenas unos segundos, le tocó el cuello para buscar señales de vida. Se tranquilizó exhalando un suspiro al sentir el pulso y comprobar que seguía con vida, sin embargo, la consternación volvió a su ser al notar manchas rojas en su ropa, cerca de la zona del abdomen. Al tocarle con cuidado el costado, sintió un escalofrío al sentir su mano humedecerse con un líquido espeso. Reflejando el pánico en sus ojos de muchacha, apartó la mano y la miró, comprobando su temor: era sangre.

- No puede ser… ¡Está herido! – exclamó en voz alta. Miró hacia la puerta, donde Conny observaba estupefacta y algo asustada – ¡Conny, ve a buscar a Lani y Thoma! ¡Debemos ayudar a este chico!

- ¡S-Sí, Emma! – contestó la menor de forma atropellada antes de correr al interior de la casa y buscar al par de susodichos. Mientras tanto, Emma con algo de esfuerzo logró sostener al chico y lo cargó hasta recostarlo en el suelo del comedor. Le quitó la capa oscura y la chaqueta de tonalidad burdeo, viendo con mayor claridad la gravedad de sus heridas al ver su camisa blanca desgarrada y teñida casi por completo con el color de su sangre. Revisó sus lesiones y concluyó que debía llevar días sin tratarlas.

- ¡Emma! – la llamaron por su nombre a coro Thoma y Lani al presentarse en el lugar – ¡Ya estamos aquí!

- ¡Bien! Acérquense y ayúdenme – les pidió la chica, recibiendo una respuesta obediente de ambos chicos. Con gran esfuerzo, los tres sostuvieron al desconocido, llevándolo a una habitación vacía y lo recostaron sobre una cama.

- Necesito tratar sus heridas – murmuró Emma pensativa y algo insegura, pero tras algunos segundos aclaró su mente y les habló a sus "hermanitos" – Lani, quédate aquí y vigila por si reacciona o se mueve. Thoma, ve a buscar a Conny y Alice y diles que necesito su ayuda. Yo iré a buscar los implementos necesarios para curar sus heridas.

- ¡Sí, Emma! – asintieron ambos niños antes de cumplir sus respectivos deberes asignados. Thoma fue a buscar a sus hermanitas solicitadas, Lani se quedó mirando fijo al joven, con los ojos encogidos y la boca apretada mientras Emma buscaba vendajes, medicina, hierbas y agua caliente.

Sin duda, sería un día agitado.

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- ¿Qué le habrá pasado? – preguntó Alice en voz alta mientras terminaba de limpiar las heridas en el rostro del joven.

- ¿Lo habrá atacado un animal salvaje? – sugirió Conny mientras sostenía la fuente de agua ya turbia por la sangre que la había ensuciado.

- Puede ser, Conny – aprobó Emma mientras colocaba los últimos vendajes, frunciendo el ceño en señal de concentración – Sus heridas eran demasiado graves como para creer que lo atacaron unos bandidos.

- ¿Va a estar bien? – se consternó Alice con mirada triste.

- ¡Por supuesto que lo estará! – afirmó Emma con entusiasmo y seguridad en sus palabras – Después de todo, nosotras nos encargaremos de que se sienta mucho mejor.

Las dos pequeñitas sonrieron con ánimo ante las palabras alentadoras de su hermana mayor. Ella siempre mantenía su optimismo y esperanza en alto. Era como un lucero resplandeciente en alto en medio de una lúgubre noche de tormenta.

- Gracias por ayudarme – les sonrió la muchachita de cabello otoñal – Yo terminaré de tratar sus heridas. Ustedes vayan a lavarse las manos y a jugar con los demás.

Ambas niñas asintieron con entusiasmo, besaron las mejillas de Emma y dejando los utensilios en sus manos se fueron de la habitación. Emma las observó hasta perderlas de vista en el pasillo y luego, su rostro de primavera dejó escapar un dejo de invierno en el esmeralda de sus ojos al voltear a ver a su nuevo "huésped". Resultaba curiosamente fortuito que, pese a su debilitado estado, hubiese sido capaz de llegar a las puertas de aquel hogar improvisado antes de desplomarse. Nuevamente se acercó a este y tras acabar su labor de limpiar sus heridas, dejó un paño humedecido en agua pura y tibia reposando sobre la acalorada mente del joven y lo arropó con cuidado. En todo ese tiempo mientras lo curaban, él no había reaccionado o al menos abierto los ojos.

- Debiste pasar por muchas cosas difíciles para terminar así – musitó con tristeza mientras sus finos dedos de mujer se enredaban en las hebras oscuras del cabello negro del chico a modo de caricia dulce – Tranquilo. Estás a salvo aquí.

Cuidando hacer el menor ruido posible, Emma recogió las cosas que había utilizado y salió de la habitación caminando de puntillas. Ordenó todo cuidadosamente en su lugar y finalmente se dirigió al baño para lavar sus manos y así quitarse los restos de sangre que, inevitablemente, se habían adherido a su piel. Mientras restregaba sus manos en el agua gélida recogida en un recipiente, su mente divagaba entre varias hipótesis con respecto a la causa del severo daño y el estado del joven que ahora yacía bajo sus cuidados. No parecía que lo hubiesen asaltado o atacado un grupo de ladrones ni haber sido lapidado por alguna multitud iracunda. Sus heridas eran mucho más grandes y graves. Rasguños que habían estado a un hilo muy delgado de distancia de desgarrarle la carne de los músculos. Apretó los labios ante el recuerdo perturbador de haber tenido que detener la hemorragia que había brotado en una de aquellas heridas en el costado del joven. Por suerte, tenía conocimientos medicinales para tratar heridas así o de lo contrario siquiera podría haberlo salvado. Desvió la concentración mental de aquella imagen fuerte y regresó al hilo conductor de su lluvia de ideas con respecto a la causa del estado de aquel muchacho enigmático.

¿Un animal salvaje? Tal vez. Sonaba lógico.

A menos que…

La dolencia en sus dedos ya entumecidos por el agua fría la obligó a retornar a la realidad. Sus manos ya limpias fueron retiradas del agua, las sacudió para quitarse las gotas que escurrían por su piel y se las secó con la tela de su blusa blanca, para finalmente frotarlas entre sí buscando calor.

Salió del baño y se dirigió al amplio comedor, donde los infantes yacían jugando de forma tranquila.

- ¡Emma! – corrió hacia ella la pequeña Conny – ¿Ya se despertó?

- No, Conny – negó Emma mientras le acariciaba su rubia cabecita – Aún no ha abierto los ojos.

- ¿Por qué? – inquirió la menor confundida – Ya curamos sus heridas.

- Seguramente está muy cansado – respondió Emma con una sonrisa diáfana – Tal vez, si duerme y reposa lo suficiente, podrá sentirse mucho mejor y así despertará.

Conny la miró fijo por unos segundos, para finalmente sonreír ampliamente mientras abrazaba a su pequeño Little Bunny. La chica de cabellos de atardecer anaranjado suspiró con disimulo antes de levantar sus brazos y alzar la voz con euforia infantil.

- ¡Todos, vengan conmigo! ¡Iremos a preparar un delicioso almuerzo!

Los niños reaccionaron entusiastas a las palabras y orden de su hermana mayor y fueron junto a ella hacia el huerto en el patio trasero de la casa para ir a buscar los ingredientes para la comida.

- Emma – le habló Ivet, una niña dulce de cabello oscuro y alborotado – ¿Puedo quedarme cuidando a nuestro invitado? No quiero que esté solo si se despierta.

- ¡Es una buena idea, Ivet! – le felicitó la fémina mayor – Ve y quédate con él. Si despierta o se mueve, tienes que ir corriendo a avisarme.

La infante asintió con firmeza y se dirigió a la habitación del chico mientras los demás se dirigían a su labor de recolección de alimentos frescos. Una vez que la pequeña llegó a destino, se sentó en una silla que se hallaba junto a la cama y escudriño con su mirada inocente el rostro magullado del joven.

- ¿Qué le habrá pasado? – se preguntó a si misma sin disimulo – ¿Y cómo llegó hasta aquí?

Todo resultaba enmarañado para su pequeña cabecita. Con solo ver al desconocido misterioso, las preguntas brotaban en su cabeza y siquiera podía preguntarle al causante de sus interrogantes, debido a su estado inconsciente, el por qué estaba tan herido.

- ¿Lo habrá atacado un demonio? – se preguntó con cierto miedo impregnado en su voz. Esas criaturas peligrosas y salvajes parecían haber aumentado su población en las últimas semanas, por lo que no resultaba extraño hallar víctimas fatales o en riesgo de muerte tras ataques a las aldeas o en los trayectos que conectaban los sectores separados de aquel extenso pueblo.

Para mala suerte de Ivet, sus incógnitas terminaron flotando en el aire sin una respuesta que las anclara a tierra, pero aquel predicamento no le pesó en lo más mínimo, pues pronto lo olvidó al escuchar las risas de sus hermanos y la de Emma, dándole la señal de que podía salir de la habitación e ir con ellos.

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Durante tres días permaneció totalmente inconsciente. No se movía y siquiera le temblaban los párpados en señal de regresar, pero su estado no iba ya encaminado a un posible desenlace fatal. Al contrario, sus heridas iban sanando paulatinamente y la apariencia demacrada comenzaba a desaparecer.

Durante ese tiempo, Emma se encargó de cuidar a aquel desafortunado joven. Revisaba su pulso, se aseguraba de que su temperatura no aumentara ni descendiera peligrosamente, cambiaba sus vendajes y limpiaba sus heridas, siendo ocasionalmente ayudada por algunos de los pequeños bajo su cuidado. A pesar de su positiva evolución, le consternaba que el chico aún no recuperase el conocimiento. Seguía cuestionándose a si misma con respecto a lo que le podría haber sucedido al muchacho que ahora yacía como huésped involuntario en su casa.

A lo único que se acercaba era a dos hipótesis. Dos alternativas muy diferentes: O lo había atacado un animal salvaje… o aquel chico de cabellos de noche había sido víctima y sobreviviente del ataque de un demonio. Y si la segunda alternativa resultaba verídica, las consecuencias podrían resultar mucho más nocivas de lo que ya resultaban.

Mientras las dudas la carcomían la mente como parte de su rutina desde hace tres días y acrecentaban la intranquilidad en su corazón, desviando su atención de sus acciones cotidianas, una vocecilla aguda e infantil la llamó a gritos eufóricos.

- ¡Emma! ¡EMMA!

- ¡Conny! – respondió la nombrada mientras le acunaba el rostro a la pequeña para calmar su ansiedad. Estaba arrodillada para estar a la altura de la menor – ¿Qué pasa? ¿Por qué gritas? ¿Por qué saliste corriendo de la habitación de nuestro invitado?

- ¡Se despertó! – gritó la niña rubia con felicidad y nerviosismo al mismo tiempo - ¡Se movió y empezó a abrir los ojos!

Un profundo sentimiento de alivio fusionado con algunos rasgos de temor invadió el corazón de Emma, cuyo reflejo externo fue su cara de sorpresa absoluta.

- ¿D-Despertó? – repitió en tartamudeo.

- ¡Sí! ¡Abrió los ojos! – insistió Conny mientras le sostenía la mano y la llevaba a la fuerza, obligando a la fémina mayor a ponerse de pie y seguirla – ¡Ven a verlo! ¡Ven a verlo ahora!

Ambas llegaron hasta la habitación donde reposaba el joven. Algo recelosa, Emma abrió la puerta e ingresó al interior, sosteniendo con firmeza disimulada la mano de su hermanita menor. Sus esmeraldas pulcras se dirigieron al lecho donde descansaba el joven. Este yacía recostado con expresión confundida, con los ojos entrecerrados y soltando leves quejidos de dolor. Armándose de valor, Emma se acercó, sin soltar a Conny, hasta llegar al lado del adolescente ya despierto.

- Hey – lo llamó con voz suave – ¿Puedes oírme? ¿Estás bien?

Aquel muchacho volteó la cabeza con lentitud hacia su dirección y parpadeó algunas veces antes de fijar sus ojos ónix -precioso color a opinión de Emma- en la chica que le dirigía la palabra.

- ¿Dónde…? – murmuró con voz gutural y rasposa debido a su garganta lastimada y seca – ¿Dónde estoy?

- Te desmayaste en la entrada de mi casa – explicó Emma de forma directa y una voz algo implacable, pero gentil – Llevas inconsciente tres días y te hemos cuidado todo este tiempo.

- Así que… eso pasó – musitó aquel chico tras procesar durante algunos segundos y en profundo silencio la información entregada por la chica.

- ¿Cómo te llamas? – inquirió la misma joven de cabellos de atardecer.

- R-Ray – balbuceó el joven azabache sintiendo un escalofrío que lo hizo encogerse un poco.

- ¿Por qué estabas herido? – nuevamente la fémina mayor en aquella casa fue directa al formular su pregunta. Ray apretó los dientes y su respuesta cayó como un derrumbe rocoso sobre el alma de Emma.

- Goldy Pond fue destruido.


*Little Bunny. El adorado conejito de Conny. La verdad nunca me quedó claro si era Bunny o Berny, pues lo he visto escrito de ambas formas. Si alguien me lo puede aclarar, se lo agradeceré con el corazón.


Y bueno, eso fue todo para comenzar mis lectores. ¿Qué les parece este inicio? ¿Les convence? ¿Logran imaginar a que se refiere Ray con que Goldy Pond fue destruido? Comenzamos con más preguntas que respuestas.

Espero saber sus opiniones respecto a este nuevo fic Rayemma que apenas está comenzando.

¡Nos vemos en otro momento!