LA ESPAÑOLA
España, 1714 de la era de nuestro señor Jesucristo. Incertidumbre y desesperación asolan el reino en plena era de sucesión. Carlos II "El Hechizado" llamado así por su aspecto enfermizo y su incapacidad de procrear, había fallecido hacía un año. Era el último descendiente de la casa de Austria y eso había provocado una guerra entre los Borbones (Francia) y los Austrias.
Eso dio paso a disturbios políticos entre los ciudadanos de a pie, partidarios de Borbónicos (apoyados por la Corona de Castilla) y los Austracistas (apoyados por la Corona de Aragón) que se transformó rápidamente en una guerra civil.
La Corona de Castilla engloba casi todo el mapa de España, salvo el Reino de Navarra, la Corona de Aragón y el Reino de Granada y las Islas Baleares.
A pesar de todo, los países extranjeros como Inglaterra y Francia, no auguraban una pronta serenidad en el Reino de España, pues tanto los españoles como sus mujeres eran bien conocidos por presentar una fuerte resistencia y un aguante como ningún guerrero, desde época Espartana, ha podido lograr. Se decía que un español podía tardar horas en rendirse y que, aun así, se llevaría a la mitad del ejército rival como mínimo, aunque estuviese cojo, medio muerto y en sus últimas voluntades.
Algunos decían que las españolas tenían un cuchillo escondido en su liga, pues era famoso su carácter. Ellas tan temperamentales, tan pasionales, tan seductoras, aunque estos dos rasgos pertenezcan más a la gente del sur; donde la fiesta, la comida y el calor cortejaban a cualquier marinero comerciante, haciendo que se quedase más tiempo del necesario y con la promesa de volver.
El carácter de la mujer española del norte era más frívolo al igual que su vestimenta más recatada y tradicional. La mujer del norte era famosa por su cabezonería, su terquedad, su temperamento iracundo, capaz de montarte cualquier escándalo en un segundo, calmarse al siguiente y hacerte suplicar arrodillado al instante, a pesar de no saber por qué te estabas disculpando. Lo importante era apaciguar su ira. Todo español sabía dónde se estaba metiendo cuando se casaba con una española y hay quien decía que como las españolas eran tan inaguantables, preferían surcar los océanos para irse a Nueva España, a buscar una esposa con menos carácter.
Todo pirata temía la Cruz de Borgoña, símbolo inequívoco del Imperio Español.
Pero había pequeñas riñas, algo personales entre los ingleses y los españoles. Sus imperios habían sido enemigos a lo largo de la historia y los piratas ingleses recordaban momentáneamente su fidelidad al rey para someter al adversario a un rápido abordaje, siendo el botín para ellos, para comerciar en la mayoría de los casos, aunque en otros casos era sólo por fanfarronear de haber conseguido atacar y derrotar a un bergantín español.
Isabel Concepción de las Heras Castellanos, hija de Don Pedro José de las Heras Carrasco y Doña María Antonia Castellanos Aranda, soñaba con una vida que pudiera dirigir ella misma, pues había oído hablar de Catalina de Erauso, la monja Alférez, que fue reconocida por el rey Felipe IV como mujer de valía, pudiendo vestirse con uniforme militar gracias a una bula del Papa Urbano VIII. Ella quería ser ese tipo de mujer, quería vivir sus aventuras, tentar su destino y suerte. A sus 29 años, con su honra intacta, había rechazado a cuantos pretendientes se le acercaban, habiendo obtenido como resultado la fama de "La Soltera". Fama que ninguna dama, doncella o no, quisiera tener jamás, pues una vez obtenida, no se volverá a quitar.
No pudiendo permitir que el apellido de la familia cayese en deshonra, Don Pedro y Doña Antonia concertaron un matrimonio entre su hija y el Comandante de la Armada Española Fernando Arcos Casas. Un hombre de 37 años, originario del Reino de Sevilla, también perteneciente a la Corona de Castilla.
El enlace tendría que haberse celebrado en el Reino de Sevilla sin ningún impedimento. Y habría sido así, si no fuera porque Isabel Concepción de las Heras Castellanos era Salmantina, ciudad perteneciente al Reino de León, que a su vez pertenecía a la Corona de Castilla, tuvo uno de esos ataques temperamentales de los que son tan famosas las españolas, que no los españoles, pues alguien tiene que mantener la cabeza cuerda en el matrimonio, se vendó los pechos para disimularlos, dejó a un lado los enormes cuellos de encajes, también llamados lechuguillas, una prenda tan odiosa que supo desde la primera vez que le dijeron que tenía que llevarla puesta, sería una de las pocas mujeres que mandaría de vuelta al infierno el ropaje, pues de allí era el origen de tamaña afrenta contra ella. Se aseguraría que el diablo, aunque temido por todos, recibiese la ropa que con tanto ahínco había ordenado a sus más fieles seguidores imponer esa moda que sometía el carácter de las mujeres a base de calores y dolores. Y mandándolo todo al infierno, se atavió con unos pantalones marrones hasta las rodillas, una camisa blanca, un abrigo marrón de muselina, unas botas, se cortó el cabello hasta dejarse una melena medio corta, se la recogió en una coleta y se puso un sombrero.
Cuando Isabel Concepción de las Heras Castellanos se quiso dar cuenta, se había hecho miembro de la tripulación de un barco mercante y, sin mirar atrás ni una sola vez, sin dejar ni una sola nota por si acaso la pillaban antes de poder empezar su aventura, partió desde España a un rumbo desconocido, con la intención de no regresar jamás.
Y por primera vez en su vida, se sintió viva.
