disclaimer • hetalia axis powers © hidekaz himaruya.


La noche llegó y con ella, Oliver Kirkland podía finalmente descansar tras aquel agotador día laboral. Se quitó parsimoniosamente el traje oscuro que llevaba, lo dobló con cuidado dejándolo recostado sobre su escritorio. Podía estar cansado, pero jamás lo suficiente para no atender a los protocolos básicos de limpieza e higiene. Terminando por desnudarse por completo, se quitó la tensión del cuerpo con cada gota de agua que caía sobre él. El contacto del agua tibia aflojaba todos los músculos tirantes, producto del estrés diario, casi como un masaje. En cuanto consideró que se sentía lo bastante relajado, cerró el grifo y se amarró una toalla a la cintura, llevándose otra en la espalda para el resto del cuerpo.

Se sentó en la cama, quitándose las gotas de agua que continuaban presentes en ciertas zonas de su anatomía, como sus piernas y brazos. El hombre británico se colocó unos calzoncillos viejos que utilizaba únicamente para dormir, y tras apagar las luces de la habitación, se dispuso a dormir. Aunque sabía que no iba a poder hacerlo tan rápido como quería. Apretó los dientes.

—Oliver, Oliver —y ahí estaba aquella primera voz, llamándolo. El británico deslizó la cabeza por debajo de la almohada y apretó la misma contra sí, para amortiguar los sonidos de esas palabras—. Oliver, soy tu hijo; soy yo, Allen. Ábreme la puerta, tengo miedo de dormir solo. Hay espíritus debajo de mi cama.

Tal vez, si lograba ignorarlo por más de una hora, aquel niño se iría. Intentó enfocar la atención en dormirse lo más pronto posible, no obstante, la voz del mocoso seguía sonando, y para empeorar la situación, se había sumado otra nueva.

—Oliver, ábrenos, somos nosotros, Allen y yo —un ruido de golpeteo contra la puerta comenzó a oírse, incrementándose a cada segundo, torturando a la ya jodida mente del hombre británico—. ¿Vas a dejarnos aquí solos? Eres un terrible padre, abandonando a tus hijos en mitad de la noche —y el sonido del martilleo constante se incrementó. El inglés ahogó un gemido de frustración al amortiguarlo con la almohada—. ¡Mal padre, mal padre, mal padre, mal padre, mal padre!

Pero él sabía que no era un mal padre como aquellas voces chillaban tras la puerta. El británico deseó que se silenciaran para siempre; de no ser porque conservaba la cordura a duras penas, los callaría eternamente ahogándolos con la misma almohada que utilizaba para dormir. Él no era un mal padre porque, para empezar, ni siquiera tenía hijos.