Su mayordomo lo vino a despertar, corrió las cortinas y le relató el tipo de té que iba a tomar este día: Earl gray acompañado con un bizcocho de manzana, cubierto con crema y trozos de frutas. Todo era tan perfecto que le molestaba ¿Cómo podía estar fresco como lechuga por la mañana siempre? Él había pasado una pésima noche, había soñado (otra vez) con aquel incendio que destruyó su mansión y el asesinato de sus padres ¿Por qué no podía dejar de pensar en aquello?
-¿No se da cuenta amo? Usted cuenta con tan solo catorce años. Es normal depender de los padres-le dijo con burla Sebastian. Solo por decirle algo como aquello, quería vengarse ¿Pero cómo? Tomo el té que le ofrecía su mayordomo y sorbió un poco de este. Era impecable como todo lo que hacía aquel demonio. Observó aquellos ojos brillantes, color rosado que le observaban comer su biscocho. "Maldito" pensó. "De seguro está imaginando como sabe mi alma" Dejó el pastel a la mitad, aquel pensamiento le quitó el apetito.
Se levantó de la cama y fue hacia el baño, debía prepararse para comenzar el día. Sebastian llenó la bañera a la temperatura idónea, le quitó la camisa que portaba a modo de pijama, se dirigió a la bañera y se metió. La temperatura estaba perfecta, pensó y más rabia sintió hacia aquel ser ¿Cómo era posible que no se equivocara ninguna sola vez? Desde que le enseñó cómo era preparar los alimentos correctamente, como hacer los quehaceres de la casa y demás, jamás cometía un error. Se enjabonó y el demonio, con un balde vertía el agua tibia en aquel ser níveo que se bañaba apaciblemente en la bañera. Cuando ya estuvo listo le pasó la toalla, lo secó y fueron de vuelta al dormitorio de Ciel.
El pelinegro eligió el conjunto que portaría el dueño de la mansión. Un traje color azul, que combinaba perfectamente con sus ojos. El chico se puso su ropa interior y al momento de pasar a los calcetines, tuvo una idea. Ya se le había ocurrido una buena venganza.
-Sebastian, es una orden, ponte en cuatro patas-el demonio lo miró extrañado ¿Qué estaba pensando su amo? Sin chistar obedeció aquella extraña orden.
-¿Así, amo?-
-Sí, ahora ladra-sonrió con maldad, esperando aquel momento donde el mayordomo se humillara. Sebastian le dedicó una mirada de profundo odio y resentimiento ¿Qué quería lograr con esto?
-Guau, guau-dijo con su voz grave-¿Desea algo más?-
-Si-le puse su pie encima del rostro-ponme el calcetín con los labios y rápido- este asintió y procedió hacer lo que el joven le había ordenado. Subió primero por los dedos, el tarso, el talón y la pierna (ya que ocupaba medias largas, moda común en la época). Ciel, al verlo humillado y bajo de él se sintió extasiado, cumplió enteramente su venganza- el otro-dijo y el demonio cumplió.
-Bien, listo amo-
-Bien, levántate-y el pelinegro procedió a hacerlo-no soy un niño Sebastian. Que te quede de lección esto, debes tratarme mejor o el castigo será mucho peor-se abotonó la camisa y se puso el resto del traje, claro con ayuda de su mayordomo. Al quedar listo fue a su estudio. Tenía varios asuntos que atender y también debía recibir sus lecciones diarias.
Sebastian sonrió por la actitud de su joven amo, le emocionaba saber que él era más fuerte que algunos adultos. No se dejaba amedrentar por nadie ni pisotear. Y si le hacías algo, pues debías prepararte porque el conde Phamtomhive iba a tomar represalias. Estas actitudes le agregaban sabor al alma del niño. No pudo evitar sentir deseo, de querer comerse ahora ya mismo a ese niño. Se pasó la lengua por los labios imaginándose a aquel sabor.
-Bien, debo ir al estudio yo también-entró sonriente.
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En la tarde llegó una visita inesperada. Elizabeth había decidido pasar su tarde junto a su prometido ¿Hace cuánto no lo visitaba? No podía recordarlo. Había estado tan ocupada yendo a sus clases de esgrima que se le había ido el tiempo volando. Al llegar, los extraños sirvientes de esa casa la recibieron con una sonrisa cálida. Le dieron té y un tentempié, mientras iban a buscar al joven amo. Ciel bajó por la gran escalera del salón, acompañado de su fiel mayordomo. Miro a su prometida y la saludo cordialmente. Por supuesto que Lizzy se abalanzó hacia él, abrazándolo con afecto y cariño.
-Lizzy-le reprochó por aquella actitud. No era correcto demostrar afectos de amor en público.
-Hace tiempo que no te veía Ciel-le dedicó una hermosa sonrisa que hizo que Ciel se sonrojara levemente.
-Estabas ocupada, yo también lo estaba-dijo invitándola al comedor, donde Sebastian iba a servir la cena.
-Lo sé, te he extrañado-le tomó de la mano, el chico no protesto. Se dirigieron al comedor, juntos. Sebastian los miraba atentamente. No era vengativo pero quería darle una lección a su amo por lo de esta mañana. Se divertía ver a aquel niño en situaciones embarazosas. Como olvidar cuando tuvieron aquel trabajo en ese extraño circo y un chico de allí fue amable con su amo. Hasta durmieron juntos, pero el niño en verdad era una mujer. Por supuesto que el demonio lo sabía, no se lo había querido decir para ver la cara de sorpresa y vergüenza que iba a poner su amo al momento de enterarse.
-Tendremos que decirle a la señorita Elizabeth, que usted durmió con otra mujer-había agregado para echarle más sal a la herida. El ojiazul puso una cara de consternación y pánico ¿Qué haría su suegra si se enterase de algo así? De seguro que lo mataría lenta y dolorosamente con la espada. Y ni hablar de su cuñado, era feroz cuando se lo proponía.
-No seas idiota, no debes decirle nada innecesario-intentó restarle importancia a aquel asunto. Solo provocó que el mayordomo riera fuertemente.
Decidió servir la cena, como siempre. El plan vendría después. Esta vez, de entrada serviría una ensalada perfectamente aliñada, de plato de fondo una rica carne a la cacerola, rellena con papa y especies traídas directamente de la india. A los comensales le encantó la comida, la acompañaron con un jugo natural de frutilla extraída especialmente para esa ocasión.
-Ahora, si gustan podemos ir al living principal, pondré algo de música para que leudan conversar- Los llevó hacia allí, se sentaron y Lizzy empezó su monólogo. Ni dejaba que Ciel opinara nada. Al ver aquella atmosfera, Sebastian empezó a tocar el piano despacio. El chico lo miró extrañado "podías poner el toca disco" pensó pero no le dio importancia "de seguro quiere lucir sus infinitos dotes" rodó los ojos. De pronto una ráfaga de viento cerró la puerta de golpe. Por supuesto que los niños se asustaron y fueron a ver, pero esta no abría. Intentaron e intentaron pero no pasó nada.
-Dios, intentaré ver por fuera-dijo el mayordomo y como por arte de magia, este desapareció de la habitación, antes de que Ciel le ordenara abrirla con su súper fuerza o algo así.
-Maldito demonio-dijo por lo bajo.
-¿Qué haremos Ciel?-pregunto la rubia con cara de pena.
-Esperar que Sebastian abra la puerta-pero el tiempo pasaba y este no venía en su rescate. Vio el reloj de la pared, ya era muy tarde.
-No podré irme-dijo la rubia cada vez más preocupada.
-Tranquila, el maldito debe estar jugando por ahí- y en efecto. Todo había sido parte de su plan, para dejarlo encerrado un tiempo con su prometida. Ya después daría alguna excusa "me encontré con un hermoso gato, no podía dejarlo a la intemperie"
-Ya que estamos encerrados ¿Por qué no jugamos a un juego?-
-¿Un juego?-
-Sí, verdad o reto ¿Lo conoces?-
-No-el joven jamás había compartido con gente de su edad. Desde temprana edad, había tomado el poder de la familia Phantomhive. No había tenido tiempo para jugar con otros pares. Ni si quiera podía recordar la última vez que se divirtió como niño.
-Bien, elige una ¿Verdad o reto?-
-Verdad- la chica sonrió. Este era la oportunidad perfecta para preguntarle lo que más quería saber de su prometido.
-¿Te gusto Ciel? ¿Me encuentras linda?-sus ojos resplandecían bajo aquellas velas que el mayordomo había dejado encendidas.
-¿Qué…q…qué? ¿Qué clase de juego es este?-desvió la mirada avergonzado.
-Vamos, elegiste verdad. Debes responder- hizo un mohín. El chico suspiró, creo que no habría escapatoria.
-Bien, te responderé-tomó aire y lo botó para relajarse-Lizzy, sabes que mi vida es ocupada. No tengo mucho tiempo para pensar en ese tipo de nimiedades-la chica puso una mirada triste ¿Pero qué clase de respuesta era esa?- pero si me desagradaras, no serías mi prometida. Como cabeza de la familia, tengo el poder para abolir nuestro matrimonio-aunque Ciel sabía que jamás iba a concretarse, el sería la comida del demonio que tenía por mayordomo, pero no quería desilusionar a la chica. De verdad le agradaba y hasta podía decir que le gustaba. Tampoco es que supiera de aquello, simplemente no le molestaba su presencia.
-¿De verdad?-le tomó las manos delicadamente-¿Y soy bonita?-
-Sí, lo eres-los dos jóvenes estaban sonrojados.
-Bien te toca, escojo verdad-era justo que ahora ella respondiera alguna pregunta que él tuviera.
-Bien yo….-pronto la puerta se abrió de golpe. Era Sebastian, que diciendo alguna excusa del porque había demorado tanto, había interrumpido aquel juego, abriendo la puerta de repente.
-Señorita Elizabeth, la están esperando abajo-la chica se dirigió hacia la puerta, no sin antes darle un pequeño beso en la mejilla a su prometido, diciéndole que lo vería pronto.
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Ya era hora de dormir, Sebastian con candelabro en mano, dirigía a su joven amo a la pieza. Le quitó su traje y lo dobló perfectamente para depositarlo en una silla. Le puso la camisa que ocupaba como pijama y levantó las tapas para que su amo entrara a la cama.
-¿Cómo estuvo su día con la señorita Elizabeth? ¿Ocurrió algo interesante?-Ciel lo fulminó con la mirada. Sabía que todo eso había sido obra de Sebastian.
-Mañana me encargaré de ti-dijo bostezando-por ahora tengo mucho sueño.
-Como desee, joven amo-apagó la vela que iluminaba la estancia.
-Sebastian-
-¿Si?-
-¿Puedes quedarte conmigo hasta que me duerma?-
-A su orden- y así vigiló el sueño de su amo.
