Digimon no me pertenece.

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LA DEL CALLEJÓN DE SINGAPUR

A altas horas de la noche, en un recóndito callejón (ajeno al futurismo de la ciudad de Singapur) cuyo establecimiento de ramen ya hacía rato que había cerrado, tres jóvenes japoneses esperaban pacientemente la reunión de su equipo. Sus compañeros digimon, ya cansados, se habían acurrucado contra una de las paredes del establecimiento. El aroma a ramen todavía les alimentaba entre sus sueños.

Uno de los jóvenes, teléfono en mano, se acercó al más inquieto y al mismo tiempo más despreocupado de los tres.

—Takeru-san y Hikari-san no vienen.

No pareció sorprenderle.

—Esos traidores —pese a las palabras, el tono no reflejaba una real molestia. Sonrió, mirando al más joven de los tres—. Otra cosa es Iori-kun —y le frotó el pelo. Cosa que no fue del todo del agrado del chico—, que vino en cuanto recibió la alarma.

—Pero si llego a saber para que era no hubiera venido —murmuró lo suficiente alto para que su amigo lo escuchara. Él hizo caso omiso.

Iori, cuyo sentido de la lealtad hacia sus amigos le impedía abandonarles hasta que se solucionara el percance, sacó un grueso libro e iluminándose con su smartphone, quedó junto a los digimon. El otro chico, cuya vista seguía en la pantalla de su teléfono, se acercó a Daisuke.

—Y Miyako-san no contesta aún. Quizá esté ocupada, en España es plena tarde.

Daisuke, brazos en jarra, chasqueó la lengua.

—Otra traidora. Ya me la imagino comiendo paella y tomando el sol todo el día olvidándose de sus…

En ese momento sus teléfonos parpadearon debido a una interferencia. Frente a ellos empezó a sucederse una desfragmentación, todos los colores se arremolinaron y finalmente una potente luz les cegó. El espectáculo despertó a los digimon, pues siempre les alertaba que una puerta a su mundo se abriera. Obviamente también captó el interés de Iori, que abandonando el libro, se acercó. Entonces Daisuke sintió como algo le caía encima. Algo un poco pesado, pero cálido, suave y con un agradable aroma. Claro que esto nunca lo reconocería ante ella. Porque en efecto, era el rostro de Miyako, con las gafas medio caídas y el pelo rebelándose de la estilosa cinta que lo mantenía sujeto, lo primero que vio Daisuke cuando la luz desapareció. Pero en tiempo récord (y antes de que Ken pudiera hacer amago de ayudarla) se recompuso, adquiriendo una buena pose ante sus compañeros. Hawkmon, que había evitado la caída con un vuelo, quedó junto a ella.

—Tenemos que seguir practicando la entrada —susurró ella sin perder la sonrisa, ni la pose. Su compañero asintió.

En un rápido movimiento Daisuke se levantó, y abriéndose paso entre los digimon y sus amigos, que ya estaban acaparando a los recién llegados, sonrió de par en par a Miyako.

—Estaba convencido de que tú no me fallarías, ¿verdad Ken?

Tardó un poco en reaccionar porque se había quedado fascinado viendo la entrada de Miyako, pero cuando lo hizo fue con una mueca de apuro. Miyako, que achuchaba a Iori como si todavía fuera aquel crío con el que creció, sonrió por el gesto de Ken. A Daisuke en cambio le dedicó una desaprobatoria mirada. Soltó a Iori, que sintió un poco de alivio, ya que Miyako tampoco era la niña del pasado y eso se notaba en varios aspectos de su cuerpo. Ella suspiró, tendiendo la mano.

—¿Qué hiciste esta vez?

Daisuke le depositó el smartphone.

—No hice nada. Simplemente dejó de funcionar. ¿Verdad Ken?

El aludido dio un respingo. Esta vez no había sonrisa por parte de Miyako. Era su inquisidora mirada lo que estaba clavado en él. Una mirada de una persona que buscaba respuestas. Una mirada de una persona que no aceptaba mentiras cuando de la tecnología se trataba. Incapaz de aguantar semejante presión, se encaró a su amigo.

—No está bien hacer venir a Miyako-san para que te ayude y luego no contarle la verdad.

Ken no lo vio pero una media sonrisa se asomó del rostro de Miyako.

Llevándose las manos a la nuca en actitud despreocupada, Daisuke empezó a deambular.

—Quizá se me cayó un poco en un bol de fideos. Quería hacerles una buena foto pero V-mon me empujó.

El digimon encogió los hombros, dando por buena la historia. Eran cosas comunes entre ellos cuando se trataba de un delicioso ramen.

—Eso explica que esté tan grasiento —dijo Miyako, tomándolo de la esquina.

—Sí, eso lo explica —confirmó Daisuke, mirando otra vez a su compañero. Quizá sí había alguna información que no estaba de más ocultar.

No obstante, para Miyako la emoción por escudriñar y poder incluso hacer alguna reparación al gran invento de Koushiro que involucraba prácticamente todo el poder de los niños elegidos así como permitía una conexión directa con el Digimundo, compensaba al asco que le pudiera dar el más que evidente trato vejatorio que recibía por parte de su dueño.

Como conocía a su amiga de la infancia y sabía que en cuanto empezara a trastear el smartphone se olvidaría un poco del mundo, Iori se adelantó.

—¿Tú sabías que la emergencia era por esto?

—Es Daisuke —dijo Miyako como si fuera obvio. La indignación del más pequeño no desapareció—, ¿sabes cuantas veces he reparado ya este trasto? Y eso que Ken-kun ya tiene algunas pautas de cómo arreglar averías leves, pero aún así... —fulminó a Daisuke que le correspondió con una sonrisa inocente.

—Mientras no le digan a Koushiro-san todo está bien —dijo Daisuke, recordando con apuro su primeras averías y la amenaza de Kosuhiro de quitárselo si no cumplía unos requisitos mínimos de cuidado.

Iori, que de verdad creyó que se trataba de una crisis que requería la reunión del equipo, negó disconforme. Daisuke lo rodeó rápidamente por el cuello, atrayéndolo hacia él.

—No seas tan recto. ¿Cuánto tiempo hacia que no nos reuníamos? Venga, vamos a beber mientras Miyako me arregla ese trasto. ¡Vamos Ken!

Ken se sobresaltó. Miró a su compañero, pero no se movió. Quién se detuvo también fue Iori, zafándose de su amigo.

—Sabes que soy menor, ¿verdad?

—Yo lo pagaré, no te preocupes.

—No es el punto. Va contra la ley.

—Si tenemos que hacer caso a todas las leyes...

Iori entrecerró los ojos, Daisuke hizo una mueca de confusión. Finalmente el menor suspiró, regresando junto a los otros.

—¿En serio sabes lo que estoy estudiando?

Daisuke encogió los hombros, deambulando con parsimonia. Lo único que tenía claro era lo gruesos y posiblemente aburridos que eran sus libros. Le costaba entender a las personas que eran capaces de encontrar satisfacción con tanto estudio. Aunque también admiraba ese gran esfuerzo por lograr sus sueños. En ese aspecto, él también se esforzaba. Cierto era que la exigencia a nivel de estudio de su escuela técnica de cocina no era tan fuerte como la secundaria superior especializada de Iori, pero se estaba esforzando al máximo en aprobar y sacar buenas calificaciones. Además, podía permitirse hacer estos viajes culinarios por el mundo. De modo que era un esfuerzo agradable. Un esfuerzo que más que esfuerzo era ya su sueño casi cumplido.

Era fácil que a veces sintiera irreal lo que le estaba sucediendo, pero Daisuke no era de los que le daban muchas vueltas a las cosas. Y por eso, el hecho de estar atrapado en un callejón de Singapur en plena noche lo vivía con absoluta normalidad.

Su vista quedó en sus compañeros. También sentía lo más normal del mundo volver a estar reunidos. Era como si el tiempo no pasara nunca para ellos. Los niños que el Digimundo unió. Esos amigos que le fueron otorgados de manera inesperada y que guardaría para siempre.

—Lo hicimos bien, ¿verdad?

Sus palabras no hicieron efecto de inmediato en los demás. Ken lo miró de reojo, pero su atención todavía estaba puesta en Miyako y sus explicaciones. Como solía acompañar a menudo a Daisuke, le eran útiles estas clases prácticas para solventar los más que comunes incidentes que solía tener. Iori estaba mirando también su teléfono, debatiéndose entre si sería correcto regresar o si debía esperar. A simple vista por lo menos, eran los digimon los que más parecían disfrutar de volver a estar juntos. Conforme sus humanos crecían, ellos también inevitablemente empezaban a separarse, pero cuando se encontraban, era como si nunca hubieran dejado de jugar juntos.

Con la vista al cielo, Daisuke se fue acercando.

—Es difícil estar a la altura.

Iori apartó la vista de su smartphone para enfocarle, Ken volvió a mirarle de reojo, pero esta vez Daisuke consiguió arrastrar parte de su atención. Los digimon fueron dejando de jugar. Tan solo seguía escuchándose el traqueteo de Miyako con el aparato y sus explicaciones ahora al vacío.

—Es difícil teniendo la sombra de Taichi-senpai y los demás. Es difícil estar a la altura después de ellos, pero yo estoy satisfecho con lo que hicimos. Porque lo hicimos bien, ¿verdad?

Al volver la vista a sus compañeros, le ruborizó ver todas las miradas fijas en él. Incluso Miyako había apartado la vista del smartphone y lo observaba por encima de las gafas. Se rascó la nuca avergonzado.

—Daisuke, ¿te estás poniendo sentimental? —dijo su compañero, palmeándole la pierna con una provocativa sonrisa.

—Calla… —le pegó un capón.

Entonces Iori quedó frente a él.

—Sí, lo hicimos bien. No estaríamos aquí si no hubiese sido así —hizo una formal reverencia—. Gracias por haber cuidado de mí aquellos días.

Daisuke levantó las manos azorado.

—Tampoco es eso.

La que estaba frente a él ahora era Miyako.

—Fuimos el mejor equipo y lo seguimos siendo, ¡bingo! —y le pegó un amistoso golpe en el hombro.

—Siempre agradeceré haberos conocido. Me siento feliz de poder consideraros mi familia.

Frotándose del golpe de Miyako, Daisuke sonrió orgulloso de su vergonzoso mejor amigo. Todos se contagiaron de esa sonrisa. De ese bienestar de estar todos juntos. De esa nostalgia por lo que vivieron, lo que perdieron y lo que ganaron.

El apacible ambiente que se instauró a partir de ahí finalizó cuando Miyako volvió a golpear el pecho de Daisuke, pero esta vez con su smartphone.

—¡Arreglado!, la próxima vez te cobraré por mis servicios.

—Tú, tu familia y veinte generaciones siguientes tendrán bono gratis para comer en mis restaurantes cuando tenga mi imperio, pero por favor no dejes de arreglarme nunca este trasto —dijo juntando las manos en señal de súplica y con una gran sonrisa.

—Te arruinaré, tenlo por seguro —amenazó Miyako con un encantador guiño de ojos a juego con su sonrisa.

Sin perder ni un segundo más, el teléfono de Iori ya emitía una luz.

—Me ha alegrado mucho verte Miyako-san, pero tengo clase dentro de cuatro horas.

Las últimas palabras quedaron difuminadas al ser tragado junto a Armadimon por el aparato.

—¡Espera!, yo también voy a volver a Tokio —protestó Daisuke, activando su reparado teléfono.

Antes de que Miyako pudiera darle un achuchón de despedida a Iori y de que Ken pudiera reaccionar al abandono de su amigo, estos ya habían desaparecido. Ken resopló abatido. Miyako, llevándose la mano a la cadera, chasqueó la lengua. Cuando observó a Ken, su expresión se volvió divertida.

—Deberías haberle dejado varado. Así aprendería la lección.

—Supongo —dijo, mientras dejaba que Wormmon subiera por su brazo. Iba a activar su smartphone, pero se detuvo—. Regresa tú antes.

Miyako logró refrenar ese impulso involuntario que desde niña le había llevado a espachurrar cosas. Lo hizo apretando fuertemente el puño y se sintió orgullosa al no perder su pose de diva. Obvio que el tierno, amable y caballeroso Ken no iba a consentir que se quedara sola en un callejón de Singapur a altas horas de la noche, aunque tuviera un escolta como Hawkmon. Lentamente sacó su smartphone.

—¿Cómo vas con el español?

La apresurada pregunta de Ken la pilló desprevenida. Le dio la sensación de que quería arañar una última conversación antes de irse. O quizá era la amabilidad innata de Ken. Sonrió disfrutando de ella. Realmente añoraba estos momentos con sus amigos. Con Ken. Realmente por mucho que estaba disfrutando su estancia en el extranjero empezaba a valorar cosas que nunca antes se había planteado. Su casa. Un hogar ruidoso lleno de gente. Empezaba a darse cuenta de que esa siempre sería su definición de hogar.

—Muy bien. Tus notas me están sirviendo de mucho.

Eso dibujó una tímida sonrisa en el muchacho. Bajó la cabeza.

—Me alegro. Si necesitas mi ayuda para algo más, aunque tú eres mucho mejor que yo en prácticamente todo.

—¿Por qué dices esas cosas?

El chico encogió los hombros como respuesta. Daba por hecho que la demostración de destreza de hacía un rato evidenciaba su declaración. Ella negó.

De niña se prendó de un niño genio. Porque lo admiraba, porque entonces eso era lo único que valoraba. Le gustaban las cosas lindas. Le gustaban las cosas que parecían perfectas. Todo fue un engaño. El niño genio resultó que no era un niño extraordinario. Era un niño débil. Un niño herido. Pero para entonces ella también había cambiado. Era capaz de valorar la realidad tal y como era. De apreciar la normalidad. De no tener la perfección como única cosa admirable.

Pudo conocer al niño de verdad y crecer a su lado y se dio cuenta de que admiraba mil veces más al niño que pese a no ser genio había logrado convertirse en un hombre extraordinario. Sencillo. Normal. Eso era lo que le gustaba. No necesitaba ser un genio. No necesitaba ser el mejor en todo para ser admirable. Para ser extraordinario a sus ojos.

—¿Seguirás viajando con ese desastre de Daisuke mucho más tiempo?

—Puedo aprovechar estos primeros años de universidad, antes de que tenga que tomar responsabilidades de adulto —dijo. Y por su tono, Miyako entendió que era la primera vez que se estaba permitiendo disfrutar. Lejos de tribulaciones, se estaba permitiendo vivir con libertad—. Es raro reconocerlo, pero me es difícil separarme de Daisuke. Con él todo es tan…

—¿Estúpido?, ¿absurdo?, ¿caótico?, ¿grasiento?

Ken rio, y la sonrisa de Miyako desapareció inconscientemente, observando a su amigo con atención. Su risa seguía siendo un valioso tesoro para ella. Escucharla le producía una sensación de orgullo. Escucharla respondía las dudas de Daisuke de hacía un rato. Por supuesto que lo hicieron bien. Poder conocer a Ken, poder ser su amigo. Poder escuchar su risa y curar sus heridas. Todo eso lo hicieron ellos. Estuvieron más que a la altura.

Esta vez el incontrolable impulso de espachurrar algo fue mayor. Por un momento visualizó las mejillas de Ken espachurradas entre sus manos. Sintió el calor que desprenderían. Seguro que eran suaves y a pesar de sus facciones finas tenía la certeza de que las encontraría mullidas. Obviamente no dejó fluir sus instintos más primarios pero tampoco pudo aplacarlos tan solo con apretar el puño. Como consecuencia, Hawkmon, ya más que acostumbrado a estos arrebatos, fue espachurrado contra su tripa, renunciando al fin Miyako a su genial pose de diva.

Ken se detuvo al sentirse observado por Miyako. Esta desvió la mirada al darse cuenta. Se resguardó en el cielo al sentir el calor en sus mejillas.

—Daisuke lo logrará. No tengo ninguna duda de ello. Ese cabezota abrirá un restaurante de ramen en New York o donde quiera —miró de soslayó a Ken, que también miraba al cielo, como buscando alguna estrella en concreto. Había luna menguante—. Puede que haga su vida lejos de casa.

Hubo un silencio y Miyako regresó la vista al cielo al no obtener respuesta. Ken seguía escrutando el firmamento, Wormmon dormitaba en su hombro, y su sonrisa arrastraba tristeza. Miyako sintió una punzada de culpabilidad. De sobra sabía que el mayor cobijo de Ken siempre había sido Daisuke. Este era su más absoluta zona de confort para afrontar las relaciones sociales. Incluso le había llegado a provocar celos esta situación en algún momento de su adolescencia al parecer imposible acceder a Ken como ente individual. No obstante, fue entendiendo y aceptando que Ken no estaba preparado para vivir sin el resguardo de Daisuke. Que sin él se sentía inseguro, que incluso a veces llegaba a sentirse indigno. Que con Daisuke todo era más liviano. Era más fácil ser parte del mundo.

—Es raro teneros lejos —dijo al fin, enfocando a Miyako y por tanto resignándose a no encontrar su estrella—. A veces tengo miedo de no saber vivir.

Viendo que el ambiente tomaba un cáliz melancólico y sintiéndose responsable por ello, Miyako hizo un esfuerzo, que tampoco tuvo que ser muy grande, para regresar a su habitual vitalidad.

—¡Yo tengo intención de volver! Después de vivir fuera tengo muy claro que mis planes para el futuro pasan por Japón.

—Sonaste muy madura Miyako.

La chica asintió con una gran sonrisa de orgullo la apreciación de su compañero. Sin perder esa infantil sonrisa se volteó a Ken. Descubrió que mantenía su mirada fija en ella con gran interés. Daba la impresión de que su aflicción había desaparecido. Tan solo estaba concentrado en ella. En ella fijamente. En ella de una forma que parecía que podía leer su mente y hasta traspasar su ropa con rayos equis. Dio un grito y apartó la vista ruborizada por sus absurdas divagaciones. Ken agitó la cabeza perplejo, pero no tardó en reírse inocentemente por las extrañas reacciones de su amiga.

Miyako se palmeó el rostro un par de veces y cuando creyó que de nuevo todo estaba en orden en su cabeza y volvía a ser esa chica madura que Hawkmon había apreciado por lo menos durante unos segundos, enlazó a Ken del brazo mientras alzaba su smartphone.

—¡Hagámoslo juntos! ¡Puerta digital abierta!

Incapaz de seguirle el ritmo, pero Ken aceleró sus movimientos para activar su teléfono. La miró y entendió su gesto, invitándole a continuar. Se dio cuenta de que nunca lo había dicho antes. Eran esas cosas que Miyako no solía delegar y aunque lo hiciera él jamás habría tenido el valor para tomar las riendas. Era cómodo hacerlo solo con ella. Era fácil también vivir en el mundo a su lado. Era un privilegio que quisiera compartirlo con él. Aclaró la garganta. Por nada quería defraudarla.

—¡Adelante niños elegi…

—¡Ken! —Ken se detuvo, mirando desconcertado a Miyako que ya empezaba a ser absorbida por su aparato—, ¡no tengas novia hasta que regrese a Japón!, ¡no sería justo!

Y llevándose su rostro sonrojado y dejando esa total y absoluta declaración de intenciones, desapareció. El teléfono de Ken aún parpadeaba en su mano cuando Wormmon al fin despertó. Intercaló miradas entre el terminal y su amigo, para finalmente enfocar el punto fijo que lo tenía preso. No era otro que el lugar donde Miyako había sido transportada. Otra vez volvió la vista a su compañero.

—¿No vamos a casa Ken-chan?

Fue como si entonces tomara realidad de que estaba solo en un callejón de Singapur con olor a ramen a altas horas de la noche. Pero también tomó realidad de algo más profundo; una extraña liberación, una sensación de fuerza desmesurada. Ilusión por formar parte del mundo y confianza en poder compartirlo. Empezó a reír de forma descontrolada, hasta que volvió la vista al cielo y sin ningún esfuerzo encontró una estrella que parpadeaba. Su estrella. Sonrió ya calmado, accionando su terminal.

—Sí, es un buen plan.

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N/A: ya no escribo pero una vez al año quédate en casa.