Si le hubieran dicho a Donald que tarde o temprano volvería arrastrándose al señorío de su tío, probablemente se hubiera mofado de esa persona, si es que su ira no aparecía involuntariamente haciéndole atacar a quién lo dijo.
No obstante, ahí estaba, viviendo en la piscina, en el patio, de su tío.
Si eso no era un golpe directo a su orgullo, realmente no sabía qué era.
Y aunque no se había arrastrado exactamente, había optado por ir al lugar que por una década había evitado, al lugar que le molestaba ver aunque sea un segundo, al lugar que ya no sabía si considerar hogar.
Pero ahí estaba, apreciando el interior de la mansión que a pesar de los años seguía recordando, aprovechando la ausencia de su tío tras aventurar con sus sobrinos para recorrerla.
Honestamente el pato no estaba completamente de acuerdo en el hecho de que cuatro niños arriesguen sus vidas. Claro, su experiencia en Atlántida le había hecho ver que podía confiar lo suficiente en ellos para saber que regresaran sanos y salvos, pero su naturaleza sobreprotectora era más fuerte.
No podía soportar la idea de sus sobrinos poniendo poniendo sus vidas en riesgo por algo tan mínimo como un tesoro. Donald ya había dejado de considerar ese pensamiento como algo fascinante.
Podía escuchar a la señora Beakley a la distancia cumpliendo sus labores como ama de llaves, y honestamente no podía culparla por estar tan tranquila mientras su nieta corriera algún riesgo. En los pocos días que llevaba viviendo en el señorío, había aprendido que la pequeña patita estaba más que preparada ante el más pequeño ataque.
Relájate, Donald, susurraba para sí mismo, respirando lentamente mientras sus pasos lo llevaban al ala este de la mansión, fuertemente sujeto a la barandilla y sintiendo sus manos temblar ante la tensión. Estás haciendo una tormenta en un vaso.
Mientras respiraba, contaba cada respiro cerrando los ojos, deteniéndose para que su torpeza y mala suerte no lo hicieran romper algo que él tendría que pagar.
Poco a poco, sus hombros comenzaron a relajarse. Los niños están bien.
Quizás aún no lograba recuperar la confianza en su tío por el asunto de la Lanza de Selene, pero tampoco podía negarle la felicidad a sus sobrinos al no permitirles hacer algo que claramente les gusta. Están bien.
Además, no lo diría en voz alta, mucho menos frente a su tío Scrooge, pero realmente lo había extrañado, y no podía negar que volver al señorío, aún después de una década mientras reparaba su casa flotante, se sentía como un abrazo.
Permitió que una sonrisa se esbozara en su pico, y siguió caminando por los pasillos del piso. Realmente no necesitaba nada de la mansión, pero quería aprovechar la ausencia de Scrooge para explorar la residencia y descubrir qué tanto había cambiado durante su ausencia.
No creía que a la señora Beakley le molestara a menos que irrumpiera en sus labores.
Y a decir verdad, el pato no lograba visualizar tantos cambios. A pesar de la escasez de fotos familiares, seguía reconociendo cada detalle como la palma de su mano.
Seguía reconociendo los pasillos como si nunca hubiera dejado la mansión.
Cuando pasó por la puerta que reconocía como la nueva habitación de sus sobrinos, sonrió melancólico ante todos los juegos y actividades que ahora podrían hacer, antes limitados por el estrecho espacio de la casa flotante.
Siguió caminando, y permitió que sus pasos se detuvieran al momento de girar por el pasillo, una puerta cerrada recibiendolo, la leyenda "Solo Chicos" escrita y ante la cual no pudo evitar reír.
Especialmente por el rostro mal dibujado de Della con el ceño fruncido.
Vaya que había sido reprimido por su tío ese día, pero hey, seguía ahí.
Sin embargo, su sonrisa se borró cuando su mirada se enfocó en el picaporte, fielmente pulido pudiendo apreciar el reflejo de su rostro desfigurado.
Honestamente el pato seguía dudando sobre si realmente debía hacerlo, si era necesario hacerlo. Pero después se recordaba que no podría encerrarse en el bote para siempre, que tarde o temprano se iba a encontrar con dicha habitación, ya sea por su tío o sus sobrinos.
Y no podría huir de aquellos recuerdos. Quisiera o no.
Sus pensamientos acallaron cuando su muñeca giró, el picaporte cediendo a su movimiento, revelando una puerta no asegurada.
Exhaló aire que no sabía que había guardado, y contó unos cuantos segundos para apreciar...
Absolutamente ningún cambio.
Los pósters de bandas seguían ahí, el estuche de su guitarra vacío, su colección de botes ocupando gran parte de la pared adyacente a su cama junto a los dibujos y fotografías con José y Panchito, su reloj de Mickey Mouse en su mesita de noche — ¡incluso las partituras de sus canciones sobre las amarillentas hojas seguían ahí! — , su violonchelo reposando contra la pared contraria, y a su lado un no muy pequeño cofre del tesoro.
Incluso la cama y paredes seguían teniendo temática del océano, y la sonrisa melancólica de Donald no hacía más que ensancharse. Una simple habitación le aspiraba todo el aroma a hogar.
Duckworth y la señora Beakley debieron mantenerla limpia todo este tiempo, se permitía pensar el pato, nostálgico.
Y eso instalaba un nudo en la boca de su estómago.
Scrooge le había cedido esa habitación tan pronto entró a la pubertad, y aunque no fue fácil no dormir en la misma habitación que Della tras compartirla prácticamente toda la vida, pronto se habían hecho a la idea. Para Duckworth no fue así siendo no el más ordenado de los gemelos.
Claro, nunca lo escuchó replicar, pero tras madurar había comprendido que no tuvo la mejor actitud y nunca había tenido la oportunidad de disculparse.
Y tal vez nunca podría—
¡Espera!
Los hombros de Donald se tensaron, y escaneó rápida y nuevamente la habitación, sintiendo como su respiración comenzaba a agitarse.
Si limpian completamente la habitación, lo cual no dudó, también limpiaron el armario, lo que significa que...
Realizando sus pensamientos, sus manos apuntaron a la puerta correspondiente al armario, y no tardó en asegurar la puerta para así dirigirse rápidamente al pequeño cuarto abriendo de un portazo, siendo recibido por los trajes de marinero azules que había olvidado empacar cuando dejó la mansión.
Lentamente, su respiración se tornaba más pesada.
Corrió la ropa, suspirando parcialmente aliviado cuando su mirada se detuvo en la caja ahí escondida, en el punto que, a pesar de los años, recordaba haber dejado.
Tomó la caja de cartón y lentamente la arrastró hacia la recámara, viendo como poco a poco, la leyenda "Cosas Privadas y Aburridas de Donald" escrita en muy mala caligrafía comenzó a aparecer.
En otra de las caras podía apreciar, escrito en marcador rojo el "¡No abrir, especialmente no tú Dumbella!" junto a otro rostro mal dibujado de su hermana con un gran signo de prohibición encima.
Pero Donald podría reírse de ello después, antes debía—
Su tren del pensamiento descarriló cuando, al abrir la caja, una nube de polvo saltó en su cara, mirando a otro lado para estornudar.
Bien, habían respetado su privacidad. Sabía que de lo contrario su tío habría ignorado inmediatamente su discusión y voltearía la ciudad solo para buscarlo y pegarle con su bastón en la cabeza exigiendo explicaciones.
Así que podría estar tranquilo.
Pero no podía ser suficiente para Donald.
Pudo sentir su mirada brillar cuando miró el contenido de la caja. Todo seguía ahí.
La capa y la máscara le otorgaban un cálido saludo. El cinturón con los gadgets le otorgaban un nudo en la garganta que tuvo que intentar pasar tragando saliva.
Habían transcurrido diez años desde la última vez que siquiera había visto ese traje. Cuando se fue, se había jurado alejarse de las aventuras, incluso las que tenía como superhéroe.
Los trillizos ya habían perdido a su madre. No podía arriesgarlos a perder a su tío, y dejarlos al cuidado de Scrooge mientras él salvaba la ciudad no solo era sospechoso, sino que poco factible.
Por supuesto, tan pronto se retiró los niveles de delincuencia en su tranquila ciudad comenzaron a ser considerables, y las teorías relativas a su retiro comenzaron, unas más grotescas que otras.
No le había dicho a Lyla de su nueva ubicación, y aunque pudiera ubicarlo, la periodista nunca había tocado a su puerta. Muy en el fondo, aún temía que la hayan forzado a regresar al siglo XXIII siendo que el suyo ya no era el del superhéroe excéntrico.
Ni siquiera Uno había...
Ah, sí, Uno. Otro punto clave de su retiro.
Pero ahora que veía nuevamente el traje, bañado completamente de polvo, Donald sentía el paso de los años sobre sí mismo.
Ahora, sus sobrinos estaban a salvo en el señorío, con su tío Scrooge, y la delincuencia seguía presente en Duckburg.
¿Quizás debería...?
No. Donald sacudió la cabeza, alejando dichos pensamientos tan pronto aparecieron.
No podía. Simplemente no podía darse ese lujo.
Se había alejado completamente de esa vida. Ahora, sus sobrinos eran los aventureros, no él.
Claro, la aventura estaba en su sangre, literalmente, pero se había acostumbrado, quizás demasiado, a su vida tranquila como un ciudadano más. La situación de la Atlántida no había sido más que producto de su mala suerte.
Además, ¿quién dice que no podía proteger a su familia en su identidad civil? ¡Lo había hecho en Funso's Funzone!
Sí, podría hacer eso. Podría proteger a su familia.
Como Donald,
el superhéroe que no había regresado a la ciudad casualmente después de que apareciera en televisión nacional en compañía de su tío y sobrinos.
Sonrió tristemente mirando el traje por última vez antes de cerrar la caja y llevarla nuevamente al armario.
Paperinik seguiría muerto.
—¿Gizmoduck, huh?
Donald cambiaba los canales con aparente desinterés, pero no importaba.
Todos seguían hablando del nuevo superhéroe de la ciudad.
Podía escuchar a los niños en la otra habitación, especialmente a Huey y Dewey, alabándolo, lo que por supuesto conmovía al pato. Había pasado mucho desde que tenían clara admiración por alguien que no fuera su tío, y — aunque fuera egoísta — prefería que vieran ante alguien que no fuera de su familia y fuera más grande que él.
Suficientes problemas de autoestima le había causado.
Finalmente, un canal se enfocó a hablar más detalladamente del acto heroico, y a través de la pantalla pudo sentir la tensión de los ciudadanos presentes en la grabación.
Era normal. ¡Había visto a uno de sus sobrinos ahí! ¡Él le había permitido acudir a la presentación de Waddle!
Claro, no había presentido que los hechos ocurrieran de esa forma, pero su deseo de alejar a sus sobrinos del peligro había influido en su decisión de renunciar a las aventuras, súper o no.
¡¿Pero incluso eran capaces de arriesgar sus vidas fuera de la mansión?!
Suspiró con frustración.
Lo peor de todo era que no se sentía capaz de regañar al mayor de sus sobrinos por involucrarse en cosas de superhéroes cuando él solía hacerlo.
Claro, no era tan joven como él en ese entonces, pero seguían siendo cosas de superhéroes.
¿Tal vez era su problema por pensar tanto en ello, cuando se había prometido no volver a hacerlo?
—...la nueva amenaza de Duckburg...
Parpadeó. ¿En qué momento cambió de canal?
¿Y por qué, de todos los canales de la gran colección de su tío Scrooge, tenía que ser ese?
¿00?
Donald dudaba que tuvieran la misma fama que en la época de Paperinik, pero era inevitable no hablar de Gizmoduck cuando la ciudad entera lo hacía.
Y por supuesto Angus Fangus debía hacerlo.
—Parece que ya encontró a su nuevo Paperinik —se atrevió a pensar Donald, carraspeando, ignorando que el kiwi lucía tan envejecido como él. ¿Qué lo hizo en voz alta? Qué importaba.
Solo esperaba que Gizmoduck tuviera la misma fuerza mental que él para tolerar como algunas personas intentaban hacerlo ver como el malo, aquel que ayudaba a la policía en su labor para después traicionarlos.
¿Tal vez debería...?
No. No, y mil veces no. Apagó de golpe el televisor cuando el rostro de Angus dejó de aparecer en él, restándole importancia al siguiente noticiero.
Claro. Él sabía de antemano los pros y contras de ser el salvador de Duckburg, creía saber lo mucho que Gizmoduck apreciaría los consejos de, modestia aparte, una vieja leyenda, y aún conservaba el traje.
Pero conocía su suerte. Probablemente fueran atacados y forzados a trabajar juntos. Probablemente fueran encontrados por noticieros.
Y muy probablemente comenzarán a considerarlo como su regreso.
No gracias.
—¡Tío Donald!
El sobresalto del pato fue tal que el control remoto saltó de sus manos, y tuvo que depender de sus parcialmente oxidados reflejos para poder tomarlo antes de que tocara el suelo y se rompiera.
Alzó la mirada para ver a cuatro patitos correr hacia él, claramente emocionados.
—¿Qué sucede, niños? ¿Todo está bien? —pudo apreciar como jadeaban ligeramente a pesar de sus grandes sonrisas, y pudo suponer que habían corrido por el señorío en su búsqueda.
Por lo que Donald tuvo la decencia de permitirles recuperar la respiración. Mientras tanto, se reafirmó en el sofá dejando el control en la mesita de centro.
Entretanto, vislumbra a Webby con un bloc de notas y un lápiz en la mano, por lo que pudo suponer que sería cuestionado y sonrió con cariño.
—¿Qué sabes sobre Paperinik? —jadeando en menor cantidad, cuestionó Dewey tan emocionado como el resto de los patitos.
Por lo que no distinguieron el microsegundo en el que la sonrisa de Donald se esfumó mientras ponía ambas manos en sus rodillas.
—¿Cómo saben de... Paperinik? —Preguntó tan casual como pudo, hombros ligeramente tensos.
—Mientras veíamos la noticia de Gizmoduck, algunos reporteros hablaban del primer gran héroe de la ciudad por lo que decidimos investigar —bueno, Donald nunca se consideró un gran héroe, pero no podía decirle eso al trillizo vestido de rojo—, hasta que un tal Angus decía algo de un Paperinik 2.0
Inevitablemente, Donald realizó una mueca ante el tono utilizado por su sobrino al mencionar el nombre del superhéroe.
Por supuesto que Angus no me olvidaría, pensó frunciendo parcialmente el ceño.
—Pero sólo encontramos viejas noticias sobre él —subiendo a su lado en el sofá, Louie le acercó el celular mostrando dicha noticia que a pesar del tiempo, él seguía recordando como el día en el que Angus lo había acusado inteligentemente como el misterioso vándalo que allanaba los almacenes de cajas de Boxes Inc.—, quisimos preguntarle al Tío Scrooge. Ya sabes, porque todo viejo es sabio.
Donald resopló, intentando no reír.
—¡Pero nos aseguró que tú sabías más sobre él! —alejó nuevamente el celular, apagándolo para guardarlo en el bolsillo de su sudadera—. Decía que eras conocido como su mejor amigo. ¿Es cierto?
Bien, eso facilita las cosas. Se había atrevido a pensar, percibiendo las miradas curiosas de los niños.
Sonrió cálidamente.
—Sí. Paperinik y yo fuimos grandes amigos —internamente, agradecía haber creado esa coartada hace tiempo, de lo contrario respondería tardíamente y con nerviosismo creando sospecha en ellos—. No salíamos mucho debido a que siempre estaba muy ocupado, pero me atrevo a decir que era muy buena persona.
De reojo, vio a Webby escribir lo que decía en su libreta y a Huey sacar su guía de su gorra, hojeando rápidamente en busca de un papiro en blanco.
En el fondo, le enternece que acudan con él en busca de información y la reciban con tanto interés. La última vez que eso pasó fue hace años, cuando sus sobrinos eran aún más pequeños.
Era gratificante ser nuevamente ese pato.
—¿Puede decirnos más sobre él, señor Duck? —Webby, la siempre hiperactiva y llena de vida Webby Vanderquack, sonreía nerviosa y utilizaba el lápiz para jugar con su cabello—. ¿Por favor?
Donald fingió pensarlo durante unos segundos, con una mano en su mentón y una ceja arqueada.
—No veo por qué no —apenas habló, inmediatamente se vio rodeado por cuatro adorables niños, todos expectantes a sus palabras con los ojos brillantes, llenos de intensa curiosidad y pequeñas sonrisas en sus rostros.
Rió ligeramente y se acomodó para recibirlos mejor.
—Por cierto, Webby —enfocó su mirada en la niña vestida de tonos rosas y violetas, cuya expresión se volvió nuevamente nerviosa—. Nada de formalidades. Puedes llamarme Donald, ¿de acuerdo?
Cariñosamente, acarició el cabello de la pata despeinando de manera parcial. Aquello pareció relajarla, pues aunque apenada, le dedicó una dulce sonrisa.
Asintió lentamente, y el mayor se permitió suspirar.
—Bueno, él era el superhéroe más dedicado que alguna vez conocí, si me permiten decir... —sonrió ladinamente. Y así comenzó a hablar de él.
Por supuesto, fue información básica que sabía no sería comprometedora, lo poco que permitió saber a los medios antes de trabajar como el custodio de la Torre Ducklair en compañía de Uno, percibiendo como Webby y Huey escribían precipitadamente en su bloc y guía respectivamente.
Hablaba como Donald,
el viejo mejor amigo de Paperinik, el superhéroe que había llamado la atención de sus cuatro patitos.
Mientras lo hacía, no percibía cómo la mirada de Louie se tornaba más y más brillante, preguntándose: ¿de verdad existió un superhéroe tan increíble?, y ¿por qué se retiró?
—¡Aléjense de mis niños!
¡El modulador de Gyro era increíble! Donald nunca se había sentido tan satisfecho desde la última terapia del habla a la que había acudido en compañía de su tío.
Pero ahora que el traductor había vuelto su voz completamente inteligible sentía que su vieja chispa se encontraba de vuelta, que era capaz formular un plan para la próxima aventura en compañía de su familia.
Que el aventurero, el marinero de la Armada e intrépido pero precavido Duck había regresado.
Maniobrando entre las sombras, no dudaba en atacar, defender, y golpear ante la mirada atónita de los mencionados niños.
No podía culparlos. Seguramente sólo conocían dicho lado de él de meras historias, y su actitud paternal excesiva las había vuelto difíciles de creer.
Pero se metían con solo uno de esos niños, y se metían con él.
Y ahora quería poner a los cuatro a salvo.
Lo cual no era muy difícil. Las sombras eran más sencillas de vencer que un Evroniano armado, especialmente tratándose de fuerza bruta.
—¡Vayan a buscar a su tío! —exclamó tan pronto los puso a salvo en la bóveda que Donald tanto recordaba—. Yo pondré a estos palookas a bahía. Recuerden: estos patos no dan marcha atrás.
Tras ello, cerró nuevamente la puerta encarando a las sombras.
Sólo eran ellos y él en un enfrentamiento injusto de muchos contra uno. Pero estaba bien, siempre prefirió ese tipo de peleas.
Especialmente cuando sabía que tenía las de ganar a pesar de su mala suerte.
—¿Qué pasa, tuvieron un mal día? —cuestionó sarcástico después de derrotar a un par de sombras—. El mío fue bastante sombrío, y agradecería que me permitieran iluminarme.
No obstante, al momento de hablar, sintió una corriente de electricidad literalmente recorrerlo, haciéndole retorcer su cuerpo adolorido, golpeando inconscientemente a las sombras que se acercaban.
—Parece que la tecnología no es mi amiga en este momento —entre chispas, percibía como su voz salía tan ininteligible y confusa como la conocía—. Afortunadamente...
Tras derrotar a tres sombras más, percibió como de entre ellas salía una vestida en un traje robótico, acercándose en una pequeña llanta sobre él.
Los constantes noticieros lo habían hecho reconocerlo como Gizmoduck.
—...yo no dependí totalmente de la tecnología —gruñendo entredientes, una chispa más recorrió su cuerpo esponjando parcialmente sus plumas.
De nada servía negárselo. Donald reconocía a su alter-ego en sus movimientos y remates. Que el resurgimiento de su chispa traía el paquete completo.
No iba a negarlo. Aún en su identidad civil, seguía manteniendo a su Paperinik interno.
Pero su actitud era justificable, intentó decirse a sí mismo, engañarse a sí mismo. Su familia corría peligro, y básicamente dependía de él que las sombras llegarán a ella.
La sombra de Gizmoduck reveló todas las armas que el traje incluía, como si el verdadero héroe lo utilizará en aquel instante.
Pero Donald ni se inmutó y, respirando pesadamente, comenzaba a ver rojo al tiempo que se acercaba agitando bruscamente ambos brazos.
En tan solo un instante, y entre constantes gruñidos, Paperinik había desaparecido para darle paso a Donald Duck.
Lanzando su característico grito de batalla, comenzó a moverse alrededor de la enorme figura entre constantes golpes, gruñidos y jalones.
Desmantelando completamente el traje y deteniendo a la sombra en el proceso. Liberando toda su enojo en su deseo de proteger a sus cuatro niños.
Como Donald,
el pato temperamental cuyos problemas de ira le eran más que benéficos en ese momento.
—¡Señor Duck!
Aterrizando sobre la palma de su mano y la rodilla contraria en un efecto de película, jadeo ásperamente viendo los trozos de metal que antes eran un traje de superhéroe.
Espero que no sea rencoroso, rogó internamente Donald cuando más de una figura entró a la habitación.
Bien, ya no estaba solo en esto. Donald sonrió para sí, determinado.
Antes de que se dieran cuenta, su primer Halloween desde su llegada al señorío llegó.
Donald se mantenía en el vestíbulo en compañía de Scrooge, quien golpeaba impacientemente el suelo con la punta de su bastón.
No se mentiría, le sorprendía que los niños lo convencieran de acompañarlos, así como a la señora Beakley. Hubiera pensado que lo rechazaría por ser un día comercializado y con maldiciones y fantasmas falsos como alguien que los enfrentaba día a día, así como que podría ser muy peligroso para los niños pensando que Glomgold o los Chicos Beagle aprovecharían los disfraces para secuestrarlos o lastimarlos.
—¿Estás seguro de esto, Tío Scrooge? La última vez atacaste a alguien que se disfrazó de Glomgold pensando que quería secuestrarnos a Della y a mí a pesar de saber defensa personal —a pesar de recordarlo entre risas, Donald realmente temía que se repitiera el Halloween de cuando ambos gemelos tenían diez años.
—¡Por supuesto que lo estoy, muchacho! Ya se lo prometí a los niños y no puedo decepcionarlos —aseguró decidido, aunque frustrado en el fondo por la tardanza de los susodichos—. Además, aprendí mucho desde entonces. Ahora puedo distinguir a ese farsante donde sea.
A espaldas del empresario, Donald rodó los ojos sin dejar de sonreír.
—Soy el terror que acecha la noche —ambos miraron hacia las escaleras, en donde uno de los trillizos meneaba una capa, vestido en un traje y sombrero violetas—. Donde haya peligro, ahí estaré yo, ¡Darkwing Duck!
Entre risas, comenzó a bajar el resto de las escaleras corriendo. La hiperactividad, sumado al desinterés sobre si decía correctamente o no la línea característica de Darkwing, hizo que ambos tíos lo identificaran como Dewey.
—¡Cuidado, Webby! —con ayuda de Beakley, un trillizo bajaba las escaleras. No era necesario ser un experto para reconocer a Huey debajo del disfraz de Gizmoduck hecho con cartón pintado de blanco. A su lado, la patita disfrazada de ninja bajaba las escaleras entre saltos.
—Lo siento, es sólo que estoy muy emocionada. ¡Es mi primer Halloween! —vigorosa, se subió a la barandilla deslizándose por ella, dando con los nervios de Donald.
—Con cuidado, Webby. No querrás lastimarte —y siendo el tío sobreprotector que era, estuvo ahí para atrapar a la niña tan pronto llegó al final de la barandilla, tomándola en brazos.
No iba a negar que le enternece la alegría de la patita. Le recordaba a Della cada Halloween, ambos vistiendo disfraces a juego.
Se había encariñado tanto con ella al grado de considerarla como su sobrina. Lo que por supuesto activaba su sentido paternal.
—No se preocupe, Tío Donald. Estoy bien —aseguró con una pequeña sonrisa. La primera vez que lo llamó Tío fue de forma casual, y cuando se dio cuenta rápidamente intentó disculparse hasta que le había asegurado que no le molestaba.
Se sentía satisfecho viendo que ya no le incomodaba, e incluso le hablaba con la confianza y comodidad como si realmente fueran de la misma familia y que a la señora Beakley no le molestara.
Bajó nuevamente a Webby viéndola acercarse a Dewey y Scrooge, hablando alegremente con ellos, y volvió a enfocar la mirada en su sobrino y Beakley en los últimos peldaños.
—¿Dónde está tu hermano? —se atrevió a cuestionar extrañado, ayudando a la ama de llaves — vestida como Isabel II — a transportar a Huey y acomodando su casco en el proceso.
—Enseguida baja Tío Donald, estaba dándole los últimos detalles a su disfraz —sonriendo, se acercó al resto de su familia agradeciendo haber obtenido la medalla de monociclismo.
Sonrió con cariño junto a la señora Beakley.
—¿Seguro que no quiere disfrazarse, Donald? —aseguró la mayor—. Su tío asegura que ésta era su fecha favorita cuando era niño.
A modo de respuesta, negó con la cabeza realizando un ademán.
—Estaré bien. Era especialmente por los disfraces combinados que utilizaba con Della porque así conseguíamos más dulces, pero ahora es el día de ellos. Sería imprudente no permitirles disfrutarlo —sonriendo a la mayor, miró por el rabillo del ojo a sus sobrinos, a su sobrina honoraria, a su tío.
No podía creer que había olvidado eso debido a su ira hacia Scrooge, a su orgullo. Incluso le restaba importancia a que su casa flotante estuviera casi reconstruida.
—Parece que hay una excelente noche en el Señorío McDuck —una nueva voz se escuchó en el vestíbulo y todos alzaron la mirada hacia las escaleras.
Y Donald sintió que el nudo comenzaba a formarse en su garganta, tragando saliva pesadamente.
—No se preocupen. Su gran amigo y salvador, Paperinik, se asegurará que así se mantenga. ¡Porque soy el amigo de la noche! —Louie mostraba una sonrisa amplia, y sus ojos no mostraban ese brillo desinteresado característico de él. En lugar de ello, bajaba los peldaños tarareando la canción de lo que Donald estaba seguro provenía de una película de superhéroes.
Pero sin importar lo que hacía, el nudo no se desvanecía de la garganta del marinero. Mentalmente se cuestionó si su mirada brillaba.
—¿Paperinik? No creí que fuera tan conocido aún después de una década —opinó Scrooge desconcertado ante la mirada atenta de los patitos.
—Y no lo es, pero sigue siendo considerado una leyenda —secundo el trillizo menor con orgullo, bajando el resto de las escaleras felizmente—. Desde que el Tío Donald nos habló de él hace meses, quise conocer un poco más, ¿saben lo difícil que es encontrar información acerca de un superhéroe que dio a conocer poco de sí mismo?
Entretanto, el menor de los tíos sonreía, enternecido. ¿Realmente seguía teniendo aunque fuera un admirador después de tantos años? Sí, Louie se lo había comentado en una ocasión, pero seguía sin creerlo.
—¡Pero eso no lo hace menos asombroso! Es decir, ¿un pato ordinario que logró vencer a una raza alienígena y tuvo que soportar miles de acusaciones en su contra? ¿Qué es más genial que eso? —contento, Louie pasó ambas manos por el súpertraje una vez más, disfrutando la textura del mismo—. Gracias por el disfraz Tío Donald. Debió costar una fortuna, parece el verdadero traje de un superhéroe.
Y lo era, Donald pensó intentando no sonreír con fanfarronería. Tan pronto había descubierto el fanatismo de su niño se había recluido en la casa flotante para chillar silenciosamente. Posterior a ello, aprovechó una aventura de su tío en la que Beakley lo había acompañado para buscar un traje de repuesto en su vieja habitación.¹
Desconocía si Duckworth lo había descubierto, pero el mayordomo nunca le había dicho nada.
Le había tomado más de una semana modificar el traje, y teniendo 10 años de experiencia haciendo los disfraces de Halloween de sus bebés sabía de memoria la talla exacta de cada uno de ellos.
Incluso había removido los gadgets del cinturón, lo cual no fue trabajo fácil.
Claro, fue fácil explicar las venditas adhesivas en ambas manos con la reparación del bote, pero valía la pena con ver al niño feliz.
Un pequeño secreto no lastimaba a nadie.
—Ni lo menciones Louie, de todos modos aún tengo algo de dinero en mis ahorros —aseguró Donald con un ademán, acercándose para acomodar debidamente la máscara y el gorro de marinero azul.
—Es una pena que no pudieras comprar uno más para ti. Así, podríamos ser un par de vigilantes, salvando la ciudad de los malhechores y quizás consiguiendo dinero como recompensa —y así, el clásico Louie regresó, y Donald se cuestionó cómo la familia no percibió el momento en que se sobresaltó.
A decir verdad, no había considerado la posibilidad de utilizar su viejo traje como un disfraz, y que Louie lo hiciera lo había tomado desprevenido.
No sonaba como una mala idea, después de todo, tomar la ventaja del día para utilizarlo y sentirlo una vez más, sentir que podría ser el héroe de su sobrino muy literalmente.
Pero también estaba la posibilidad de ser reconocido. Es decir, Angus seguía recordándolo, utilizando cada acto heroico de Gizmoduck para mencionarlo y hacerlos ver a ambos como amenazas, e incluso temía que hasta Scrooge lo reconociera al aparecer con el traje puesto aclamando ser Donald.
Y ser reconocido por un reportero transeúnte al verlo como Paperinik en compañía de Scrooge McDuck y cuatro niños ya muy conocidos era una idea que no le apetecía a Donald.
Lo que era un no rotundo.
—¿Nos vamos? —la voz de su tío lo sacó de sus pensamientos, y el pato asintió lentamente sin decir palabra para levantarse, no sin antes revisar una vez más el traje de Louie.
—¿Entonces Launchpad no vendrá con nosotros? —No tardando en escuchar la voz de Dewey, no logrando disimular la decepción en su tono.
—Lamentablemente no, solo nos conducirá bajo la colina, pero un amigo de St. Canard lo llamó y tiene que ir —respondió Beakley con seriedad, acercándose a su nieta para mantenerse a su lado.
Dewey chasqueo los dedos, entristecido de no poder estar con su amigo durante su primer Halloween como sobrino nieto de McDuck, y ponerse peligroso con él.
Mientras tanto, ambos tíos sonreían para sus adentros viendo la felicidad que irradiaba de los patitos, los cuales presumían sus trajes con emoción — siendo el de Huey el único hecho a mano — mientras tomaban sus respectivas bolsas de dulces.
Salieron de la mansión, donde Launchpad los esperaba pacientemente junto a la limusina.
Y mientras Huey bajaba las escaleras en su monociclo con ayuda de Scrooge, el marinero veía felizmente como sus tres sobrinos restantes se acercaban a la limusina y subían otorgando un saludo al conductor siendo seguidos por la señora Beakley.
No tardó en unirse a ellos junto al mayor de sus sobrinos y su tío.
Por el rabillo del ojo, veía a Louie admirar cuan tesoro su traje, conmovido de ver a su niño fascinado con algo que no fuera el oro.
Muy en el fondo, esperaba no arrepentirse de su decisión si el héroe seguía siendo reconocido atrayendo consigo sorpresas inesperadas durante la noche, porque habría que ser muy tonto para no distinguir el poco parecido entre Louie y él.
Porque quería disfrutar la fecha, sí, como Donald,
el tío orgulloso de que alguien lo admirara sin siquiera saberlo, especialmente tratándose de su propia familia.
Tan pronto entraron a la ciudad, estrellándose contra un poste de luz en el proceso de estacionarse, los cuatro hermanos bajaron precipitadamente de la limusina entre risas y pláticas amenas, siendo rápidamente acompañados por Donald, Scrooge y Beakley.
Esa sería una noche muy larga.
Había olvidado qué tan estresante era vivir bajo el mismo techo que Scrooge McDuck.
No era para malentender. En el tiempo transcurrido desde su primera aventura en la Atlántida, su relación con su tío había mejorado: lo quería, desde que se habló de Della abiertamente la confianza había crecido, e incluso había descubierto que estaba en el testamento.
Pero nunca había considerado la posibilidad de mudar.
Claro, tan pronto lo descubrió se compró una hamaca con el poco dinero de sus ahorros que no gastaba en sus sobrinos e intentó relajarse.
Pero no tardaba en recordar dónde vivía ahora, y las consecuencias que eso conllevaba.
Zombies, dioses furiosos e incluso viajes interdimensionales.
La última vez que mudó fue debido al estrés de cuidar a los hijos de su hermana, ser superhéroe — a punto de retirarse — y primo a la vez, y superar la desactivación de Uno, ¡por el amor de Dios!
Lo peor de todo era que en ese entonces tenía un peor equilibrio trabajo-vida, y no era tan notorio como lo era actualmente.
Afortunadamente, era un Duck-McDuck, que a pesar de la sed de aventura, dinero, conocimiento y sabiduría, seguía siendo familia.
—¿Seguro que estarán bien, Tío Scrooge? —y sí, era un deleite referirse así a él sin tensiones, del mismo modo que cuando era un patito que apenas comenzaba a vivir con él y su impedimento del habla era mayor.
A través de la expresión cariñosa del mayor, sabía que dicho sentimiento era recíproco.
—Sí, muchacho, no te preocupes demasiado —ayudándole a empacar, el pato más viejo le sonrió poniendo una mano en su hombro—, no querrás mudar completamente.
Percibiendo el tono burlón aunque juguetón de Scrooge, Donald sonrió divertido.
Exhaló un suspiro y detuvo su mano sobre la de su tío ignorando la aspereza de la misma.
—Muchas gracias por el crucero tío, de verdad. No sé cómo, pero te lo compensaré —sonriendo cándidamente.
—¡Bah humbug! Te lo mereces, mi niño —sin dejar de sonreír, lo rodeó con su brazo en un abrazo perezoso—. Has visto por el bienestar de esos niños desde su eclosión, y no hemos hecho más que estresarte. Es tu turno de relajarte.
Bajando la mirada, Donald sonrió enternecido. Eran raras las ocasiones en que su tío tomaba un rol paternal con él desde su onceavo cumpleaños.
Se atrevía a decir que esos momentos eran una joya.
—Somos familia, muchacho. No puedo cobrarte porque te tomes unas merecidas vacaciones relajantes remotas —añadió, y Donald desconoció a su tío. Claro, le gustaba recibir dicho trato de parte de él, las tensiones entre ambos habían disminuido; pero estaba tan acostumbrado al pato frívolo y avaro que solo aclamaba por dinero y aventuras que ver a un endulzado tío era un escenario que podría valer una fortuna.
¿En qué pensaba al considerar en volver a ser Paperinik? Seguro, a diferencia de las aventuras que enfrentaba con las manos desnudas y su mala suerte, la idea de enfrentar a enemigos, seguro de una victoria con apoyo de sus gadgets y su ingenio le parecía más tentadora.
El traje le recordaba dicha posibilidad.
El surgimiento de Gizmoduck le recordaba a sus inicios como superhéroe, cuando dejó a un lado la villanía en contra de su tío y Gladstone.
El encuentro con Magica le recordaba a sus grandes días, enfrentándose tanto a Evronianos como a delincuentes de menor calibre usando solamente sus puños, su paralizador y el X-Transformer.
Finalmente, el Halloween pasado le recordaba que su legado seguía vigente, seguía recordado, y seguía aclamado, siendo la atención conseguida de Louie el fiel recordatorio de su popularidad sin importar el tiempo transcurrido.
Sí, en más de una ocasión lo había pensado. Sí, en más de una ocasión realmente lo había considerado.
Pero era tiempo de dejar atrás el pasado y vivir el presente. Porque sí, haber sido Paperinik fue maravilloso: tenía la fama, una fortuna asegurada en el siglo XXIII, el reconocimiento del gran Odin Eidolon, y la admiración de su sobrino.
¿Pero quién dice que actualmente no era feliz? Un nuevo capítulo de su vida transcurría.
Siendo Donald,
el viejo superhéroe, el viejo amigo de dicho superhéroe, el pato temperamental, el tío, y el sobrino agraciado por la preciosa familia que se había formado a lo largo de los meses.
Y no lo cambiaría por nada en el mundo.
—Terminemos de empacar, ¿bien? —suspiró su tío dándole unas ligeras palmadas en la espalda antes de romper el contacto físico, asintiendo casi instantáneamente en respuesta y alejándose reacio para seguir empacando lo necesario.
Sí, extrañaría a su familia durante el mes que estaría en el crucero, pero era la familia Duck y sabía que pasará lo que pasará ganarían como siempre lo hacían.
¿Qué es lo peor que podría pasar?
Ah, phooey. Eso era lo peor que podría pasar.
Donald se retorcía desesperadamente gruñendo por lo bajo. Sentía una fuerte incomodidad en ambos brazos, y honestamente ya los sentía entumecidos al considerar el posible tiempo transcurrido que los tenía asegurados en su espalda generando un peso extra sobre sus hombros.
Ocasionalmente se levantaba como podía sintiendo sus piernas temblar, antes de tener un momento de necedad para intentar golpear barrotes y paredes con ambos antebrazos, ignorando el agudo dolor que aquello ocasiona en sus omóplatos y atrayendo consigo las réplicas de los guardias que lo tenían prisionero.
¿Qué diantres había hecho Della para ser proclamada como traidora? Se cuestionaba Donald para sus adentros. Porque a pesar del tiempo y la distancia, seguía recordando lo temeraria que podría ser su hermana, y las consecuencias que esto traía durante sus aventuras con Tío Scrooge.
Es decir, era agradable, pero igualmente era muy despistada a menos que la otra persona fuera expresiva en exceso.
Por no mencionar que podría ser tan desafortunada como él, a pesar de que la mala suerte de su gemela era más moderada que la propia.
Tacleó una vez más la pared de su celda, la consistencia del oro entumeciendo finalmente su hombro izquierdo y respingó adolorido, sus quejidos enmudecidos por la mordaza utilizada en su pico.
Ser detenido definitivamente no estaba en su ideal de vacaciones relajantes remotas.
Reprimió un sollozo, y Donald se dejó caer apoyando su espalda contra la fría pared, incómodo por la sensación del Oxy-Chew y el fuerte sabor del regaliz negro concentrado en su boca sin poder masticar adecuadamente.
¿Cómo estaría su hermana? Se atrevía a pensar, con la mirada fija en el suelo. Porque debía estar bien si vio la Lanza de Selene aterrizar en el bosque.
El recuerdo de la Lanza despegando seguía ocasionándole pesadillas para no recordarla, por ello verlo surcar los cielos de Duckburg había dado un vuelco en su corazón.
Claro, activarla no estaba en sus planes.
Pero claro, ¿quién se queda estancado con toda la mala suerte?
Nadie más que Donald Duck.
Pero mientras estuviera seguro de que su familia estuviera bien, podría soportar el mayor tiempo posible hasta regresar a la Tierra.
—Tranquilos, yo me encargaré de él —una voz femenina resonó en el interior de la celda. Y Donald creyó haber enloquecido debido a sus emociones al ver a Xadhoom por un segundo.
Parpadeó y vio nuevamente a aquella alienígena de tez violácea y traje dorado.
—Como usted diga, Teniente Penumbra —para posteriormente ver cómo aquellos guardias le tendían fácilmente la llave, se alejaban de los barrotes y caminaban por el largo pasillo.
De no estar amordazado, hubiera estado impresionado por la confianza que tenían con... ¿Penumbra? Sí, Penumbra.
Bueno, era teniente. De seguir en la Armada y vigilando a alguien de las líneas enemigas, hubiera cedido a las órdenes de sus superiores.
—¿Cómo estás? —Preguntó sarcásticamente, manteniendo una expresión seria hacia el pato que simplemente se encogió de hombros.
No iba a mentir. Si no entendían sus palabras, no entendía el porqué de la mordaza; podría simplemente reclamarles de su inocencia, cuestionar sobre Della, explicar que realmente venía en paz, y fácilmente manipularían su impedimento del habla para hacerlo ver como una peligrosa amenaza.
—Tranquilo, no vengo a arrastrarte otra vez —aseguró, y el marinero percibió como su expresión se desvaneció, analizando sus alrededores, y lo sorprendió cuando reveló un par de llaves de su uniforme—. Vengo a ayudarte.
Por qué. Donald podría haber preguntado si tuviera la capacidad a pesar de que la teniente no fuera capaz de entenderlo.
A pesar de eso, Penumbra fue capaz de percibir la duda en las facciones del prisionero antes de dirigirse a su espalda.
—Porque conocí a Della —y dada la confianza demostrada en las palabras de su acompañante, Donald se congeló—. Fueron unas pocas semanas, pero era bulliciosa, e increíblemente ingenua.
Bien, eso sonaba a la Dumbella que conocía, sonrió de lado.
—Parloteaba mucho, pero siempre era sobre sus niños —finalmente sintió sus manos libres, y no fue mucho el tiempo transcurrido para que comenzará a masajear sus muñecas, ignorando el peso que ahora se instaló en la fosa de su estómago al escuchar la incertidumbre con la cual Penumbra se refería a los trillizos—. Ella nunca nos traicionó. Su único interés era volver a la Tierra y reunirse con su familia.
¡Lo sabía! A pesar de lo tonta que podría ser su gemela, él sabía de corazón que no sería capaz de traicionar a nadie.
"¿Por qué me dices todo esto?" Intentó preguntar arqueando la ceja.
—Ella solía decir que le recordaba mucho a ti, y solía ser muy apegada a mí llamándome su mejor amiga. Es claro que te tiene aprecio —el indicio de una sonrisa se mostró, pero no diría nada aun si pudiera.
"¿Entonces por qué la consideran traidora, por qué lo consideraban amenaza?"
—Lunaris está trayendo un ejército para destruir la Tierra —finalmente confesó la teniente, y percibió como sus hombros se tensaron.
¡No de nuevo! ¿Por qué ahora?
—Si eres tan temerario y rudo como Della asegura, sé que podrás con esto —Donald no dudó en levantarse, haciendo a un lado la sensación de su cuerpo adormilado ante las constantes tacleadas previas—. También sé que básicamente estoy traicionando a mi gente al confiarte esto, pero nunca percibí malas intenciones de parte de ella, y sería injusto pagarle de esta manera. Yo no estoy de acuerdo con esta invasión.
Él también lo creía. Sus puños temblaron.
Había detenido constantes intentos de invasiones hace una década, ¿cuál era la diferencia ahora?
"Gracias por contarme esto." Intentó sonreír a través de la mordaza. "¿Quieres ayudarme a detener una invasión?"
Le extendió una mano a Penumbra, tomándola desprevenida. No obstante, le correspondió el gesto... con más fuerza de la esperada.
¿Quizás podría conseguir un traje dorado?²
Podría pensarlo más tarde. Ahora tenía una meta a seguir. Un objetivo que cumplir.
Esos alienígenas se habían metido con el pato equivocado.
Con el superhéroe equivocado.
Porque sí. Angus, los noticieros, su familia y Duckburg tenían que darle una bienvenida de regreso.
Paperinik volvería a las andadas.
¹ Hablando con una escritora del fandom estadounidense de DT, surgió el HC de que Louie, siendo fan del superhéroe, haría lo que fuera para conseguir la mercancía de PK y la escondería muy bien para evitar que se dañe al considerarla su tesoro, siendo especialmente difícil de conseguir por el retiro. Hablando, la escritora mencionó que, al ver que Louie tenía un mal día, Donald le daría uno de sus trajes de repuesto. Honestamente nos fascinaba la idea de Donald chillando en el fondo.
Tiene algunas modificaciones debido a los eventos del fic, siendo que en el headcanon hablado por ambas, los trillizos eran seguidores de Paperinik hasta saber de Gizmoduck y DW, aunque Louie conservó dicha admiración.
² Otro cambio en el HC fue el traje de Donald, siendo que originalmente se formuló la idea del mismo, así como el de repuesto hechos de oro debido a que consideramos la posibilidad del traje siendo dorado a raíz de los últimos episodios -sí, apoyamos la idea de Donald en la luna como el surgimiento de PK-; incluso se habló de Donald hablando de ser "afortunado" al tener una conexión con el héroe, con Louie cuestionándolo sobre cómo lo conoce para pedirle un autógrafo y preguntarle sobre su retiro.
Pero de que conserva el traje, conserva el traje 8)
