"Hace más de quinientos años dos mejores amigos comenzaron a soñar juntos con un mundo donde gobernara la paz y las alianzas, donde un Rey o Protector se encargara de repartir justicia para aquellos a quienes los Dioses no les habían brindado ningún don. Crecieron envueltos en un mundo gobernado por la guerra, la sangre y el fuego y decidieron que serían ellos quienes pararían todo.

Dos hombres cambiaron al mundo, uno con ojos poderosos y otro con técnicas milenarias aprendidas de un clan casi extinto. Pronto el pueblo llano se les unió con palos, piedras y una poderosa voluntad.

La voluntad de fuego hervía en todos aquellos que siguieron a esos dos hombres extranjeros que tenían otros Dioses y otras costumbres, pero un sueño maravilloso que muchos anhelaban: Paz.

La conquista duró poco más de tres años; tres años en los que Senju Hashirama entabló conversaciones y alianzas con los grandes señores que gobernaban sin ley, cortando cabezas y masacrando pueblos y aldeas vecinas. Nada se sabe sobre lo que se dijo en esas conversaciones, sin embargo, era bien sabido que cuando las palabras de Hashirama no funcionaban entonces entraba Uchiha Madara, también llamado La Sombra de Senju o La Sombra Sangrienta, quien asesinaba con lujo de violencia a aquellos que se oponían a unificar los cinco reinos de Sakuyo No Hime y ser gobernados por la alianza Senju-Uchiha.

Dos reyes son mejor que cien, solía decir Madara antes de encender sus ojos.

Se disputaron varias guerras, una fue la más violenta de todas. El Clan Uzumaki había gobernado las tierras de Hojabonita durante miles de años y se negaban a ceder todo su poder a dos hombres extranjeros.

Hashirama había convocado a todos los señores, grandes y pequeños que le habían jurado lealtad e hizo volar una bandada de halcones por todo Sakuyo No Hime, proclamándose único rey de las cinco naciones, prometiendo que aquellos que le siguieran conservarían sus tierras y títulos y los que se rehusaran a seguirle morirían humillados.

Llegaron apenas unos cientos, clanes poderosos y clanes poco reconocidos que anhelaban obtener tierras y títulos de encontrarse en el bando correcto.

Senju Hashirama odiaba la guerra, pero encabezó ésta junto a su mejor amigo, acompañados de los pocos clanes que habían conquistado y unificado a la causa. El pueblo llano no tuvo lugar en ésta, puesto que Hashirama estaba cumpliendo lo prometido: protegerlos.

La lucha fue encarnizada y violenta como ninguna guerra hasta entonces. Miles perdieron la vida por un sueño y otros miles por defender lo que de antaño les pertenecía.

Sin embargo, se debe aceptar que la peor parte se la llevó Uchiha Madara. Se dice que no muchos clanes lo aceptaban, pues el Uchiha no tenía temor alguno en demostrar su superioridad e incluso había quienes decían que a este no le interesaba la paz en absoluto, que amaba la guerra y que no había más que vérsele luchar para comprobar que ver la sangre correr le excitaba de sobre manera. ¿Entonces cuál era el motivo de seguir a Hashirama? Precisamente eso, estar junto a él. Se cuenta que hubo quienes, luego de la conquista y una vez que las tierras de Sakuyo no Hime se hubiesen unificado como una sola, veían a hombres entrar a los aposentos del Uchiha, hombres conocidos por sus artes en el placer, pero esa es otra historia.

Madara asesinó a miles de hombres antes de ser herido de gravedad en el campo de batalla, le fue arrancado un ojo de la cuenca y huyó cobardemente a ocultarse en la espesura del bosque; mientras él gritaba de dolor y trataba de detener la hemorragia de sangre que brotaba de su cuerpo, Hashirama se encerró en una carpa junto a los grandes señores Uzumaki, que no resultaron ser otra cosa más que mujeres. La líder del clan apenas tenía quince años, pero era toda una señora, una líder natural, inteligente, hábil y bella. Senju Hashirama ya pasaba los treinta, pero dicen que quedó enseguida enamorado de aquella muchacha que se negaba a entregar sus tierras.

"Estas tierras pertenecieron a mis padres y a sus padres antes que ellos, así durante cientos de generaciones. No pienso ceder al pueblo que el Clan Uzumaki ha protegido durante miles de años. ¿Guerra? Hablarás de los otros reyes buenos para nada, aquí no se ha hecho otra cosa que mantener la paz ¿pero que va a saber un extranjero como tú? Vuelve a las tierras que no tienes o mátame ahora y termina con la guerra". Dijo la muchacha, la gran señora del clan Uzumaki.

Hashirama rio. Se sabe porque había maestros de las letras de ambos lados, tomando nota de todo lo que se decía y se hacía.

"¿Por qué conformarte con gobernar Hojabonita cuando puedes gobernar los cinco reinos a mi lado?".

Y no se dijo más. Uzumaki Mito se dio la vuelta y ordenó a sus hombres que informaran a todos que la guerra había terminado y que la victoria era suya.

Entonces la última guerra de la conquista se terminó y mientras Madara era atendido en una fría habitación por varios hierbaestros desconocidos, Hashirama se casaba y era coronado como el Protector del Reino, el primero de su estirpe sagrada y Padre del pueblo. Los grandes señores lo vitorearon, sí, pero la mayor emoción, alegría y gritos provenían del pueblo llano: los comerciantes, las putas, los pescadores y el populacho en general.

Hashirama se olvidó de sus Dioses y aceptó a las Diosas Sagradas como las suyas y ordenó que se construyeran templos en su honor y glorificó a las mujeres para que los hombres las veneraran por ser la encarnación misma de las Diosas, quienes venían al mundo para honrarnos y purificarnos y se escribió en la ley entonces que la primera en la línea de sucesión era siempre una mujer y así honró grandemente Hashirama a las Diosas Sagradas quienes en recompensa le dieron un largo y fructuoso reinado.

¿Pero dónde queda Madara en esto?

Dos reyes son mejor que cien solía decir el Uchiha y sí que hubo dos personas reinando: Hashirama y su esposa, los más atrevidos decían que era ella quien gobernaba a través de él. Fuera quien fuera quien gobernara, lo hacía bien, pues la paz comenzó a reinar todos los rincones del reino, las tierras heladas del norte, los cálidos desiertos del Fuego, los misteriosos bosques de Las Serpientes, los ríos y lagos que fluían a través del reino, las islas del país del agua.

Madara fue nombrado la Sombra del Rey, el hombre que gobernaba en ausencia de éste, su leal consejero y un hombre poderoso capaz de defender el reino.

Las disputas entre Madara y Mito eran bien conocidas y se dice que fue ella quien decretó que le cortaran el miembro a todos aquellos hombres que practicaran actos carnales con otros hombres, esto para molestar a Uchiha Madara, pues pronto sus gustos comenzaron a oírse por todo el reino. Hacía falta solo señalar con el dedo para ser ejecutada la ley.

Hashirama encomendó a su mejor amigo encontrar a una buena mujer para casarse y callar todas las bocas mentirosas y chismes que corrían por los pasillos de los verduleros y prostitutas; el rumor era tal que el populacho comenzó a llamar Uchiha a todos aquellos amanerados, decían que había más Uchiha en el Lecho de los Tenderetes que en el consejo del rey, por supuesto que Madara respondió y mando a cortarles la lengua a todos aquellos que se atrevieran a deshonrar su apellido e incluso cortó alguna de esas lenguas con sus propias manos.

A pesar de esto Madara obedeció a su rey y encontró a una mujer o mejor dicho a dos: sus hermanas. Kayan y Valahj Uchiha.

Uzumaki Mito se opuso tremendamente argumentando que se trataba de una ofensa para las Diosas, pero Madara se defendió diciendo que él tenía otros Dioses y que la sangre Uchiha era sagrada y por tanto no debía contaminarse. Así pues, pronto colocó vástagos en los vientres de sus hermanas o, mejor dicho, sus esposas. Las Diosas fueron descuidadas y la semilla de Madara sembró dos bebés en cada vientre, cuatro varones llamados: Madara apodado El Fiel, Yuhui El Cruel, Obito Desflorareinas y Valahi Arrancaojos. Luego hubo un embarazo más del que nació una niña: Bekka.

"La corona es de quien puede defenderla" les recordaba La Sombra Sangrienta a sus hijos una y otra vez.

Año noventa después de la Conquista.

Libro: Los reyes del Sakuyo No Hime.

Autor: Senju Gen


La Heredera del Trono

Capítulo I

Una despedida vacía


— Senju Tsunade, Reina de Sakuyo No Hime, Madre del pueblo y Escudo del reino. Quien gobernó con la sabiduría y justicia propia de una Reina, quien amó a sus hijos y a su pueblo y tuvo mano dura con aquellos que buscaban la guerra. No falló al juramento que hizo el día que tomó la corona ni falló a aquellos que la amaron. Largo y fructífero fue su reinado.

— Largo y fructífero fue su reinado—repitieron las pocas personas que se encontraban aún en la fortaleza ante un trono vacío.

Sólo algunas personas habían asistido a despedir a quién había sido su reina durante veintidós veranos, la mayoría de ellas sólo servidumbre. Los nobles se mantenían con gesto duro, muy pocos lloraban la partida de su reina. En los balcones de la gran sala de audiencia la primogénita y futura reina observaba.

— Que las Diosas tengan misericordia y la guíen en su camino al más allá, que tome su lugar al lado de la Madre y que su luz y consejo lleguen hasta su hija, la única heredera y futura reina de Sakuyo No Hime. Que le dé luz y sabiduría…

— Que le dé luz y sabiduría— repitieron todos con gesto escueto.

— Y que largo sea su reinado— terminó, pero esta vez nadie repitió sus palabras.

La muchacha del balcón se dio la vuelta y se marchó.

Senju Tsunade se había marchado del mundo luego de que "algo" comenzara a devorarla por dentro. Solía ser una mujer bella, de piel tersa y suave, hermosos ojos color miel y una larga cabellera rubia, sin embargo, dentro de aquella caja de cristal en la que estaba metida vistiendo un fino vestido de seda con hilo de oro y perlas, no quedaba nada de la Reina que había sido. El sello de su frente había desaparecido junto al latido de su corazón y su piel se había vuelto gris y arrugada, su cabello plateado y sus ojos color miel se había convertido en surcos de arrugas y verrugas.

No permitieron que nadie la viera porque el honor de una reina debía mantenerse más allá de su propia vida y aunque de antaño las Reinas Senju mantuvieron el sello de su frente para usar su poder en guerras, las Reinas más jóvenes lo habían usado para aparentar juventud durante su vejez.

La vida le había demostrado a Jiraiya que todo en exceso tarde o temprano hacía daño. La lealtad, la guerra e incluso la paz.

La paz no era otra cosa que la guerra contenida, los hombres y las mujeres del reino ya no eran como en la época del Conquistador, las mujeres se habían vuelto débiles porque con la paz dejaron de preocuparse por entrenar y volverse fuertes, en cambio, los hombres habían seguido fortaleciéndose con la esperanza de ser como en la época de oro donde había cinco cuatro reyes y una reina.

El pueblo llano amaba a sus gobernantes, pero los grandes clanes, los grandes señores, los hombres poderosos no querían paz, querían guerra, querían sangre, títulos, tierras, canciones que hablaran sobre ellos, mujeres y la gloria que sólo una batalla encarnizada te brindaba.

Tsunade había tenido la mano más dura hasta entonces. Cuando dos señores tenían disputas, se dirigía personalmente hasta ellos a cortar sus cabezas antes que esperar a que guerreros lucharan y obtuvieran ese sentimiento de invencibilidad que la guerra te entrega. Era una mujer poderosa, pero humana, a fin de cuentas, luego de que su esposo fuera asesinado no volvió a confiar en nadie, encerró a su única hija en la fortaleza del Conquistador y no le permitió volver a salir de ahí.

Los señores no querían una Reina sin rostro, una niña de trece años que no sabía nada sobre su pueblo, sobre los señores y casas a quienes gobernaría. Era un blanco fácil, Tsunade no necesitaba un ejercito para defenderse ella o a su pueblo, jamás se imaginó que a su muerte dejaría a su única heredera desprotegida.

La despedida de la Reina había estado prácticamente vacía, sólo algunos señores habían asistido y Jiraiya estaba seguro de que ellos habían ido simplemente a comprobar que lo que se decía era verdad para poder seguir conspirando.

Había tratado de pasar desapercibido durante la ceremonia de despedida, había asistido vistiendo harapos viejos y deshilados como si se tratara de un mendigo o un ladrón, sin embargo, al deslizarse con sigilo a la parte baja de la fortaleza, ahí donde se encontraban en cajas de cristal todos y todas las reinas que habían gobernado Sakuyo No Hime. Todos los reyes estaban secos, con las cuencas de los ojos vacías, sin siquiera un rostro que reconocer.

Los huesos del Conquistador ni siquiera tenían carne como muchos otros reyes ahí adentro, Tsunade, sin embargo, parecía estar durmiendo.

— Mi vieja amiga…— murmuró acariciando el cristal que la envolvía. — Supiste cuidar de la princesa aún después de tu muerte, si que eres pesada.

Ahí abajo estaba oscuro, las velas no eran suficientes para alumbrar aquel largo pasillo de muerte y gloria, olía a humedad y al más allá.

— ¿Qué hace este mugroso aquí? — escuchó a sus espaldas, se giró enseguida y agachó discretamente el rostro antes de colocarse la capucha y encorvar la espalda.

— Mis señores— murmuró haciendo una temblorosa reverencia ante los cuatro hombres frente a él.

— ¿Quién lo dejó bajar hasta aquí?

— Disculpen, me perdí— mintió soltando una risilla.

Un castaño frente a él escupió al piso y Jiraiya enseguida pudo reconocerle, se trataba de un Hyuga, no había más que mirar sus ojos plateados para darse cuenta, aquello era peor de lo que parecía. Los miró a todos de reojo tratando de reconocerlos y hacerse una idea de qué tan mala pintaba la situación del reino.

— Está ebrio, quizá alguien debería enseñarle a no meterse donde no le llaman— murmuró un pelinegro de anteojos y la mitad del rostro cubierta con una túnica.

— Déjalo, sólo es un viejo idiota— habló un pelirrojo, Jiraiya no reconoció su rostro, pero si su acento, se trataba de un hombre del Desierto del Fuego.

El anciano caminó con paso tembloroso y apresurado a lado de los hombres diciendo incoherencias, rápidamente dejó a los sujetos atrás, se giró para asegurarse y entonces echo acorrer ágilmente.

La fortaleza estaba llena de sirvientes, gente que había visto a la princesa crecer y quienes estaban encariñados con ella, así que no le fue difícil llegar hasta la habitación de la niña. Los soldados y guerreros se habían marchado, dejaron la fortaleza sin ninguna seguridad, pero las doncellas, cocineras, lavanderas y servidumbre en general estaban haciendo guardia en la puerta de la princesa, armadas con cuchillos de cocina y palos.

Al verlas Jiraiya hizo una caballerosa reverencia.

— Mis señoras, he venido por la princesa.

Una mujer mayor dio un paso al frente y sujeto el cuchillo frente a ella con las manos temblorosas, apuntando al viejo que se enderezaba.

— Primero tendrá que matarnos a todas— amenazó sin titubear.

— Estamos del mismo lado, mis señoras, soy Jiraiya, un viejo amante de la reina, aunque ella prefería decir que éramos amigos— sonrió y antes de que dijeran algo más se llevó un dedo a la boca y mordió con fuerza hasta que empezó a brotar sangre de éste, hizo movimientos con las manos y entonces golpeó el piso con la palma.

Las mujeres observaban atónitas la escena, como un montón de cadenas y letras comenzaron a dibujarse y un sapo gigante apareció frente a ellas.

— ¡Lo recuerdo bien, es usted el viejo de los sapos, la Reina solía hablar de usted! Aunque no cosas buenas— habló una doncella.

— Bueno, me entristece saber eso.

— ¿A dónde va a llevarla? — quiso saber una de las mujeres.

— A un lugar seguro, será mejor que sepan tan poco como sea posible, sólo así estarán más seguras. Una vez que me marche con la princesa tomen tantas cosas como necesiten para sobrevivir y huyan lejos— les aconsejó—, les aseguro que Sakura no olvidará lo que han hecho por ella.

— No— habló la mujer más vieja— Nos quedaremos aquí y lucharemos contra quienes vengan a buscar a la princesa, así ganarán más tiempo para huir— las demás asintieron, aunque algunas con lagrimas en los ojos.

El día había dado paso a la oscuridad, la ciudad se encontraba vacía, era como si todos supieran lo que estaba a punto de pasar.

Jiraiya asintió luego de unos segundos.

— Si es así, entonces les prometo que no será en vano.

Acto seguido una de las doncellas abrió la puerta de la habitación de la princesa. Jiraiya se quedó impresionado ante tanta belleza, era igual de bella que su madre, aunque hubiera sido mejor que heredara su fuerza y su voluntad de fuego. Estaba sentada en el borde de la cama, vistiendo un vestido de seda color perla, se alcanzan a ver sus pequeños pezones a través de la tela, tenía el cabello muy largo, trenzado y adornado con margaritas blancas; se puso de pie al ver al hombre.

— Déjalas ir, me casaré con usted si lo que quieres es mi reino— murmuró solemne. — Y si no me quiere como esposa tal vez me quiera como mujer.

Jiraiya sonrió.

— He venido a salvarte, al igual que ellas…

La muchacha asintió sin ninguna expresión en el rostro.

— Traigan sus cosas, partiremos todas juntas, llamen a Pate díganle que ensille a los caballos y que elija a los caballeros más leales para que nos escolten— pidió a las doncellas, éstas se miraron unas a otras y la princesa pareció entender lo que pasaba, entonces un deje de melancolía apareció en su rostro. Estiró una mano e hizo una señal para que todas se acercaran.

Habían sido mujeres leales, amorosas, grandes amigas y confidentes, eran más de lo que una reina o una princesa pudieran pedir. Sakura sabía lo que estaba ocurriendo, pero no pensó que ocurriría tan rápido.

— Se acabó, mi señora, se acabó— lloriqueó la doncella más joven que aparentaba la misma edad que la princesa.

La princesa se dio la vuelta con gesto escueto.

— Bien, pues no iré a ninguna parte hasta que las lleve a un lugar seguro, mi lord.

— Yo no soy ningún lord, sólo soy Jiraiya— aclaró el viejo— y tenemos poco tiempo, así que basta de lloriqueos y despedidas.

Una de las doncellas tomó varios vestidos y los amontonó entre sus brazos para entregárselos a la muchacha de cabello rosado, ésta los tomó sólo para lanzarlos al suelo.

— Tomen todos mis vestidos y váyanse ya, son muy costosos, si venden dos o tres tendrán suficiente para sobrevivir un año, una vez que esté en un lugar seguro haré que vengan a buscarlas ¿de acuerdo?

La servidumbre la vio por unos segundos y entonces rápidamente comenzaron a arrancar los vestidos del guardarropa, se arrodillaban y besaban los pies de la princesa, la tomaban de las manos, le besaban las mejillas y le deseaban buena fortuna. Sakura sólo asentía y les pedía apresurarse a salir, les prometió quedarse hasta que salieran del castillo, pero Jiraiya tenía otros planes, apenas salieron de la habitación mandó a llamar al sapo gigante que se había quedado fuera de la habitación.

— Tal vez esto no le guste princesa, pero viajaremos dentro de su boca— ni siquiera había terminado de hablar cuando Sakura ya estaba dentro de ésta.

Jiraiya sonrió.

"Es igual a ti, Tsunade".


La espesura del bosque era un camuflaje natural. El bosque de la muerte era bien conocido por sus aguas envenenadas, sus plantas mortíferas y la nula cantidad de especies que habitaban en él. La mitad de él estaba en el Norte y la otra en el Sur, los norteños conocían muy bien aquel lugar muerto mientras que las personas que conocían ese bosque en el sur eran unas pocas.

Un muchacho rubio esperaba en la oscuridad de los árboles, apenas unos cuantos rayos de luna alcanzaban a penetrar aquel bosque y le daban algo de visibilidad. Él era miembro del Clan Uzumaki, el próximo líder luego de su padre pues hacía años las mujeres habían dejado de encabezar los clanes y los puestos importantes dentro de ellos. Había vivido ya diecinueve veranos y por su salud y fortaleza parecía que viviría mas de diecinueve veranos más. El Clan Uzumaki era de los pocos que se habían mantenido leales a la reina hasta su último aliento y seguirían protegiendo a la princesa hasta donde les fuera posible hacerlo; quizá no volvería a sentarse en el trono, pero al menos la ayudarían a mantenerse con vida.

Pronto el croar de una rana lo sacó de sus pensamientos y se abrió paso entre los matorrales y ramas, estaba haciendo ruido, pero no era peligroso debido a que la mayoría de señores se habían encerrado en sus castillos mientras enviaban halcones.

Miró pronto a su maestro y a su lado a la muchacha. La había conocido apenas dos años antes, pues jamás había salido de la fortaleza del Conquistador y eran pocos los señores que lograban entrar en ella, pero en cuanto la había visto siendo apenas una chiquilla de once años quedó profundamente enamorado de su hermosura.

Senju Sakura era una muchacha que rondaba los quince o catorce veranos, aún más pequeña de lo que había sido Tsunade, de pocos senos, pero con el cuerpo de mujer dibujado en su cintura y sus caderas. Tenía un rostro precioso, unos ojos grandes de color jade enmarcados por espesas pestañas negras y poseía una de las cabelleras más bella que hubieran visto los cinco reinos antes, era larga, brillante y de color rosado. Era la muchacha más educada que hubiese conocido jamás y también la más buena y sin embargo todos los señores del reino estaban reuniéndose para obtener su cabeza.

Apenas la vio se dejó caer sobre su rodilla y agachó la cabeza.

— ¡Mi señora!

— ¡Arriba, Naruto, no es momento de cordialidades!

El aludido levantó la cabeza y vio como la princesa le hizo una leve reverencia, él sonrió emocionado y se le pusieron las orejas coloradas.

— Tenemos ventaja, nadie ha sospechado que la princesa ya no se encuentra en la fortaleza, pero no tardarán en darse cuenta.

Naruto asintió.

— No se preocupe, anciano, estará a salvo conmigo— aseguró.

Sakura se estremeció de miedo. ¿Qué tan lejos podían llegar antes que la encontraran y la asesinaran? Ningún hombre se conformaría con sólo asesinar a una princesa, primero la violarían, la cortarían y luego que se aburrieran la matarían. Gimió ahogando un sollozo. El rubio la miró y le dedico una cálida sonrisa.

— No dejaré que nadie te haga daño ¡de verás! Conozco este bosque tan bien como los norteños.

— Estarás bien con él— aseguró Jiraiya—. Recuerda lo que te dije, princesa.

Ella asintió con los ojos llorosos antes de que Naruto la tomara en su espalda y comenzara a correr a toda prisa.

"No dejes que nadie sepa quién eres" le había repetido Jiraiya una y otra vez "Los señores que antes te sirvieron podrán fingir lealtad sólo para cortarte la cabeza ¡o peor! No sabes de lo que los hombres son capaces".

Se sujetó con fuerza al muchacho rubio y apretó los ojos para evitar que más lágrimas comenzaran a salir.

Jiraiya había arriesgado su vida por ella, si los hubieran encontrado estaba segura de que los hubiesen asesinado a ambos sin ningún miramiento.

¿En que momento el reino se había llenado de tantos traidores? ¿Qué pecado tan grande había cometido el Clan Senju para que las Diosas estuvieran haciéndole pasar por todo aquello?

Había tres cabezas cercenadas delante de él, todas de cabello rosado, pero ninguna era la cabeza que él buscaba.

— ¡NO ES ELLA, CARAJO! ¿Cómo pudo esa chiquilla huir sola de la fortaleza? — vociferó.

Uno de los vasallos dio un paso al frente y empujó a una muchacha delante del nuevo Rey. La muchacha estaba lloriqueando y los mocos se escurrían como lágrimas, tenía el rostro rojo y congestionado y las vestiduras rotas.

— Fue la única que habló, alteza, matamos a todas las demás putas que estaban al servicio de la princesa.

El hombre la observó con la ceja enarcada a la expectativa.

— ¿Y bien?

— ¡La única Reina es siempre Senju, usurpador! ¡USURPADOR! ¡USURPADOR!

La mujer fue callada con un puñetazo en el rostro que le rompió la nariz y la hizo gritar de dolor.

— Dénsela de comer a los perros.

Una princesa viva siempre tendría un mejor reclamo al trono que él, pero muerta la princesa se acababa el legado Senju y cualquier reclamo legitimo al trono, entonces sólo él sería rey.


Naruto es de Masashi Kishimoto.

Esta historia estará un poco basada en el mundo de Canción de Hielo y Fuego.

Trataré de subir capítulo cada dos semanas o una vez al mes, este proyecto me tiene muy emocionada, espero que tenga su aceptación. Espero sus comentarios, gracias :)