Título: Amigable pena.
Personajes principales: Anna, Zack.
Personajes secundarios: Nat, Peter Ratri.
Pairings: Unilateral Anna x Zack.
Línea de tiempo: AU; Moderno.
Advertencias: Disclaimer Yakusoku no Neverland/The Promised Neverland; los personajes no me pertenecen, créditos a Kaiu Shirai y Posuka Demizu. Posible y demasiado OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo Alterno]. Situaciones bastante dramáticas, poco vergonzosas, algo cómicas, nada románticas y un poco dolorosas. Escenas sensibles [+13]; se recomienda discreción. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.
Clasificación: T
Categoría: Dolor/Consuelo, Amistad.
Total de palabras: 10165
Notas: ¿Alguna vez leyeron el manhwa «Uncle Cool»?
Pues si lo hicieron, ayúdenme con la depresión mezclada con risas de retrasada, porfa /3
Nota x2: Oficialmente, es el one-shot más largo que he escrito xd
Summary: «Yo... Yo no quiero... ir a casa...». Él siente pena por la pobre niña. Y también siente, quizás, algo de curiosidad por saber la razón por la que ella debería volver a un lugar al que no quiere regresar.
El papel que está puesto en su escritorio no hace más que ponerla nerviosa. Y no sabría describir muy bien el cúmulo emocional que se está formado en su pecho con cada palabra que lee.
¿Era acaso enojo? ¿Tal vez desesperación? ¿Quizá miedo?
No lo puede reconocer, sólo puede temblar, temblar silenciosamente en su sitio, y desear que los minutos pasen rápido, y que ya se acabe esa hora de una vez por todas para poder entregar la hoja, aun si la dejaba en blanco. De todas maneras, a diferencia de otras veces, para ese momento en específico no se había preparado, no estaba lista para ese examen, y no es que fuere a darle puntos en la materia. Así que no tendría nada de malo si se lo da al maestro y ya.
Pero está tan aterrorizada de no hacerlo, de no llenarlo, puesto que tal hecho podría llamar la atención de los profesores, y por ende, ellos llamarían la atención de su padre.
Y no quiere eso, definitivamente no quiere eso.
Inhala profundamente, y quita la vista del escritorio, paseándola por su entorno; sus compañeros, a diferencia de ella, se encuentran relajados, escribiendo en el papel correspondiente, y algunos ya habiendo entregado los suyos como si hubiese sido la tarea más fácil de todo el año.
Anna traga pesado.
Le gustaría verlo también de esa manera, como una simple tarea. Pero su cerebro no logra esa hazaña, así que no le queda de otra más que fingir que sí está bien. Y regresando su atención a su pupitre, agarra el lápiz puesto perfectamente a un costado y, con las manos temblando, se dedica a escribir una frase, la cual tacha después para escribir otra cosa —sin sentido—, y luego lo borra de nuevo, para intentar hacer otra, y fallar patéticamente una vez más.
No consigue nada más que ensuciar el papel.
Ya es tarde para arreglar su desastre y evitar los problemas.
Y para peor, el timbre de la escuela suena a lo lejos, anunciando el término de las clases. El aire se le atora en la garganta, y se levanta de golpe, por inercia. No alza la cabeza, no tiene el valor de hacerlo, y, al igual que algunos de sus compañeros, agarra su hoja y va caminando lentamente hacia el escritorio de su maestro, donde deja el documento junto a los demás, siempre evadiendo la mirada del hombre sentado tras el escritorio.
—¿Sucede algo, niña? —inquiere de pronto la ronca voz del señor, justo cuando apenas ha dado dos pasos de regreso, dispuesta a ir en busca de su mochila para salir de allí cuanto antes.
Vuelve a tragar pesado, y se prepara para contestar, pero no gira a mirarlo.
—No es nada, maestro Yūgo —asegura, con la voz un tanto rota. Sonríe forzosamente y corre. Su largo cabello rubio ondea ligeramente en su escape, y antes de cruzar la puerta del aula, se detiene y le regala una sonrisa tranquilizadora al adulto—. Hasta mañana.
—Hasta mañana. —Responde vagamente el hombre. Anna suelta una risita.
Y reza porque él no vea primero su hoja de examen personal.
—¡Hey, Anna!
El llamado la hace dejar de ver su teléfono, y levantar la vista hacia el chico que se acerca alegremente a ella. El mismo que de pronto la envuelve en un cariñoso abrazo.
Siente tanta calidez, y eso la hace estar contenta, así que rápidamente le devuelve el gesto.
—Hola, Nat. —Responde al saludo, separándose de su mejor amigo para verlo mejor, y no verse tanto como unos raros en medio de la calle.
—Cuéntame, ¿cómo te fue en la prueba? —indaga el pelirrojo, en tanto mete las manos en los bolsillos de su pulcra chaqueta blanca, mientras espera junto a ella a que la luz del semáforo para peatones dé verde.
—No tuvimos un examen —suspira la rubia, ganándose un puchero de parte de su compañero. La luz de los autos que pasan hace que la expresión del chico se vuelva más graciosa, y le saque una sonrisa—. Pero el maestro nos dio una hoja de opciones. La pregunta era «qué quiero ser cuando sea adulto».
—Oh, menuda cosa aburrida —bufa Nat, rodando los ojos—. ¿Y qué pusiste?
Los ojos de Anna se cristalizan, pero sabe que no es capaz de derramar lágrimas en un momento como ese. Su vista vuelve a bajar, y sus manos se aferran con fuerza a la correa de su bolso. Siente la mirada de su amigo sobre su persona, y no puede evitar encogerse entre sus hombros, y sonreír de manera torpe.
—No pude escribir nada, Nat.
Nat borra su expresión divertida, cambiándola por una llena de preocupación. Luego suspira, y se acerca más a ella, tocando su hombro con suavidad y regalándole una sonrisa de apoyo.
—Está bien —alega, moviendo una mano en el aire para simular hacerlo a un lado y dejarlo pasar—. Hey, al menos fue eso y no examen de historia. ¡Caray! A mí me tocó con la señora Sarah, esa vieja bruja... ¡Pero lo bueno es que estudié mucho contigo y es seguro que saqué una buena nota!
—Eso espero —ríe ella—. O todo mi esfuerzo de evitar que te duermas cada vez que escuchabas un párrafo sobre los antiguos reyes ingleses hubiese sido en vano.
—No dudes de ello. —Afirma con confianza, alzando el pulgar.
El semáforo da verde, y ellos cruzan la calle. Y entre más conversaciones sobre sus días de clase se encaminan hacia sus respectivos hogares.
—El sol ya se ocultó. —Menciona el pelirrojo, observando el cielo completamente azul, y sin estrella alguna debido a la contaminación lumínica de la ciudad.
—Bueno, ya va a ser invierno —explica la chica, con una dulce sonrisa—. El sol siempre se oculta más rápido en invierno.
—Sí, sé eso, no soy tan malo en ciencias naturales —se queja, haciendo otro puchero—. Pero, a lo que me refiero... Podría acompañarte hasta tu casa, sería más seguro.
Anna niega con la cabeza.
—No hace falta, Nat —afirma con calma, negando con una mano—. Tu casa ahora está muy lejos de la mía, llegarías muy tarde si me acompañas.
—Pero es peligroso ir de noche solo —recuerda seriamente—. Y tú eres pequeña, además de que apenas puedes correr diez metros sin morirte del cansancio.
—¡Hey! No soy tan inútil —y es ella quien se queja ahora, a la par que frunce el ceño mientras su compañero ríe de su expresión de enojo—. Voy a estar bien. Además... A mi padre podría no gustarle ver que llegue con un chico a casa.
Nat vuelve a guardar silencio, notando la expresión temerosa de su compañera. No dice nada al respecto, puesto que conoce bien —o al menos, eso es lo que él cree— de ese lado de su vida, y no desea incomodarla o hacerla sentir mal. Por lo que solamente se calla, y asiente, rendido.
—Bien, bien... —murmura, no muy seguro de su decisión, pero sin tener otra idea de cómo arreglar el problema. Ambos se detienen enfrente de otra calle, y él pone ambas manos sobre los pequeños hombros de la rubia—. Si sucede algo, llámame inmediatamente. ¡O llama a la policía! Lo que te parezca mejor.
—Claro —asiente con una sonrisa más animada—. Gracias, Nat. Nos vemos mañana.
El chico también le sonríe, y tras un último abrazo, se despide y se aleja. Pronto lo pierde de vista.
Anna se queda allí, junto a otras pocas personas que todavía trabajan a esas horas, o regresan a sus hogares al igual que ella. Cansada, observa pasar los automóviles, y desea que el semáforo ya cambie para salir corriendo, y así calmar un poco el desagradable sentimiento que tiene aún, acerca de aquella prueba en la escuela.
Se reprende interiormente por no haber escrito algo más, alguna cosa, aunque fuera una mentira, que le ahorraría futuros posibles problemas.
Pero ya no tiene oportunidad de enmendar ese error suyo.
—Supongo que soy muy tonta para algo así...
Suelta otro largo suspiro, y vuelve a agarrar con fuerza de su mochila. La luz del señalero brilla en verde, y ella da un paso al frente, y otro, y otro, mientras piensa en que sería mejor esconderse por un par de días en su cuarto para estudiar para el examen de admisión de la universidad.
—¡Cuidado, niña!
El grito no la hace reaccionar, pero sí el impacto contra su cuerpo, que la hace tropezar y caer lejos de donde antes estaba parada. Su hombro se golpea contra el pavimento, y sus piernas se raspan lo suficiente como para sacarle algún que otro quejido. Pero fuera de ello, no siente nada más grave.
Nada que pudiera compararse con haber sido atropellado por un automóvil.
Porque eso pudo haberle sucedido justo en ese instante.
Anna observa el auto, detenido abruptamente en medio de la calle, y con el conductor afuera y maldiciendo a otro auto, también estacionado de manera descuidada un poco más lejos. Alrededor de ambos, varias personas se acercan, curiosas y murmurando entre ellas.
Pero la chica no puede escuchar absolutamente nada.
—Niña... ¡Niña!
Una mano frente a su rostro la hace despertar, y entonces todos los sonidos regresan. Observa de aquí para allá.
Y su vista se detiene en la persona que tiene enfrente.
—Hey, ¿estás despierta?
Entonces empieza a temblar.
Porque el hombre que tiene ahí mismo, sin duda alguna, es algo que describiría rápidamente como un poco muy aterrador, en palabras simples. Las cicatrices en su rostro y manos, sin duda alguna, no son cosa de risa, y el hecho de imaginarse heridas de esa magnitud no la hace sentirse mejor. Su cabeza hace corto circuito de nuevo.
Mas el sonido lejano de un timbre que no reconoce del todo la hace volver en la realidad, y afrontar el hecho de que sus nuevas heridas duelen y que, posiblemente, tiene torcido el tobillo gracias a el empujón mezclado con su innata torpeza física. Pero la voz de aquel desconocido sigue sonando cerca suyo, preguntando cosas que no logra procesar del todo bien.
—¿Quieres que te lleve al hospital?
Oh. No.
No quiere ir al hospital, claro que no. La idea de tal cosa le aterra, junto con lo de no llegar a tiempo a su hogar y enfadar a su padre por eso mismo.
Por ello, prontamente empuja al hombre que tiene casi encima, y levantándose para después agarrar presurosamente su bolso tirado a un par de metros, sale corriendo lejos de la avenida ya hecha un caos de espectadores. Se muerde la lengua para ignorar el escozor de todas sus raspaduras, y hace caso omiso a la tortura que le da su tobillo derecho cada vez que su pie toca el suelo.
No escucha a las personas llamándola, mucho menos a aquel muchacho que la había salvado de ser atropellada. No tiene tiempo para eso. Sólo tiene que regresar a casa y esconderse en su cuarto. Eso es lo único que necesita hacer, antes de que él llegara allí.
Mira distraídamente el reloj de su muñeca, deseando que las manecillas se hubieran detenido junto el tiempo que le tomó reaccionar en medio del accidente. Pero no es así, y aquellas agujas continúan bailando en el círculo, como si se burlaran de su mala suerte.
Sus claros orbes cielo se llenan de desesperación líquida, y trata de correr más rápido.
Pero sus piernas finalmente fallan en sostenerla, y termina cayendo patéticamente de rodillas. Se raspa un poco más, como si lo anterior no hubiese sido suficiente. Y ahora todo le duele de golpe.
—No puede ser... —masculla, apretando los dientes y aferrando sus manos sobre el concreto de la acera. Su mochila descansa a un lado de sus piernas, y su cabello ya está hecho un perfecto desastre.
Quiere gritar de la rabia por todo lo que estaba ocurriendo en ese asqueroso día. Simplemente, había comenzado mal, y también terminaría mal. Y no podría hacer nada para evitarlo.
Y en medio de su histeria, suelta una risita seca.
—Oye, bonita, ¿te encuentras bien?
Levanta la mirada, y se sorprende al encontrar tan cerca de su cara a otro desconocido. Es alguien diferente al que la empujó allá en la calle, puesto que éste tiene un rostro bastante amable y tranquilo.
Sonríe por inercia, devolviendo el gesto.
—Uh, sí, estoy... bien. —Balbucea, torpemente.
Sabe bien que no debe confiar tan sencillamente en una cara amable.
—¿Estás segura? —Aventura el extraño chico, quizás de su edad, pero no rebasando los veinte y tantos—. Te ves algo lastimada.
Él intenta tocarle la mejilla, así que Anna se aparta, todavía manteniendo su sonrisa.
—Sí, estoy bien —afirma de nuevo, tratando de sonar más segura que antes—. Sólo me... me tropecé, porque tenía algo de prisa. —Explica, cada vez más nerviosa. Prontamente intenta ponerse de pie, pero sus piernas continúan temblando escandalosamente.
—Cuidado, cuidado —habla de nuevo el joven, agarrándola de los brazos para ayudarla a pararse. La muchacha intenta alejarse, mas él afianza su agarre—. Te ayudaré, ¿está bien? No creo que puedas llegar muy rápido a dónde quieres, estando en este estado.
—No, yo... Estoy bien —trata de asegurar de nuevo, a la par que hace amago de apartarse de una vez de él. Pero el extraño no la suelta—. Se lo aseguro, no necesito ayuda. Por favor, suélteme.
—Anda, está bien —afirma, riendo con ligera sorna—. Soy la única persona que te puede ayudar ahora, ¿no crees?
Entonces Anna entra en la cuenta de que, en esa calle, no hay nadie más. Todos los peatones que antes pasaban cerca se habían ido a ver el alboroto de los autos de la otra calle. Y en esa acera estaban solamente ella y él, justamente cerca de un callejón oscuro que ni de broma alguien se acercaría a mirar de cerca, ni por curiosidad.
Maldice su terrible suerte otra vez. Y siente lástima de sí misma.
Es tan patética.
—Por favor, suélteme —vuelve a pedir, alejándose nada más que un paso por culpa de seguir presa por el chico—. No quiero que me ayude. Estoy bien así.
—Oh, vamos —ríe de nuevo, y aprieta con más rudeza los antebrazos de la chica, quien suelta un quejido y tiembla, sin saber qué hacer—. Sólo déjame ayudarte. No seas grosera, chiquilla.
Tiene miedo.
Miedo del hombre que no la quiere soltar en ese momento. Miedo de que queden secuelas por las heridas que tiene. Miedo de no poder llegar a casa a tiempo. Y miedo de llegar tarde también.
Pero no puede hacer más que bajar la cabeza y llorar silenciosamente, pidiendo ayuda a quien fuera que estuviese cerca en ese momento. Aunque eso fuera incluso más penoso que nada.
—Suélteme ya, por favor... ¡Suélteme! —ordena, ya harta de estar sufriendo por las manos desconocidas aferrándose a sus brazos.
Y, con la adrenalina volviendo a su cuerpo, levanta el pie y le propina una patada bajo la rodilla al sujeto, quien rápidamente la suelta y retrocede, gimiendo ante el dolor. Aunque Anna también se encoge por el sufrimiento de su torcedura y raspones.
—¡Maldita perra!
La rubia, rápidamente, se yergue y da vuelta, dispuesta a salir corriendo de allí para librarse de lo que ese hombre posiblemente vaya a hacerle.
Pero apenas da un paso, termina chocando con una especie de muro, y su nariz sufre un fuerte impacto. Mas en cuanto aleja la cara un poco, se sorprende de que, de hecho, no se la haya roto. Y termina mirando estupefacta que, con lo que había chocado, no fue un muro, sino una persona.
Levanta la vista rápidamente, topándose otra vez con aquella cara con cicatrices y mirada oscura. Se paraliza de pies a cabeza, y su boca se cierra fuertemente, como si tuviera miedo de soltar un sonido frente a la presencia tan imponente de este otro desconocido.
—Niña, ¿te encuentras bien? —Inquiere el alto hombre moreno. Anna no le contesta, solamente baja con lentitud la mirada, a la par que sus manos se aferran a su propia chaqueta escolar y tiembla como un conejito asustado. Entonces él deja de mirarla a ella para dirigirse al sujeto a un par de metros, quien tiene una expresión casi desesperada y molesta—. Oye, tú.
—¿Yo? —se apunta, en tanto sonríe de una manera torcida.
—Sí —afirma, y frunce el ceño—. Escuché a esta niña diciendo que querían que la soltaran. ¿Acaso estabas molestándola?
—No, claro que no —suelta una corta carcajada—. Solamente vi que estaba herida, y la estaba ayudando.
—Pues parece que no necesitaba tu ayuda —gruñe. El joven pronto da un paso atrás, intimidado por la expresión molesta que hace el mayor—. ¿Acaso estabas intentando hacerle algo a una niña herida, maldito?
—Yo... ¡No! ¡Por supuesto que no! Sólo quería– ¡¿Y eso a ti qué te importa?! ¡¿Acaso eres su padre o qué?!
El moreno guarda silencio, pero antes de negarse a eso, escucha un pequeño sollozo escapando de la muchachita frente a él. Y al mirarla, puede ver se cubre la boca con fuerza para no soltar más.
Siente lástima por la pobre. A kilómetros se le nota el terror que está sufriendo.
Suspira pesadamente, y regresa a ver al chico que de pronto se ha puesto histérico.
—Vete de aquí antes de que te parta la cara.
Y así, sin poder hacer nada más que temer a la amenaza y a la expresión furiosa del hombre, el chiquillo se aleja de ahí corriendo.
Entonces él puede relajar de nuevo su semblante, y después mirar seriamente a la niña rubia que continúa temblando frente a él.
—Oye, ¿segura que no quieres ir a un hospital? —Aventura, con el tono más calmado y amigable que puede usar, aunque no se note mucho. Ella no le responde, así que hace una mueca de incomodidad—. Tienes bastantes heridas, y tu tobillo está hinchado. Hay que tratarlo. Puedo llevarte–
—Sólo tengo que ir a casa —le interrumpe, con la voz cansada y triste—. Le agradezco que me haya ayudado, pero sólo tengo que ir a casa.
—... Bien. ¿Dónde vives?
Anna traga pesado, y se aparta varios pasos de él, cojeando un poco. Agarra su maletín del suelo y muestra una sonrisa temblorosa, a la par que se limpia desesperadamente sus lágrimas.
—Yo puedo ir sola.
—No puedes —niega con sequedad. Ella borra su sonrisa y vuelve a temblar, sin saber si correr en ese momento o unos segundos después de prepararse mentalmente para soportar el dolor que eso le causaría—. Sufriste de un shock, y se ve que estás débil. Serás presa fácil para tipos como el que te molestó recién.
—Y-yo...
—Además, no creo que puedas caminar mucho más con ese pie —recuerda, con un tono más cansado. La rubia aprieta los labios, porque sabe que no puede negarlo. Ya el simple hecho de estar parada era una tortura—. Llamaré a un taxi.
—Espere, no es necesario... —pide nerviosamente, ya viéndolo al rostro. Mas el adulto la ignora y se dedica a sacar su teléfono y escribir algún número que no conoce—. Yo vivo cerca. Un taxi no es necesario.
Se cubre rápidamente la boca.
El hombre la mira, dudoso, pero vuelve a guardar su celular.
—Entonces te llevaré hasta tu casa.
—Ya le dije que preferiría que no.
—Esta zona es poco transitada —explica, con una paciencia increíble—. Si vuelven a agarrarte, es posible que nadie lo vea. Así que yo te acompañaré, o en todo caso, voy a llamar al taxi.
—Eso no... —balbucea, nerviosa y sonrojada, puesto que no tiene manera de negarse más a todo aquello.
Pero sigue teniendo miedo. Miedo de que vuelva a salir todo mal. Miedo de que el hombre que tiene enfrente, al que no conoce, también intente hacer algo con ella.
Le encantaría salir corriendo.
—Por favor...
Hay silencio por los próximos segundos. Es una súplica silenciosa.
El muchacho finalmente suelta un bufido.
—Ok... —alega vagamente—. No estoy aquí para asustarte, y no te voy a obligar a nada.
—Gra–
—Llamaré a la policía. —Anuncia de pronto, volviendo a sacar su teléfono.
—Qué. ¡Espere, eso no es necesario!
—Alguien tiene que acompañarte hasta tu casa, niña.
—¡Estoy bien! ¡Yo puedo ir sola! ¡Siempre regreso sola! ¡No llame a la policía sólo por mí!
Mas el adulto no la escucha.
Anna piensa que él tiene el aura de una mamá sobreprotectora.
E ignora que, la primera vez que lo vio, le dio terror aquella cicatriz sobre su nariz a la que ahora ya no le presta atención.
—Lamento las molestias, oficial. —La joven hace una reverencia hacia el chico uniformado, y este le sonríe mientras niega con la cabeza.
—No hay problema —alega el albino—. Es mi deber, no es una molestia. Pero espero que estés bien, tienes bastantes heridas.
—No, no es nada, yo estoy bien —asegura Anna, sonriendo amablemente—. Tan sólo son unos raspones y una torcedura ligera. Suelo ser muy torpe, así que estoy acostumbrada.
—Lo entiendo. Bueno —el chico del mechón rojo hace un asentimiento con la cabeza y se aleja de ella—. Que tenga una buena noche, señorita. Le diré al muchacho que llamó que llegó a salvo a su casa.
—Muchas gracias. —Suspira suavemente.
Pronto, también pierde de vista la espalda del joven policía que la acompañó hasta su casa, y es cuando se permite borrar su sonrisa y poner una mueca de dolor. Da vuelta y se adentra a la gran residencia de grandes murallas y portón cerrado, que no deja ver el bonito jardín que se halla dentro. Con cuidado, camina hasta llegar a la puerta principal, y tras abrirla con suavidad, asoma su cabeza, notando que todo está oscuro.
Eso le alivia un poco, y finalmente se atreve a pasar, dejando atrás su postura rígida. Deja su bolso sobre una mesita y continúa caminando, de forma dificultosa, por el pasillo.
Y se detiene en medio de la sala.
Toda ella se queda de piedra en cuanto ve allí, sentado tranquilamente sobre el sofá, a ese hombre.
—Oh, veo que ya llegaste, Anna.
No puede temblar. Sus puños se cierran con fuerza a los costados de su cuerpo. Sus ojos azules rápidamente observan al suelo.
—Hola, padre.
El hombre de claros cabellos blancos continúa sonriendo amablemente, a pesar del tenso ambiente que ahoga lentamente a Anna, quien quiere llorar otra vez.
Pronto él se pone de pie, y camina hasta detenerse frente a ella.
—¿Por qué llegaste tan tarde? —Aventura suavemente. La niña se encoge entre sus pequeños hombros—. Cuando yo llegué, no te encontré en tu habitación, y eso me pareció extraño. ¿Dónde estabas?
—Yo... tuve un accidente... antes de llegar. —Explica, tartamudeando por los nervios de la cercanía contraria.
—¿Por eso estás tan herida? —Inquiere con un tono falsamente preocupado. Anna no le contesta, y pronto él la agarra del mentón y la hace levantar la cabeza, para verle a los ojos.
Él ya no sonríe.
—¿Me estás diciendo la verdad, Anna? Tuviste un accidente, pero, ¿de qué exactamente? Y si es así... ¿Por qué no estás en el hospital?
La rubia aprieta los dientes, y se forza a no dejar caer sus lágrimas.
—Casi fui atropellada por un auto que pasó en luz roja —comienza a narrar, intentando que de esa manera su padre deje de mostrar esa expresión tan aterradora—. Pero alguien me empujó antes de que eso ocurriese, evitando que saliera herida. Sólo que me torcí el tobillo en el proceso de la caída, y me hice muchas raspaduras por culpa del pavimento.
—Hm... Suena creíble —asiente, y la suelta con brusquedad—. Pero no quiero que se vuelva a repetir, no quiero que vuelvas a llegar tarde. Recuerda que debes estudiar para tus exámenes de admisión.
Él le da la espalda, y tranquilamente se dirige a sentarse de nuevo en el sofá. Mientras, la niña se mantiene quieta en medio del salón, aún con los puños cerrados y muchas ganas de gritar.
Pero solamente puede tragarse toda la rabia que le causa ese hombre. No tiene derecho a enojarse por la desastrosa realidad donde a él no le importa en lo más mínimo que casi estuvo a punto de morir.
No le queda nada más que soportarlo. Que soportar el hecho de que a ese señor le importaba tan poco su vida, y que el que casi hubiese terminado sin vida o sufrido la peor humillación no eran cosas que tomar como algo serio, que realmente no era nada interesante y que solamente le queda aceptar esa realidad.
(Aunque, igual, no puede ignorar el hecho de que, al final, hubo alguien que se dignó a ayudarla y salvarla.)
—Entiendo, padre.
—Bien —asiente contento—. Ve a darte un baño, te ves terrible. Y luego ponte a estudiar, compré nuevos libros y quiero que los termines todos cuanto antes.
Anna asiente silenciosamente, y tan rápido como puede, se dirige a encerrarse en su cuarto.
Mas antes de cumplir su cometido, su padre vuelve a hablar.
—Y espero que no me hayas escondido nada de lo que hubieras estado haciendo fuera de casa, Anna —advierte, mirándola de reojo—. Sabes que no tienes tiempo para jugar con tus amigos. Eso es algo completamente innecesario. No hagas tonterías y piensa en estudiar.
—Entiendo, padre.
Anna suspira largamente.
De nuevo se encuentra frente a esa calle, la que hace un par de días le causó tantos problemas, y donde estuvo a punto de, posiblemente, morir. Al menos hubiera hecho (o resultar gravemente herida, tal vez), de no ser por aquella persona de aspecto aterrador pero actuar tan amable que se había atrevido a saltar al peligro para quitarla de él.
Era algo impresionante, debe admitirlo.
Y ahora se siente culpable por haberlo tratado tan duramente, y no agradecer todo lo que hizo por ella. Le gustaría volver a verlo y disculparse por haber sido grosera y descortés. Pero sabe que no puede buscarlo, porque no tiene tiempo que perder, y que si se atreve a desobedecer las reglas de su padre, las cosas serían malas para ella.
Así que sólo puede volver a suspirar.
Por inercia, palpa el bolsillo de su chaqueta, en busca de su teléfono, pero no logra sentir nada. Entonces recuerda que desde hace algunas noches que ya no lo encuentra, y que seguramente se debe a que hubo de caérsele por algún lado mientras intentaba volver a casa sin morir. También recuerda que Nat la regañó bastante esa mañana por ir a la escuela con tantas heridas, y por no haber contestado sus llamadas o mensajes.
Tuvo que mentirle y decirle que su cargador se perdió y que su batería está muerta desde hace días. Es mejor eso a explicar todo su dilema y los problemas en los que se metió en menos de una hora. Además, decírselo todo a Nat era innecesario, puesto que lo preocuparía por nada y al final el mismo podría terminar haciendo una estupidez en un intento de ayudarla.
Su amigo resultaría mal si es que intentaba enfrentarse a su mayor problema. No quería que Nat volviera a sufrir por culpa suya.
—Ah, esto no es bueno... —murmura bajito, mirando el cielo casi completamente oscuro. Pronto su mente divaga entre sus nuevas preocupaciones y necesidades—. Tengo que comprarme un nuevo teléfono.
Una ráfaga de viento la hace temblar, y se encoge un poco ante el frío que siente repentinamente.
«Debí traer algo más abrigado» se reprende, observando su uniforme; su falda apenas por encima de la rodilla, una camisa y una chaqueta que parece más fina que la propia camisa, aunque no sea así, pero para nada es abrigadora. Esa no era una vestimenta apropiada para comienzos de invierno.
Siente que podría congelarse de pies a cabeza.
Estornuda una vez, y se marea por completo, pero rápidamente se recompone. Ve la luz verde del semáforo, mas antes de cruzar, observa que todos los autos se encuentran detenidos, y entonces puede retomar la caminata. No va a cometer el mismo error dos veces.
Vuelve a estornudar en cuanto llega al otro lado, y entonces pierde por completo el equilibrio. Se tambalea varias veces, y sus piernas tiemblan sin fuerzas algunas para sostenerla.
—¿Qué pasa? —se pregunta en voz alta, mirando el suelo, como si esperara una respuesta de él. Y seguido de eso ve hacia sus alrededores, sintiendo que todo se vuelve borroso.
Intenta dar un paso, pero su tobillo herido la hace soltar un fuerte quejido y termina alzando su pie. El dolor es definitivamente mucho peor que antes, y eso que a la mañana casi ni se había sentido. Pero supone que eso se debe a los calmantes que tomó para poder caminar con normalidad y no levantar sospechas en clases. Después de todo, no se puede permitir faltar sólo por una torcedura.
Pero ahora se siente tan mal que bien podría tirarse al suelo y desear morirse allí mismo. Su cabeza da vueltas y quiere devolver lo poco que comió en el almuerzo. Además, está segura de que, si intenta dar un paso, llorará del dolor.
Vuelve a estornudar, y un moco se le escapa. Espantada, busca un pañuelo para limpiarse.
—¿Te encuentras bien?
Y justamente cuando está con el trozo de tela rosa sobre la nariz, se le ocurre alzar la vista y, entrecerrando los ojos, intentar ver claramente a la persona de pie frente a ella.
No carbura muy bien, así que tarda un poco en reconocer esa cicatriz y la bandada en la frente, a la que antes no había tomado atención, pero que definitivamente no le quedaba mal al hombre. Sabe quién es esa persona, pero no sabe qué hace allí, o qué hace ella ahí frente a él.
De hecho, ¿qué era lo que estaba haciendo ella?
—Ah, hola —saluda torpemente, bajando el pañuelo y guardándolo velozmente. Su cara arde ante la vergüenza de haber sido vista limpiándose un moco del tamaño de una lagartija puesta en toda su cara. Pronto niega con la cabeza, tratando de reaccionar bien, y hace una reverencia hacia el muchacho—. Me disculpo.
—... ¿Por qué? —inquiere él, frunciendo el ceño.
—Ah, porque... —trata de hacer memoria, y al recordar, sonríe nerviosamente—. La otra vez... tú me salvaste... dos veces. Y no me porté muy amablemente contigo después de todo eso.
—Eso no importa, tenías tus razones para desconfiar de mí —comenta naturalmente, como si aquello fuera algo normal de decir para él. Anna se le queda viendo, en completo silencio, sin tener alguna idea de qué decir para aligerar el ambiente que, de la nada, se ha vuelto tenso—. Oh, cierto. Te estaba buscando, y me alegro de encontrarte por aquí otra vez.
—¿Ah, sí? ¿Para qué me necesita? —sonríe dulcemente, feliz de poder ser de ayuda a quien le había ayudado.
—Sólo quería devolverte esto —anuncia, sacando de su abrigo un teléfono con estuche de color azul claro con la figurita de un conejito, que contrasta en su totalidad con el aspecto feroz que da el que lo sostiene—. Lo encontré tirado en el pavimento, creo que se te cayó luego de que salieras corriendo.
—¡Ah! ¡Mi celular! —Exclama, con los ojos brillantes y una gran sonrisa. Pronto lo toma entre sus manos, y nota varias fisuras en la pantalla, pero eso no evita que continúe sonriendo agradecida hacia la persona frente a ella—. Creí que no volvería a verlo. Muchas gracias.
—No hay de qué —alega, con la cara seria de siempre, pero una pequeña sonrisita—. Oye, ¿ya fuiste al hospital? La otra vez te habías lastimado el tobillo. ¿Te lo trataste?
—Ah, eso... —su mueca de alegría se borra, y rápidamente desvía la vista, haciendo una expresión de culpa que pobremente intenta mantener a raya. Instantáneamente siente la mirada de su contrario sobre ella—. Es que... no tuve tiempo de ir al médico. Tengo exámenes y, pues...
Siente un fuerte mareo de repente, y su cara se deforma en miedo. Un recuerdo regresa a su cabeza, una advertencia que dejó de lado sin saber por qué. Y pronto siente náuseas otra vez.
—Lo siento —suelta de la nada hacia el mayor, quien enarca una ceja por el cambio tan repentino de actitud. Anna rápidamente guarda su recién recuperado celular en un bolsillo—. Yo tengo que irme... a casa, antes de que sea tarde.
—Ah, de acuerdo. —Asiente él, no muy seguro.
La muchacha sonríe culpable una última vez, y da un paso.
Y justo después de eso, se desploma sobre él, sorprendiéndolo.
—¿Niña? ¡Oye niña, ¿estás bien?!
La rubia no le contesta, pero él puede notar que está respirando. Con cuidado, lleva una mano a la frente femenina, espantándose al sentir su temperatura.
—Estás ardiendo —anuncia seriamente—. Hey, ¿dónde queda tu casa? —Inquiere, y la sujeta de los hombros para mantenerla de pie, puesto que sus piernas parecen no responderle a la chiquilla—. Te llevaré cuanto antes a tu hogar, necesitas recostarte.
Anna se obliga a mantenerse lo más consciente que puede, pero está horriblemente cansada. Todo el cuerpo le duele, y de verdad le encantaría ir a casa a recostarse en su cómoda cama y taparse con un montón de cobijas para mitigar el terrible frío que está sintiendo. Pero no puede abrir la boca para dar una dirección al amable joven en el se está recostando como si fuera un pilar.
De verdad, sólo desea descansar, y dejar de ser una molestia para el desconocido. Ya era suficiente, ya le había causado muchos problemas, y lo había tratado tan mal que necesitaba disculparse varias veces. Mas su cuerpo no responde para nada, ni siquiera la ayuda a mover los brazos, o la boca.
Pero su cabeza sí funciona lo suficientemente bien como para recordarle los problemas que habrán si regresa a casa en ese estado, y junto a un desconocido.
—Yo... —balbucea, en voz baja, casi un murmullo suave. Sus manos, sumamente débiles, se levantan y se aferran al abrigo deportivo del hombre, quien no hace nada para apartarla—. Yo no quiero... ir a casa...
Él siente pena por la pobre niña.
—Está bien.
Y también siente, quizás, algo de curiosidad por saber la razón por la que ella debería volver a un lugar al que no quiere regresar.
Abre los ojos de golpe, y se yergue inmediatamente. Mira a los lados, entrando en la cuenta de que sigue fuera de casa, y que en ese momento se encuentra sentada en la banca de algún parque que no conoce, sin tener a alguien alrededor.
Se espanta, y temblando ante el frío que la golpea, se abraza con fuerza. No tiene ni una sola idea de cómo terminó en ese sitio, pero el pensar en el hecho de que la raptaron y/o robaron la pone incluso más nerviosa. Así que para cerciorarse, se revisa a sí misma y sus cosas, dándose cuenta de que aún tiene su bolso en el hombro y su teléfono en el bolsillo, además de que no siente dolor alguno además de su pierna, y los mareos y náuseas que todavía persisten.
Suspirando, se dedica a buscar una respuesta del por qué se encuentra en un parque a mitad de la noche, si es que no recuerda haber caminado hasta allí. Encima de ello, se suponía que debía estar en casa desde hace rato, y no quería ver la hora para cerciorarse de eso.
—Despertaste.
Suelta un respingo ante la voz intrusa, y mira a su derecha, encontrándose de nuevo con el muchacho de la otra vez.
—Uh... ¿Me dormí? —es lo único que logra soltar, debido al estado de sorpresa y confusión en el que continúa.
—Técnicamente, casi te desmayaste —explica naturalmente, caminando hasta quedar de pie frente a ella—. Quedaste en un estado de inconsciencia, pero tu cuerpo continuaba despierto. Eso fue debido a tu fiebre tan alta.
—¿Fiebre? —repite, curiosa. Él alza una mano y señala su propia frente, para darle un indicio.
Anna sigue el movimiento por sí misma, y al tocarse, nota un paño húmedo pegado allí.
—¡Ah! ¿Qué es esto?
—Un parche para bajar la temperatura —vuelve a explicar, paciente. De repente enseña su otra mano, la que sostiene una bolsa con el logo de alguna farmacéutica—. También te di algunos medicamentos, y por suerte, no eras alérgica a ninguno.
—Oh... Gracias... —murmura, con las mejillas sonrosadas. Como un acto de reflejo, baja sus manos y las posa sobre sus rodillas, y mantiene sus ojos en el suelo—. Me gustaría preguntar, y no es que no esté agradecida con su ayuda, pero, ¿por qué no me llevó al hospital en vez de tomarse tantas molestias?
—No sé ninguno de tus datos personales, ni siquiera tu nombre, por lo que es seguro que podría parecer sospechoso —suelta como si nada, dejándola perpleja, aunque haciéndola ver que eso es cierto. Porque, a final de cuentas, el aspecto del chico no es del todo amigable—. Además, supongo que tienes tus razones para no querer ir a un hospital.
—¿Cómo... cómo sabe eso?
—No fuiste a atender tus heridas —comenta, con un tono más grave, como si de repente estuviera molesto por ello. Anna aprieta sus dedos, sin saber qué decir—. Eso posiblemente te causó una infección, y por eso tienes fiebre y estás tan débil.
La joven cierra los ojos con fuerza, sintiendo el peso de sus acciones descuidadas golpear su cabeza. No tiene el valor de alzar la mirada, y sólo puede quedarse quieta allí mismo, sin saber qué hacer con exactitud.
Sus labios se sueltan, y sus ojos arden.
—Lo siento.
Un silencio sepulcral se forma.
Él se acuclilla de pronto, sorprendiéndola. Sus ojos oscuros buscan alguna cosa que ella no comprende, y lo único que puede ver de su rostro, que no es cubierto por el cuello del abrigo o la bandada, deja entrever descontento.
—¿Por qué te disculpas?
Siente los nervios a flor de piel, y su vista va de aquí para allá, tratando de evitar el contacto visual.
—Ah... Pues porque... fui una molestia para usted, y...
—Sí, lo fuiste —escupe como si nada. Anna queda estática—. Pero eso fue porque tú misma te dejaste de lado.
Esta vez lo mira fijamente, un poco sorprendida por la repentina calidez de esas palabras tan directas.
—Si vas a rechazar el que otros te cuiden... —comenta el moreno, dejando de mirarla para centrarse en buscar algo dentro de la bolsa que trae—... al menos aprende a cuidarte a ti misma. —Termina, sacando un par de vendas y otras botellas de medicina.
Sin decir nada, se pone de pie y, con total naturalidad, toma asiento a un lado de la rubia, quien no puede sino aceptar la reciente cercanía, a pesar de no estar realmente segura de que eso sea realmente seguro. Después de todo, ni siquiera sabía el nombre del hombre a su lado.
Pero algo dentro de ella pensaba que no podría ser una mala persona. Al menos, no si es que ya la había ayudado tantas veces.
—Dame tu pierna ahora.
Cri.
Cri.
Cri.
Ah.
Anna está estática otra vez, mientras interiormente se debate entre salir corriendo o marcar a la policía.
Se decide por lo segundo.
Parpadea varias veces, en tanto su mano se desliza suave y lentamente al bolsillo de su chaqueta.
—Eso... Señor, no creo que eso–
—Voy a cambiar las vendas de tu tobillo —aclara severamente, volviendo a dejarla perpleja—. Y también voy a tratar tus heridas.
—No es necesario... Yo puedo...
—Como lo has hecho hasta ahora, no es suficiente —declara firmemente, dejando a la niña un tanto avergonzada—. Por suerte para ti, yo sí sé de estas cosas.
Anna lo mira, incrédula.
—¿Cómo es que sabe? ¿Es doctor?
—Sí, lo soy.
Cri.
Cri.
Cri.
La muchacha abre y cierra la boca un par de veces, sin poder llegar a entenderlo o procesarlo del todo. Siente que algo no cuadra con el hecho de que él sea doctor, y no es porque no le crea, pero...
En su cabeza, los doctores no se parecían tanto a mafiosos llenos de cicatrices de posibles peleas callejeras.
«Eso es algo muy prejuicioso de tu parte, Anna» se reprende en el interior por su propio mal pensamiento acerca de la tosca apariencia de su actual compañero de banca.
—¿Vas a dejar que te ayude?
Ladea la cabeza de un lado a otro, despertando de su reciente trance, y regresa a ver al muchacho que tiene sentado a su lado. El mismo que mantiene sus oscuros orbes puestos siempre sobre ella, sin dejar ver absolutamente ningún sentimiento, cuales si no le importara el hecho de tenerla allí y querer ayudarla.
Respira profundo, y asiente con levedad.
—Está bien... —Cede, sintiendo un peso aminorarse al, finalmente, dejarse ayudar.
Así que, con ligera vergüenza, se deja ser atendida.
Para más sorpresa suya, las manos de él terminan siendo increíblemente amables y cálidas. Y no puede sino quedarse observando embobada el cómo la ayuda, quitándole el vendaje de emergencia que se había puesto sola, que, a pesar de no haberlo hecho mal, no se comparaba con el trabajo del muchacho.
Y con el tobillo ya terminado, le siguen las raspaduras de sus brazos. No las piernas, porque eso ya sería demasiado para ella.
—Por cierto, señor...
Su voz sale en un murmullo, debido a su actitud siempre tímida.
Él suelta un vago sonido, señal de que la está escuchando, en tanto continúa desinfectando la pequeña herida en la mano izquierda de la chica.
—No me ha dicho su nombre.
—Soy Zack —contesta, burdo. Anna siente que se ha acostumbrado a ese tono, tras entrar en la cuenta de que esa era su forma habitual de hablar. Pronto el chico termina su labor y coloca un parche de tela sobre el lugar, para luego soltarla y mirarla a la cara—. Zack Valley.
—Yo... Yo me llamo Anne Lise Ratri —corresponde atropelladamente, haciendo una ligera reverencia con la cabeza—. Pe-pero puede decirme Anna... señor...
De repente, una mano se posa sobre sus cabellos, dejándola paralizada. Él no muestra una cara extraña, contrario totalmente a la pobre muchacha, quien no sabe cómo reaccionar ante ese tacto tan repentino.
—Tengo veinticuatro, no soy un señor. —Aclara entonces, monótono.
—Ah... —murmura Anna, en blanco. Luego lo procesa, y entonces, su rostro vuelve a colorearse—. Oh... ¡Oh, dios! ¡Yo... lo siento! ¡No era mi intención ofenderlo!
—No es la primera vez que me pasa —menciona, con un tono casi rozando a lo cansado. Sus dedos bajan de la cabeza femenina a la frente, quitando el parche ya seco y tocando con sus nudillos la piel—. Ya se te ha pasado la fiebre. ¿Te sientes mejor?
—¡Ah, sí! Estoy bien, mucho mejor. —Balbucea torpemente, todavía sintiendo el pánico de haberse visto como una total idiota.
—¿Las vendas no te aprietan?
—Uh, no... —niega con la cabeza, mirando de soslayo su pie, sintiendo la calidez de las telas—. Estoy bien, creo que hasta puedo caminar.
—No lo recomendaría —niega seriamente—. Sigue estando hinchado. Caminar solo podría empeorar las cosas, y puede que también termines con una lesión de por vida.
—Entiendo... —suspira bajito, rendida ante la idea de caminar hasta su hogar tras oír esas palabras—. De igual forma... muchas gracias.
Sus dedos juegan entre sí, y sus brillantes ojitos celestes se mantienen puestos sobre el suelo del parque. Todavía no tiene el valor de mirar a los demás a la cara, cual si aquello fuese una grosería de su parte, mucho menos a alguien que tanto la había socorrido de pronto, apenas conociéndola.
No se merecía algo así.
—Gracias por haberme ayudado tantas veces —sonríe (o lo intenta), recordando a su vez todas las ocasiones en las que el reciente conocido a su lado la había rescatado en lo que llevaba apenas un par de días—. Por haberme salvado de un accidente que posiblemente me hubiera matado, y quitarme de un feo problema por caminar sola en una calle peligrosa, y también por todo lo de hoy. No sé cómo podría devolverle eso.
De la nada, suelta un estornudo, y se sobresalta totalmente, volviendo a sentir calor en toda la cara a causa de haber hecho algo tan embarazoso en medio de su improvisado pero totalmente serio discurso de agradecimiento.
Mas antes de poder disculparse por ello, siente un suave peso sobre su cabeza, que pronto se desliza a sus hombros. Alza la mirada con rapidez, topándose de vuelta con aquella cara tranquila.
—Si vas tan desabrigada en comienzos de invierno, te puedes enfermar gravemente —comenta con naturalidad, acomodando el abrigo, que antes tenía encima, sobre el pequeño cuerpo femenino, y después cerrándolo—. No necesitas agradecerme tanto. Todo lo que hice fue evitar que una niña saliera lastimada. Cualquiera lo habría hecho.
Anna quiere decirle que eso no puede ser cierto, pero se guarda sus palabras y se deja ser un poco más atendida por el moreno, quien termina de alzar la cremallera de la chaqueta.
Observa un momento los dedos de él, mirando que también están llenos de cicatrices.
No siente miedo de imaginarse las heridas que antes hubiera tenido, el sentimiento que le provocan es más como que... tristeza, pero también admiración.
—Gracias...
Zack ya no dice nada. Ella tampoco.
—Anne Lise.
Su cuerpo entero se tensa al escuchar esa voz, y captar el tono helado con el que le ha llamado por su nombre.
De nuevo, tiene miedo. Y el miedo la hace temblar.
No se atreve a girarse, no tiene el valor para encarar por cuenta propia a ese hombre. Así que sólo se queda allí, de pie, con la cara en la puerta de la entrada principal, la mano derecha sobre el pomo, y la izquierda sujetando con mucha fuerza la correa de su bolso, donde mantiene escondido el cálido abrigo de Zack, y que, espera, la persona que se encuentra tras de sí no descubra jamás.
—¿Por qué has llegado tan tarde?
Traga pesado. La garganta le duele, avecinando un llanto, causado por el terror que todo su cuerpo está sufriendo.
—Yo... no podía caminar muy bien, por culpa de una secuela del accidente, y me detuve en–
—Mírame cuando hablas conmigo, Anne Lise.
Cierra los ojos con fuerza, intentando que, de esa manera, cesen las ganas de gritar y salir corriendo. Entonces lentamente gira, con la mirada posada en el suelo.
—Quiero que me digas la verdad, ¿por qué llegaste tan tarde? —vuelve a preguntar, esta vez con un tono cargado de suavidad, como un padre preocupado.
Pero claro que es una farsa.
Anna deja de temblar, y con lentitud, alza un poquito más la barbilla. Aun así, sigue sin ver a la cara a ese hombre.
—Me dolía el tobillo, tenía fiebre y me–
Una mano se estampa en su mejilla, con la suficiente fuerza como para romper su labio.
Se queda quieta, en blanco.
—Te pedí que me dijeras la verdad, Anna. —Recuerda Peter, aún con la voz amable a pesar de haber soltado un comportamiento violento hace tan sólo unos segundos.
Anna no lo entiende, ni tampoco logra procesar correctamente todo. No se esperaba algo así, nunca puede predecir cuándo él llegaría a tratarla de esa manera.
Unas gotas de sangre sobre el piso blanco la despiertan, y siente el pinchazo doloroso en su boca. Quiere llorar tan fuerte, pero traga con fuerza, y todavía con la cara baja, se arma del poco valor que tiene para continuar aquello como siempre debe ser.
—Estaba... perdiendo el tiempo.
—Eso suena más creíble, sí —sonríe satisfecho, relajando su postura, y alejándose un paso de ella—. Porque, ¿sabes qué hora es, Anna?
—... No, no lo sé...
—Son las once —recalca el número—. Y se supone que tú debes estar aquí a las siete, porque a esa hora aún no se ha ocultado el sol. Y sabes que cuando el sol se oculta es peligroso, y pierdes mucho tiempo que podría servirte verdaderamente.
«Estoy tan harta de escuchar ese discurso» susurra, solamente para sí misma, siempre incapaz de soltarlo en la realidad.
De repente, él deja escapar un largo suspiro cansado. La muchacha se siente indignada con tal acto, como si el hombre fuese siquiera merecedor de poder demostrar tal cosa cuando se trataba de ella.
—Perdiste mucho tiempo tonteando.
Anna quiere decirle que no es así, que no estuvo tonteando. Que, en realidad, sufrió de las consecuencias de sus heridas y que, de no ser por un chico cualquiera de amable corazón (contrariando a su apariencia de vándalo), estaría muriéndose en alguna parte de la ciudad.
Pero no es capaz de aclararlo.
Porque es una cobarde.
—Ya vete a dormir. Mañana tienes clases.
Rápidamente hace caso, y sale corriendo de allí, en tanto abraza con fuerza su mochila, esperando que eso mantenga en pie su fuerza para no terminar cayendo de una manera más patética.
—¡Anna, ¿qué te sucedió en el rostro?!
La fémina suelta un largo suspiro, y una sonrisita nerviosa adorna sus facciones. En tanto, su pelirrojo amigo sujeta con suavidad la mejilla sana de la joven, examinando con cautela la hinchazón que posee la carita siempre amable de su compañera.
—No... No es nada, Nat.
La mirada rojiza del muchacho se oscurece en furia, y la suelta amablemente para sujetar los hombros de la misma jovencita.
—Fue él, ¿no es así? —Inquiere secamente. La rubia guarda silencio por unos segundos, como si no entendiese a qué se refiere, cuando claramente lo hace—. Fue Peter quien te hizo esto, ¿verdad?
—Está bien, Nat. —Declara con suavidad, moviendo las manos para intentar hacerlo pasar.
—¡No! ¡No está bien! —refuta, indignado. Pronto ella le pide en voz baja que se calme, recordándole que siguen a mitad de la calle. Pero el chico no la escucha.
A un par de metros de ellos dos, un par de orbes oscuros se encuentran curioseando sobre el escándalo que empiezan a crear, y tras captar la nueva imagen que trae encima aquella niña a quien puede reconocer rápidamente, deja de lado a su compañero hablando por el teléfono y se encamina hacia donde está el par de jovencitos.
Al llegar, pone una mano sobre el hombro del muchacho de rojos cabellos perfectamente peinados, deteniendo su habladuría. También, recibe la mirada sorprendida de la chica.
—Oye, ¿acaso la estás molestando?
—¿Uh? —El pelirrojo rápidamente se gira, dispuesto a encarar al que osara llamarle la atención mientras él intentaba hacer despertar a su mejor amiga. Mas en cuanto se topa con el ente en su espalda, no le queda más que alzar la mirada ante la diferencia de estatura, y sentirse intimidado por el aura tenebrosa que desprende—. Espera, ¿quién–? Yo no– ¿Cómo es que–?
—Señ– Zack —lo nombra entonces la rubia, dejando totalmente atrás su semblante amargo y poniendo una sonrisa amigable. Pronto los ojos fríos del mayor se posan sobre ella—. Me alegra volver a verlo.
Antes de recibir una respuesta por parte del adulto, Anna se dedica a abrir su bolso y sacar de allí la chaqueta oscura, la cual se la extiende con grandes ánimos, bajo la atónita mirada de Nat, quien no entiende nada.
—Quería devolverle su chaqueta desde unos días, pero no sabía dónde encontrarlo —explica ansiosa—. Pero me alegra el haberme topado con usted hoy.
—Ah, sí, gracias —habla, sereno pero tajante, a vista del chico de gran nariz, quien no puede evitar sentir algo de recelo por ese comportamiento tan ambiguo del desconocido para con su amiga de la infancia. Aunque puede ver claramente que el mayor acepta lo que le extienden—. ¿Qué te pasó en la cara?
El menor del grupo abre la boca, estupefacto por la manera tan directa en la que ha preguntado eso a Anna. Ni siquiera había usado palabras más suaves, fue directo a querer la información principal.
Pero, más que nada, ¿quién era él para preguntar tal cosa?
Mira a su amiga, quien de pronto ha borrado la sonrisa radiante que, siendo sinceros, le había sorprendido bastante pero no molestado, pero que en ese instante ha vuelto a bajar la cabeza mientras niega con una mano.
—No... No es nada —balbucea. El moreno no le quita la vista de encima ni un segundo, como declarando silenciosamente que no le cree ni un poco y está a la espera de la verdad—. Sólo me... me golpeé contra una puerta. A veces suelo ser muy torpe...
Él suelta un muy silencioso resoplido, que pareciera que solamente Nat ha notado. Anna, en cambio, permanece con esa postura sumisa y temerosa.
—Es mentira, ¿verdad?
Cri.
Cri.
Cri.
El chico pelirrojo abre los ojos más grande que nunca, y observa solamente hacia el moreno de aspecto aterrador, como si no creyese la magnitud de su poco tacto para con una chica como Anna. Quiere decirle algo, por supuesto, pero está tan estupefacto que ni siquiera puede mover la lengua.
La rubia, en tanto, aprieta los labios, sintiéndose una completa tonta.
—¿Tus padres saben de todo lo que te sucede? ¿No deberían llevarte ellos a un hospital?
Y de pronto—
El ambiente parece vacío.
Pero Anna está sonriendo, otra vez, y le mira con dulzura.
—No es de importancia.
Zack guarda silencio, por un par de segundos, y después se acerca a ella. Con una mano, delicadamente hace a un lado el parche sobre la mejilla de la niña, dejando entrever el color amoratado de su piel antes siempre enrojecida por naturaleza.
—Sí es de importancia.
—Yo... realmente pienso que no... —ríe nerviosamente, y sus manos tiemblan—. Así que, por favor, no necesita preocuparse más.
El mayor frunce el ceño, apartando su toque de ella.
Definitivamente no está conforme con esas palabras tan burdas. La chica mantiene su silencio por lo que continúa del tiempo, sin saber exactamente qué debería decir luego de actuar de esa manera tan estúpida.
Mientras tanto, Nat se da cuenta de algo:
«¿Estoy siendo un mal tercio?».
Para él es más que obvio, aunque claro que se siente confundido. Anna jamás le había comentado acerca de haber conocido a un tipo con apariencia de mafioso, pero que parecía más amable conforme pasara el tiempo, y que, además de todo eso, la misma Anna actuara tan ansiosa pero dulcemente frente al mismo, ignorando por completo ese aspecto tan macabro.
Sólo podría haber una razón para eso.
—¡Ah, ya se me hace tarde! —Anuncia de pronto, captando la atención de su amiga y el conocido de ésta. Rápidamente finge ver su reloj y sonríe de una manera falsamente culpable—. Hey, Anna, ya me tengo que ir, así que te dejo hasta aquí.
La rubia parpadea, sorprendida y muy confundida.
¿Desde cuándo su mejor amigo, Nat, alias «el narizón sobreprotector», se retiraba a su hogar por cuenta propia, sin preguntarle antes si debía acompañarla al suyo?
¿Qué sucedía, tan de repente?
—¡Adiós!
Antes de poder decir algo más, el mismo sale corriendo.
Ella queda a cuadros.
—¿Le pasa algo a tu amigo? —inquiere el moreno, luego de haber pensado bien lo que realmente traían esos dos, y por qué actuaba tan llamativamente en medio de la acera.
—Creo que sí... —murmura, dudosa y preocupada—. Normalmente no actúa de esa forma.
El mayor hace otro sonido vago de afirmación, y después regresa a ver a la pequeña muchacha.
—¿Vas a decirme quién te hizo eso, Anna?
Anna se tensa, y ladea una sonrisa torpe.
De verdad, fue tonto de su parte el esperar que ese tema fuera zanjado.
—Ya dije que no es algo importante.
—Bien —suspira cansado. La rubia siente culpa, pero sabe que no puede soltarle tal información. Sería muy estúpido de su parte, y solo podría traerle más problemas—. Te acompañaré a casa.
—¡Ah! ¡Eso no es necesario! —Exclama con rapidez, logrando sorprenderlo. Prontamente capta su propio extraño y sospechoso actuar, y se aclara la garganta, recobrando su compostura—. Digo, no quiero causarte más molestias. Puedo ir a casa sola.
Él camina un paso hacia ella, volviendo a fruncir el ceño. A pesar de ello, no le inspira miedo, tan sólo un poco de culpa.
—¿Hay algo mal con tu casa?
—¿Qué? No, no, claro que–
—Desde la última vez que te vi, ya van tres días —la interrumpe, haciendo un poco de memoria—. En esos tres días, puedo asumir que ningún día faltaste a la escuela, a pesar de tus lesiones. ¿Acaso es tan importante estudiar que tus tutores ni siquiera te dejan ir a un hospital?
La joven se calla, y retrocede un paso.
—Eso... Eso no es realmente... así, pero...
El muchacho tuerce los labios.
Siente tanta lástima por la pobre niña. Quiere, de alguna manera, salvarla y sacarla de la sombra monstruosa que la acecha y se esconde bajo sus ojitos de cristal.
Pero sabe que lo único que puede hacer es—
—Además —vuelve a hablar, sonando cada vez más burdo—, recuerdo que, esa vez en la que te ayudé con tu infección, dijiste que no querías ir a tu casa, contradiciendo el hecho de que siempre dices que debes ir.
Anna vuelve a retroceder, y puede sentir su garganta retorcerse de una manera dolorosa. Está atrapada y lo sabe.
—Anna, dime, ¿de verdad quieres ir sola a tu casa?
—No —sincera, temblorosa. Sus orbes claros se llenan de lágrimas, pero no deja escapar ninguna, ni tampoco se atreve a mirar a su contrario—. Yo no... quiero ir a casa.
Zack borra su severa expresión, y vuelve a acercarse a ella, inclinándose para verla a los ojos.
Y sonríe. Una pequeña sonrisa amable.
—Está bien, Anna —alega suavemente, irguiéndose para después extender la mano hacia ella—. Ven, te acompañaré al hospital ahora mismo.
La menor, aún dudosa, observa la mano extendida frente a ella.
Sabe que si la rechaza, no le quedará de otra que salir corriendo, y desear nunca más caminar por las calles y terminar topándose con él para verle la cara. Su vida continuará siendo la de siempre, y ella seguirá estudiando y temiendo a todo.
Por otro lado, si acepta—
Inhala profundamente, y posa su mano sobre la de él. Intenta sonreír, pero apenas y lo logra, todavía siendo más torpe que una fingida.
Aunque eso es más que suficiente para Zack.
¿Continuará?
Nota 1: Esto probablemente no va a tener continuación xd
Nota 2: Antes de odiar al Nat de este one-shot, déjenme explicarles por qué lo escribí de esa forma, como un simple secundario que no ha apoyado mucho a Anna.
Verán, Nat tiene casi la misma edad que Anna, e incluso es un año menor, por lo tanto, con 14 años no creo que hubiera podido hacer mucho. También, cabe destacar que Anna le oculta la información acerca de que sufre de abusos, sabiendo que su amigo podría intentar tomar acción por ella, y eso, sinceramente, sólo podría traerle problemas. Después de todo, es simplemente un niño, y es obvio que Peter no tiene escrúpulos y le haría daño, además de que nadie estaría de lado de unos niños teniendo de rival a un hombre poderoso y mentiroso como Peter.
En cambio, Zack es legalmente un adulto, por lo que sí podría actuar para ayudar a Anna. No es que lo ponga simplemente como un héroe sólo porque la trama sea así. Además de que tiene los beneficios de poder ayudar a una menor abusada, siendo doctor, creerían en sus palabras.
Dicho eso... ¡Pues lamento ser tan deprimente! Xd. Estas cosas tienden a ponerme intensa...
Nota 3: Quizás haya hecho bastante OoC a Zack, pero es porque no conozco muy bien su personaje. Aunque, en sus pocas apariciones en el manga, he notado que es alguien bastante tranquilo y calculador, además de un tanto callado. Pero sí, también me he dado cuenta de que se preocupa mucho por sus amigos hasta el punto de estar dispuesto a sacrificar su integridad por ellos, por lo que intenté plasmar eso aquí uwur
Nota 4: La nota 1 no es verdad :v
—Una satisfecha Milo.
