—¿Te das cuenta de que no me has dicho ni una sola vez cómo te sientes? Te estoy preguntando y todas y cada una de las veces me contestas que si Ron esto que si Ron lo otro, pero no le estás poniendo palabras a tus sentimientos, Hermione.
Desde el otro lado de la mesa, la respuesta a esta acusación vino en forma de una mirada de gélida exasperación, contestada a su vez por otra teñida de socarronería. Aquel intercambio estaba lejos de ser la primera vez que se producía.
—Te lo voy a volver a preguntar —repitió Charity Bangle, psicóloga y muggle— ¿cómo te hace sentir la actitud de tu marido respecto a vuestro matrimonio?
Su paciente al otro lado abrió la boca para hablar, confiando en que las palabras saldrían por sí solas, y se quedó congelada, petrificada incluso, y después empezó a abrir y cerrar la boca, en una encarnizada lucha por intentar verbalizar sus sentimientos. Cada instante que pasaba en el que parecía no encontrar las palabras precisas aumentaba la tensión en aquel comedido cuerpo.
Bangle se movió hacia delante, a punto de producir ella misma un discurso para intentar desbloquear a su paciente, pero esta la interrumpió con un movimiento brusco de su mano derecha, en el que le pedía sin palabras que la dejara intentarlo sola un poco más.
El silencio siguió cubriéndolo todo, hasta que la mujer, con los ojos y la nariz enrojecidos y temblando como una hoja al viento, pudo por fin empezar a hablar:
—Me siento como si llevara toda mi vida en bucle. —La psicóloga le acercó la caja de pañuelos que habitaba en su escritorio, pero ella no hizo ademán de coger uno—: Una y otra vez con las mismas peleas. Y ni se te ocurra venirme con el discurso de que todo tiene solución y que la comunicación lo arregla todo, porque eso ya lo he intentado.
Charity Bangle, en un alarde de autocontrol y de máxima profesionalidad, respiró hondo y se subió las gafas antes de contestar.
—O sea, que me estás diciendo que tu matrimonio no tiene solución.
—Yo no he dicho eso —contestó Hermione Granger, casi como en un acto reflejo.
De nuevo, Charity Bangle puso a prueba la paciencia que llevaba toda su carrera profesional ejercitando y volvió a respirar hondo. Ni sus veinte años como psicóloga en activo eran suficientes como para preparar a alguien para la señora Granger intentando negar la realidad.
—Sí lo has dicho. Has dicho que has intentado hablar con él y que lo vuestro no tiene solución. No es propio de ti quedarte atascada en un bucle. ¿Es por tus hijos? Porque te aseguro que hoy en día el adolescente medio tiene más que normalizado el divorcio y tus hijos son bastante independientes con eso del internado.
—No es solo por los niños: Ron y yo llevamos toda la vida juntos…
Charity hizo un movimiento brusco para consultar el montón de folios de papel que descansaba sobre su mesa.
—Desde los, ajá, los once años si no me equivoco. Desde luego es tiempo de sobra para cansarse de dar vueltas al mismo asunto.
Hermione cruzó las piernas y se alisó la falda, claramente como mecanismo para evitar mirar a los ojos a su terapeuta, que esperaba una respuesta con el ceño fruncido y bolígrafo en mano.
—Verás, Charity, Ron y yo hemos pasado por muchas cosas juntos, ni te puedes imaginar cuántas…
—Vosotros dos y el tal Potter, si no me equivoco —dijo mientras rebuscaba de nuevo entre los papeles y leía el nombre que aparecía redondeado en la primera página—, pero ya hemos hablado de que en este tipo de situaciones la lealtad tiene que ser hacia uno mismo y que el Ron del pasado y la Hermione del pasado establecieron una dinámica no del todo sana y que no es sostenible en la edad adulta si se quiere tener una relación nutritiva.
Hermione suspiró y con aquel suspiro fue como si toda su fuerza se le escapara y dejara en su lugar a una mujer agotada y con un gran peso sobre sus espaldas. Charity esperaba con ansia aquellos momentos en los que la Hermione fuerte y cabezota dejaba entrever a una persona agotada de pelear consigo misma y con el mundo día tras día. No solían ocurrir, pero cuando llegaban eran el momento clave, eran la única posibilidad de mejorar de alguna forma la situación de su paciente.
—Sabes también —continuó la terapeuta—, que es perfectamente aceptable cambiar de opinión y que tienes derecho a poner tu bienestar por delante de cualquier plan que sea quien sea te haya impuesto, incluso si ese alguien eres tú misma. La vida no se puede planear con una lista con objetivos.
Esta vez Hermione sí que alargó la mano para coger un pañuelo y sonarse la nariz con fuerza.
—No lo sé, Charity, de verdad que no lo sé, son muchos años y muchos recuerdos, no es tan fácil. —Parecía incapaz de levantar la vista de las vetas de la madera del escritorio.
—Yo no he dicho que sea fácil, no lo es en absoluto. Tampoco puedo decirte que te divorcies, esa es una decisión que solo tú puedes tomar. Lo que sí puedo decirte es que pienses en si quieres pasarte el resto de tu vida repitiendo el mismo bucle, Hermione.
¿Quería pasarse el resto de su vida con Ron? Se preguntó a sí misma mientras entraba en el ascensor y se desaparecía hasta su cocina.
Todo en casa estaba en silencio. No eran ni las tres de la tarde y su marido seguía trabajando en la tienda con George. Estaban a mediados de noviembre, así que los niños, si es que con la edad que tenían se los podía seguir llamando así, estaban obviamente en Hogwarts y con ellos el gato de la familia, Dwarfy.
No había nadie que se escurriera entre sus piernas maullando y pidiendo mimos, ni nadie que le pidiera por favor que encantara la televisión para ver un partido de quidditch. En aquella casa, su hogar, no había más que una calma forzada que se le metía por los oídos. Luna diría sin duda que una manada de nargles le había infestado el sofá, Ginny diría que a lo mejor era hora de hacer algo proactivo.
—Accio álbum de fotos —enunció Hermione con seguridad, agitando la varita con un movimiento seco y ensayado mil y una veces.
Al principio no ocurrió nada, pero, tras un par de golpes distantes (relacionados tal vez con que la puerta del despacho estaba entornada), un gastado álbum de cubierta marrón entró levitando en el salón.
Cuando el álbum llegó hasta sus manos, ella ya se había quitado los tacones y los había dejado perfectamente alineados junto al sofá, al igual que la chaqueta del traje, que descansaba ahora sobre el reposabrazos dada la vuelta con el forro hacia fuera para que no se manchara; no solía dejar las cosas por en medio de aquella manera, pero consideraba que la sesión con la psicóloga había sido dura y que podía permitirse dejar las cosas por en medio.
Ni un minuto después ya estaba murmurando el hechizo para que la chaqueta y las zapatillas se fueran levitando hasta su sitio en el armario de su habitación; por algún motivo dejar las cosas por en medio no le había producido el descanso que parecía provocarle al resto.
Las fotos del álbum parecían alegrarse de verla, cada una a su manera. En todas y cada una de las pequeñas imágenes en miniatura una pequeña Hermione se movía arriba y abajo.
Algunas de las fotografías más antiguas habían sido tomadas por ni más ni menos que por Colin Creevey y, a pesar de los años que habían pasado desde la batalla, un pinchazo de pena le cortó la respiración. Los antiguos miembros de la Orden la miraban con reconocimiento desde las páginas y Hermione tomó nota para acordarse de hacerle una copia a Teddy de una instantánea en la que Tonks y ella aparecían saludando en uno de los desvencijados salones de Grimmauld Place.
En las fotos de su primer año en Hogwarts, tanto Harry como ella aparecían con el ceño fruncido, contemplando el mundo mágico que se desgajaba a su alrededor con suspicacia y alerta, al igual que con aquella pizca de fascinación y asombro que habían acabado perdiendo con el paso de los años. Ron también aparecía en aquellas fotos, por supuesto, los tres conformaban ni más ni menos que el Trío Dorado, como solían llamarlos con sorna, pero para Ron la magia no había sido nunca una novedad completa, como lo había sido para ellos dos.
Claro que Ron había nacido ya en aquel mundo de calderos y hechizos, no era de extrañar que no tuviera la ilusión y la esperanza que la gente que venía de familias muggles derrochaba en aquella época. No se le podía culpar por venir de familia de magos.
Ni con la más firme de sus intenciones hubiera sido capaz de parar la vocecita en su cabeza diciéndole que el problema era que no recordaba a Ron Weasley ilusionado con nada que fuera más allá de una necesidad momentánea.
¿Y qué había de malo en ello?, pensó Hermione, mucha gente hacía las cosas por la satisfacción momentánea, no todo el mundo tenía por qué ser como ella, igual de perfeccionista, igual de incansable, de cabezota, de apasionado con sus objetivos. En ningún sitio ponía que para ser feliz con tu pareja tenía que tener metas tan altas como las tuyas, ¿verdad?
No, no lo ponía, pero una parte de ella gritaba al pensar que todo lo que le esperaba era una vida de conversaciones pasadas a cámara rápida y de aburrimiento mutuo.
No sabía ni cuánto tiempo llevaba mirando la misma foto en blanco y negro de los tres tras la batalla de Hogwarts (por el formato la había arrancado de El Profeta como recuerdo) cuando escuchó el chasquido de una aparición en el despacho. Un rápido vistazo a su reloj de muñeca le confirmó que no podía ser otro que Ron.
Estuvo bastante rato escuchándolo moverse por la casa antes de ir a saludarlo con un beso en la mejilla, porque dentro solo albergaba una sensación de cansancio extremo y de hartazgo que no casaba nada con lo que se supone que tendría que sentir alguien ante la perspectiva de ver al amor de su vida.
Claro que se había despedido de él aquella misma mañana y que iba a volver a verlo ese día y al siguiente y al siguiente. Así hasta el día en que uno de los dos muriera, porque eso era lo que hacía la gente cuando daba el paso de casarse: pasarse el resto de la vida juntos. El para siempre de los cuentos de hadas tendía a ser algo monótono con el paso de los años.
Hubo una época en la que no sabía si iba a haber un mañana, cualquiera diría que sobrevivir a una guerra la habría enseñado a ser más agradecida con los para siempre que te da la vida, porque no todo el mundo podía tener esa suerte. El pinchazo que había sentido antes al ver las fotos de Colin volvió con fuerza renovada y la dejó momentáneamente sin respiración.
«Ya, pero el caso es que no me siento nada agradecida y esa es la realidad», pensó mientras veía como Ron volvía a sacar su colección de cromos de los Chudley Cannons otra vez.
El que se suponía que era el amor de su vida parecía tan cansado como ella, cubierto por una pátina gris de cotidianeidad, su nariz seguía siendo tan ganchuda como siempre, tal vez incluso más, y sus ojos, aunque igual de azules, parecían vacíos de vida.
¿Cómo de raro sería probar en tu marido un contrahechizo de Imperius? Raro, rarísimo, de loca peligrosa y paranoica.
—¿Tengo algo en la cara? —dijo Ron de repente, mientras se limpiaba la mejilla derecha distraídamente.
—¿Cómo? —preguntó Hermione, saliendo de su ensoñación de golpe.
—Que si tengo algo en la cara —repitió su marido sin mirarla—, es que no dejas de mirarme y me estoy poniendo nervioso.
—No, no tienes nada.
—Pues vale —dejó escapar Ron de soslayo y siguió a lo suyo con sus cromos.
Cuando ella se levantó y salió del salón, ni siquiera levantó la vista de una imagen de Ragmar Dorkins a la que le estaba aplicando un hechizo de pegado con la punta de la varita.
Aquella noche, metidos los dos entre las sábanas con olor a lavanda y tacto de recuerdos, Ron roncaba ligeramente mientras Hermione miraba el techo. Y eso es lo que hizo toda la noche, sin que el más mínimo atisbo de sueño pasara por su cabeza.
Lo que sí veía una y otra vez, sin embargo, eran todos los recuerdos de los dos juntos que era capaz de conjurar en su memoria. Todos los años de Hogwarts, las situaciones al límite de la muerte, los peligros, las aventuras, los momentos en los que había creído que se le salía el corazón del pecho al mirarlo. Pero también aquellas veces en las que sus palabras la habían hecho sentirse tan tan frágil; todas aquellas en las que había querido morirse después de que Ron dijera algo para él insignificante, pero que a ella la había dejado desprotegida.
Debían de ser alrededor de las cuatro de la mañana cuando giró la cabeza en la almohada y vio en la mesilla, iluminada por la trémula luz de la luna, la foto que se habían hecho en el andén 9 y ¾ los cuatro juntos.
Era el primer año de Hugo en Hogwarts y el niño (que por aquel entonces parecía diminuto) parecía aterrorizado y saludaba tímidamente a la cámara. Rose, a su lado, estaba hinchada como un pavo señalando orgullosa su corbata de Gryffindor. Mientras los Ron y Hermione de la foto se lanzaban miradas furibundas a escondidas, intentando que la cámara no los pillara. Obviamente sus esfuerzos no habían resultado en éxito.
Se había obligado a enmarcar esa foto y a tenerla en su mesita para que Hugo no pensara que se avergonzaban de él. Porque alguien tenía que contrarrestar el bufido de hastío de su padre cuando se enteró de que el niño estaba en Hufflepuff.
La historia de esa foto era simple: Ron se había vuelto a pasar con sus estupideces sobre las casas y Hermione había visto en su hijo el miedo a decepcionar, no solo a su padre, sino a toda su familia. Ron había pronunciado las palabras «no querrás ser como tu primo Albus», Hugo se había encogido como un cachorro apaleado y Hermione había saltado con las garras fuera, sin pensarlo siquiera. Después de aquello estuvieron tres días sin hablar, porque lo único que hacían cada vez que lo intentaban era gritarse.
Ahora, con la cabeza junto a la suya en la almohada todo le parecía muy lejano: cubierto por el velo del tiempo.
Ya había empezado a amanecer cuando se decidió a mirarlo por fin. La luz grisácea del alba iba ganando en fuerza, pero el nuevo día no era capaz de disipar el peso instalado en su pecho. Ron parecía tan indefenso dormido, tan relajado, que pensar en romperle el corazón se le antojaba una crueldad innecesaria.
Sin embargo, cuando lo vio abrir los ojos no fue capaz de parar las palabras que salieron disparadas de sus labios:
—Se acabó, Ron, quiero el divorcio.
Por supuesto, no había contado con que Harry se lo iba a tomar todavía peor que su marido (o bueno, exmarido, no estaba muy segura de qué término usar en aquellos momentos intermedios entre papeleo).
Todo el mundo que lo conociera mínimamente sabía que a Harry Potter no le gustaban los cambios. En especial si se trataba de su entorno más inmediato: de su familia. La parte de Hermione que lo conocía de toda la vida, su mejor amiga, la que había pasado por tanto con él, sabía que se trataba simplemente de que Harry había perdido tantísimo a lo largo de los años que le aterraba la simple idea de perder algo más.
El-niño-que-vivió (y que nunca fue a terapia) había pagado con sangre y muerte cada centímetro de aquel pequeño remanso de paz que había conseguido y no era capaz de olvidarlo por muchos años que pasaran. La parte de Hermione que lo quería más que a nadie se sentía tremendamente halagada por el hecho de que su matrimonio estuviera tan arriba en las prioridades de su amigo.
Sin embargo, la parte que simplemente quería ser feliz y que su mejor amigo respetara sus decisiones estaba cada vez más tentada de convertirlo a traición en un baúl y usarlo para meter todos los trastos que Ron se negaba a recoger, para después mandarlo con los Weasley de una patada. ¿De verdad era tan locura esperar que su mejor amigo la hiciera sentir querida y luchara por ella en vez de por su matrimonio?
—¿Y hasta cuándo vas a dejar a Ron tirado viviendo en la Madriguera?
—Ron es adulto, se ha vuelto a casa de sus padres por voluntad propia y no es asunto ni mío ni tuyo dónde decida vivir —contestó Hermione, sin levantar la vista de los papeles que estaba leyendo—. No sé cuántas veces te lo he dicho ya, pero sabes que odio repetirme, así que, por favor, que sea la última.
Harry bufó, mientras que se dejaba caer envuelto en su túnica de auror en el sillón al otro lado del escritorio.
—Y ya está, después de más de treinta años de amistad eso es todo lo que tienes que decir, que Ron es adulto y que no es asunto tuyo. Vaya, Herms, me alegra saber que si mañana acabara en la calle te lavarías las manos con tanta facilidad. Me aseguraré de que mis cartones de indigente estén enfrente de tu puerta para que me veas desde la ventana de la cocina —dijo con rabia.
—Harry, eso es cruel e injusto. —Hermione levantó la mirada por fin y lo miró a la cara, aunque lo hizo con tal intensidad que no dio lugar a dudas de que de lo que tenía ganas era de echarle un maleficio y pegarle el culo al sillón.
—Es la verdad, lo que pasa es que no quieres escucharla.
—Aquí la única verdad es que esto no te incumbe y que te has metido en el despacho de la Ministra de Magia a hacerle perder el tiempo y a decirle todo lo que se te pasa por la cabeza. Así que lárgate de aquí y no me hables más hasta que seas capaz de comportarte como un adulto, por favor.
Hasta que el crack de Harry al desaparecerse no se hubo desvanecido del todo, Hermione no se permitió derramar ni una lágrima, ni una sola. Se quedó ahí sentada masajeándose las sienes, como si su cansancio viniera de un nuevo problema de regulación de escobas o de otro problema de criaturas mágicas ilegales en Gran Bretaña. Ese tipo de problemas eran mucho más fáciles de asumir que lo que acababa de ocurrir. Sin embargo, una vez que la oficina se quedó en silencio, no hubo manera de parar las lágrimas que se le escurrían por las mejillas, ni de acallar los fuertes sollozos que se escapaban de su garganta.
—Ese Potter se merece que alguien le pegue los pies al techo hasta que aprenda algo de modales —rezongó la ministra Evangeline Orpington desde su cuadro— ¡Habrase visto! ¡Hablarle así a una ministra en activo! En mis tiempos lo habría mandado a la mazmorra especial que Drina me dejaba solo para mí, ese insolente hubiera aprendido una barbaridad de su visita a la torre de Londres, querida.
Aunque Hermione solía intentar ser lo más cortés posible con los cuadros de los ministros que decoraban su despacho, en aquel momento no estaba en condiciones de hacer poco más que agradecerle las ideas de maldiciones a la exministra mientras se sonaba la nariz.
Cuando se desapareció del despacho ella también, no tenía muy claro a dónde iba.
Necesitaba salir, aunque no supiera a dónde. Volver a casa era impensable, los recuerdos la perseguían culpa en mano. Ron no estaba allí, seguro (porque las salvaguardas la habrían avisado si hubiera ido por fin a recoger su maldita colección de cromos de ranas de chocolate), pero sí estaban las habitaciones de sus hijos, las fotos del álbum y la cinta medidora mágica que te decía cómo ibas de salud dental.
Entre las lágrimas y el hipo que la acosaba sin cesar, tardó unos segundos de más en reconocer el cenador de su casa de la infancia. Aunque en seguida la abordó la sensación de hogar, de pertenencia y el olor a la marca favorita de productos de limpieza de su padre le inundó las fosas nasales.
Tampoco tardó mucho en oír una voz familiar dirigiéndose hacia ella:
—Hermione Jean Granger, ¿eres tú? El cacharro ese que pusiste en el salón está dando vueltas a lo loco. —Los pasos cansados y lentos de su padre venían acompañados por el traqueteo rítmico de su bastón—. Tu madre está en yoga, no vendrá hasta las tres.
Hermione supo que la había visto porque se calló de repente, tal vez abrumado por la imagen de una hija adulta y supuestamente independiente llorando como una cría en su cenador una tarde cualquiera de un martes laborable. El pobre hombre se quedó parado en el umbral mirándola, con las gafas de leer colgando precariamente en la punta de la nariz torcida y una ligera expresión de pánico en la mirada, porque no importaba cuánto tiempo pasara, su padre no iba a acabar de acostumbrarse nunca a las emociones.
—Anda, ven —dijo con un suspiro cansado, mientras le tendía una mano limpia y de uñas recortadas al máximo—, vamos a pasarte el hilo dental y a ver el último capítulo de Allo, Allo.
Así fue como los encontró su madre una hora después, cuando entró por la puerta en mallas de licra. Hermione llevaba puesto su viejo retenedor y su marido estaba haciéndole un examen exhaustivo de salud dental por quinta vez. Por supuesto su hija no había fallado ni una sola de sus preguntas.
—¿Gordon? ¿Qué está pasando aquí?
Tanto el padre como la hija tuvieron un ligero ataque de pánico por tener los pies encima del sofá, aunque se vio mitigado por el hecho de que por lo menos ninguno de los dos llevaba zapatos.
—No pasa nada, Jean —respondió él—, Minnie y yo estamos repasando el correcto cuidado de los premolares, nada más.
Ninguno de los dos dudó de que no había colado en el momento en el que su madre se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero de invitados en vez de meterlo en el armarito de la entrada. Por supuesto, era difícil que tamaña mentira colara teniendo en cuenta que Hermione sabía más que el inglés medio sobre premolares desde los dos años.
—Me vais a perdonar —dijo con calma la señora Granger, mientras se sentaba frente a ellos en el suelo en una perfecta postura padmasana que hubiera sido la envidia de cualquier yogui—, pero no me creo nada de nada.
Llevaba puesta su camiseta preferida de la campaña de concienciación del uso del hilo dental del 98, la que solo se ponía los días en los que estaba de mejor humor, y su pelo, corto y rizado, le rodeaba la cabeza como un halo. De pequeña (concretamente entre los tres y los cuatro años), Hermione estaba convencida de que su madre era ni más ni menos que el hada de los dientes del barrio y ahora, al tenerla sentada frente a sí demostrando una flexibilidad envidiable para sus 78 años, no le parecía una idea tan descabellada.
—Tengo… tengo algo que contaros. —Automáticamente los dos fruncieron el ceño y Hermione sabía que era porque no estaban acostumbrados a que titubeara—. Ron y yo nos vamos a divorciar, he sido yo la que he tomado la decisión, él… él no ha hecho nada malo, he sido yo la que no podía seguir así.
Fue hasta un poco insultante que ninguno de los dos pestañeara siquiera. De hecho, ni siquiera tuvieron la poca decencia de mostrarse un poco sorprendidos. Su madre, en un alarde de suma empatía, le dio un par de palmaditas en la rodilla, eso sí.
—Cariño, si has tomado esta decisión es porque crees que es la mejor para ti y yo estoy de acuerdo con tus decisiones porque eres una adulta responsable.
Su padre, sentado a su lado en el sofá, tomó aire antes de decir:
—Sabes que mi matrimonio con tu madre no fue el primero, que antes de encontrarla intenté una vida con mi vecina de consulta, la podóloga del centro de salud. Cualquiera pensaría que una podóloga y un dentista tendrían cosas en común, pero pies y dientes resultaron no ser tan compatibles como podrían parecer a primera vista…
—Lo que tu padre quiere decir es que —continuó su madre, recogiendo el testigo— lo has intentado y no ha funcionado, nadie te culpa.
Hermione los miró a los dos fijamente a los ojos antes de sacar a relucir el doxy entre las cortinas.
—¿Cuánto tiempo hace que teníais preparado este discurso?
Gordon Granger se levantó a toda prisa del sofá y salió corriendo hacia la cocina a toda la velocidad que su artritis reumatoide le permitía. Murmuraba sin parar algo de una infusión de rooibos nueva que al parecer era totalmente imprescindible probar. Jean Granger, sin embargo, le aguantó la mirada y cambió de rodilla para las palmaditas.
—Para no mentirte, desde que te prometiste.
—¿Tiene esto algo que ver con que me recomendaras a la psicóloga de la prima Meredith? —preguntó Hermione, a la que las ganas de llorar volvían cada vez con más fuerza.
Su madre apretó los labios y apartó la vista por fin, antes de asentir.
—¡Ay, Minnie! ¡Es tu vida! —exclamó su madre, mientras desenredaba el nudo de sus piernas y se sentaba a su lado— No hubiera servido de nada si te hubiera dicho lo que pensábamos. Ya sabes cómo somos los Granger con nuestros planes de vida, tenemos que ser nosotros los que nos demos cuenta de que no van a funcionar. Es como cuando me empeñé en abrir aquella consulta en Brixton sabiendo que la competencia estaba a dos calles.
—¿Así que lo mejor era dejar que me equivocara? ¿Es así como piensas de mi matrimonio, como una equivocación?
Otro suspiro más y otra palmadita.
—¡Por supuesto que no! Tengo dos nietos preciosos gracias a ese matrimonio y a un consuegro al que tuvimos contento un año entero gracias a un masajeador de espalda. No se trata de que sea un camino equivocado, sino de que ha llegado a su final.
No le cupo ninguna duda de que su madre había vuelto a su antiguo hobby de los libros de autoayuda.
Aquel no era el sofá de su infancia, de hecho, no había habido un único sofá de su infancia, porque su padre sufría crisis decoradoras cada pocos años. Tampoco eran la moqueta de su infancia, ni el papel de pared de su infancia. Sin embargo, los ojos de su madre, tan oscuros que a contraluz era imposible distinguir iris de pupila y su suave piel negra (gracias a una rutina de hidratación y limpieza que seguía rigurosamente más tiempo del que Hermione llevaba viva) sí eran las mismas. El rumor distante de su padre tardando cuatro veces más de lo normal en preparar una tetera para no tener que volver al salón también era el mismo.
Sus padres no eran la típica pareja de personas mayores. No lo habían sido nunca. Se hacían limpiezas dentales el uno al otro todos los domingos como actividad marital, por las barbas de Merlín. Y, sin embargo, Hermione sabía que eran felices con sus rutinas acomodadas, que el día que uno de los dos muriera el otro se sentiría terriblemente solo en el mundo.
Ella por su parte no podía evitar sentirse sola ya, aunque Ron estuviera sano como una manzana. De repente, Hermione sintió cómo la garra acerada de la soledad la oprimía por la espalda. La pelea con Harry, la sensación de que el hecho de que su marido no viviera en casa con ella no había cambiado nada en absoluto, las navidades que se acercaban inexorablemente y que traerían a unos hijos adolescentes cargados de reproches…
Llevaba años sin llorar y últimamente parecía que no era capaz de dejar de hacerlo; la verdad era que no lo había echado de menos en absoluto.
—Minnie… todo va a ir a mejor, ya verás. —Jean Granger no era muy dada a los abrazos, pero no dudaba en darlos cuando era necesario.
No la soltó hasta que dejó de sollozar y después se negó a dejar que volviera a su casa sola. La obligó a darse una ducha caliente en su columna de ducha nueva con cabezal de tipo lluvia y no la dejó salir hasta que no hubo probado todos los chorros en todos sus modos de presión. Le peinó el pelo como cuando era pequeña y sacó del cajón todas sus mascarillas y cremas y no la dejó ponerse el pijama de emergencia hasta que no estuvo toda suave y oliendo a caléndula. Su padre había hecho la cena mientras tanto, así que cuando terminaron cenaron en el salón jugando al Trivial. Él volvió a ganar, como siempre. Se lavaron los dientes (con irrigadores dentales, por supuesto) y se fueron a la cama.
El cuarto de Hermione era el que menos había cambiado de toda la casa, pero si les insinuabas a los Granger que era porque tenían síndrome del nido vacío lo negarían con vehemencia.
No lo habían convertido en un trastero porque su padre tenía un sistema patentado de organización y se negaba a almacenar nada más, decía que le descuadraba las bases de datos. Tampoco lo habían reconvertido en despacho, porque cada uno tenía el suyo desde siempre y ya tenían cuarto de invitados. Esas eran las excusas que ponían cuando les preguntabas.
El cuarto estaba impoluto, porque nada escapaba a los batallones de limpieza de su padre y no había ni una sola cosa fuera de sitio. Cuando Rose o Hugo se quedaban a dormir con ellos se quedaban en esa habitación y siempre les hacía muchísima ilusión. O por lo menos se la hacía cuando eran más pequeños. Sus libros de Hogwarts seguían allí, ordenados por materia (mucho más útil que por curso, por supuesto), sus apuntes y redacciones también, aunque los había cortado por páginas y encuadernado, porque los pergaminos le parecían una forma muy ineficiente de almacenaje.
En el armario, en una funda cerrada y hechizada con una batería de sortilegios antipolvo, estaba su vestido del baile del Torneo de los Tres Magos, tan precioso como siempre. Ligero como una nube y suave como el terciopelo, no pudo evitar sacarlo de su funda y ponérselo por encima frente al espejo del armario. Por supuesto no intentó meterse dentro, porque era misión imposible.
El cuerpo que había cabido dentro de aquel trozo de tela, el que se había deslizado por la pista de baile en brazos de un jugador de quidditch búlgaro de fama internacional hacía mucho que se había ido. A estas alturas, aquel escenario de romántica para adolescentes solo era ya un recuerdo en el armario. La Hermione de aquella época perdía siempre unos cinco kilos de media en exámenes y no había pasado por no uno, sino dos embarazos, ni por una vida sedentaria en la que sobrevivir a final de curso había dejado de ser un problema a tener en cuenta.
Mientras que la Hermione de ahora tenía estrías, canas y un problema no muy grave de decoloración en la piel que se estaba tratando con su dermatóloga, aquella cría de catorce años se negó a que la dieran por sentado, ni a aceptar que nadie le dijera lo que tenía que hacer (siempre y cuando no repercutiera en sus estudios, por supuesto). Aquella cría tenía planes e ilusiones y le exigía a la vida ciertas cosas que la adulta del presente había acabado dando por perdidas.
Igual era el momento de volver a ser ella, pensó Hermione mientras volvía a guardar el vestido en su funda y se metía en la cama, rodeada del olor a suavizante de sus sábanas.
