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Todos los ojos del Gran Comedor se fijaron en ella cuando la vieron entrar. Ella ni siquiera se inmutó y avanzó con decisión mientras abrazaba con fuerza a su pequeño nieto. Había regresado a Hogwarts por noticias, porqué ella no podía seguir coexistiendo con la ignorancia, con la angustia de no saber el desenlace de la batalla…

Busco el cabello rosa de su hija por todas las mesas y no lo encontró, pero eso no le preocupo, seguramente estaría en otro lugar, coordinando cosas con el resto de aurores, seguro asegurándose de que los últimos mortífagos capturados no escapasen.

Una joven pelirroja se acercó a ella con decisión, tenía los ojos hinchados pero a pesar de eso le sonrío.

Pero ella no le devolvió la sonrisa, no tenía tiempo para eso, necesitaba ver a su hija.

—¿Dónde está Nymphadora?

Ginny Weasley no respondió. Extendió los brazos para sujetar al bebé que Andrómeda tenía en sus manos, lo cogió y, con un movimiento de la cabeza, le indicó que la siguiera.

Andrómeda tuvo la intención de seguirla pero una cabellera rubia, muy familiar, robó su atención. Se detuvo para contemplar a su hermana, acompañada de su hijo, su marido y un pequeño grupo de magos más. Entonces vio como esos magos les decían algo y los dos varones Malfoy asentían con resignación, extendían sus dos manos hacia el frente y dejaban que fueran envueltas por delgadas cadenas. Luego todos se marcharon, dejando sola a Narcissa Malfoy en aquel rincón del castillo.

Quizá en otra ocasión se hubiera acercado a su hermana para decirle todo lo que se guardó por tantos años, pero esa vez no, tenía algo más apremiante que hacer. Dejó de ver a su hermana y busco a la pelirroja, la encontró unos metros más al frente rodeada de su familia. Se acercó con decisión.

No saludo a nadie, no tenía tiempo para eso.

—¿Dónde está Nymphadora?

Nadie giro la cabeza para verla, ellos empezaron a mirarse entre sí con temor.

—¿Dónde está Nymphadora?—esta vez la pregunta salió apenas de sus labios. Empezaba a pensar lo peor, empezaba a preocuparse.

Arthur Weasley se levantó de la mesa y la miró a los ojos. Andrómeda pudo ver en su mirada que el hombre estaba sufriendo, en sus ojos hinchados estaba la viva prueba de que había estado llorando.

—Murió.

El mundo le cayó encima. De repente se sintió tan vacía, tan frágil, tan débil… El dolor que le causo esa cruel verdad la lastimó más que cualquier maldición imperdonable que hubiera recibido con anterioridad. Las lágrimas empezaron a salir de sus ojos sin que ella pudiera hacer nada por detenerlas, un grito ahogado escapó de sus labios mientras se sentía desfallecer…

Unas manos la sostuvieron para evitar que cayera al suelo, no sabía de quien eran y tampoco le importaba.

—¿Quién…?

—Bellatrix—contestó Arthur Weasley—. Está muerta…

Fue lo único que Andrómeda escuchó antes de que una fuerza sobrenatural la inundara. Se irguió de inmediato y se soltó con brusquedad de quien la sostenía por lo hombros, empuño con fuerza su varita y avanzó a zancadas hacía el lugar donde había visto a su hermana. Escuchó gritos, escucho su nombre pero no le importaba. Ya nada le importaba.

Un odio irrazonable la estaba consumiendo. Se apoderaba de cada célula de su cuerpo y le daba la energía para seguir caminando. Quería lastimar, quería torturar, quería que alguien sintiera el mismo horror que ella. Una sombra cruel y despiadada se apoderó de su rostro, ahora tenía en la cara la misma expresión cruel con la que su hermana mayor había vivido por años. La misma que antecedía al asesinato…

Andrómeda estaba ya al frente de Narcissa, puso su varita entre los ojos de su hermana mientras en su mente escuchaba las últimas palabras que escuchó de Bellatrix hace meses: "Tienes que sentirlo realmente. Tienes que desear lastimarme en serio…".

—La mataste... —susurró Andrómeda con odio—¡LA MATASTE!

Narcissa Malfoy no dijo nada. No había temor ni arrepentimiento en su mirada, solo una extraña expresión de vacío. Ni siquiera parecía importarle que la estuvieran amenazando con la varita.

Las palabras de Bellatrix seguían haciendo eco en la mente de Andrómeda y ella, movida por el odio y el dolor, al fin se decidió.

—¡Crucio!

Narcissa chilló y cayó del banco en el que estaba sentada. Se retorció de dolor en el suelo ante la atenta mirada de su hermana y la de todos los habitantes del castillo. A nadie parecía importarle en absoluto que estuvieran torturando a Narcissa Malfoy delante suyo, quizá muchos pensaran que era lo mejor que podría esperar ella después de todos los crímenes que su familia había cometido.

—Está… muerta…—lloró Narcissa, usando todas sus fuerzas para sentarse en el suelo con la espalda pegada a la pared—Está muerta…

—Mataron a mi-mi hija—la voz de Andrómeda temblaba de rabia—Ustedes la mataron…

Reconocer aquello en voz alta era mil veces peor. Quería llorar, gritar y correr, correr hasta que su corazón se detuviese, porqué ya no tenía ninguna razón para seguir viviendo. Ellos le habían quitado al hombre que amaba y a su hija, su única hija.

—El Señor Tenebroso está muerto… Es el fin…

Andrómeda levantó la varita con furia.

—¡Avada ke…!

Alguien la empujo antes de que pudiera terminar el hechizo y luego la tomó por brusquedad de los hombros, quiso zafarse pero su captor tenía más fuerza.

—¡Nosotros no somos como ellos!—le grito una voz que Andrómeda reconoció como la de Arthur Weasley—¡No somos unos asesinos! ¡NO VALE LA PENA!

—La mataron…

—¿A tu propia hermana, Andy?—susurró Narcissa sorprendida—No serias capaz

Andrómeda lucho con furia contra el agarre del señor Weasley pero no obtuvo ningún resultado. Arthur era más fuerte que ella.

Entre el señor Weasley y Bill lograron alejar a Andrómeda de Narcissa. Arthur no paraba de repetir que no valía la pena pero las palabras no eran suficientes para consolarla. La llevaron a una de las cuatro mesas del Gran Comedor y ella lloro. Lloro desconsoladamente por varios minutos. Lloro hasta quedarse sin lágrimas. Lloro con el corazón hecho trizas en el interior.

Cuando ya no tenía más lágrimas que derramar se levantó de la mesa. Arthur Weasley pareció entender sus intenciones y la imitó. Con una mirada le pidió que lo acompañara. Los dos empezaron a andar en silencio.

Había caras tristes por donde quiera que Andrómeda viera, cayó en la cuenta que no solo ella había perdido a su hija, el resto de personas también lloraban a amigos u otros familiares. Sí, habían ganado la guerra, pero demasiadas vidas se perdieron para lograrlo.

Arthur la condujo hacía un salón adyacente al Gran Comedor.

El cuerpo de Nymphadora Tonks yacía junto al de Remus Lupin y otros cincuenta estudiantes de Hogwarts que habían muerto en la batalla. Los dos tenían expresiones tranquilas en el rostro, hasta se podría decir que estaban sonriendo.

Andrómeda se acercó hacia el cadáver de su hija, se arrodilló a su lado y empezó a acariciar su cabello con dulzura. Se sorprendió al notar que nuevas lágrimas caían por sus ojos hasta sus mejillas y luego terminaban en el rostro sereno de su hija.

Se mantuvo así unos momentos más, hasta que sintió que alguien se arrodillaba a su lado. Andrómeda se giró para ver esa figura y se encontró cara a cara con Molly Weasley. Ella también tenía la cara desencajada y los ojos rojísimos de tanto llorar.

Se miraron unos segundos y luego Molly la abrazó. Ella mejor que nadie entendía el profundo dolor que Andrómeda Tonks estaba sintiendo, pues Molly Weasley también había perdido un hijo.

Se me acaba de ocurrir, espero sea de su agrado y, sí es así, ¡agradecería que comenten!

Un fuerte abrazo.