- ¿Rivaille?

- ¿Mmh…?

- Ya terminé con la cena.

- Mh…

- Está cada vez más frío, deberías entrar.

- Ya voy.

La mujer apretó los labios con disgusto, pero no dijo nada, sabía que nada sacaría en provecho con insistir, dejó la puerta a medio cerrar cuando se adentró de nuevo en la torre, con la esperanza de que color de la luz y el fuego lo invitaran mejor que sus palabras. Avanzó por el espacio que hacia de cocina y comedor hasta llegar a la chimenea, buscando calor al tiempo en que se desentumecía los miembros con las manos, últimamente los cambios de temperatura la afectaban más que de costumbre, las noches estaban helándose cada día más, y por las gruesas murallas de piedra se colaba el recuerdo del hielo.

- ¿Tienes frío otra vez?

Se volteó, no lo había oído entrar, Rivaille se había sentado ya a la mesa y la miraba con su común expresión desinteresada, negó con la cabeza y se apresuró a servir la cena en dos cuencos de madera que tenía previamente preparados, cuando rodeó la mesa para sentarse se percató con la mirada de las cicatrices de las manos del hombre, parecía que nunca tomarían un color normal.

- Conejo – mencionó tomando el primer sorbo de caldo de su cuenco.

- Tuvimos suerte – acotó a su vez él tomando de su comida.

No estaba del todo mal, él se la tragaría, aunque supiera a tierra, pero últimamente cocinaba mejor, las raíces que habían cultivado en el interior por fin daban como fruto algunos vegetales, y ya no dejaba las cosas a tiempo libre sobre el fuego, aún así espero el veredicto con nerviosismo.

- Está bueno – todo el aire que estaba conteniendo salió lentamente de ella – Gracias, Ackerman.

- De nada.

Comieron en silencio, casi en un ritual, ambos dejaron un poco de carne en los huesos de conejo, no era muy común que consiguieran carne, de modo que cualquier sustancia que se pudiera proveer a la sopa era bienvenida, necesitaban cuidar su dieta también, ambos estaban bastante desmejorados en comparación a los gloriosos días en que militaban la legión de reconocimiento, se notaba en sus rostros, en los huecos de las ojeras, en la delgadez de sus figuras, y lo notaban en su corazón. Mikasa tomó los cuencos para lavarlos en la batea con agua tibia que había reservado y mientras ella lo hacía, Levi se acercó a la chimenea para llenar una pequeña sartén con los carbones antes de apagarla.

- Cada vez está haciendo más frío – comentó mientras apagaba las llamas.

- Y cada vez está costando más cazar, el invierno está a la vuelta de la esquina.

- No recuerdo cómo fue el último invierno.

- La verdad, tampoco yo.

Mikasa se secó las manos con un pequeño trapo y terminó de deshumedecerlas pasándolas sobre su vestido, era una costumbre que al principio Levi encontraba sumamente desagradable, pero se había ido adaptando, después de todo convivía con ella.

- Vamos – le dijo tomando la lámpara de aceite de la mesa.

Bajaron la escalera de caracol hasta la habitación, habían apilado todas las mantas en una de las camas en un intento de optimizar el calor, además, cada noche Rivaille se encargaba de calentar un poco la cama con una sartén y los carbones encendidos que sacaba de la chimenea. Dejó la linterna sobre la mesita de noche y bajó un poco la llama, Mikasa por su parte se había volteado para cambiarse las prendas que usaba por su ropa de dormir, ambos habían resuelto que dormir con pantalones y una camiseta de abrigo sería lo más apropiado en caso de que tuvieran que escapar apenas saliendo de la cama. Una vibración leve se sintió desde el suelo, Levi se apresuró a apagar del todo la linterna y quitar la sartén y las brazas con cuidado para dejarlas en el suelo, Mikasa también se apresuró al sentirlo, espero a que él se acomodara entre las mantas y luego entró también a la cama dándole la espalda, algunas noches un titán distraído pasaba cerca de la torre y les afligía el corazón, al principio los habían enfrentado sin pensarlo, pero el gas hace tiempo se había acabado, y las pocas cuchillas que tenían permanecían reservadas, guardar silencio y cerrar los ojos hasta ahora había sido su mejor opción.

- ¿Tienes miedo, Ackerman? – susurró Levi en la oscuridad.

- Sí, pero no de un titán.

Hubo un silencio, no era la primera vez que se decían las mismas cosas, llevaban aproximadamente dos años viviendo juntos en la torre, más por necesidad que por intención, pero las circunstancias les habían sido impuestas, y se habían apañado a ellas de la mejor manera posible, se dividían responsabilidades, se protegían, y se respetaban. Y a veces, sentían que se querían.

- Cierra tus ojos – susurró él entonces.

Mikasa los cerró, las manos de Levi se cerraron en su cintura, y la jaló hasta que su espalda chocó con el pecho de él, casi podía sentir las ganas que tenía de protegerla, y lo agradecía, inmensamente.

- No me sueltes – susurró ella manteniendo los ojos cerrados.

- No lo haré.

Mikasa movió sus manos hasta encontrar las de Levi, sentía las cicatrices sobre sus dedos ya curados, permanentes, irreversibles.

- Has crecido – murmuró entonces notando como su cabeza quedaba acunada en el hueco de su cuello.

- Uno de los dos lo tenía que hacer – respondió él lanzando una pequeña pulla hacia su inmadurez.

- Es cierto.

Un beso delicado fue depositado en su cabello, podía sentir como el calor aumentaba en señal de que se estaba sonrojando, y como tantas otras noches, agradeció la oscuridad.

- Yo… - allí estaba, aquella confesión que sólo dejaba escapar alguna vez - … te quiero.

- Yo también – sus palabras fueron más fluidas, pero la presión sobre la cintura de la mujer aumentó.

- A veces me pregunto si mi vida hubiera sido algo así.

- ¿Algo así?

- Cocinando, cosiendo, fui criada para ser una mujer que llevaría un hogar, y entrenada para ser una soldado de exterminación.

- No había pensado en ello.

- ¿En qué?

- Este es nuestro hogar. Ciertamente tampoco es lo que me imaginé, pero es nuestro hogar.

- Tampoco lo había pensado así. Supongo que siempre lo he considerado como un lugar de paso.

Mikasa se removió hasta darse la vuelta, pero quedando aún dentro del abrazo, apenas distinguía los rasgos de Levi en la oscuridad, pero sabía que su cara se mantendría impasible, si acaso sus ojos mostrarían algún signo de sensibilidad.

- Nuestro hogar – repitió sintiendo que una pequeña lágrima amenazaba con caer.

- No podemos arriesgarnos a tener un niño – le recordó Levi limpiando la lágrima antes de que consiguiera caer – pero eso no implica que no nos tengamos el uno al otro.

- Me gusta cuando dices ese tipo de cosas.

- No te acostumbres.

- Lo sé.

- Buenas noches, Mikasa.

- Buenas noches, Levi.