Cicatrices invisibles
NANATSU NO TAIZAI © NAKABA SUZUKI
Sinopsis: [Secuela de Alas de libertad] Ban debe regresar a la búsqueda de personas por un pedido de Gerheade quien conoce a Rou, alguien de su conflictivo pasado. Junto con su ahora novia, y esposa si decide darle el anillo, Elaine se embarcarán en un viaje hacia el pasado que parece tener un riesgo para su futuro.
Nota de la autora: Este prólogo era originalmente el capítulo 11 de Alas de libertad, pero durante el verano de 2020 decidí que lo mejor era separar ambas historias debido al enfoque que tienen.
Quiero que Alas de libertad se conserve como la historia de amor y reencuentro que es mientras que Cicatrices invisibles sea el relato de un pasado con cierto dramatismo que promete ser.
Dejando eso de lado, prosigamos.
Prólogo
Sintió una ligera agitación de lleno en el cuerpo que le provocó aullar de pena. Moviéndose con violencia, perdió el equilibrio y se derrumbó frente a una superficie gélida y pastosa. Sus sentidos se reanudaron. El griterío reventó en sus oídos, el escozor en sus manos raspadas le tiró y el saborcillo metálico en su boca ocasionó que tosiera, devolviendo lo poco que había ingerido de alimento.
—¡Ya despertaste! Es un milagro —dijo una voz en cantar. No alcanzó a elevar la vista para ver quién era su dueño porque un cuenco con agua apareció frente a él—. Toma, bebe.
Aceptó el agua y bebió inmediatamente. El consuelo pronto alcanzó a su organismo y se sintió un poco mejor, no en su máximo potencial, pero intuía que ya no iba a desfallecer. Recuerdos del momento anterior a desvanecerse llegaron a él y entendió porque sus manos, que ardían bastante por los raspones, estaban en esa situación. También apreció parte de su estómago resentido y tanteo con la mano que dos golpes certeros iban a dejarle moretón.
Termino el agua y refunfuño. Esta vez había salido relativamente bien y gozaba de la victoria obtenida.
—Fue increíble la paliza que le diste a ese chico. Has mejorado bastante, Ban —mencionó nuevamente la voz a su lado.
Levantó la mirada para notar quién era en verdad. Alguien mayor que él, aunque no se podía describir como un adulto, de cabellos azabache y mirada caoba le sonrió con entusiasmo.
—Gerd —exclamó. Ligera sonrisa apareciendo en su rostro—. ¿Qué?, ¿qué pasó? —preguntó con gran expectativa.
—Noqueaste a Erwin con ese cabezazo, pero eso también te afecto y caíste inconsciente. El juez igual te otorgo la victoria y tus padres recibieron el premio gordo, aunque ya se fueron —le expuso con mesura. Ban rezongo ante lo último—. La buena noticia es que Harald te dejará tranquilo por esta noche y mañana, aunque Haakon no estuvo muy de acuerdo. Te lo ganaste, enano.
—Supongo que esa mierda es suficiente para mí,
—¡Ban, controla esa lengua! Solo tienes diez años.
—No eres ese hombre, no te haré caso.
—Eso lo sé, pero pretendo que este mundo podrido no sea más oscuro para ustedes —Gerd le revolvió los cabellos a Ban con afecto—. Todos aquí son mis retoños. Algo tengo que hacer.
—Sí, ya se. Siempre lo dices —Ban lanzó un quejido, exhausto de su actitud.
A diferencia de Ban, Gerd era un adolescente y estaba cultivado en la actividad de las peleas clandestinas con menores. Él era un favorito de Harald, dueño del recinto donde los niños iban a luchar como si se tratara de una riña de gallos. Ban lo conoció desde el principio porque sus padres lo explotaron a muy corta edad. A partir de aquel momento y después de cada combate, era mandado a las cámaras debajo de la arena principal en donde Gerd los atendía y confortaba. Era el haz de luz para todos los pequeños luchadores.
—¿Y qué hay de ti?, ¿tuviste problemas en las ligas mayores? —cuestiono. Se refería a las luchas de chicos mayores de trece años.
—Para nada. He llegado a un punto donde no necesito más que mirar a mi oponente para saber si ganaré o no —recalcó con vanidad—. Eso también lo has aprendido, ¿no es así? Las duras experiencias de la vida te han dotado de una vista especial con las personas.
—Soy autodidacta. Tengo que aprender por mi cuenta si quiero sobrevivir —Ban dio una ojeada al panorama de la cámara. Gerd y él eran los que poseían heridas más insignificantes, el resto no lucía nada bien.
—Pero lo has hecho bien, Ban el Bandido —Gerd señaló, resaltando su alias. El pequeño protesto por eso—. No te culpes por tus habilidades naturales, agradece por ellas. Mañana podrás descansar a diferencia del resto.
Ban bajó la mirada hacia su regazo. Sus manos machacadas eran testimonio de cuán dura era la vida de los combates clandestinos. Él había sido enviado a la arena con tan solo cuatro años y la tonta excusa de sus padres de que era un juego, uno macabro al cual había sido condenado por quién sabe cuánto tiempo más. Fue difícil asumir que solo con la victoria haría dichosos a sus padres, aunque sea por escasas horas porque a la noche siguiente, si perdía, el infierno se desataría. Lo había vivido en carne propia y también sido testigo del castigo a otros niños.
—No debería de ser así.
—Pero nos ha tocado esto, Ban —Gerd suspiró. Entendía los deseos del menor para que todo fuera mejor—. Se que quieres ver el vaso medio lleno, pero la situación no lo permite. Reitero, agradece lo que has aprendido.
—Solo he aprendido a ser una mierda, Gerd.
Para sus padres era una fortuna, no obstante, lo ofendía. Ser autodidacta permitió que entendiera el arte del combate sucio con rapidez, como ser astuto a la hora de luchar y utilizar todo lo disponible a su mano para obtener la victoria. Sin embargo, eso era solo un escape para no ser afectado porque sabía que era visto simplemente como instrumento para obtener dinero. Vencer también le permitía alimentarse mejor o tener breves descansos.
La única consecuencia era ser violento con sus rivales, fueran quienes fueran. Eso acusó que otros chicos lo percibieran con desprecio y evitaran hablarle. En un mundo para ellos ya bastante putrefacto, el aislamiento era peor que un puñetazo. Ban imaginó que no iba a emerger de eso hasta que Gerd inició una relación con él y alguien tolero sus puñetazos, sabiendo que era para mantenerse vivo.
—¡Una victoria para mí! —expresó una animada voz desde el marco de la puerta. Gerd y Ban se giraron hacia su dueño y sonrieron con alegría—. Vaya, los hicieron mierda esta noche.
—Tú tampoco te quedas atrás, cabeza de coco —le señaló Ban. Su estaba rostro magullado y a una ceja cortada aún le corría sangre.
—Con esos comentarios pareces una hormiga en el culo, Ban.
—Mira quien lo dice, Rou.
Ambos pequeños carcajean. Rou se acercó a su amigo, dio un porrazo amistoso en el hombro y le entregó una pequeña bolsa. Al inspeccionarla, el nombrado como Bandido descubrió que era pan.
—Harald me lo dio por mi victoria, pero como sé que tus padres están afuera, pensé en dártelo a ti —Rou le ofreció una leve sonrisa a Ban—. Vamos, cómetelo. Se que tienes hambre después de semejante combate.
El susodicho no vaciló y devoró el pan en un santiamén. La sensación de tener el estómago lleno de comida era un lujo. Ser de los mejores les permitía a Ban y Rou comer de manera más constante a diferencia de otros que podían pasar semanas sin tocar un alimento. Ellos eran benevolentes y cedían parte de sus raciones por minúsculas que fueran. Aunque Ban por su reputación, era a través de Gerd y Rou que repartía lo que ganaba, por eso y porque a veces sus padres incluso le quitaban la ración de comida ofrecida por Harald.
Era de los mejores, pero recibía el peor de los tratos.
—¡Delicioso! —dijo una vez acabado su bocado. Dejó caer las manos sobre su estómago, sintiendo que estaba lleno por primera vez en semanas. Quería que ese momento perdurará para siempre—. Rou, ¿tienes la noche libre? Podríamos ir al lago.
—¿Eh? —Rou lo miró, incrédulo—. ¿También tienes la noche libre? Parece que Harald está de buenas.
—Es extraño que Haakon permita tanta amabilidad. Suele enojarse cuando lo hace…
Uno y otro notaron insólita esa situación. Harald no era un jefe agresivo, pero no era precisamente bondadoso. La línea entre amigos y enemigos la consideraba delgada y no seguir su corriente traía serias consecuencias. Siempre que algún niño o los padres se le opusieron, nunca más eran vistos. Los relatos de sus destinos eran diversos, pero todos tenían un mismo desenlace.
La muerte.
—Es una extraña coincidencia —repaso Gerd. Se levantó y dijo en voz alta—. A ver, mocosos. ¿Hoy y mañana todos tienen un tiempo libre? ¿Harald también les permitió descansar?
El comentario colectivo que afirmó fue una formidable sorpresa y el murmullo lleno de especulaciones no se hizo esperar. Gerd abandonó su puesto junto a Ban y Rou para ir con los otros niños. El par observaba el panorama con temor.
—Tengo un mal presentimiento —dijo Ban.
—También yo. Creo que debería ir a buscar a Lena y decirle algo al respecto—lo último lo comentó entre balbuceos. Su amigo carcajeó—. ¡No te burles, esto es un asunto serio!
—Eres un tonto. Solo quieres ir a verla —rezongó, cruzándose de brazos—. Se que te importa mucho. Incluso más que tu propia vida.
—Ban…
—Solo he aprendido a ser una mierda, Rou. No es lo correcto, pero así sobrevivo —suspiro—. Si viviera lo suficiente quizás encontraría algo más valioso que mi vida. Algo como Lena.
Ban apartó su mirada, algo arrepentido. No tenía nada en contra del vínculo que Rou y Lena poseían.
Ellos se conocían desde antes de ingresar al recinto y alguna vez sus vidas fueron corrientes. Vivian en un pueblo cerca de Camelot subsistiendo de la ganadería y agricultura hasta que una peste afectó todo lo habían producido y de forma gradual perjudicó a los habitantes que, a causa de las rutas desechas o poca conexión con pueblos vecinos, no acudieron por ayuda externa. Las personas fueron muriendo y los pocos que quedaron huyeron hacia poblados linderos, aunque estuvieran afectados. La escasa familia de ambos no sobrevivió y se quedaron en manos de Harald y Haakon que había sido los últimos en darles asilo. Poco tiempo después comenzaron a combatir.
Su amigo fue de aprendizaje rápido, pero Lena no era habilidosa y Haakon le daba severos castigos por eso. Ante esto, Rou la defendía y siempre estaba pendiente de su estado. En ese período, ambos se conocieron descubriendo sus deseos parecidos y que aspiraban mejorar para sobrevivir.
Rou también tenía la meta de siempre estar junto a Lena
Ban nunca llegaba a comprender eso del todo.
—¿Por qué…?
—Por lo que siento justo aquí —declaró Rou acariciando su pecho—. Es como siempre nos dice Gerd. Cuando sientes el verdadero cariño de las personas aparece algo cálido y me hace sentir feliz. Eso solo me sucede con Lena y ustedes. ¿Acaso nunca lo sentiste, Ban?
—Rou... —murmuró.
Otro de los absurdos cuentos de Gerd sobre el mundo normal volvía a ser un asunto entre los dos. Rou era inocente con el punto de vista de ir hacia adelante y renunciar a ser parte de ese mundo oscuro donde estaban, admitiendo que tenía ilusiones de salir. Sus sueños rondaban en vivir en una cabaña alejada de todo junto a Lena, pescar con ellos durante alguna puesta de sol y luego estar cerca de la hoguera para comer sus botines. Era un sueño sencillo, pero absurdo.
«Son solo cosas para ganar dinero. Jamás serán niños de nuevo»
Su padre siempre se lo decía y no lo objetaba. Ban antes hubiera querido desmentirlo, pero ¿cuál sería la razón para hacerlo? Nada iba a cambiar su destino.
Su recorrido estaba marcado por donde yacía y ninguna decisión asombrosa podría cambiar las cosas. Con diez años su punto de vista del mundo era sombrío, pero correcto. Por lo menos en su situación solo tenía esa visión, sin embargo.
Asimismo, aún sostenía la esperanza.
Sueños de divisar una brecha de luz al final del túnel que era su existencia, empero era codicioso con esa porción de optimismo. Jamás lo expresaría porque sería exponer debilidad en un sitio donde solo los fuertes perduraban
Debía simular, ya que, en el fondo, sabía que su fortaleza jamás había sido auténtica y ante la mirada esperanzada de su amigo, expuso esa falsedad.
—Jamás he sentido eso que mencionas —declaró. Ban notó la mirada que ponía Rou. Dolía, dolía destruir con palabras porque eran más insultantes que los puños—. Jamás lo he sentido y aunque quiera vivir lo suficiente para sentirlo, no creo que salgamos de aquí. Son solo pensamientos tontos.
Una falsa fortaleza y una actitud miserable. Esa era su manera sobrevivir.
—Entiendo...—Rou dijo. Si estaba molesto por su respuesta o decepcionado, no lo menciono en voz alta—. Vamos con Lena y después al lago, ¿quieres?
Todavía con su aparente superioridad, asintió. El camino hacia el encuentro con la chica, consumiendo su interior.
El verano y su característica calidez eran notables, incluso cuando estaban rodeados de árboles y próximos al lago donde parecía que la temperatura baja. El calzado que tenía, así como su camisa, yacían arrojadas a un lado mientras sus pies descalzados caían dentro del agua. Ban gimoteo de satisfacción al sentir el fresco entre sus dedos y aprovechó el momento para lanzar agua en su espalda y calmar el ardor de las heridas recientes que había recibido. Cuando fue hacia su casa para cambiarse de atuendo, sus padres todavía estaban allí.
—Ah, ¿qué es lo que hiciste, Ban? Te dije que podías tener comida, pero nunca dije que podías comértela. Pedazo de mierda…
—Fue un regalo. Mi premio…—su respuesta fue interrumpida con el puño limpio de su padre en el estómago.
—¡No me contestes, imbécil! —respondió el hombre azotando su espalda y provocando que se estrellara contra la pared. Otro impacto de un puño llegó a vientre.
La porción que había recibido de su amigo salió de su estómago. Se agachó a devorar lo que había devuelto de sus entrañas porque no deseaba perder su pequeña cena.
—¡Qué asco, ve a hacer eso afuera! —dijo la mujer. Dio un trago extenso a su bebida y pateó a Ban.
Su padre lo agarró por su camisa y lo lanzó por la puerta principal.
—Fuera, ¡lárgate inútil! —y cerró la puerta en la cara del chico.
Con el sabor ácido del vómito en sus labios resecos y los porrazos a puño limpio en su espalda ardiendo, se encamino por el costado de la casa buscando el pequeño hueco en la pared que comunicaba a su cuarto. No iba irse sin cumplir su simple objetivo de cambiar su ropa.
Mientras se alistaba con lo que consideraba su mejor ropa, el murmullo de sus padres no cesaba.
—Ese mocoso. Es un imbécil, ¡arruinó el piso! —decía el hombre con desgano.
—No puedo creer que comiera su vomito, ¿acaso no le alcanza lo que dejamos? —señalaba la mujer con desdén.
—Eso piso ya estaba arruinado y sus sobras son una porquería —pensó Ban. Soltó un quejido silencioso cuando se colocó una camisa. Las heridas abiertas dolían—. Mierda, esto duele… —rezongó. Flaqueo un instante al mirar a su cuarto, pero decidió agarrar su tan preciado objeto—. Foxy…
Entre sus manos reposaba un zorro de felpa que había comprado a una feria ambulante con un dinero que nunca decidió dar a sus padres. Si bien esa vez recibió una dura golpiza, lo dicho por vendedor cuando notó al peluche entre las mercancías le hizo saber que había valido la pena.
«¿Así que has visto al zorro, ¿eh? Pues déjame decirte que su significado no es solo el de robar y ser astuto. El zorro es un símbolo de inteligencia y en tierras muy lejanas es considerado como un gran protector contra todos los males, así como un símbolo de longevidad».
«¿Longevidad…?».
«Claro, chico. Longevidad significa vivir mucho, mucho tiempo. Si llevas a este zorro contigo seguro vivirás una larga vida y algo bueno te sucederá eventualmente».
En su mente inocente de ese entonces, Ban creyó que eso podría cumplirse algún día. Con los años pasando y su futuro oscuro asentándose más, ya no creía tanto en eso. Era como solía decirles a todos, solo sobrevivía para no morir. Su única necesidad.
—Ser una mierda es mi única habilidad real —concluyó, apenado. El agua que caía sobre su espalda calmaba las heridas externas, pero las internas jamás podrían ser sanadas y deseaba que no fuera más así.
—¿Acaso dijiste algo, Ban?
Una voz diferente interrumpió su línea de pensamiento. Se tornó y distinguió a una chica de cabello castaño claro y ojos morados viéndolo con incertidumbre. Soltó un respingo con tranquilidad.
—Ah, eres tú, Lena. ¿Qué quieres?
—Tienes nuevas heridas en la espalda. ¿Otra vez fueron tus padres? —señalo.
Ella fue directamente el grano. Siempre lo hacía y eso molestaba mucho a Ban.
—Sabes que sí.
—¿No quieres unas vendas? Tengo varias en mi bolso.
Ban vio a la niña con un rostro lleno de auténtica preocupación.
—Bueno —accedió—. Solo evita apegarte tanto a mí. Rou se pondrá celoso y no quiero lidiar con su discurso de nuevo —Lena carcajeó por su comentario.
Se alejaron un poco de la orilla hacia un lugar más accesible. Decidió jugar algo con Foxy mientras la chica curaba sus heridas y el silencio reinaba entre los dos. Era consciente de que no eran mejores amigos porque él tenía un lazo con Rou donde la niña no encajaba y así era su caso en la relación de su amigo con ella.
Lo único que los unía realmente eran los vínculos trazados con Rou.
—Ban…, ¿sabes qué significan las luciérnagas?
—¿Qué sabes ahora de esos insectos? —preguntó.
Solía pensar que los comentarios que Lena expresaba y él escuchaba hasta que se aburria eran muestra de otra cosa que lo unía pero que, según él, solo era beneficioso para la chica.
—Dicen que las luciérnagas son guías para las personas que no han encontrado el amor —comenzó a decir—. Se posan en las personas que están buscando y cuando brillan con intensidad hacen que los enamorados se encuentren.
Ban carcajeó.
—Eso es muy cursi incluso para ti.
—Lo sé, pero fue un hallazgo interesante. Lo oí cuando fui a clases esta tarde, aunque tuve que venirme rápido por las peleas —la voz de Lena se escuchaba triste a medida que hablaba—. Ya está por terminar la escuela…
—Si sigues yendo a la ciudad, Haakon te castigara. No le gusta que andemos en las calles de Conrad porque sabrán que hacemos —argumentó—. Según él, arruinaríamos nuestras vidas.
La venda sobre su espalda se detuvo. El chico miró por el rabillo del ojo, confundido.
—¿Lena…?
Ella estaba llorando.
—¿Solo vamos a vivir así? —su tono era serio, importante. Ban la miró con perplejidad—. Siempre has dicho cosas malas y nunca ves algo bueno. Eso lástima a Rou, ¿lo sabias? Te considera como un hermano y no sabe cómo hacer para que seas feliz. Ban, ¿no quieres ser libre…?
—¡Claro que quiero ser libre!
Inmovilizó a Lena por los hombros. Mirada carmesí fijamente sobre los ojos morados.
—¡Claro que quiero libertad, niña tonta! Pero es difícil cuando siempre es lo mismo y no parece que haya posibilidad de escapar —Ban mostró una mano hacia el cielo—. Desearía ser una maldita luciérnaga y extender mis alas a la libertad, ¡pero eso nunca pasara porque estamos en esta mierda!
—Existe una posibilidad, Ban.
—¿Eh?
Ambos niños levantaron la vista hacia la cima de la colina. Gerd y Rou estaban allí con el semblante serio. Lena corrió apresuradamente hacia el lado del chico con cabello dorado.
—¿Qué…? ¿qué quieres decir?
—Mañana es la noche libre de todos los niños y tal vez la única oportunidad para cumplir con esas alas que tanto quieres extender —Gerd descendió a donde Ban permanecía quieto del asombro—. La siguiente noche, el imperio de Harald y Haakon caerá.
