NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS SIN GANAR NI UN CENTAVO.

¡Hola a todo el mundo!

Dejando de lado todas esas historias que debería estar actualizando, tenía este escrito escondido en mi USB y decidí compartirlo. Son What-If? (¿Qué pasaría si...?) de diferentes películas de Disney. Básicamente la intención era crearles un final alterno, totalmente diferentel al típico "Vivieron felices para siempre" de las historias clásicas de cuentos de hadas. Estos son los que tengo terminados, si les gusta la idea pueden sugerirme alguna película y con gusto exploraría las alternativas.

Espero lo disfruten.

Advertencia.-Las siguientes historias son desenlaces NO FELICES, si estás pasando un mal momento no te recomiendo leerlos.


No es un cuento de hadas

o

o0o

o

Tiana

El Mesón de Tiana era el mejor restaurante en toda Nueva Orleáns, y nadie podía decir lo contrario. Visitado por alcaldes, gobernadores, senadores, presidentes y hasta reyes, todos hacían fila para poder probar al menos uno de sus platillos. Los adinerados reservaban con anticipación para lucirse frente a sus amigos, y es que un lugar tan cotizado tenia siempre la casa llena, y aunque el restaurante era muy grande, nunca faltaban las filas afuera de sus puertas de comensales deseos de conseguir al menos el más sencillo de los platillos.

Casi todas las noches Tiana, vestida de gala, recibía a invitados. Acostumbrada a tener una vida ajetreada, su nuevo trabajo, aunque desgastante, le era mucho más sencillo de realizar. En las mañanas se reunía con los cocineros, probaban las recetas y ella modificaba lo que consideraba necesario. En las tardes, cuando el restaurante abría, recibía a los invitados más ilustres, y después iba a la puerta para darle la bienvenida a todo cuanto pudiera. Quería que su restaurante no solamente fuera reconocido por su excelente comida, sino también por la calidez y la hospitalidad.

Esa noche no era muy diferente, llevaba puesto su vestido verde favorito, con un corte a la moda que realzaba su linda cintura. Su peinado estaba adornado por un tocado con plumas y dos largos collares de perlas adornaban su escote circular, nada revelador. Tras una vida con dos trabajos y salarios mínimos, el tener de repente dinero suficiente para pagar a las mejores modistas la llenaba de orgullo. Todo era fruto de su esfuerzo.

Las luces encendidas y la hermosa decoración del Mesón de Tiana armonizaba con sus músicos que tocaban el jazz, acompañando las conversaciones amenas de todos los comensales. Tiana miraba embelesada su sueño realizado, con los ojos a punto de llorar.

—Lo logramos, papá—susurró.

Salió de su ensoñación cuando entró por la puerta principal el senador Evans, uno de sus más asiduos comensales, y que siempre recomendaba en el norte a su restaurante. Era un hombre amable, y la saludaba con exquisita galantería sureña.

—Pase, señor.—le dijo—Sea bienvenido.

—Gracias, señorita.—el senador Evans le sujetó la mano para besarle el dorso—Espléndida, como siempre.

Evans era soltero, y para su cargo, muy joven, todavía estaba en sus treintas. Era el senador más joven en ser elegido en la historia del país, y a los medios les encantaba seguirlo para hacer historias sobre su persona, algo que Evans disfrutaba bastante, sobre todo por todas las jovencitas que lo seguían al ser uno de los solteros más cotizados. Tiana estaba consciente de eso, y por eso se sorprendía cuando notaba la sonrisa coqueta de Evans dirigida hacia ella.

—Igual usted, señor—respondió.

—La música es maravillosa esta noche—dijo el senador, viendo hacia la pista de baile donde un par de parejas disfrutaban el jazz—¿Aceptaría bailar conmigo, señorita Tiana?

—Lo siento, pero yo no bailo, senador.

—Dígame sólo Evans… o Rick, si lo prefiere.

—Evans—dijo Tiana, ignorando su tono galante—Sígame, por favor, lo llevaré a su mesa.

—¿Está segura de no querer bailar?

—Yo no bailo.—dijo en tono más serio.

—¡Qué pena! Una hermosa mujer como usted deslumbraría cualquier pista de baile…

—¿Yo? Jamás. El baile no es lo mío.

Fueron caminando hacia una de las mesas en el segundo nivel, Tiana sabía que era la favorita del senador, y procuraba reservarla cuando Evans estaba en la ciudad.

—En un momento lo atenderá un mesero.

—Gracias, Tiana—dijo Evans, pero no se sentó—Pero antes de que te vayas ¿me harías un favor?

—¿Cuál es?—Tiana cruzó los brazos, pero mantuvo una sonrisa amable.

—Más tarde, cuando no estés tan ocupada, ven a la mesa y acompáñame un momento. Necesito hablar contigo algunos asuntos importantes.

—¿Sobre qué, señor Evans?

—Ya lo verás—le guiñó el ojo y se sentó en la mesa.

Galante, coqueto, y respetuoso, un perfecto caballero. Tiana asintió, sin dejar de sonreír, y bajó a la recepción para continuar su labor del día. No era la primera vez que le coqueteaba, de hecho, sus visitas cada vez más regulares a su restaurante hacía que algunos reporteros hicieran notas un tanto amarillistas sobre la relación entre Evans y ella. Apenas tenía un poco de tiempo libre, Evans salía de Washington y lo primero que hacía en Nueva Orleáns era ir a su restaurante. A veces iba solo, otras veces con amigos, pero jamás iba con mujeres, y siempre le coqueteaba de esa forma dulce y galante, dejándole regalos esporádicamente para no comprometerla.

"Es un excelente partido" le dijo una vez su madre "No sé qué esperas, Tiana" y ella tampoco estaba segura. Evans era un buen hombre, y apuesto, pero algo le faltaba, algo que no comprendía, algo…

—¡Tía!

Tiana volteó y vio a Charlotte entrar al restaurante con una enorme sonrisa de felicidad, como siempre que la veía. La abrazó y dio unos saltos de emoción, a los que Tiana respondió devolviéndose un abrazo con mayor fuerza aún. Llevaba seis meses sin verla, y la había extrañado mucho.

—¡Moría de ganas por venir a verte!—dijo Charlotte—Europa es hermosa, pero no tienen una comida ni la mitad de buena que la tuya.

—Acepto el cumplido—respondió—Tienes que contarme muchas cosas del viaje, Lottie.

—Claro que sí.

—Buenas noches.

El corazón de Tiana dio un salto al reconocer esa voz, y miró atrás de Charlotte, eclipsado por la felicidad de su encuentro con su mejor amiga, al príncipe Naveen de Maldonia. Y en ese momento la realidad volvió a golpearla, como si acabara de notar, la corona de princesa que adornaba el peinado de Charlotte.

Por un instante todo se volvió sombrío, y a su mente volvieron aquellos recuerdos. Cuando Charlotte besó a Naveen, y los dos volvieron a ser humanos, y al día siguiente una espléndida boda en la mansión de los La Bouff era anunciada por todos los reporteros, quienes se peleaban por conseguir la mejor foto de la nueva princesa de Maldonia. Desde luego que Tania estuvo en esa fiesta, pues Lottie insistió en que fuera su dama de honor ¿y cómo decirle que no, cuando estaba radiante porque su sueño se cumplía? Su corazón se rompió un poco más cuando vio a la pareja subir a la carroza que los llevaría al puerto, pues esa misma noche partían a su luna de miel en Europa.

Cuando Tiana regresó a su casa, quitándose el vestido y los adornos, pudo al fin llorar a gusto ¿había sido ella una tonta que se imaginó todo aquél romance? ¿realmente Naveen la quiso, o ella fue una más de sus conquistas? Acurrucada en su cama, se quedó dormida cuando sus ojos no pudieron darle más lágrimas, y en la mañana, su madre recibió un paquete destinado para ella. Tiana lo abrió, pensando que ya nada podría dolerle.

En el paquete estaba una carta, unas llaves y unas escrituras. El viejo molino donde pondría su restaurante era suyo, alguien lo compró a su nombre. La carta era breve, pero Tiana supo bien quién la escribió "Adoro el brillo de tus ojos cuando hablas de tu sueño, ahora, ese brillo iluminará una realidad aún más grande de la que has podido imaginar. Sé feliz."

Esa carta fue la única señal que tuvo de que al menos significó para Naveen algo más que sólo una conquista. Quizá nunca se enamoró de ella, pero al menos la apreció lo suficiente para acordarse de cumplir su promesa.

No supo más de Naveen, salvo las cosas que Lottie le contaba en sus cartas. Primero fueron a Maldonia, donde ella recibió los títulos de princesa y fue introducida a la corte, ahí duraron dos meses, y continuaron su recorrido por todas las casas reales europeas. Charlotte estaba sumergida en su sueño, usaba bellos vestidos, coronas reales, era presentada a duques, princesas y reyes y bailaba con ellos en sus preciosas recepciones. Todo era mágico.

Y Tiana estaba feliz por ella, claro que sí, lloraba al imaginar la alegría de su mejor amiga ahora que sus sueños eran realidad. Pero el dolor… ese no se iba. Se había enamorado por primera vez en su vida y el desengaño era horrible. Lo único que podía calmarla era ver su restaurante, y cómo el Mesón de Tiana crecía cada día más.

—¿Tía?—la llamó Charlotte, sacándola de sus pensamientos—¿Todo en orden?

—¿Eh? Sí, perdona Lottie.—la miró con una sonrisa e hizo todo lo posible por no mirar a Naveen—Me quedé pensando en qué mesa les daré. Síganme.

Charlotte cogió a Tiana por el brazo y le fue contando sobre vestidos, bailes y reyes, sumamente feliz. Unos metros después llegaron a la mesa, Naveen movió la silla para que Lottie se sentara, y después hizo lo mismo para Tiana, un poco recelosa, accedió.

—El rey de Inglaterra es muy bromista, pero la que más me agradó fue su esposa ¿verdad, amor?—Naveen asintió—¡La reina es tan elegante! Deberías verla, Tía, parece sacada de un cuento.

—Suena tan hermoso, Lottie.

—¡Y mi suegra es de lo mejor! Cuando llegué a Maldonia, ella…

Por un momento Tiana no pudo escucharla, porque su mirada y la de Naveen, sin querer, se encontraron. Y había tantos sentimientos contenidos, que Tiana no pudo resistirlo, su estómago se encogió y el corazón se aceleró como si estuviera en una maratón ¿qué, acaso tenía quince años? ¿Por qué reaccionaba de esa forma tan tonta? Lottie notó a Tiana un poco tensa, pero pensó que era por el cansancio de atender todo el restaurante.

—Perdona, estoy siendo desconsiderada—dijo Lottie—Seguro debes regresar a atender el restaurante y aquí estoy, hablando sin parar.

—No, Lottie, es que…

—¡Mañana ven a mi casa, y almorzaremos!—la interrumpió con el mismo tono alegre de siempre—Así estaremos más tranquilas. Por lo pronto, sólo muéstrame el camino al tocador y te dejo regresar al trabajo.

Tiana accedió, y acompañó a Lottie al tocador. La dejó en la puerta, pero Charlotte la empujó para que entrara con ella y, después de verificar que no había nadie más, atascó la perilla.

—¿Lottie que haces?

—Es sólo por un momento—dijo la rubia—Perdona, es que enserio no puedo contenerme a mañana para decirte esto ¡es mi secreto y muero de felicidad!

—¿Qué ocurre?

—¡Estoy embarazada, Tía!—sus ojos azules brillaron por las lágrimas contenidas, y Lottie saltó abrazando a su amiga—¡No puedo creerlo! El doctor dijo que todo está en orden, no me lo esperé tan rápido ¡es tan hermoso! Tendré un pequeño príncipe, o una princesita ¿te lo imaginas? Dios estoy que muero de felicidad…

—Es… genial…

—¡Te has quedado sin habla! Qué bueno. No le digas a nadie, aún no le digo a Naveen ¡estará tan feliz! Siempre lo veo un poco melancólico, debe ser que ya ansía tener su propia familia ¡esto será maravilloso! Ay Tía, enserio, me siento mucho mejor contigo sabiéndolo…

Tiana la abrazaba, no podía hacer nada más. La alegría de Lottie era tanta, que se sintió mal por el pinchazo de celo y de ira que sintió. Tiana comenzó a llorar, y Charlotte se conmovió llorando también. Pensaba que su mejor amiga estaba feliz por ella, en realidad, la mente de Tiana era un caos de sentimientos y razonamientos cruzándose y peleándose por imponerse.

—Mañana en el almuerzo te contaré más—dijo Lottie—Debo volver a la mesa, y tú al trabajo. Gracias Tía, enserio, te había extrañado demasiado.

Cuando Lottie salió del tocador, Tiana pudo llorar mejor. Estaba molesta consigo misma por la reacción tan inmadura de su parte. Su estómago le dolía y el pecho la oprimía con bastante dolor, se sentía traicionada, como si Naveen le hubiera sido infiel… lo cual era ridículo. Naveen era el esposo de Lottie, y desde luego, en algún momento tendrían familia.

"¿Por qué tan pronto?" lloró una vez en su mente. Naveen actuaba como si nunca hubiera pasado nada entre ellos, su matrimonio con Lottie y ahora su embarazo lo confirmaban. Tiana se sintió aún más tonta que antes ¿cómo pudo pensar que Naveen alguna vez la miró como si ella fuera algo más? para el príncipe de Maldonia, ella era solamente un nombre en la larga lista de sus antiguas conquistas. Y, aun así, el dolor del despecho le causaba verdaderas náuseas.

Agarró unas servilletas para limpiarse con cuidado las mejillas cubiertas de lágrimas, y se echó agua en el rostro para reducir la hinchazón en los ojos. En ese momento, Tiana tomó una decisión, no seguiría martirizándose ni pensando en Naveen. Ya no. Lo que ocurrió entre ellos fue un sueño, una confusión, una dulce mentira que no valía la pena recordar. El presente era la culminación de años de trabajo de ella y de su padre para ver su sueño cumplido, y el futuro era lo que ella decidera. Era joven, exitosa, bella, y tenía al mundo por delante. Nada la detendría ahora. Nada…

Se repitió eso mismo una y otra vez cuando salió del baño, se lo siguió repitiendo cuando llegó a la mesa del senador Evans y le sonrió sentándose con él, se lo repitió cuando accedió por primera vez a una cita con él. Pero cuando el senador besó su mejilla, prometiéndole que tendrían una hermosa velada, la realidad la golpeó como un balde de agua fría.

El senador Evans, carismático y apuesto, no era Naveen. Ningún chico sería jamás Naveen. Y Tiana sólo lo quería a él.

.

.

Alguien tenía que darle créditos a Naveen, desde que llegaron al Mesón de Tiana, todo lo que deseaba era abrazar a Tiana y besarla con enjundia hasta dejarle en claro lo orgulloso que estaba de ella ¡su sueño era realidad! Pero en vez de eso se contuvo, actúo como un caballero, y es que no podía hacerle ese desaire a Lottie.

No amaba a Charlotte ni por asomo, pero le tenía cariño y sobre todo gratitud. Ella le dio el dinero para que Tiana hiciera su restaurante, y había sido una esposa buena, le encantaba la realeza y podía vivir en la corte día y noche sin cansarse. Era considerada y se preocupaba en verdad por su bienestar. No estaba seguro si ella lo amaba a él, pero lo cierto era que comprendía bien sus deberes y tenía un buen corazón. Ella merecía ser feliz, no tenía culpa alguna de que él hubiera sido un tonto derrochador en su juventud y después se hubiera dejado engatusar por Facillier.

Cuando llegaron a Nueva Orleáns y Charlotte lo arrastró hacia el restaurante de Tiana, él estaba encantado con la idea de volver a verla ¡y es que estaba aún más hermosa de lo que recordaba! El vestido verde y las perlas que llevaba puestas realzaban toda su belleza, lo mismo que el resplandor en sus ojos, causado por la luz de los magníficos candelabros del restaurante. Parecía una niña moviéndose ligera y audaz entre la gente, con alegría y ahínco, inyectando a los demás con su felicidad.

Pero apenas Tiana lo vio a él, su rostro se ensombreció, y le devolvió su saludo de forma distante. Puso toda su atención en Lottie, ignorándolo de forma deliberada, y Naveen sintió que su corazón se estrujaba por esas acciones ¿acaso había hecho algo para que ella lo despreciara? Quizá no lo despreciaba, después de todo, solo estaba siendo indiferente.

En algún momento pensó que Tiana le tenía aprecio, uno de verdad, quizá nunca lo amaría como él a ella, pero al menos podrían ser amigos, de esos que hablan un par de veces al año con naturalidad. Pero hasta en eso se había engañado, porque Tiana ni siquiera lo miraba y eso era porque no le importaba. Pensando en eso fue como se acabó dos copas de vino y pidió otras dos.

—¡Amor!—dijo Lottie, sentándose a su lado—¿Qué vas a ordenar para la cena? Tengo tanto antojo de los camarones a la criolla…

—De hecho pensaba que tú deberías ordenar la cena—dijo—Tú sabes cuáles son las especialidades de Tiana, yo no.

—Te dejará chupándote los dedos…

Lottie miró al menú y pidió dos o tres platillos al camarero, la verdad, Naveen no escuchó gran cosa. A lo lejos, miró a Tiana caminar y saludar a otro comensal. Se veía tan preciosa en ese vestido, con esa sonrisa, ese brillo…

A su lado, su esposa seguía hablando con el camarero, y por un momento, sólo uno, Naveen se imaginó cómo sería estar al lado de Tiana, recibiendo a la gente, sujetándole la mano y besándola de sorpresa, llevándola a la pista de baile al ritmo del jazz un par de veces y saber que él era el causante de esa hermosa sonrisa. Por un momento, uno maravilloso, soñó con estar a su lado, y con la maravillosa vida que los dos tendrían si…

—¿Verdad que sí, encanto?—preguntó Lottie.

—Sí, sí—respondió ausente.

Volvió a ponerle atención a su esposa, sólo por un momento, porque de fondo vio a Tiana sentarse en una mesa con otro hombre. Aquél sujeto, no sabía quién era, sonreía con picardía, y Tiana parecía estar cómoda con eso.

Sintió una especie de golpe en su estómago, y después dolor, un dolor pujante, que le quitaba la respiración…

Estúpidamente, se sentía celoso, traicionado, engañado…

—Permíteme un momento, querida—le dijo a Lottie—Iré al tocador, no tardo.

Charlotte le indicó por qué dirección estaba y él caminó lo más rápido que pudo. Al llegar, se echó agua fría al rostro, intentando calmarse. Tiana no era nada suyo, y desde luego que ella de forma eventual conocería a alguien, se casaría, tendría hijos… con alguien que no sería él.

Porque su esposa estaba esperándolo en la mesa, con una sonrisa, y ella también merecía ser feliz. Tantas mentiras y tanta desdicha por sus tontos errores.

Mirando alrededor, apreciando la belleza del Mesón de Tiana, la amarga sensación de satisfacción pudo darle un poco de ánimo "Al menos, ella cumplió su sueño…"

No era feliz, y nunca lo sería, y estaba bien. Mientras ella lo fuera, todo estaba bien.

Si tan solo Tiana fuera realmente feliz, y no aparentara serlo…

.

.

.

Rapunzel

Era un día caluroso, de esos en que por más que te refresques con agua, vinos o frutas, sientes el sudor mojar de forma lenta y constante las ropas. El palacio era fresco, por sus amplios espacios, y aunque todas las ventanas estaban abiertas, dejando al aire recorrer las habitaciones, podía sentirse una incómoda resolana. Pero a Rapunzel eso no le molestaba.

Años atrás, cuando ella tenía su larguísimo cabello rubio, los días de calor eran más difíciles. Tenía que amarrarlo en una de las vigas, para que se mantuviera en alto y así dejar su cuello libre, después, pasaba trapos mojados en su cuello, espalda y hombros, que era donde más sudaba. Ahora que su cabello era corto, no tenía que hacer nada de eso, y con los vestidos de algodón importado las brisas eran suficiente para confortarla.

Suspirando, la princesa se puso de pie y abrió el armario, sacando del fondo una capa color marrón que la cubría muy bien. Se quitó todas las joyas y cambió sus zapatos por unos más sencillos. Se miró al espejo mientras se acomodaba la capa, no era pesada ni muy gruesa, en teoría podría soportarla bien.

Al lado del espejo estaba un retrato de su día de bodas, pero lo miró indiferente. Aquél había sido un día muy largo y tedioso, cumpliendo protocolos, banquetes y posando para ese cuadro durante al menos cuatro horas, luchando por mantenerse quieta, aun cuando el corsé comenzaba a picarle la piel. En el retrato, Rapunzel lucía un largo vestido blanco con falda de tul y corsé cubierto de encaje, además de su corona. Posando al lado de ella estaba su esposo, el príncipe Stern, luciendo orgulloso su traje militar y medallas.

Stern adoraba hablar de sus hazañas militares, algo que Rapunzel encontraba fastidioso. Era un hombre orgulloso y presumido, pero a pesar de esos defectos, tenía sentido común, y sabía gobernar. Inspiraba confianza en los súbditos, porque sabían de sus cualidades en el campo de batalla, y aunque Corona estaba en paz, los últimos años habían sido complicados y las hostilidades hacia otros reinos vecinos parecían crecer.

Ya con la capa bien puesta, Rapunzel salió por la puerta de servicio y caminó ignorando a todos los sirvientes hasta salir del palacio. Si alguien la reconoció, no dijo nada, y es que nadie parecía tomarla realmente enserio.

El reino hizo fiestas de días enteros cuando ella regresó con sus padres, y al inicio, todos estaban felices y emocionados. La princesa era joven, hermosa y al final estaba en casa. Pero conforme fue pasando el tiempo, la emoción se desvaneció, y es que esa mujer, aunque bella e inteligente, era un rictus de apatía total. Se sentaba al lado de sus padres en los eventos oficiales, observaba todo con rostro sereno y nunca decía nada. Los ministros se sentían siempre incómodos con ella cerca, y también los nobles.

Aunque intentaban quejarse, conseguían poco. La princesa Rapunzel acudía a todas sus lecciones de historia, etiqueta y política, era una alumna distinguida y había dominado todo el protocolo de la corte en menos de un mes. Podía moverse de forma elegante, hacer comentarios certeros y acudía a todos los eventos a los que la invitaban. Pero, aunque ella estaba ahí, al mismo tiempo, parecía no estarlo. No tenía chispa alguna de vivacidad, de ánimo, de alegría… era como una linda cáscara vacía.

Sus padres se habían esforzado en todas las formas de llegar a ella, conmoverla, comprender por qué era así, pero nunca lo consiguieron. Era su hija, y la amaban a pesar de todo, pero no la entendían y eso siempre crearía una distancia entre Rapunzel y sus padres.

Después de dos años siendo una princesa cumplida y de aspecto apático, su padre cayó enfermo. Un resfriado se le había complicado y pasó los días en cama intentando recuperar la buena salud. La reina estaba todo el tiempo a su lado, mojándole el rostro rojo por la fiebre y susurrándole palabras afectuosas. Rapunzel también estuvo al lado de su padre, sujetándole la mano, diciéndole que su salud mejoraría, fue la única vez en que los reyes de Corona le vieron un sentimiento genuino y pleno de preocupación y cariño.

Como se temía a la muerte del rey, los ministros buscaron entre todos los reinos aliados por posibles candidatos a ser esposos de la princesa. Nadie le tenía mucha estima a Rapunzel, y si ella subía al trono, temían que su rostro severo causara estragos en la política interior y exterior. La reina, cansada de cuidar a su esposo día y noche, no intervino en ese asunto, y Rapunzel, sabiendo sus deberes para con su reino, accedió al matrimonio arreglado.

Los ministros barajearon muchas opciones, pero fue el Ministro de Gobierno quien eligió. A sólo dos días de viaje estaba la capital del Reino Genor, uno de los más antiguos aliados de Corona, y su monarca tenía tres hijos varones sanos y en edad de casarse. Desde luego que no consideraron al heredero, porque no deseaban que Genor y Corona se unieran, así que escribieron de inmediato al rey de Genor para hacerle saber que la princesa de Corona estaba disponible.

Al rey de Genor eso le encantó, llevaba años esperando una alianza marital que fuera provechosa para su hijo menor. El príncipe Stern era apuesto, práctico y buen líder, pero su orgullo lo metía en bastantes problemas. Los ministros mandaron a Genor un retrato de Rapunzel, y Stern aceptó el acuerdo inmediatamente. Su futura esposa era rica, hermosa y heredera de un reino enorme y próspero ¿qué más podía pedir?

A Rapunzel solamente le dijeron que ya le habían elegido un prometido, y que no tardarían en llegar sus obsequios para que el compromiso fuera formal. No le importó. Se limitó a seguir sosteniendo la mano de su padre, y le susurraba que todo estaría bien, que ella se encargaría de lo que fuera necesario. En cierto modo era verdad.

Para bien o para mal, el rey no murió, sino que tuvo una milagrosa recuperación algunos días después. Cuando la fiebre bajó y pudo al fin ser consciente, se horrorizó que su hija se hubiera comprometido de esa forma con un príncipe extranjero. Pensó en romper el compromiso, pero Rapunzel fue firme.

—No, papá. Esto hará que los ministros, los nobles y el pueblo estén satisfechos. Es lo menos que puedo hacer como princesa.

—Quiero que seas libre de elegir, Rapunzel—le dijo su padre—Deseo que seas feliz.

—Solamente cumplir con mi deber me hará feliz—respondió.

Rapunzel le sonrió a su padre para calmarlo, pero era una sonrisa ensayada, de esas que a veces usaba con los nobles cuando deseaba lucir más animada. El rey miró a su hija consternado ¿alguna vez tuvo Rapunzel una sonrisa sincera, llena de luz y de alegría? ¿qué tanto había sufrido su hija en su cautiverio, para quedar tan vacía de sentimientos?

Esa última pregunta horrorizaba a los reyes y a veces los dejaba sin poder dormir. Rapunzel era responsable, inteligente, madura incluso, pero nada parecía despertar en elle la más mínima emoción. En su mente repasaban todas las desgracias posibles que hicieran a una persona tan carente de sentimientos, aun así, nada parecía ser demasiado. Lo peor era que cuando le preguntaban a Rapunzel, ella nunca les hablaba de su pasado. Les dijo que había tenido una infancia difícil, que su captora fue una mujer manipuladora, y que vivió aislada del mundo toda su vida. Nada más. nunca daba más detalles, y cuando le preguntaban, les dedicaba una sonrisa fingida para calmarlos, diciéndoles que ya no valía la pena recordar ¡era tan frustrante!

Cuando Rapunzel nació, el rey imaginó muchas veces todas las situaciones graciosas y felices que viviría con ella cuando creciera, y más aún, pensó en lo doloroso, y a la vez hermoso, que sería entregarla en el altar con el hombre correcto. Vestiría a su hija de joyas y seda, y la vería feliz dando saltos de alegría mientras más se acercaba la hora, hasta que ella se casara con un hombre que amara, que respetara, con el cual podría formar un matrimonio unido y pleno, como el que él tenía con su esposa.

Pero luego miró a su hija, y comprendió que jamás vería ese sueño cumplido. Su hija no era feliz, y quizá nada de lo que hiciera en vida conseguiría animarla. Tal vez, aquél aciago día en que la secuestraron, realmente se llevaron el alma de su pequeña, y le regresaron solamente un cuerpo vacío.

Así que cedió, y la boda se llevó a cabo dos meses después. Ningún reino quiso perder tiempo. Rapunzel conoció a su futuro esposo dos semanas antes del evento, pasearon un par de veces e intercambiaron regalos tradicionales. No se llevaban mal, pero tampoco podía decirse que eran amigos. Estaban cumpliendo con su deber y viendo por sus intereses solamente.

El príncipe Stern fue quizá la única persona realmente feliz en la boda, su esposa era seria y abnegada, no le daría problemas. Ahora él gobernaría Corona, y por su galantería y hazañas militares, no tardó en hacerse aliados en la corte. Los ministros lo admiraban, los nobles le respetaban, y hasta los reyes admitían que era un buen esposo. Siempre trataba bien a Rapunzel, aun cuando ella se mantenía apática, y sólo por eso los reyes lo aceptaron.

Stern sabía muy bien que todos en Corona le tenían aprecio, más aún que a la propia Rapunzel ¿y cómo culparlos? Él era alegre, dinámico, en cambio su esposa… ay, a veces era difícil aceptar que esa criatura estaba viva. Solamente faltaba una cosa para garantizar su posición: tener un hijo. Pero, aunque llevaban tres años de casados, el ansiado heredero no llegaba, y Stern comenzaba a perder la paciencia.

Sabía muy bien que Rapunzel a veces salía a escondidas del palacio, y antes nunca le importó, pero ahora que estaba desesperado por tener un hijo, comenzaba a preguntarse si no tendría ella un amante. Stern se había mantenido leal a su esposa hasta ahora, principalmente, porque no tenía aún hijos. Conocía bien la política, aunque todos lo apreciaran, seguía siendo un extranjero y Rapunzel la verdadera princesa de Corona. Hasta que no hubiera un hijo de por medio, un heredero digno, Stern podía perder fácil su posición favorecida, y no se daría ese lujo.

Cuando vio a su esposa salir del palacio, él mismo la siguió, ocultándose también con una capa. Rapunzel caminó despacio entre los corredores de la ciudad, alejándose de los sectores altos, en dirección a uno de los barrios más marginales. Entonces Stern comenzó a preocuparse ¿Qué rayos hacía la princesa ahí?

Finalmente llegó a una iglesia pequeña y descuidada, que tenía a su lado un orfanato no en mejores condiciones. Rapunzel no entró a ninguno de los dos edificios, sino que fue directo a la reja lateral, que conducía al patio trasero y también al pequeño cementerio. La vio andar entre las lápidas con naturalidad, hasta llegar a una y sentarse. No había nadie más, solo ella, sentada, en una lápida.

Se quedó observándola, sólo por si el amante aparecía después, pero nunca llegó. Cuatro horas después, Rapunzel se puso de pie, salió del cementerio, y regresó por el mismo camino, Stern supo que iba al palacio. Bien, no tenía un amante, eso era bueno. Entonces ¿qué hacía en ese lugar?

Entró él mismo al cementerio, pero por más que buscaba, no estaba seguro de cuál lápida había visitado Rapunzel. Un velador, que se escondía del sol bajo el único árbol del lugar, tuvo compasión de él.

—Es ésta—le dijo.

La miró a detalle, era una lápida pequeña, con pocas decoraciones. Tenía grabado solamente el nombre: "Eugene Fitzherbert". No había mensaje alguno que indicara quién había sido aquél sujeto.

—Pobre muchacha—dijo el velador—No hay mes en que no venga a visitar esta tumba. Lleva haciéndolo casi seis años ¿puedes creerlo?

—¿Tienes alguna idea de quién fue éste sujeto?

—Un pobre diablo, seguramente. Esa misma muchacha trajo su cuerpo, hace años, para que lo enterráramos. Dijo que había sido criado en éste orfanato y no tenía otro hogar.

—Un huérfano entonces…

—Sí, pero la cosa es que nadie se acuerda de él. No hay registros en el orfanato, porque se quemaron en el incendio de hace veinte años. Y la madre superiora murió hace diez años, ella debió ser la única que conocía a este pobre sujeto.

—¿Sabe de qué murió?

—Un feo navajazo en las costillas. Murió desangrado… quizá en un duelo.

—Entiendo—Stern pensaba lo mejor que su mente le permitía—¿Dice que esa mujer lo viene a ver cada mes?

—Sí. A veces trae flores, otras, solamente viene. Unos días se queda quince minutos, otros, como hoy, horas enteras. Mira la lápida, canta una rara canción y llora… y después se va. Nunca dice nada más.

—¿Dice que canta y llora?—preguntó asombrado.

—Sí, señor.

Eso no sonaba nada a Rapunzel.

Como tenía que verlo con sus propios ojos, el próximo mes estuvo muy al pendiente de la escapada de su esposa, y apenas Rapunzel salió del palacio, él tomó la delantera y llegó corriendo al cementerio. Se ocultó entre las lápidas y esperó, hasta que su esposa apareció y tomó asiento frente a la lápida del tal Fitzherbert.

Rapunzel tomó asiento y miró las letras grabadas en piedra, aunque llevaba años haciéndolo, cada vez que las leía era como la primera vez. Recordaba ese espantoso día, tanto tiempo atrás, cuando Eugene murió en sus brazos… y ella no pudo hacer nada. Miró sus manos, impotente, y respiró profundamente para calmarse. Algo se había roto en ella aquél día, nunca se sintió bien después. Cuando pensaba en Eugene, se le hacía un nudo en la garganta, y no podía hablar de nada. Había pensado que volviendo con sus padres verdaderos podría sanar, pero no fue del todo así, aunque ellos le demostraron un amor dulce y desinteresado, ella nunca pudo terminar de abrirse a ellos. Jamás quiso contarles nada de Gothel, o de Eugene, sentía que no les haría justicia. Era un pasado que deseaba dejar atrás, pero que de sólo recordarlo, la arrastraba inmisericorde hacia la desdicha total. Quizá por eso acudía al cementerio, mes con mes, el mismo día en que Eugene murió, y así convencerse de que toda esa luz y belleza en verdad existió, y no fue solo producto de su imaginación ansiosa de vida.

Fue una visita corta, de una media hora –esa noche recibían a unos nobles, quizá por eso Rapunzel fue rápida– Stern sintió un escalofrío en su espinazo cuando oyó la serena y monótona voz de su esposa entonar un dulce canto.

Flor que da fulgor, con tu brillo fiel

Mueve el tiempo atrás, volviendo a lo que fue

Quita enfermedad, y el destino cruel

Trae lo que perdí, volviendo a lo que fue

A lo que fue

Después la escuchó sollozar, sólo un poco, y sus pasos alejándose del cementerio.

Esa era una faceta totalmente desconocida de su esposa, que le hizo preguntarse ¿quién fue ese tal Eugene? Rapunzel jamás hablaba de su infancia, a lo mejor fue un amigo, un enamorado… quien fuera, debió ser alguien importante.

Esa tarde aprendió que su esposa cantaba bien, y que tenía sentimientos, ocultos tan celosamente como sus secretos. Sabía que si la confrontaba ella no le diría nada, pero le gustaba saber que su esposa no era una simple marioneta sin alma, por eso, cuando ella hacía su visita mensual al cementerio, él la seguía a escondidas.

En el cuarto mes, Rapunzel habló a la lápida.

—Tengo algo que decirte—dijo en voz muy baja—No te enojes, por favor. Estoy embarazada.

Stern casi gritó de euforia ¡sería padre! ¡al fin, después de años de rezos! Pero se contuvo, porque no podía arriesgarse a que Rapunzel lo descubriera.

—Es mi deber tener un hijo para la dinastía, quizá eso me anime más. No lo sé. Aún no se lo digo a Stern. Si estuvieras aquí, tal vez te agradaría, no es un mal sujeto, sólo un poco presumido.

Bueno, parece que le caía mejor a su esposa de lo que pensaba.

—Hubiera deseado que todo fuera distinto—continuó ella, empezando a llorar—Perdóname Eugene.

Luego cantó, y su voz sonaba tan triste, que a Stern le dieron ganas de llorar.

—Tal vez algún día funcione…—dijo Rapunzel, y después se fue.

Stern no volvió a seguirla al cementerio, entendiendo que había cosas que él no debía saber. Dos semanas después, Rapunzel le dio la noticia de su embarazo. Sus suegros estaban encantados, igual que él, y se hicieron fiestas de buena voluntad para el bebé.

Rapunzel veía la alegría de todo el mundo y no podía evitar sentirse ajena. Había vida creciendo dentro de ella, sería madre… eso le causaba tantos conflictos. Aunque la reina era una persona dulce y amorosa, la imagen de "madre" seguía removiéndole emociones confusas en su mente y corazón, sobre todo cuando Gothel se colaba en sus sueños recordándole su infancia. Ella sería madre, de un bebé que todos ansiaban, menos ella. y es que Rapunzel se casó únicamente para cumplir con su deber, ella lo sabía, no amaba a su esposo, jamás lo amaría, y aunque lo respetaba, no podía visualizarse a ella y a Stern formando una familia.

Porque una familia debía tener amor, y confianza, y ser un hermoso sueño que se iba realizando de poco en poco. Rapunzel no sentía ganas de soñar, de hecho, no había tenido ilusiones en mucho tiempo. La última vez que se sintió realmente feliz fue años atrás, en un pequeño bote al lado de un ladrón y rodeada de preciosas linternas flotantes… nada parecía tener sentido después de eso, ni siquiera la criatura que iba creciendo en su vientre.

Nueve meses después, Rapunzel estaba en cama intentando no gritar, mientras los dolores del parto la iban destrozando. A su lado, su madre intentaba apoyarla, lo mismo que las enfermeras y comadronas. El parto de extendió por horas, hasta que finalmente nació su hijo. Rapunzel escuchó el llanto del bebé, y vio a todas las mujeres llorar por la emoción. Envolvieron a la criatura en mantas y se lo dieron para cargarlo, Rapunzel acurrucó al bebé en sus brazos, y vio una carita dulce y rojiza… pero no sintió nada.

Sabía que era su hijo, lo sintió crecer en su interior y sufrió horas hasta que nació. Pero al cargarlo, comprobó que no sentía por su bebé ese lazo del que todas las madres hablan.

Ese fue el momento en que Rapunzel comprendió que Eugene Fitzherbert –alias Flynn Rider– fue el mejor y más siniestro de los ladrones, pues se había robado para siempre su corazón.

.

.

.

Aladdín

Le dolían diferentes partes del cuerpo por la caída, a su lado, Abu se quejaba también por lo mismo. Se removió un poco, comprobando que no tenía huesos rotos, al estirarse pudo ver alrededor, estaba oscuro y la arena bajo su cuerpo comenzaba a rasparle la piel.

—¡Ese chacal!—gritó, cuando tuvo más consciencia.

Volteó hacia arriba dirigiendo su insulto, pero no había nada. Algunos momentos atrás podía vislumbrarse una salida de esa cueva, ahora, parecía estar enterrado en vida.

Había sido un idiota, confiando en un total desconocido, sólo porque le dijo que con su dinero podría conquistar a la princesa. Nunca debió acceder a ayudar a ese vil bandido, y ahora, estaba pagando las consecuencias. Pero sólo de recordar el bello rostro de Jazmín hacían que pensara diferente… al menos lo intentó.

—Tenemos que buscar la salida, Abu.

El mono hizo gestos y después sacó mostró la lámpara, Aladdín jadeó sorprendido.

—¡Muy bien!—dijo—¿Por qué tanto alboroto por esto? Es una simple lámpara

La miró en sus manos, había visto más bonitas. Estaba opaca, vieja y sus decorados eran muy normales. No entendía por qué ese viejo se había tomado tantas molestias para conseguirla. Mientras la examinaba con la poca luz de esa cueva, notó una especie de inscripción en la parte lateral.

—Aquí dice algo…

Frotó con cuidado la lámpara, una y otra vez, hasta que el mensaje fue más claro "A quien sea digno, en juramento a los 3 deseos".

—Bueno, al menos parece un buen metal—le dijo a Abu—Podremos venderla bien.

Guardó la lámpara en el bolso de su chaleco, y continuó buscando la salida. Demoró tres días en salir de esa cueva, y cuando lo hizo, tardó otra semana más en regresar a Agraba, en donde se enteró que la princesa Jazmín se había comprometido con el Jafar, el visir.

Nadie en Agraba volvió a saber de Aladdín.

.

.

.

Bella

—¡No!

La bestia rugió un alarido de dolor, su espalda se arqueó, haciendo que Gastón perdiera el equilibrio y se cayera al vacío. El grito de su agonía se confundió con los truenos de la tormenta, y nadie pudo escucharlos, ni siquiera Bella, cuyos sentidos estaban todos enfocados en la Bestia, haciendo lo imposible por hacerle subir al balcón.

Recostó con cuidado su cuerpo, podía ver la sangre emanar con mucha abundancia de esa espantosa herida; la señora Potts, Lumiére, Ding-Dong y otros sirvientes se acercaron, pero cuando vieron la gravedad de la situación, bajaron los ojos con tristeza.

—Te pondrás bien—repetía Bella, más para ella misma que para él—Estaremos juntos ahora.

Ella seguía hablando, pero la Bestia no escuchaba, solo miraba fijamente su rostro, su cabello, sus labios, sus ojos. Bella era la criatura más hermosa que hubiera conocido, y nunca podría terminar de agradecerle por haberlo querido, por haberle dado esos momentos tan hermosos que le recordaron que bajo ese aspecto miserable seguía siendo humano.

—Al menos pude verte una última vez…

Acarició con cariño su mejilla, suave y tersa, mientras sus fuerzas se desvanecían. Bella lo miró con incredulidad, y después, entendiendo lo que estaba pasando, se echó encima de él llorando con un dolor que fue acompañado por la tormenta.

—No me abandones—sollozaba ella—Te amo…

No supo cuánto tiempo lloró, acurrucándose en el pecho sin vida de la única criatura que pudo comprenderla. Para cuando reaccionó, Bella notó que estaba empapada, que el cielo comenzaba a esclarecer, y que a su alrededor había un montón de muebles inanimados. Tomó en sus manos a la pequeña taza que estaba a su lado, analizándola con detalle.

—¿Chip?—lo llamó—¿Me escuchas? ¿Chip?

Nadie respondió.

Abrió su bolso, en donde metió a la mayoría de sus amigos, adentrándose nuevamente al palacio. En la mesita frente al balcón estaba el mismo biombo de cristal, con una rosa marchita en su interior, sin algún resplandor mágico.

—¿Y qué más paso?

Belle regresó de sus recuerdos, frente a ella estaba el doctor Henkins, escribiendo en su libreta todo lo que ella mencionaba. Respiró profundo, intentando acomodar su mente de nuevo, notó que tenía el espantoso camisón blanco de siempre, y que estaba sentada en una incómoda silla, al interior de un cuarto estrecho y húmedo.

—Regresé al pueblo, pero había pocas personas—explicó—Busqué a mi papá, pero no pude encontrarlo. La señora Duboin me dijo que usted deseaba verme, y aquí he estado desde entonces.

—¿Recuerdas hace cuánto fue eso?

Belle negó con la cabeza, haciendo una mueca.

—Dime, Belle.

Cerró los ojos, conteniendo su frustración.

—Diez años.

—Efectivamente, ya ha pasado una década señorita Belle. Me preocupa que después de todo este tiempo, usted siga recayendo cada vez que le pregunto qué pasó la noche en que murió su padre.

—Mi padre no está muerto.

El doctor, cuya paciencia estaba al límite, no se contuvo mucho.

—Entiendo que la muerte de su padre la haya perturbado, a todos nos duele cuando un familiar muere tan trágicamente. Pero debe aceptarlo, su padre murió en el bosque hace diez años, y cuando usted lo buscó sufrió algún incidente que la ha dejado aún más trastornada.

—¡Yo no estoy loca! Es verdad todo lo que le he dicho.

—Señorita Belle, me temo que mientras no acepte su situación, no podremos ayudarla.

El doctor se puso de pie, y Belle gritó frustrada, echándose a llorar. Sin inmutarse, el doctor le deseó un buen día y salió de la habitación, en el pasillo lo estaba esperando su aprendiz, que tomaba notas en su cuaderno.

—¿Cómo le fue, doctor?

—Mal—suspiró con frustración—No he conseguido hacerla progresar en una década ¿tiene idea de lo desesperante que puede llegar a ser? Comienzo a creer que no hay manera de curar a esta mujer.

El aprendiz abrió la rejilla de la puerta, asomándose para ver a la paciente más famosa de su doctor. Era una mujer tan preciosa, pero estaba acurrucada en la esquina de la alcoba, sujetando una taza de porcelana en sus manos a la cual le hablaba como si pudiera escucharla.

—Saldremos de aquí, Chip—susurraba—Papá vendrá por nosotros, él nos encontrará. Entonces seremos libres, y buscaremos una forma de romper este cruel hechizo. Te lo prometo.

Se llevó la taza al pecho, como si quisiera abrazarla, mientras gruesas lágrimas surcaban su rostro. El aprendiz chasqueó con preocupación, cerrando la rejilla para acercarse a su maestro.

—¿Qué pudo haberle pasado?—inquirió—Es un nivel de trastorno anormal.

—No lo sé, pero debió ser muy duro. Ha creado toda una fantasía en su cabeza para olvidarlo.

El doctor escribía los apuntes del día en su cuaderno, con un semblante triste. Cuando esa muchacha llegó hace diez años, llorosa y murmurando incoherencias, pensó que conseguiría ayudarla ¡era tan bonita! Un par de meses con tés calmantes y aislamiento deberían bastar para que volviera en sí, y después saldría al mundo, para casarse y hacer su familia. Las vecinas que llevaron a la muchacha a su clínica le dijeron que siempre había sido una chica rara, y que no les sorprendía que hubiera enloquecido, el doctor Henkins intentó calmarlas diciéndoles que sus tratamientos eran de los mejores en Francia, y que en un par de meses ella se repondría. Le dolía percatarse que había fallado miserablemente.

Cerró la libreta y llamó al aprendiz, tenían más pacientes por ver, y con suerte no serían un caso perdido como la pobrecita Belle.


Eso fue todo.

Espero que les haya gustado. Muchas gracias por haber leído y darle una oportunidad a esta historia, les deseo un excelente día y les mandó abrazos desde México. Saludos.