¡RECUERDEN!
A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
Porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*
Recomendación musical: "Ese beso" por Edith Márquez.
Notas:
[Presente]
[Pasado]
["Pensamientos"]
[Teléfono]
Los personajes de The Seven Deadly Sins son propiedad de Nakaba Suzuki
.
.
.
.
.
.
.
.
El calor de sus manos tocando la piel desnuda sobre el elástico de sus pantalones, dientes sujetando su labio inferior y un dedo que aparecía entre ambos señalando que permaneciera callado. La temperatura aumento, el golpeteo de los latidos contra su pecho, temiendo que fueran lo suficientemente sonoros para escucharse por fuera y llegara a los oídos de quienes estaban al otro lado de la puerta y charlaban calmadamente, pudo distinguir una risa melódica y otra que bufaba en exasperación. Quiso recargarse en la pared a su espalda, pero ante el simple movimiento el inicio de su erección rozo con la pierna de su pareja, ocasionando que un gemido se escapara de entre sus labios mordidos, pero fue minúsculo, para ellos, tan claro y exponiendo su estado actual.
Con sus palmas se cubrió la boca, enviando disculpas constantes y rezos de no llamar la atención, ninguno de ellos funciono, nuevamente un movimiento golpeaba con su erección, sin embargo las manos hacían un excelente trabajo de barricada. Tragando sus gemidos, alzo su mirada, su compañero sonreía dichoso, inclinándose a su altura y esta vez, apretando con su diestra el bulto de sus pantalones, alejando con la izquierda sus manos, dejando que su boca ocupara un lugar.
Antes de que eso pudiera calificar como un beso, tenía una lengua grande y gruesa viajando a sus anchas por su cavidad oral, jugando a enredarla y masajearla por encima solo con la punta. Una danza exótica que ponía sus cabellos de punta y se forzaba a sujetarse de los brazos de este, estirándose más allá de su altura para que el contacto no descendiera.
- Elaine, ¿exactamente que estamos buscando? – pregunto Jericho, recargándose en el marco de la puerta.
- Nada. – rio la rubia, mostrando su lengua, levanto un par de cajas con zapatos y otra con materiales de costura. Tras una búsqueda silenciosa y solo la mirada de la peli lila, la segunda ingreso nuevamente, sentándose en la cama y tomando el marco con la foto de ambos hermanos en ella. – Esa foto fue tomada luego de ser adoptados por Gerharde. – señalo Elaine, levantando otra caja y agitando su contenido, para después retirar la tapa, extrayendo un cuaderno verde tapizado en animal print, hojeándolo, se detuvo en una sección que hizo reír a la chica.
Jericho devolvió el marco con foto al mueble junto a la cama, yendo con la rubia y mirando por sobre su cabeza lo escrito dentro de la libreta, apenas distinguió una caligrafía cuidadosa, cuando Elaine devuelve el cuaderno a la caja y pone su tapa en el lugar, regresando la caja de zapatos entre otras más. Tomando de la mano a la peli lila, la encamina a la salida de la habitación de su hermano mayor.
Casi tropezando a la sala, Jericho consiguió detenerse y con ello a Elaine, preguntando por el contenido del cuaderno, recibiendo un: Es secreto – guiñándole un ojo y tomándola nuevamente de la mano, sus suéteres y bolsos que dejaron en la entrada.
El seguro fue puesto por fuera, las chicas corrieron, hablaron a un excelente volumen para saber que se alejaban de la casa, hasta que fue un susurró y menos que ello.
Otra puerta dentro de la casa se abrió, dejando a una pareja abandonar su acogedor espacio en el baño de la casa. Uno de ellos tuvo tiempo a recomponer su respiración, ordenando la camisa que se atoraba en su pantalón, verificando que sus botones siguieran en su lugar. Pensó que un cambio de ropa interior no lo vendría mal, a penas quiso dar otro paso, decidió a resguardase en la comodidad de su habitación. Fue sujetado por la espalda, elevado del suelo y su espalda contra el pecho de su compañero, trago saliva al sentir que la erección de este no había disminuido, al contrario, admitiría que estaba más grande.
Una señal de alerta se disparó por todo su cuerpo, removiéndose en su agarre, había lágrimas formándose por las esquinas de sus ojos, poniendo sus manos sobre los brazos de este, quiso alejarlo o por lo menos causarle daño físico para una rápida distracción.
La mordida a su cuello, no era exactamente lo que buscaba como reacción. – ¿Dónde? – pregunto mortífera, inyectándose cual veneno, sin una cura que pronto redujera sus efectos cedería a este y su cuerpo moriría. Esta pasión, es un veneno.
Apretando sus ojos y pellizcando la piel de los brazos, no duda al responder – T-tu habitación – salvo un temblor de sus cuerdas vocales, que excepcionalmente no son por temor, ansiedad o preocupación de lo correcto en este acto, sino, por el contario, lo ha anhelado por más de dos semanas, lapso de tiempo en que el equipo de vóleibol fue a su campamento de entrenamiento anual.
Un beso se depositó en su mejilla y la nariz del otro se restregó contra la misma – A la orden, mi rey. ~ - cargándolo en sus brazos al estilo nupcial tomo camino a las escaleras, subiendo de dos en dos los escalones, caminando con tranquilidad los siguientes metros, tarareando una canción que enviaba las vibraciones por su pecho, calmando a su compañero en brazos.
Pateo la puerta para entrar, repitiéndose del mismo modo para cerrarla, seguro de escuchar un clic. Un alivio – extraño – se instaló dentro de él, quitándolo de su cabeza al ser arrojado de lleno contra la cama y por poco saliendo de esto por el rebote. Con los ojos a punto de salirse por el susto, un segundo cuerpo le acompaño, ambos rebotando y él golpeándose la nariz con el hombro del otro. – ¡BAN IDIOTA! – con su puño le golpeo en la paleta izquierda.
- Ya, ya. – freno su pequeño puño, besando sus nudillos. – ¿Proseguimos, Harlequin?~ – apoyándose en sus codos se irguió por encima del castaño con mejillas sonrojadas
Fue por su preciada almohada con ese jodido bandido de pacotilla, pero termino apresado por su monstruosa fuerza y sufriendo del peor tipo de acoso sexual, cuanto odiaba a ese sujeto de altura descomunal, con ojos raros y cabello ridículo. Sus dedos tocando su vientre descubierto, fue la alerta roja de peligro, solo quería su almohada y dormir tranquilamente, ¿Era demasiado pedir?, se preguntó tragándose las lágrimas y sorbiendo su nariz.
Su nombre pronunciado con un tono coqueto, incitándolo a participar en esa charada, dando comentarios de pésimo gusto que intentaban ser halagos, provocando su ira en lugar de lujuria. Lucho por ser libre, pensando en la forma adecuada de mandarlo a enterrar – vivo – en el cementerio más alejado de la ciudad y ni dar la oportunidad de que su fotografía apareciera en la sección de desaparecidos.
Con los dientes apretándose, trago su orgullo, eligiendo – aunque fuera absurdo – negociar de buena gana, aceptaría prestarle – por UNICA ocasión – su Chastiefol, mañana podría lavarla, desinfectarla y volver a lavarla. Pero a penas que su frase de unas pocas palabras se extrajo de sus labios, los mismos quedaron sellados ante el toque de otros, labios que no eran suaves, dulces, cálidos. Labios que no eran de los de Diane. Labios que raspaban por la resequedad de mantenerse bebiendo directo de la botella, con un sabor amargo por el alcohol con restos medianamente dulces de los extractos de fruta que se fermentaban y no estaban cálidos, sino por el contrario, ardían.
Y siendo un contacto meramente superficial, su corazón bamboleo, recorriendo un escalofrió de los dedos de sus pies hasta la nuca y subiendo por su cabello. Pensó no querer soltarlo, abofeteándose inmediatamente – en su mente –: "¿Qué demonios?" – Sus manos estaban libres e intento – otro inútil esfuerzo – por empujarlo, que sus bocas ya no se tocaran superficialmente, que esa intoxicación prohibida dejara de picar por tentación. Más sin embargo, el albino opto por morderle el labio inferior, metiendo su lengua y comenzando a mover toscamente sus labios, el intercambio de fluidos – asqueroso y ruin – quebró la última de sus barreras, encajando sus dedos contra los brazos del otro, siguiéndole el ritmo marcado. Una de las manos del albino subió, posicionando bajo su nuca, girándolo sin abandonar la lucha férrea entre un salvaje beso y porque su saliva no se derramara, ni una sola gota podría desperdiciarse.
Fue el otro quien se despegó con el fino hilo brillante como señal de lo compartido. Hubo un latido, no precisamente de su corazón, su localización en coordenadas precisas al sur sin pasar a sus rodillas. Ni pensar en avergonzarse, le costaba respirar y todo estaba tan caliente a su alrededor, quizás anhelaba sumergirse en la cama y permitir al otro acompañarle. En un intento por estirarse y comprobar que efectivamente seguía en la cama del otro, sus dedos rozaron un objeto que al caer directo al suelo identifico el sonido de cristal quebrado.
Los ojos que seguían devorándolo con instinto animal regresaron a su brillo humano, dilatándose en consciencia de lo que paso, sin más palabras o toques indebidos, le expulso de su habitación, arrojándole la almohada a la cara, cerrando de un portazo.
Una disculpa, cuando menos, habría sido adecuado, pero no la necesitaba, ¿Con que fin?, ¿Ser correcto?
El objeto de su interés ya estaba en su posesión, no tenía sentido continuar parado frente a una puerta que si volvía a abrirse le esperaba, ¿Qué le esperaba?, se cuestionó con el rojo de sus mejillas expandiéndose y los golpes pausados pero fuertes de su corazón contra el pecho.
Con media vuelta y de regreso a su habitación, cerro lentamente, dudando en poner el seguro, optando por hacerlo – una precaución – se tambaleo los últimos pasos a su cama y se derrumbó contra el colchón, aspirando la comodidad y fragancia familiar del suavizante de telas, entonces, otro aroma se coló por sus fosas nasales, era un aroma bien grabado en su mente – ahora más – dejando guiar por el impulso, absorbió cada ínfimo detalle de este, rememorando en su mente y guiando su mano izquierda hasta su boca, delineando el contorno de sus labios.
Sin una pizca de delicadeza, un bruto salvaje, una bestia, se repitió mentalmente, una y otra vez, hasta notar que parte de su ropa, específicamente por debajo del elástico de sus pantalones se formaba un pequeño montículo y rozaba con la tela de su Chastiefol. De un tirón, sentándose sobre la cama alejo su preciada almohada, asustado por una reacción natural de su cuerpo, giro su cuello en pausas cual engranaje sin ser aceitada, dejando su vista fija en el portarretrato de su mueble. Con los dedos temblándole, la garganta seca y los rastros de sus lagrimales secos – advirtiéndole su amenaza de reaparecer – deslizo las yemas por una figura infantil de cabellos rubios y sonrisa angelical. – Yo… ¿Qué me pasa? – tomo el cuadro, apretando el material barato del marco que intentaba parecer hecho de una madera fina – Indudablemente, esto no ocurrirá, jamás. Fue, un error, un estúpido error adolescente.
Un tazón repleto de palomitas, una caja de galletas, dos vasos con jugo de uva, una adecuada jarra repleta con el líquido del mismo saborizante artificial, y la computadora con una lista de reproducción de variadas películas románticas, desde finales felices, hasta agridulces acompañadas de desarrollos cómicos, absurdos junto a los más absurdos de todos y provocarían que quisieran golpear a los actores que solo cumplían en hacer su papel correspondiente de la cinta.
Lanzo una palomita al aire segura de que caería en su boca o por lo menos conseguiría que rebotara cerca para alcanzarla con su mano y comerla, desgraciadamente, el alimento salado de maíz reboto en su nariz, aterrizando sobre su ropa, consiguiendo que su acompañante riera, imitando su acción y consiguiendo tener la palomita de maíz. – Suerte de principiante – quito la palomita de su blusa empujándola con su pulgar para comerla de una vez.
- No seas mala perdedora – deposito varios de los granos tronados en su palma, comiendo uno por uno, regresando su atención a la pantalla.
La otra, quien fallo la captura del alimento blanco, inflo sus mejillas cual niña pequeña en un berrinche, yendo por una galleta de chispas de chocolate, mordiendo la mitad, olvidando los modales mastico con fuerza y trago, engullendo el resto. Otra divertida risa resonó a su lado, sonrosada por las esquinas de sus orejas, le dirigió una mirada fruncida a la chica junto a ella, meras disculpas con risas que no se detenían. – Elaine. – dijo el nombre de la rubia con ojos miel, que en lugar de surtir efecto amenazante produjeron que ella riera abiertamente, mandando a volar los restos de palomitas pegados a sus dedos.
Sin prestar atención a la película o la divertida escena de la protagonista arrojándole la cena recién preparada a su interés amoroso, ellas comenzaron a luchar – fingir –, usando un mortal ataque de cosquillas directo a los costados de Elaine, haciendo a la rubia caer en el piso de madera tradicional, pateando los cojines que ocupaban diligentemente.
Contorsionando su cuerpo por las constantes cosquillas despiadadas parecidas a pequeñas cuchillas sin filo que picaban en los lugares correctos, causando incomodidad que se traducía en risas de diversión, intento poner sus manos para protegerse pero sus movimientos eran torpes y podía captar el dolor que se formaba en su vientre ante la falta de aire, solicitando una tregua puso sus manos frente a su pecho en forma de cruz. El mensaje fue bien recibido por su compañera, que detuvo el ataque de cosquillas, apoyando firmemente las palmas de sus manos a cada lado de la rubia, ambas respirando irregularmente grandes cantidades de oxígeno, en cuanto sus miradas coincidieron, elevaron las comisuras de sus labios en una línea, seguida por mínimas risas entre dientes, vueltas una carcajada limpia.
Elaine con sus cabellos revueltos y la otra con el cabello saliéndose de su común coleta de caballo, optando por retirar la liga dejándolo libre y que callera sobre su rostro.
Ahí se quedaron ambas, viéndose a los ojos, sin una palabra más que dar o un ataque secreto de cosquillas salvajes, incluso la película comenzaba a llegar en la parte que sus protagonistas estaban declarando su amor sincero ante la caída de una lluvia nocturna, sin importarle que terminaran resfriados o con sus gargantas cerradas.
Estando a punto de levantarse de encima de la rubia, sentarse en su cojín y proponer seguir viendo la película sin otra interrupción, los ojos miel de Elaine se llenaron de lágrimas enormes, cayendo por los lados y dando contra el suelo, la sonrisa que cargaba fue olvidada e inmediatamente se cubrió con el dorso de su mano izquierda, apoyando la derecha en su mejilla. Preocupada por el vertiginosos cambio emocional de la rubia, se disculpó al ser brusca o lastimarla en alguna parte de su cuerpo.
- No, te- te equivocas. No lloro por dolor físico. – seco su ojo izquierdo con el dorso de la mano.
- ¿He?, oye, si fue por esa última película…
- No, nada tiene que ver las películas. – volvió a decir con molestia al tener que explicar su llanto espontáneo.
- ¿Entonces? – repleta en confusión opto por hacerse a un lado y mirar de costado a la rubia. Elaine sorbió su nariz varias veces y seco las lágrimas, indecisa al mover su rostro de lado contrario, dejando que su cabello rubio le tapara. Con sus dedos movió un poco del cabello, inclinándose para notar los ojos miel hinchándose y sus lágrimas sin detenerse. – Sabes que pue-
- Jericho – miro enternecida a su amiga. – eres única – dijo Elaine, sorbiendo el moco de su nariz nuevamente, limpiándose la humedad que corría, dio vuelta a su cuerpo, quedando recostada y mirando a la chica por debajo de sus pestañas rubias húmedas.
- Ah-G-gracias, creo. – rasco su mejilla, sin tener algo mejor para decir.
- Me alegro que no seas un chico, aunque pude haber deseado lo contrario, está bien que no lo seas. – confeso la chica, volviéndose un ovillo en el suelo, pausando por unos momentos las salinas gotas.
- ¡Bien!, ¿Qué rayos? – fue por la computadora, pausando el intro de la nueva película – de romance muy cursi – y volviendo para sentarse con las piernas cruzadas y los brazos igualmente, pegándolos a su pecho. – Explícate de una vez por todas. ¿De qué carajos hablas?, ¿Fantástica?, ¿Feliz de que sea una chica?
- Jejeje – haciendo de palanca con sus manos sobre el suelo de madera, se sentó sobre sus piernas, quitando los restos de humedad y arreglando su cabello tras su oreja. – Si te dijera, que te amo, ¿Qué me responderías? – estaba segura que aquello le sacaría un tremendo sonrojo a la peli lila, tartamudearía nerviosa, jugaría con su cabello y diría algo amable para rechazarla al verla nada más que como una amiga, por el contrario, excepto el sonroso, ella frunció el ceño y entrecerró sus ojos.
- Mentirosa y cobarde. – gruño, dejando ver cuán molesta estaba, suspiro, relajando su postura – Porque a la única persona que has amado y amas con cada fibra de tu corazón es el mismo idiota del que yo me enamore.
Con todo el orgullo característico de Jericho, inflo su pecho y levanto su barbilla ante su muy segura confesión, porque si de algo se distinguía su amistad eran las peculiares circunstancias en que se estableció, ambas, queriendo a la misma persona, luchando por esa persona, pero solo a una sus sentimientos fueron recíprocos, sentimientos de los que no había forma de dudar al respecto por ellos. Ambas conscientes del hecho, construyeron una relación, charlaron, intercambiaron gustos y compartiendo horas del almuerzo, hasta llegar a salir juntas de clases o pasar por una nueva tienda de repostería.
Porque el amor, era capaz de unir más que solo un par de enamorados atolondrados.
Mirándola con sus ojos miel, dilatados por la verdad de sus palabras, dejo caer sus cejas y lágrimas resurgiendo sin piedad, sin más explicaciones o excusas baratas de una historia romántica, opto por lanzarse a los brazos de la chica peli lila, aferrándose a su blusa, llorando desde lo profundo de su corazón, gritando desesperada, liberando el dolor que capturo su ser, un dolor que no conseguía compartir, al menos hasta ese momento.
Sosteniendo a Elaine contra ella, apretó sus brazos con la mano en su espalda y la otra en su cintura, apoyándose en los rubios cabellos, siendo un soporte para la destrozada chica. Ya no tendría palabras – por al menos unos veinte minutos – de la chica, con lo unico que podría conformarse de momento, que, el culpable del desastre emocional en que se volvió Elaine, era el idiota por el cual aún guardaba un rastro de enamoramiento en su corazón.
Fue extraño, si tenía que elegir una palabra, esa seria, extraño.
Se besaban dulce y tiernamente, el palpitar de su corazón aseguraba que estos sentimientos se transmitían con total honestidad, los pasos a seguir para avanzar en su relación se acercaban tenuemente y ella estaría preparada, no dudaría en sus respuestas, todo para él, era un sí.
Porque confía profundamente, lo ama sin juzgar y es su adoración.
No temería a que la tacharan de una imprudente joven enamorada que ni siquiera conoce lo que es el amor, basándose en su única y primera relación, no tiene todos los puntos de vista de lo que es el amor, ni siquiera está cerca de dar un concepto de amor verdadero. ¿Qué más da?, ella ama con todo su ser a ese hombre, ese hombre que la ha llenado de alegrías y dichas consiguiendo que su vida este completa. Con solo sus 16 años de vida le basta para saber que ya tiene al amor de su vida y lo ha conocido a edad temprana para disfrutar cada momento a su lado.
Y si ella ya había confirmado todo esto, no dudaba de su amor, comenzó a pensar en que alguien intentaba arrebatarle su felicidad. Absurdo, si, estúpido, por supuesto, ¿Posible?, era ahí donde dudaba.
Sus muestras de afecto se interrumpían bruscamente o ante un contacto que iba más allá de un roce, se retiraba y verificaba cosas en la cocina, cansancio por sus prácticas, llamadas para verificar la tarea de la semana, la lista seguiría pero todo salía de su actitud normal. Y si por un momento hizo algo que le desagrado, fue una de las primeras ideas que se la paso por la mente, caso que no podía ser, ya que, en innumerables ocasiones le recordó cuan valiosa es y no habría porque cambiarlo, la suerte compartida por tenerse el uno al otro, como envidiable de cualquier ajeno a su relación.
Tras quedarse horas extra en el club de jardinería se encontró con el mejor amigo de su hermano, sus horarios para cuidar sus correspondientes huertos no coincidían, pero no por ello, se alegraba menos de charlar con el chico de cabellera verde y ojos gatunos.
Intercambiaron chistes, historias graciosas de su hermano en intentos caballerosos e impresionantes para lograr declararse a la chica de sus sueños, terminando en un rechazo indirecto y que llevo a la chica a declararse a su propio amor.
Y aunque las risas aliviaron la agitación de sus pensamientos, no pasó desapercibido para el peli verde, que deteniéndose en su intercambio de macetas, tomo su mano, excusándose con el maestro encargado de tomar un descanso por unos minutos. Llevándola a una de las bancas cerca de los campos deportivos, espero a que su acompañante volviera, una lata de jugo de fresas le fue entregada mientras él tenía uno sabor manzana, dio un gran trago en señal de la sed que estuvo resistiendo dentro del club, incentivándola a que hiciera lo mismo. Tan solo se limitó a un pequeño sorbo, sorprendida por lo bien que sabía el concentrado de jugo.
- ¿Y? – pregunto Helbram sin mirarla.
- Disculpa. – confusa, miro la lata en su mano – ¡Oh, el jugo!, delicioso, gracias.
- De nada, pero no pregunte por eso – agito la lata entre sus manos, recargando la espalda en el respaldo de la banca de madera. – Harlequin es un sobreprotector dramático, lo que no quieras decirle, él se enterara después. Pero – miro a la chica sentada a su lado – Yo soy tu amigo, te escucho.
- Je – sonrió, bajando la lata y apoyándola en el regazo de su falda – Tú eres bueno para esto, Helbram. A comparación de Harlequin, es difícil no decirte nada.
- Es un talento, especialmente con ustedes – se estiro en la banca, alzando su cabeza al cielo – que deciden guardarse sus problemas, guardarlos indefinidamente y cuando ya no pueden más, explotan en llanto o se enfurecen aterradoramente.
- Que grosero – inflo sus mejillas – yo no me enojo.
- Aja, aja. – rio el peli verde, rascando bajo su nariz. – En fin, ¿La convivencia familiar va mal? – giro su cabeza para mirar directamente a la chica, ella desvió la mirada y suspirando asintió con una sonrisa tensa, lo cual declaraba que esa no era la preocupación que carcomía esa cabeza rubia. Ordenando sus opciones, a nivel de importancia, probo con la que era más fácil de ser descartada, ni subiera tenía que estar a consideración, pero, ella asintió afirmativamente. - ¿Qué paso?, acaso él – se enderezo en la banca, apretando la lata medio llena de jugo - ¿Te hizo algo indebido?
- ¿HE?, no, no. – se sonrojo, riendo nerviosa y jugando con unos mechones de cabello. – Y d-de todos m-modos, si eso fuera así… n-no me molestaría.
- Vale. ¿Entonces? – probo nuevamente el peli verde, esperando con paciencia.
La rubia deslizo el dedo por la lata, girando el envase metálico entre sus manos, jugando con el contenido, exhalando el aire retenido por sus pulmones. – Sinceramente, ni yo lo sé. – miro a Helbram, dejando caer su expresión tranquila, el ceño se le fruncía y sus cejas presionaban contra sus ojos. – Lo quiero, lo quiero demasiado e imaginar que alguien más, si él… si él me dejara yo… No sé, me rompería en tantos pedazos. – la lata aterrizo, derramando el suelo de asfalto con color rosado en conservadores, sus manos en puño cubrieron el rostro, encorvándose adelante, el peli verde la abrazo por los hombros, reconfortándola en un abrazo silencioso, permitiendo al tiempo pasar, olvidar sus actividades pendientes en el club, solo ellos dos, sentados y el paisaje de los pocos miembros de los clubes deportivos entrenando.
El amigo más íntimo de los hermanos, quien los visitaba en su época del orfanato, constantes cartas al mudarse a casa de Gerharde, compartiendo salón, jugando al llegar a casa, avanzando unidos por cada escuela al intercambiar de grados, su presencia tan común y familiar, que si viviera con ellos, no sería extraño.
Harlequin es su preciado hermano mayor, amable y obstinado, que no lo pensara dos veces para salir a defenderla aun cuando su estatura, fuerza física y apariencia sean el contrario de sus intenciones, nunca permitiría que alguien la haga llorar, ni él mismo. Helbram, como su segundo hermano, probablemente como el hermano mayor de Harlequin, unidos esos dos cual uña y carne, para ella, un confidente, una voz de la razón y su impulso necesario para salir delante de aquello que teme intentar. Fueron las buenas intencionadas palabras del peli verde lo que permitieron declararse a su amado, su aliado cuando Harlequin se enteró, poniendo mil "peros" y gritos al cielo, Helbram fue responsable de la laboriosa tarea de apaciguarlo, prometiendo que si una mínima lágrima escapara de sus ojos, él se encargaría de cobrárselas.
- ¿Hm? – despego su atención del libro, bajando su lápiz de la sección en blanco para anotar el procedimiento a desarrollar de su fórmula aritmética. Arreglo un cabello que se interponía en su vista, enderezando su diadema rozada, poniendo sus dedos frente y tronándolos en el acto, atrayendo la atención de quien se encontraba frente a ella. – ¿Todo bien?
- ¡Uh! – pestañeo, retirando su mejilla de la mano, bajando el brazo que reposaba en la mesa. Rio, con una disculpa, hojeando el libro y tomando su lápiz. – Solo pensaba que esta tarea extra es demasiada.
- Sigues preocupado – dijo ella, cerrando su libro, alargando su mano para que sus dedos tocaran levemente los nudillos del otro.
Retrajo la mano al contacto, ocasionando que la chica de cabellera negra y ojos rasgados se disculpara regresando a buscar la página en que trabajaba. Regañándose a si mismo por su torpe comportamiento, tomo la mano de la peli negra, entrelazando sus dedos por encima de la mesa, levantándose que la silla chillo por sus patas traseras, sonido que paso por las paredes de la biblioteca, teniendo un: "Shh" de alguno de sus ocupantes y miradas molestas.
Hubo sorpresa – la que podía identificar – y una sonrisa de ella, apretando el agarre, asintiendo quedamente. – Trato de acostumbrarme – explico, regresando a su asiento, bajando sus manos para que quedaran paralelas a la mesa y solo sus primeros cuatro dedos cruzados. – Es, ya sabes – tosió – raro.
- Lo sé. – confirmo la chica, moviendo sus dedos largos perlados – Pero es un raro sentimiento que me agrada tener contigo.
- Ahm, g-gracias – tosió de nuevo, sintiendo su cara calentarse. – Sabes, se supone que soy yo el que avergüenza a los demás con sus intereses amorosos.
- El karma es una fuerza misteriosa.
- Ouch. Dolió. – sujeto su lado izquierdo con la mano libre, agregando drama al momento, consiguiendo un movimiento de una esquina en la boca de su pareja.
- Solo fue un comentario honesto, Helbram-kun. Además, conozco tus peculiares formas de diversión que involucran molestar a tu mejor amigo.
- ¿Y para qué son los mejores amigos, sin hacerlos rabiar? – pregunto, con la inocencia de un infante que recién se interesa por un nuevo tema de la escuela.
- Tan encantador de tu parte.
- ¿Si? – apoyo su mejilla en la otra mano, sonriéndole a la chica de cabellos negros – ¿Y esa es tu sutil forma de coquetearme?, Geera-chan.
- Un galán, Helbram-kun, eres todo un galán.
- Y ni siquiera me estoy esforzando. – derrochaba humildad el peli verde.
- Y agradezco por ello. – rio Geera, deslizando sus dedos del toque de Helbram – Continuemos con la sesión de estudio, tengo que pasar a recoger a mi hermano a su club de esgrima.
- Buu, Geera-chan eres aburrida. – recostó su frente contra el libro, imitando una voz infantil.
- Podemos coquetear de camino a la escuela de Zeal y después de cenar. – propuso, pasando de la página que estaba en blanco y ahora tenía algunos trazos de grafito. Los dorados ojos de gato del peli verde brillaron y casi podía ver que la boca de este, tomaba la misma forma de un felino.
- Extrañamente me siento motivado para terminar… – recogió su libro, hojeándolo en la página que recordaba marco en su clase de la mañana – ¡Sí!, puntos de ortografía y gramática. Fascinante, ultra fascinante. Me servirá en mi vida diaria. – el sarcasmo era el condimento a cada frase salida de los labios de Helbram.
Prosiguieron en su relleno a espacios en blanco de las actividades de los libros de trabajo, revisando una o dos veces su libretas con los apuntes o buscando donde tenían escrito el resto de páginas por hacer y si necesitaban llevar algún tema escrito como nota entre sus apuntes.
Satisfechos del progreso – especialmente el peli verde – salto brillante de éxito, guardando a una velocidad de campeonato – malo que su acompañante no traía un cronometro – su parte d la mesa ocupada se hallaba limpia sin libros, libretas o lapiceras fuera del estuche, incluso las pocas migas de la goma al borrar ya estaban en el cesto de basura. Geera aplaudió tan excelso trabajo al regresar de devolver los libros que ella misma ocupo para sus investigaciones personales del proyecto que entregaría para final de semestre, con la bibliografía en una tarjeta, mandaría mensajes de texto a sus compañeras.
Como todo un caballero, Helbram extendió el brazo, colgando su mochila en el hombro contrario, Geera rio, agradeciendo con una inclinación, aceptando gustosa, comenzando su andar por la biblioteca, salvo un instante en que la vista de la peli negra aterrizo en una pareja que resolvía los problemas de aritmética que ella recién termino. Percatándose de la tensión de la chica, Helbram tomo la mano que se apoyaba en su brazo, sonriéndole y proponiéndole visitar la tienda de dulces cerca a la escuela de su hermano menor y comprar algunos para después de la cena. Dejando detrás a la pareja de cabellera rosada y anaranjada, Geera agradecía por el detalle a Helbram, optando por ir tomados de la mano hasta la entrada principal para cambiar de zapatos. – Helbram
- ¿Si? – miro a la chica.
- Eres fantástico.
- ¿Enserio? – la peli negra, golpeo su hombro. – Auch – dramatizo, estando a punto de caer al suelo, recuperando el equilibrio rápidamente – eso dejara marca.
- No lo hará. – se agacho, besando la mejilla del chico, obteniendo un precioso sonrojo que pocas veces era capaz de presenciar. – Adorable. ¿Seguro que no te saltaste grados?
- Ja, ja, graciosa. – mostro su lengua.
- Te comprare la gelatina de limón con trozos de frutas y el flan de vainilla y chocolate.
- Alma misericordiosa. – tomo la mano de Geera, colocándose en una rodilla, extendiendo su brazo izquierdo como si estuviera declamando una poesía épica, repleta de preciosos sonetos, excepto que solo era su agradecimiento por obtener comida gratis de su novia.
- Sí, sí. De pie – ayudo a levantarlo, sacudiendo su pantalón – Rápido o se hará tarde.
El tema fue puesto como pendiente tras dejar la biblioteca, detenerse en la tienda de dulces y recibir a Zeal de su entrenamiento del club, pero, ambos lo sabían, el problema iniciaba al intentar abordar la conversación nuevamente. Ella porque no dudaría en decir lo que pensaba abiertamente y él porque no estaba - todavía -seguro de que lado estar en la balanza.
- Quédate fuera del asunto – concluyo Geera en su hora de almuerzo, dejando a medio morder su onigiri. – Helbram, no es tu responsabilidad manejar el asunto.
- Es fácil decirlo, tú no sabes-
- Cierto, pero se esto. – encaro al chico peli verde, bajando su bola de arroz de regreso a su bentou – El corazón es frágil cuando amas de verdad, y toca a ese frágil corazón encarar la verdad por dolorosa que pueda ser. – regreso a terminar su bocado de arroz, sin recibir respuesta de su novio.
En su camino a los salones de primer año, se detuvo en el pasillo que ella debía tomar para subir las escaleras, notando que el peli verde ya no le seguía, fue con él, sosteniendo su bentou en una mano y la otra tomada por el muchacho. – Fue desconsiderado.
- Son tus amigos, hable de más. – reflexiono la chica por sus palabras sin considerar la posición en que el peli verde quedaba.
- Pero estas en lo correcto. – le dijo, suspirando, comprobando que los pasillos estuvieran solos o al menos que tardara en llegar alguien.
- A veces simplemente no podemos ser correctos todo el tiempo, Helbram.
- Y otras, tenemos que guardar secretos por el bien de los amigos. – complemento el peli verde, desganado ante la responsabilidad que implicaba mantenerse callado.
- No, cariño – acuno el rostro del peli verde entre sus manos, uniendo sus frentes – A veces, tenemos que dejar a nuestros seres queridos formar sus propias vidas. – beso los labios pálidos de Helbram, despidiéndose hasta la hora de salida.
Sujetándose a las sabanas, procuro que su lengua no estuviera entre sus dientes, la presión podría hacer que se la mordiera y en consecuencia morir por cercenarse a sí mismo, al no resistir la intrusión que se ejecutaba en su interior y por la cual había luchada vanamente en detener. Exhalo profundo, inhalando nuevamente, pegando su frente a la sabana arrugada, contando mentalmente porque concluyera de una vez por todas.
La humedad paso por su hombro, pasando por la clavícula y comenzando a subir mediante su cuello, el mordisqueo al lóbulo de su oreja le hizo gemir, regañándose por una respuesta afirmativa de su toque, recibió una nalgada y el que esas rudas manos tomaran cada mejilla de su trasero, separándolo e introduciéndose rápidamente, tocando su próstata, logrando que el semen salpicara la almohada en que había colocado su cuerpo para elevar su zona trasera.
Sucio, jodidamente sucio, él rio, rio por su débil resistencia y que no recordaba ser tan bueno por una simple penetración. – Dime, King~ - le susurro – ¿Cómo te volviste una puta tan buena? – ignorando lo ofensivo y grotesco que el apodo le resultaba, dejo su rostro cerca de la sabana, al menos evitaría que viera su expresión de desagrado, las lágrimas que se le escurrían, su saliva en un hilo escapando por sus labios, las marcas rojas en señal de los besos sin compasión recibidos y las marcas diminutas de chupetones en su cuello.
Estaba tan cansado, cansado de recibir la lujuria del albino, ser receptor de sus momentos de estrés, de su aburrimiento, de caricias rudas, de palabras crueles, de… no escuchar – por falso que fuera – una palabra de amor o tan siquiera algo agradable. Insultos, tras insultos, burlas, señalando su incapacidad de sostener su erección antes de que él pudiera dejar correr su semen por un orgasmo. – "Un solo dedo es suficiente contigo. Y no es divertido." – dijo en una ocasión que consiguió atraparlo al llegar de la escuela y pensó que la sala de estar, era un perfecto lugar para practicar masturbarse en un límite de tiempo establecido, su experimento resulto con éxito, repitiéndolo en márgenes de tiempo más extensos, con la única condición de resistir hasta que él se viniera primero.
El recuerdo se esfumo al percatarse que la mitad del miembro viril del albino dejaba salir la mitad, tomándolo con un brazo de la cintura y usando su mano para ponerla bajo la axila. Confundido por el cambio de posición, intento preguntar a que se debía, ganando solo un beso detrás de su oreja, seguido por sentarlo de golpe en el pene en su trasero, el albino eligió sentarse con sus piernas extendidas, permitiendo a King montarlo de espaldas. – Salta – dijo, sujetando el mentón de King y girándolo tanto como su cuello podía – Salta, mi preciosa hada sexual.
Fue el palpitar en su ano capaz de devolver de su estupor, sus palabras eran humillantes, degradantes pero mandaban electricidad por cada parte de su cuerpo, volviéndolo en temblores, en que su propio pene se alzara y el sudor seco en su piel tibiaba su temperatura corporal. No había forma de donde sostenerse o escapar, aquel falo de carne grueso era apretado por sus paredes internas, quieto a la espera de que fuera él quien se auto penetrara, satisfaciendo los deseos carnales del albino. Pero ni siquiera estaba seguro de cómo hacerlo, solo con lágrimas en sus ojos, removiéndose incomodo por algo que no debería estar ahí, pero que tocaba un punto de placer.
- No me hagas esperar~, mira – toco su pene, apretándolo entre su mano derecha, rozando sus yemas por este hasta que la abertura fue tocada por su uña y el castaño gimió, retorciéndose y logrando extraer el pene de su trasero. – Tu tampoco estas mejor~. Anda, baila para mi~, apriétame con ese lindo agujero mágico.
Inspiro acompasadamente el aire intoxicado de pura testosterona, doblando sus piernas con marcas rojas, engarruño los dedos de sus pies, apoyándose finalmente en las piernas del albino. Era simple, se animó, solo levantar su peso usando sus brazos, lo suficiente para que saliera aquel trozo de carne y volviera a entrar, repetiría ese acto pecaminoso un par de veces hasta que se cansara – Ban – y marcaria su trasero con el líquido blanco, lo dejaría en su habitación para irse a algún lado, dejándole solo para que se encargara de su propia limpieza.
Usando sus manos de apoyo, comenzó a alzar su cadera, seguro de que el pene del albino estuviera siendo extraído, usando como extra lo poco que sus piernas podían tocar la superficie de la cama, se sintió realizado al tener la mitad de este fuera, ahora solo tenía que volver a bajar, así lo hizo, descendió despacio, notando que este se atoraba en partes y su cuerpo tampoco ayudaba al apretarlo más de lo debido, a cada bajada un gemido se escapaba torpemente, están cerca, sus brazos temblaron dejándose caer, emulando un poco de líquido pre seminal. Inclinándose hacia adelante, empuño las manos hasta sus piernas, respirando en dificultad, ¿cómo?, se preguntaba con sus ojos a punto de salirse del rostro. Sus estocadas salvajes seguían como un recuerdo horrible de un acto atroz, un acto que supone es la última base en una relación, donde no solo el afecto está implicado, sino un genuino deseo por compartir cada ínfimo detalle con la persona amada.
Y sin embargo, acababa de sentirse maravillosamente bien, dejando que ese pene saliera y volviera a llenarlo, masajeando su interior. El musculo pecho en que se apoyaba, se movía en pausas por el aire que contenía el albino a sus movimientos cautos sin una pisca del auténtico anhelo que lanzaba por cada poro de su piel. Repitiéndose nuevamente en su alzar de las caderas de la comodidad de la pelvis del otro, junto sus piernas, creyendo que eso brindaría equilibrio, siendo una errada elección, cuando sus piernas fueron sujetadas, separadas y ayudado a alzarse en una curvatura de su espalda hacia atrás, no recordaba poseer asombrosas cualidades de flexibilidad información que el hombre que estaba dentro suyo, recordara. – Me aburro King~. Se hace así. – los dedos que presionaron sus piernas, cambiaron de lugar al posicionarse bajo la curvatura de sus rodillas, antes de poder preguntar sus intenciones, fue regresado de sentón, gimiendo en dolor por el golpe profundo en su abertura. Contando cual maestro en una clase de baile, fue marcando el paso, sacándolo y regresándolo, provocando el rechinar de la cama por sus constantes brincos y que el mismo albino se unía a las estocadas.
Jalando aire para sus pulmones, los gemidos iban rogando porque se detuviera, consiguiendo sostenerse de la parte trasera del cuello de su pareja, siendo el mástil para sostenerse, no acordó, cuando él libero sus piernas y seguía por su cuenta el movimiento de caderas, los sonidos de carne chocando aumentando por la propagación de la humedad producto del líquido pre seminal que había bañado la entrada dilatada. ¿Cuántas veces iban ya?, se preguntó el castaño, quedándose quieto al sentir el riachuelo del placer ser salpicado por su propio miembro, manchando parte de su vientre y las piernas que estaban una sobre la otra.
Le hormigueaba el trasero, aquel desgraciado opto por volver venirse sin condón, sus dedos tiesos por la fuerza del agarre, sentía que los brazos le pesaban y si intentaba levantarse para caminar, caería ridículamente. Con los brazos colgados a sus costados, se recargo en el pecho caliente detrás, exhalando entre pausas, inspirando lentamente por su nariz.
Añoraba estos encuentros, lo admitía para sí mismo, pero no por ello le avergonzaba menos. Recordaba vagamente haber leído alguna vez sobre historias donde dos hombres se congraciaban sexualmente y uno de ellos actuando el rol femenino era tratado con la delicadeza de una flor frágil, cada toque de su pareja era cuidadoso, meditado y paciente. Sus besos se esparcían desde los labios hasta su rostro, tocando los nudillos, las manos, incluso los pies, mientras soltaba hermosas palabras de amor y le aseguraba que estaba igual de nervioso, pero, lo gozaría, lo amaría y sus cuerpos se fundirían en uno solo.
Tal sarta de estupideces color rosa, podían ser lanzadas al rostro de inocentes jóvenes que sueñan con el romance perfecto.
Porque él no fue delicado, no pidió permiso, ¡Ni siquiera eran algo!
- ¡Gya! – grito, cubriéndose la boca con su mano derecha, bajando la mirada al par de manos toscas que entre su índice y pulgar rodaban sus pezones naturalmente claros alcanzando una coloración rosada fuerte. – Desgra- ¡Ah! – sus botones carnosos fueron jalados sin aviso previo, girándolos en círculos con sus índices, encajando la uña en las pequeñas aberturas de estos. Mordiéndose los labios, torció su rostro, le lastimaba en su delicada piel, pero esos juegos previos como él los había llamado se sentían bien. – N-no… ¡No soy una mujer! – grito con un suspiro que se escapó.
- Obvio que no eres una mujer~, enano travieso. – colocando las manos bajo las tetillas del castaño, alzo lo poco de carne que se despegaba del pecho, asintiendo en aprobación, dejando una mano levantando la tetilla y la otra con su pulgar girando el contorno del pezón – Pero, estas cerca de usar corpiño para cubrir estos montículos bonitos.
- P-pervertido, s-suéltame… y-yo…
- Nah~ – pellizco el pezón, recargando su mentón en el hombro del otro, admirando la nueva coloración que sus jugueteos le habían brindado a la piel antes blanca, apreciando otros tantos mordiscos que partían del pecho, bajando en una línea hasta el ombligo, siendo perfectamente cuidadoso en no marcar el pene de este. Sonrió extensamente, admirando el vello púbico, era tan poco, unos cuantas hebras diminutas que solo se verían contra luz, deslizando la izquierda desde el pecho, al vientre y aterrizando en el principio del miembro semi erecto, tanteo el suave vello la piel delicada y esos tiernos testículos que colgaban como dos joyas dando el toque final a tan maravillosa presentación. Gruño cerca del oído del castaño, sintiendo su temblor, oliendo esa dulce fragancia que liberaba ante sus orgasmos, aumentando al ser combinado con su propio olor corporal, era extravagante.
Algo sumamente dulce con un toque picante, lamiendo una gota de sudor que caía por el hombro del castaño, rio, siguiendo en su labor de retirar los residuos salados, comenzando a jugar con su pene, eran tan pequeño, diminuto que conseguía encajar en toda su mano y hacerlo desaparecer. Solo bastaba con cerrar sus dedos, moviendo la mano de arriba abajo, escuchando como sus pequeñas bolas se removían y el agitaba sus caderas como si estuviera penetrando algo, hasta que el líquido blanco espeso escurría de entre sus dedos, dejando al otro desprovisto de esa característica postura superior y correcta.
Todo lo que podía representar el castaño se iba al demonio, a penas recibía unos toques sobre su ropa y se olvidaba de su acérrimo odio, el asco de tener sexo en cuanto estaba dentro de él y golpeaba con fuerza su interior.
Sus gemidos valían más que cualquier top de canciones del momento.
Una textura viscosa se deslizaba de sus manos con una tibieza que no recordaba en su mano, pestañeo, recordando que seguía dentro de King y masturbando su zona delantera, despegando la palma vio la cosa lechosa resbalando, cayendo en gruesas gotas, pegándose a sus dedos, uniéndolos y dificultando su movilidad. Sería tan simple lamerlo, disfrutar del sabor, frente a la desencajada sorpresa del castaño, pero, ya lo había hecho tantas veces, lamiendo lo que aterrizaba en su vientre, cogiendo un poco de las sabanas, bebiéndolo directamente de su fuente. Para el albino no había sentido en continuar por los mismos caminos, aun si cada uno consiguiera su cometido, avergonzar y elevar la excitación del castaño.
Procurando – fallando – no manchar con semen, al propietario de este, quito al castaño de su regazo, girándolo y pasando a recostarlo cuidadosamente, escuchando el quejido causado por los daños a la zona trasera de este, haría una pequeña nota mental de mejorar sus tratos al frágil cuerpo sobre el que se cernía. Solo esperaba no olvidarlo.
Evadiendo la mirada del albino, King se giró a la derecha, creyendo, estúpidamente, que sus mechones castaños – ya más largos – cubrieran parte de sus ojos y no tendría la vista al rostro sonriente y despreciablemente atractivo, si dejaba que su mirada vagara más allá de esa sonrisa canina, de la horrorosa cicatriz de su mejilla, encontraría el cuello con esa manzana de adán que besaba cuando se acerba lo suficiente, de ese firme echo musculoso que lo abrazaba por la espalda al tomarlo por sorpresa o en su dormitar tras el ejercicio compartido, sus brazos con cada músculo definido que le encerraban como una perfecta cadena, que lo obligaban a permanecer quieto, hasta que veía las manos, con cada uno de sus dedos, que se fregaban por su cuerpo, tocando los nervios sensibles, masajeando zonas que solo debieran involucrar un cuerpo femenino; estando ese abdomen esculpido con el cincel más fino y que en una sola ocasión tuvo el honroso placer de surcar con su lengua, luego, llegaba ese, ese… aquel, o el pensamiento sacaba su lado mustio.
El pene en su gloriosa majestuosidad que palpitaba, se calentaba, alzándose poderoso, advirtiéndole de todos los placeres que le haría pasar, los gritos que le robaría, como sus entrañas se sentirían corrompidas pero satisfechas y cuando el espeso calor se desbordara de sus nalgas, ya nada importaría.
Sus perfecta piernas, esas, donde conseguía sentarse, su firmeza a la que podía agradecer que nunca callera, que su pequeño cuerpo se mantuviera aferrada a ellas y jamás conociera el dolor de haber caído de tan demencial altura por un tropiezo suyo al momento de perder la consciencia capturados por el placer.
Hubo un poco de quietud, la quietud antes de la tormenta, sus dedos que aun contenía la prueba de su irrefutable pasión, se acercaron hasta tocar los labios del castaño, quien lucho por evitarlo, pero su rostro fue tomado con la otra mano para dejarlo quieto, permitiendo que el dedo blanquecino pasara por encima de sus labios, tocando el superior y el inferior, asegurándose que cada parte estuviera perfectamente cubierta, brillante de blanco líquido, unas gotas se derramaban, pero había logrado el cometido. – Perfecto~ - le sonrió el albino, lamiendo los restos de sus dedos. – Continuamos, querido. - Nuevamente una de sus piernas se alzaba, empujando un dedo en la entrada que gorgoteaba, comprobó que aún seguía abierta y no tenía por qué usar su llave maestra. Su sonrisa blanca, tan diabólica, le recordaba a King que fue embaucado por un ser sexual y no había forma de escapar o romper esas diminutas cláusulas que ni fue capaz de leer.
Jodida su suerte, jodido el hombre que entraba sin delicadeza, ignorando la diferencia de tamaños, creyendo que nuevamente su piel se rompería y moriría desangrado, jodido su cuerpo que le respondía, apretándolo nuevamente y conseguía que él gozara con un gemido y gruñera cual bestia en celo; jodida la sonrisa que le regresaba al saber que encajaban como una pésima pieza de rompecabezas; jodido su estúpido corazón que latía nerviosamente a esos ojos que tras su capa hambrienta un matiz de dulzura brillaba como una pequeña estrella en una noche oscura sin luna, provocando que la esperanza se colara en su alma. – Joder – dijo.
- No, King. – tomo las manos del castaño, llevándolas por encima de su cabeza, inclinándose para que sus pechos se pegaran – Estamos jodiendo juntos. – bromeo, uniendo sus labios en un nuevo beso, dejando el amargo sabor calar en sus papilas gustativas.
Una última lagrima broto de los ojos de King, deslizando sus manos de las de Ban, comenzó a arrastrarlas hasta colocarse en la cabellera albina y sujetarla con fuerza, mientras las rasposas manos del hombre viajaban hasta su cadera, deslizando la izquierda por su pierna y levantándola por la curvatura de la rodilla. El albino, deslizo sus besos por la mejilla derecha, llegando a la barbilla y descendido a la mandíbula, mordiendo un poco de piel del cuello, riendo y volviendo a besar los labios blanqueados por el semen. –Juguemos, King-kun~.
Frunciendo el ceño, con sus delgadas cejas castañas, atrajo al hombre, jalándolo por los cabellos de su nuca, chocando sus labios en un beso torpe, Ban cerró sus ojos, tomando una de las mejillas de King y rodeando su fina cintura, correspondiendo sin dudar a la asertividad de este.
- Harlequin-san, llevare las listas de miembros con el profesor Hendrickson.
- Gracias Dolores. – respondió el castaño, despegando su atención del bordado en su servilleta de cocina, recibiendo un asentimiento torpe de la chica rubia, saliendo por la puerta de su pequeño club de costura. Un sentimiento enorme de alegría bordeaba su cuerpo, finalmente era capaz de participar en tan anhelada actividad luego de pelear por el espacio, los miembros, material y un profesor asignado para el club. Cada minuto gastado, valió completamente la pena, miro la nueva máquina de costura que recién desempaco Hendrickson por la mañana, alabándolo como el primero de muchos otros objetivos cumplidos.
El deslizamiento silencioso de la puerta y como regresaba a su lugar con pasos tranquilos, hicieron sonreír al castaño, pensando que se trataba de su mejor amigo a punto de asustarlo o su hermana para sorprenderlo de volver juntos a casa, incluso la misma Dolores que con su tranquilo carácter en ocasiones lograba sorprenderlo. Tomando las tijeras de su equipo de costura, aseguro el nudo del hilo, cortando el excedente y guardándolo en un pequeño compartimento para hilachas. Encajo la aguja en el cojinete con forma de oso, mirando sus hilos de colores para la rosa en su costura, tocaban los pétalos.
- Te atrape.
Su preciada costura voló de sus manos, el estuche obsequiado por Diane celebrando la inauguración del club quedo tirado, el álbum de tipos de telas abierto y doblado, su cojín de agujas reboto bajo una mesa, los hilos rodando, su set de agujas desparramado y la caja hecha a mano con partes abiertas. – Esta vez hablaras conmigo.
Con su ceño fruncido, encaro al criminal, aumentando su ira al saber de quien se trataba, apartándose de su agarre golpeando sus brazos, retrocedió, cubriéndose con la silla en que previamente se hallaba sentado. – Enano, me ignoras en la casa.
- Por algo será, ¿no crees?
- Este juego se termina. ¡Ahora!
- ¿Juego?, ¿Enserio, Ban? – sus dedos blanquearon sobre la silla – ¡NO HAY JUEGO, PENDEJO! – aparto la silla, quebrando una de sus patas al impacto. Estaba lo suficientemente hirviendo en ira como para amedrentarse ante la fuerza y altura doble del albino – Me besaste… ¡Y NO FUE UNA, FUERON DOS VECES!
- Y precisamente es de lo que necesitamos hablar.
- ¡Por favor! – alzo sus brazos, sonriendo amargamente, picando el pecho del albino con su índice izquierdo – Lo mínimo que tendrías que hacer es largarte de mi casa, por respeto a Elaine, si, es que le guardas alguno a su relación. – sus palabras iban cargadas de puro veneno y un odio que no imaginaba fuera a crecer a gran escala, queriendo encajarle alguna de sus agujas, enterrarlo, no, meterlo en una bolsa de tela y deshacerse de él en una cremadora. Su ansia asesina se detenía por la angelical figura de su hermana y que esa bella sonrisa fuera a romperse por su culpa, ¡No en esta vida!, pensó el castaño.
Considero brindarle otra oportunidad, aun en contra de su mejor criterio, al ver que ya no había respuesta por su parte, camino a su alrededor, con cuidado de no ser jalado a la fuerzo, se detuvo una vez llego a la puerta de entrada del club, asegurar la salida era lo primero, ante sus MUY obvias desventajas. – Dos semanas, si en dos semanas no encuentras otro lugar, quédate, pero, jamás hablaremos de ese incidente o repetirlo. ¿Estamos?
Un trato con enormes beneficios para el albino y ninguno a favor del castaño, con la única condición de mantenerse a distancia hasta que el recuerdo de ese infame beso desapareciera para siempre y jamás se recordara ni como una broma casual o un chiste. – Me niego – dijo Ban dándole la espalda a Harlequin, el castaño por poco cae, buscando la hendirá de la puerta, con su mano puesta dentro del orificio circular, jalo sin resultados efectivos, alzando la mirada distinguió que el seguro había sido puesto por dentro con llave.
El sonido metálico provino de la mano del albino, quien resguardo el objeto brillante en el interior de su pantalón, caminando directo al castaño y encerrándolo con sus brazos al pegarlos a la pared. – Aléjate o sino-
- ¿Que? – reto el albino, mirándolo con superioridad - ¿Gritaras?, ¿Dirás que te viole? – se inclinó hasta su oreja - ¿Dejaras que ella lo sepa?
- "Desgraciado" – pensó King, empuñando las manos, listo a soltar el golpe con su rodilla, detenido por la mano de Ban, quien negó, alzando al castaño por el cuello de su camisa. – T-tu… e-eres… l-lo peor…
- Dime algo nuevo, enano. Lo pediré una última vez o dejare de ser amable.
- Ja – cerro el agarre alrededor de su cuello, asfixiando al castaño.
- Bésame – el castaño se negó con el movimiento de su cabeza, Ban apretó su mano - ¡Hazlo!
- N-no… ¡NO SOY GAY! – balanceando su pie, consiguió sacar su zapato y que pegara en el rostro del albino, logrando ser liberado y que callera, sobando su garganta quedo en el suelo, retrocediendo a la puerta cuando él se puso en canclillas.
- Yo tampoco. – declaro, marcando su entrecejo y sosteniendo el zapato de King.
- E-entonces… ¿Por qué quieres que te bese?
- Comprobar algo. – masajeo su cuello, tronando en el proceso.
- Tú estás loco, órate, borracho o te caíste de bebé mandando al demonio cualquier atisbo de lógica que te pudiera quedar en el cerebro.
- Sera por la mala. – entrecerró los ojos, arrugando la frágil tela del zapato en su mano, arrojándolo detrás de él.
- ¿Ah?
Presionando sus mejillas, alzo los labios de King sin ponerle demasiada ciencia, apretó los propios, quedándose segundos suficientes para que el manoteo y jalón de cabellos parara o se diera por vencido.
Fue solo un roce, piel contra piel, entonces, ¿Por qué estaba sintiendo estúpidas mariposas?, ese albino le estaba robando su tercer beso, todo era culpa de las hormonas, de las hormonas adolescentes, estúpidas hormonas, débil biología que reaccionaba por un poco de contacto físico. Empujado a la derecha de la puerta, Ban se levantó, murmurando: imposible, y mirando con una considerable cantidad de sangre inyectada en sus ojos, ignorándole, introdujo la llave a la cerradura, deslizo con fuerza la puerta y le lanzo la pieza metálica a los pies.
La mente del castaño estaba perdida, hizo, todo esa pantomima, solo para, golpeo con sus puños el piso, limpiándose con el dorso de su mano los labios, se haría una desinfección completa de la boca. – ¿Harlequin-san? – Dolores entro, preocupada por verlo en el suelo, le ayudo a ponerse de pie, acercándolo hasta una silla. – ¿Y Ban-san?, dijo que necesitaba la llave de repuesto porque perdiste la tuya y necesitaba una copia.
- Ah, sí, claro. "¡Embustero!" – sonrió dulcemente a la regordeta rubia – Encontré la mía, estaba en mi… si en mi zapato – señalo al calzado tirado y arrugado, riendo junto a la chica por una torpeza inesperada de su parte.
Un delicioso desayuno ya estaba puesto en la mesa, huevos revueltos con jamón, panecillos recién hechos, jugo de naranja, café, agua caliente para té y ensalada de acompañamiento. Subió la corbata en su cuello, tragando por lo delicioso que olía y su estómago gruñendo, recordándole que no ceno la noche anterior, tampoco es que tuviera mucho apetito en ese momento. – Deja de mirar y siéntate de una vez. – Dijo Ban, señalando con la espátula, arreglando lo que parecía ser sus bentos del almuerzo. King se limitó a asentir en silencio, ocupando su lugar de costumbre, sirviendo una doble porción de todo, agradeciendo por los alimentos y engullendo el primer bocado con sabor a gloria, aumentando la velocidad de su mastique y al tragar, optando por el jugo para desatorar el huevo en su garganta.
Iba por un panecillo y a untarle mermelada, sintiendo la tela pasar por su mejilla, junto a una risa divertida, Ban se había detenido en su camino a sentarse para limpiar los restos de comida que King no procuro limpiar al estar concentrado en recargar su energía con alimentos. Un agradecimiento por dicha atención quedo pendiente, al recibir un beso en su frente y que el albino ocupara el asiento a su lado en la mesa.
No había palabras, ni una sola. – ¿Estoy muerto?
- Come o se nos hará tarde, King. – puso un panecillo con mermelada en la boca de King, siguiendo con su propio desayuno.
Cual sistema puesto en automático, King termino lo que quedaba en su plato, llevándolo hasta el fregadero, lavándolo – con ayuda de Ban – recibiendo otro beso, ahora en su mejilla y la mano de este en su cintura, olfateando cerca de su cuello y besando suavemente este, separándose para mostrar la hora en su reloj de muñeca, corriendo a la habitación por su mochila, dejando a un confundido castaño en la cocina.
Esperando en la entrada de su casa, King verifico su bandeja de entrada, notando entre los correos basura y notificaciones de tarjetas de crédito que no necesitaba, un mensaje de Elaine.
Para: Harlequin.
De: Elaine.
¿Recuerdas mi noche semanal de películas con Jericho?
Bueno… se alargó más de lo debido. OvO. Me quedare a dormir, igual raje mi uniforme en caso de que el clima cambiara y no pudiera llegar a casa. UwU.
Cuídate, hermano. nv0
¡Y no pelees con Ban!, ¿Vale?
Los amo, n3n
20:00 PM.
La bilis en su estómago hizo regurgitar su desayuno, saboreando el ácido del vomito que no consiguió salir, quemándole la garganta cual acido abominable que si no fuera por la mucosa estomacal ya estaría muerto, Bloqueando la pantalla de su teléfono, resguardo el aparato en el interior de su pantalón, ese sería un adecuado castigo, si no pelear con Ban y fingir que NADA pasaba implicaba mantener una relación sexual con el novio de su hermana menor.
- Andando – salió Ban de la casa, cerrando detrás y colocando la llave. King asintió, evitando mirarle a los ojos o mencionar del mensaje de Elaine.
Su andar hasta la escuela fue tranquilo, pasando las cuadras que conocía de memoria, esperando encontrarse a Diane con la esperanza de mejorar sustancialmente su día escolar o por lo menos tener a Elaine en medio de los dos y escuchar los suaves coqueteos que su hermana le brindaba al albino, bien podría soportar la miel derramada de los tortolos si eso liberaba su mente de la culpa.
El roce a sus dedos, atrajo su atención de la auto miseria impuesta, alejando bruscamente del toque, sosteniendo su mano con horror, mirando en todas direcciones que nadie se acercara o consiguiera ver que por un instante su mano estaba entre la del albino. – Tampoco tienes que ser grosero. – Dijo Ban, con una mano en la cintura, lo cual no calmaba al alterado castaño – Bueno, preguntare – alzo ambas palmas al aire, extendiendo la mano izquierda, guardando la otra en su bolsillo – ¿Quieres que vayamos de la mano?
- ¡No!, ¿Por qué quería ir de la mano? – el castaño dudaba de la capacidad de obviedad y lectura de ambiente del albino. Su cero importancia a la opinión ajena, a pensar antes de actuar, aterraba.
- Porque eso es lo que hacen las parejas.
- Tu cerebro no sirve. – señalo temblándole la voz.
- ¡Ya basta de insultos, Harlequin! – grito enojado, queriendo sujetar al más bajo del hombro.
- ¡Es lo menos que te mereces! – ya no le interesaba si alguien escuchaba su discusión, esto tenía que terminar para siempre, aunque una pequeña voz le susurraba detenerse y pensarlo, ¡Al carajo!, esa no era su consciencia hablándole. – Me obligaste a hacer… todo eso… tu… ¡TE ODIO!, te desprecio, y ahora, ja, ja… - rio amargamente, torciendo la mueca en su rostro – quieres, ¿Quieres fingir que somos una pareja? – señalo al albino y a sí mismo.
- Somos una pareja.
- ¡No lo somos! – grito, quedaría con dolores de garganta por esto – Eres el novio de mi hermana. ¡Mi hermana, Ban!
Estaba preparado para el argumento estúpido: ¿Y qué?, sigo amándola. Sus ojos le picaban por las lágrimas, ansiaba reír ante lo pendejo que había sido al meterse él mismo en una situación de drama barato de televisión y moler a golpes al albino delante suyo. Lo que sea que fuera a decirle, estaba preparado, no lo sorprendería con nada.
- Lo cual no es un impedimento para que Ban te guste, hermano – Pero no estaba preparado para su hermana llegando por detrás de ellos sosteniendo la mano de una apenada Jericho que lo disimulaba con su rostro serio. – Ups – fingió inocencia, tocando sus labios con el índice – ¿Era un secreto?
- E-elaine, ¿Cuando?, ¿C-cómo?
- Detalles, hermano, detalles. Lo interesante es – soltó la mano de Jericho yendo a un lado de King, manteniendo sus manos tras la espalda, sonriendo de lado a lado – la respuesta que mi Ban estaba por darte. Adelante, dilo.
- N-no… no. ¡NI SIQUIERA LO-!/ ¡Dilo! – interrumpió Elaine, alzando su voz. King temblaba, las lágrimas ahora si corrían y por el último intento de no escuchar las palabras que debían ser otra de las muchas falsedades características del albino.
Inigualable fue el tacleo que Elaine hizo sobre Ban, tirando al albino sobre la acera, golpeándolo a puño limpio contra el pecho, cambiándolo por bofetadas seguidas y rasguños en el rostro de este, basto con Jericho, tomando a la rubia por debajo de sus axilas, asegurando que su cabeza no chocara contra su barbilla. Fue la pesadilla traída a la realidad en intercambio verbal carente de dudas, solo unas pocas palabras, las únicas palabras que no tenían por qué sonar verdaderas, ni conseguir que su corazón tambaleara o estuviera con una dicha que se le estaba escapando por el pecho y tuviera la intención de sostener al albino herido. – Me quedare con ella en la sala del club – fue lo que Jericho le dijo, alejándose despacio con la rubia entre sus brazos.
- Estoy enamorado de Harlequin
Sorbiendo su nariz, apretando el agarre en su mochila, volteo con el albino que limpiaba los restos de sangre salidos por los rasguños en su rostro, iba a propinarla su propia paliza, un dolor físico proporcional al corazón que se había roto por ambos, pero su mano quedo flotando en el aire, bajándola hasta que la yema de sus dedos rozo las heridas diminutas y rio, negando, cansado por un día que recién empezaba. – Quiero que tus cosas estén fuera de mi casa, tienes hasta mañana para desaparecer de mi hogar, "y mi vida". – La mano del albino intento tomar el brazo de King, pero él retrocedió, negando con las lágrimas yendo a descender de su rostro – ¡Suficiente!, por favor. Solo, ya basta. En principio, ni siquiera me gustas Ban.
Un golpe con el tarro de madera dio de lleno en su frente, dejando la marca roja y un raspón por la madera – Capi~
- Parece que no es un sueño. – dijo Meliodas, con la mano bajo su barbilla.
- Eso funciona si eres tu quien se lastima.
- No quería arriesgarme. – recargo el codo sobre la barra, seguidamente de su mejilla en los dedos doblados, mirando fijamente a su compañero de copas.
El rubio y albino rieron, cada uno con una botella de cerveza a medio beber, reclinándose sobre la barra del bar, Ban tomo de su cerveza, mientras Meliodas regresaba el tarro de madera a su lugar detrás de él, y bebiendo de su propia botella. – Ya te decidiste, ¿Qué te detiene, ahora?
- No sé a lo que-
- Ban, con lujo de detalles, que yo no requería a pesar de la curiosidad, besaste a King con la intención de comprobar si fueron tus alocadas hormonas o que él te gusta.
- Pff~- bebió otro largo trago – ¿Gustarme?, el enano. Sueñas, capitán. Solo jugaba con él, una broma.
- Una broma. – repitió despacio, alzando una ceja ante la sonrisilla zorruna – Vale, ¿Cuánto te va a durar la broma, Ban?, hasta que King agote la última fibra de su paciencia o Elaine te atrape besándote con su hermano.
- Ninguna. Es un juego, un simple juego. – agito su mano, bebiendo hasta el último trago de la gaseada cerveza.
- Incluso los juegos poseen reglas y normas que jamás han de pasarse por alto, sino serás el unico perdedor.
En un espacio libre entre los matorrales del club de jardinería, una pequeña rubia se aferraba al pecho de una peli lila que pasaba su mano por la espalda en pequeños mensajes, apretándola de vez en cuando, recordándole todas sus cualidades y que esto solo significaba el principio de nuevas oportunidades de explorar a libertad el amor, sin deberle nada a nadie, una puerta se cerraba, pero una nueva se abría. En aquel pequeño cuaderno verde, el diario de su hermano mayor, a puño y letra con tinta negra, se registraba un pensamiento personal del castaño: *Estoy comenzando a…a querer a Ban.*
Ni en sus mejores deducciones habría sospechado que el ladrón de sus afectos se trataba de la única persona en quien más creía, esperaba, que al leer el diario de Harlequin, tuviera la confirmación oficial – obvia – de sus sentimientos por la castaña que planeaba obsequiarle una nueva sudadera hecha a mano, en cambio, el escrito fue la pieza final del rompecabezas que olvido estar armando. Tan tranquila dejo la casa, maquinando el peor plan de todos, pagarle con la misma moneda al albino, usando para ello a la peli lila, vaya, que estaba dejándose llevar por su resentimiento, sino es porque Jericho la confronto, obligándola a confesar todo.
Pero, hoy no era la única que había perdido, no, en ese juego de tres, del cual no era consciente plenamente, todos habían cometido una violación a las regulaciones. Ella al enterarse haciendo trampa – leer el diario de Harlequin –, su hermano al querer seguir las reglas – ser honesto con sus sentimientos – y Ban, rompiendo sus propias reglas – enamorándose de Harlequin –, una pésima triada de jugadores.
.
.
.
.
.
.
.
.
Fin.
Suelo repetir esto constantemente, mis historias de solo un capitulo no están a consideración para brindarles una continuación, pero hay excepciones a mi regla cuando son muy solicitadas por mis lectores o bien me siento inspirada y motivada tras leer un comentario.
Para este particular caso, use una tercera opción que fue solo inspiración y pensar, ¿Solo un fic sin argumento?, ¡Nah!, por lo cual, ¡Gracias por pasar a leer la continuación de mi primer fanfic de BanxKing!, ¡Así es!
¡Usted ha leído la continuación de "Solo fue un juego"!
Bye-bye~
¡RECUERDEN!
A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo.
Porque eso es de gente muy cochina *lean esto con la voz de Deadpool*
