Cuando crucé la pared entre los andenes 9 y 10, pude, al fin, respirar tranquila.
Empujé mi carrito entre la gente. Veía a madres y padres despidiendo a sus hijos y no pude evitar una pequeña punzada de envidia .Con mucho esfuerzo me metí en el tren y escogí un compartimento. Veía por la ventanilla la gente hablar y despedirse.
Unos minutos después el tren empezó a andar.
Esperé pacientemente.
-¡Estas aquí! -oí gritar.
Me volví hacia la puerta del compartimento; una chica alta, rubia y con muchas pequitas en la cara me observaba con algo parecido a una sonrisa.
-Diana -dije yo levantándome de un salto.
Las costillas me dolieron y disimulé la mueca con mi típica sonrisa.
-Entra, ¿qué tal te ha ido el verano? -pregunté mientras la empujaba al asiento con un brazo.
-Pues tu dirás, mi familia está encantadísima conmigo -murmuró con ironía sin poder evitar poner una sonrisa triste.
Suspiré. La familia de Diana ha estado siempre en Slytherin o en Ravenclaw. Por eso, cuando ella terminó en Hufflepuff no fue muy bien recibida en su casa. Eso, combinado con que tiene la autoestima más baja que el profesor de encantamientos, no ayudó mucho a su depresión. Diana está siempre deprimida. Por eso, desde que yo entré en Hufflepuff me he dedicado a hacerla reír. Es lo mejor que hay, dar felicidad.
-¿No estás emocionada con que vamos a entrar en nuestro quinto año en Hogwarts? -pregunté para distraerla.
-Supongo que sí -suspiró.
-Es genial, y ¿a qué no sabes qué? -Diana pareció alegrarse, pero no me engañaba.
-¿Qué?
-Soy prefecta.
Diana me miró y sonrió, esta vez de verdad. Aunque sin poder creérselo.
-¿En serio? -preguntó escéptica levantando una ceja.
-No. El jefe de Hufflepuff me dijo el año pasado que no podía ser prefecta, al parecer me falta algo.
-¿El qué?
-La capacidad de portarme bien.
Diana se rió. y yo sonreí victoriosa.
-Hola chicas, ¿qué tal el verano?
Miramos hacia la puerta para ver como un chico de pelo negro se colaba en nuestro compartimento y se sentaba delante nuestra.
-Adrián -exclamé -¿has crecido en el verano o Diana y yo hemos disminuido?
Adrián me sonrió. Era un chico alto y delgado, tenia unos bonitos ojos grises y una sonrisa tímida. Adrián era un Ravenclaw que llevaba colado por Diana desde tiempo inmemorable pero que creía que ella merecía algo mejor. Lo realmente curioso es que Diana pensaba exactamente lo mismo, lo cual era patético.
-Me temo que he crecido ladrona.
Sonreí.
Él vivía unas calles mas abajo que yo y un día me había visto robar un empanada, desde entonces me llamaba ladrona. Por supuesto lo había hecho por hambre, pero en nombre se quedo. A Adrián le encanta poner motes.
-Voy a por la señora del carrito -dije -ahora vuelvo.
Me levante y me dirigí a la puerta. Ambos me dirigieron la típica mirada de "No me dejes solo con la persona que me gusta porque puedo empezar a decir estupideces". Lo cual era ridículo, en los cinco años que llevaba con ellos me había dado cuenta de que cuantas mas estupideces decían mas se enamoraban.
-Ahora vuelvo -repetí- no hagáis nada indebido.
Me reí mientras desaparecía por la puerta imaginando a los dos completamente rojos.
Reírme no me sentó bien, las costillas me volvieron a doler. Aguantando una mueca me metí en el baño y me mire en el espejo.
Tenia el pelo negro y los ojos oscuros, fruncí el ceño al ver mi palidez. Me concentre y al mirarme de nuevo la piel estaba menos pálida. Sin embargo nada era perfecto, el pelo me había cambiado a azul. suspire mientra volvía a ponerme el pelo negro. No es que fuera mi color verdadero pero era el que menos llamaba la atención. mientras salia del baño me pregunte si debía practicar mas. Ser metamorfomaga era algo realmente útil para ocultar las ojeras y los golpes, pero tus emociones eran visibles. De todas formas, recuerdo que pensé,nadie me he dicho nunca nada para que cambie el color sin darme cuenta así que no debía preocuparme.
¡Qué equivocada estaba!
Me diriji al compartimento de nuevo. Estaba claro que no iba a comprar nada del carrito, nunca tenia dinero.
Antes de entrar desee que el carrito de los dulces ya hubiera pasado por allí para no tener que aguantar miradas fulminantes de ambos lados. A lo mejor se endulzaba el ambiente.
Tuve suerte.
-Te hemos guardado ranas de chocolate -me dijo Diana.
Sonreí. Adoraba las ranas de chocolate. De hecho estuve todo el viaje comiendo dulces, cazando ranas y escuchando los veranos de mis amigos. Prefería no contar el mio. Con los otros era fácil sonreír, nunca se me dio bien darme mi propia terapia.
Ahora que lo pienso, quizá la culpa la tuve yo. Aunque estuve muchos años echándole la culpa a Adrián.
Él, como buen Ravenclaw, siempre llevaba un libro. Se llamaba "La Pirámide Roja" y se lo había regalado yo.
Durante una de mis cacerías de ranas de chocolate me abalance sobre el y el libro fue a parar a una esquina del compartimento, casi debajo del asiento.
-¿Pero qué haces? -me gritó- iba por la parte mas interesante.
-Para ti todas las partes son las mas interesantes -repliqué- ¡mi rana!
La rana salto y aterrizo en el suelo al lado de unos zapatos que no conocía.
Levante la vista y vi a un chico mirándonos, llevaba la P de prefecto sobre la túnica
-Estamos llegando -dijo- empezaos a poner las túnicas.
Y se marchó.
-Antipático -le gruñí a la puerta.
-Déjalo, el pobre chico no te ha hecho nada -dijo Diana.
-¿Y eso como lo sabes? -grite dramáticamente- seguro que es un despiadado asesino de croissanes.
Diana negó con la cabeza.
-Mira quien fue a hablar.
-Adrián vete -ordene.
-¿Por que? A mi no me gustan los croissanes -dijo.
-¿A quien no le gustan los croissanes? -exclame de una forma teatral- no, no me respondáis, sufriré yo sola en silencio; ademas era una pregunta retorica.
Diana rodó los ojos divertida mientras Adrián la muraba embobado.
-En fin, cierra la boca, seca tu baba y salte que nos tenemos que cambiar -dije y lo eche del compartimento.
Supongo que ese fue mi error. Nos olvidamos del libro, solo de acordó de el cuando íbamos a subir al carruaje.
-Mierda -exclamo Adrian- el libro, me lo he dejado en el compartimento.
Rodé los ojos.
-No pasa nada -dije- voy yo, montad. Yo cogeré otro.
Y así conseguí que mis dos mejores amigos se volvieran a quedar solos en un carruaje tirado por caballos fantasmas.
Me metí en el tren y cogí el libro donde se había caído.
Corrí pero el ultimo de los carruajes se marchaba. Genial, tendría que ir al castillo andando.
-Mierda -exclame yo y otra voz.
Era un chico. Nos miramos. Era alto con el pelo negro y desordenado, guapo con gafas y ojos de color miel. Se veía que jugaba a montar en escoba con pelotas asesinas.
-Hola preciosa -dijo poniendo una sonrisa seductora- ¿también te quedaste aquí?
Ignore olímpicamente su sonrisa y el preciosa.
-¿No se ve?
Y empece a caminar.
-Tampoco hacia falta ser cortante
-Realmente no lo pretendía -dije.
-¿No? ¿No es una broma? ¿Ironía?
Lo mire extrañada.
-¿Por que debería serlo?
Me sonrió otra vez de la misma manera.
-Creo que no hemos sido presentados -dijo tendiéndome una mano que mire desconfiada- vamos a conocernos preciosa, ¿qué tal si empezamos por el nombre?
Quise decirle que sabia quien era. Era difícil no saberlo pero le estreche la mano sin saber que le daba la mano a la aventura y el peligro. Supongo que habría cambiado de haberlo sabido, siempre he sido de las que se añaden preocupaciones.
-Me llamo Sarah Streek
-Me llamo James Sirius Potter, preciosa
