Digimon no me pertenece.
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HANAKOTOBA
~El lenguaje de las flores~
Su mirada pasa por los diferentes patrones de las planillas de papel. Ha descubierto que es un proceso en el que puede quedarse cautivada durante horas. Trata de interpretar el sentimiento que se quiso plasmar en cada trazo. Puede parecer algo difícil pero como todo es cuestión de práctica. Es cuestión de adaptar el cerebro, los sentidos y tener receptivo el corazón.
Las murmuraciones comentando uno u otro trabajo así como el clic de los teléfonos al hacer fotografías le recuerdan que no está sola. Le traen de vuelta también al siglo XXI. Al verano. A la fecha.
Guarda el cuaderno garabateado, introduce los cascos inalámbricos en los oídos y mantiene el teléfono en su mano tras marcar. Empieza a andar mientras escucha los tonos. Su mirada sigue pasando por las estampas expuestas pero ya no su concentración. Ya no hay vida saliendo de cada trazo. Ya es solo pintura. Dos tonos. Sabe que si llega al tercero lo mismo dará que cuelgue pues él no contestará por mucho que insista. Le devolverá la llamada, obviamente, en cuanto pueda. Normalmente no transcurren más de veinte minutos en ese proceso. Esta vez no es necesario, antes del tercer todo escucha su voz.
—Una exposición de Ise Katagami —dice Sora, contestando a su pregunta. Su vista sigue fija en los patrones.
—Suena interesante.
Ella dibuja una sonrisa.
—Por cierto que iré a Kyoto un par de días. Hay una conferencia que no me gustaría perderme sobre este tema.
Escucha su respiración fuerte. Sabe que ha esbozado una sonrisa.
—Veo que te estás esforzando.
—No más que tú, seguro.
Esta vez no contesta. Sora ha llegado al recibidor y abandona el recinto. Suspira y se abanica con la mano al sentir el bochorno.
—Mañana es el cumpleaños de tu madre —al fin el verdadero motivo de la llamada.
—Sí.
—¿Le comprarás algo? —una pausa que empieza a ser larga—. Tengo un rato libre si quieres que te acompañe.
—Ahora no me viene bien.
Sora se detiene en la sombra. Se había decidido a pasear pero tras meditar sobre ello mejor tomará el autobús.
—¿Es una excusa?
Le sorprende un poco. Yamato, en los últimos años, no ha tenido problema en hacerle un obsequio a su madre.
—No, es…—silencio. Resopla.
—¿Ya tienes algo en mente?
Ha interpretado su dificultad. No se ha equivocado.
—En realidad había pensado en pedirte que hicieras un arreglo floral.
Pestañea incrédula y sin darse cuenta ha vuelto a caminar.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? Es mañana, necesito buscar las flores adecuadas, el tema adecuado… —se detiene ante su silencio, ante su posterior titubeo.
—Es que no quería causarte molestias y desconcentrarte de tus nuevos proyectos.
Ella suspira, pero sonríe. Él siempre velando por ella.
—Está bien Yamato. El Ikebana forma parte de mi vida, y me hace especial ilusión poder hacer un arreglo para tu madre de tu parte —de nuevo silencio. Sabe que aún no está convencido. Ríe—. ¿Acaso tu no cantarías si yo te lo pidiera?
Escucha su aprobación. Ella se vuelve a detener. El sol la castiga. Se coloca el gorro que había guardado en el bolso cuando entró a la exposición.
—Haré algo antes de irme, ¿de acuerdo?
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El recipiente elegido es una cerámica alta de la cual tiene recuerdo desde que era niña. Nunca supo cómo se rompió, solo que su madre nunca la tiró. Arregló los trozos y consiguió incluso que el suave dibujo de duraznos y otros frutos estivales que la decoran siguiera uniforme. Las líneas pegadas solo son visibles si se sabe que alguna vez estuvo roto.
No-me-olvides es la flor de base. Hasta siete pequeñas flores azules sobresalen del recipiente. La flor del tema principal y que más destaca es la Camelia. Dos para ser exactas, una blanca y otra amarilla. Las pequeñas florecillas las envuelven para que queden una frente a la otra.
A los ojos.
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Bosteza contra el cristal, viendo su reflejo entre el paisaje que trascurre a toda velocidad. Finalmente tuvo que sacrificar horas de sueño para hacer el arreglo, pero fue un sacrificio grato. Recuerda orgullosa la cara de asombro de Yamato cuando se lo llevó.
Se pone los cascos, elige música relajante y aunque nunca le ha gustado dormir en público no descarta echar una cabezada. El aviso de mensaje interrumpe su intención. Ríe al ver la foto que ha recibido: El arreglo está sobre la mesa y Yamato come a dos carrillos un dulce que parece delicioso. No posa para la foto. No se ha dado cuenta de que se la han tomado. «¿Has visto el regalo maravilloso que me ha hecho mi hijo mayor?» Es el mensaje, acompañado de un emoticono cómplice. Sora le felicita el cumpleaños, añadiendo el buen gusto de su hijo mayor.
Más satisfecha si puede, guarda el teléfono y reanuda la música. Ha decidido que no dormirá y por ello saca un libro sobre tipos de estampado tradicional.
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Quería tomar notas de las proyecciones pero su cuaderno está vacío. Siente que si lo hace perderá la concentración de lo que está viendo. Luego lo procesara en su cabeza y pasará las notas al cuaderno. En el colegio era de esas personas que se esmeran por apuntar absolutamente todo, pero luego se dio cuenta de que no entendía muchas de las cosas. Estaban vacías. Poco a poco aprendió a no dar vital importancia a las notas. Ella escucha, luego reflexiona y le da forma. (Y si eran matemáticas le preguntaba a Yamato.)
El tono de voz de la conferenciante es firme pero sosegado. Le recuerda a su madre.
Se sobresalta al notar la vibración de su teléfono. Respira tranquila porque no se escucha. Es algo automático dejarlo sin voz cuando está en un lugar público; sea cual sea. Las clases a solas con su madre también cuentan.
De todas formas, cuando nota la vibración siempre tiene esa inquietud. «¿Y si está vez no lo silencié?» No es así y nadie salvo ella es consciente de que la están llamando. Con ella la norma de los tres tonos no funciona. No obstante, si es muy insistente ya sabe que puede descartar a Yamato.
Insiste una y otra vez pero hace un esfuerzo y lo elimina de su mente. No sabe cuando su mano ha garabateado la geometría que ahora se está explicando.
Ya no nota el teléfono y sus sentidos pueden regresar a la voz calmada. Al arte que toma vida.
…
Escucha los tonos mientras pasea por los alrededores de la universidad. Se encontrará con su padre para comer y luego probablemente irá al cementerio a presentar sus respetos a su familia materna. Todavía tiene el deber de comunicar a sus ancestros su decisión de tomar el iemoto. Aprovechará para limpiar la lápida y así facilitar el trabajo del que probablemente su padre se encargaría en el próximo O-bon.
Al día siguiente tiene previsto visitar un taller de grabado y tintado tradicional y antes de tomar el tren de vuelta pasará por la tienda donde su madre compraba dulces de pequeña. No promete que no coma alguno por el camino, pero confía en que lleguen bastantes a su destinataria. Son sus favoritos. Recuerda que su padre siempre se los trae cuando regresa a casa. Su madre sonríe cuando los ve. Sonríe como una niña.
Le gusta Kyoto. En cierta forma es su segundo hogar, tercero contando el maravilloso hogar de su compañera. Allí están sus raíces. Allí están las tradiciones de su familia. Allí está el amor de sus padres.
—¡Por fin!, ya era hora.
Ríe al escuchar su indignación. Le habla como si no llevarán meses sin llamarse.
—Yo también me alegro de escucharte Taichi.
No hace falta que se pongan al día. Sería muy artificial de todas formas. Taichi no va con rodeos, tampoco siente que necesite la cortesía para su amiga de la infancia.
—¿Qué quieres que haga un arreglo floral para tu hermana?
Se detiene. Ha perdido la sonrisa y mira al cielo con un sol castigador. No tan pegajoso como el de Tokio pero igualmente castigador. Castigador como su amigo.
—Ha visto una publicación de Takaishi-san y le ha encantado y como ha estado un poco agobiada con la formación de verano y yo últimamente estoy un poco ausente de su vida…
Mientras lo escucha, Sora busca la publicación. No es la foto que le envió a ella de forma privada ni mucho menos. En esta tan solo sale el arreglo. Sobria, profesional. Ya hay comentarios alabando el trabajo. Esboza una sonrisa al ver que uno de ellos, el más crítico como no podía ser menos, pero también el que muestra más orgullo, es de su propia madre.
Vuelve a concentrarse en Taichi.
—Creo que ha habido un error. Eso solo ha sido un regalo para la madre de Yamato.
—Sí, lo sé, ya sé que ahora estás con lo textil. No estoy tan al margen de tu vida, ¿sabes?
Reanuda el camino. Saluda a su padre al otro lado del parque.
—De todas formas estoy en Kyoto ahora, no podré hacerlo en un par de días.
—¿Entonces lo harás?
Al escuchar su tono infantil suelta una carcajada. Comprende que Taichi tampoco estaba ya seguro de su reacción. Ella no ha cambiado tanto después de todo y él no ha cambiado nada a fin de cuentas.
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El recipiente elegido es pequeño, bajo y sobrio. No debe quitar protagonismo, debe dejar expandirse a las flores. Girasol es la flor que parece la principal. Alta, captando toda la atención. La Peonía rosa la rodea hasta el punto de que al final luce a su lado, a su misma altura. Tréboles terminan la composición, haciendo de manto para ambas flores.
A la altura.
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Se despierta con leve dolor de cabeza. Observa las cervezas sin recoger en la mesita y suspira con pesadez pero sin arrepentimiento. Supone que es lo que sucede con los amigos que se encuentran cada bastantes meses. No obstante, estar con Taichi siempre es natural, es imposible que haya sensación de lejanía.
Chequea el teléfono mientras espera que hierva el té. Casi está segura de que será un día totalmente improductivo, aunque es posible que tras el té su cuerpo remonte y sea un día sorprendente. Se conciencia al menos de que tomará el cuaderno y hará sus reflexiones sobre su viaje a Kyoto.
Todo su cuerpo se activa de golpe al ver la cantidad de mensajes del chat. Hikari ya publicó orgullosa una foto del inesperado regalo de su hermano mayor y todos sus amigos están reaccionando sin parar. Están los que preguntan si Sora ya se convirtió en maestra de Ikebana (Koushiro, Jou), o las que simplemente llenan el chat de alegres emoticonos (Mimi, Miyako), también están los que alaban a Taichi por sorprender así a su hermana (Daisuke) y los que alaban más el trabajo (Iori, Ken). Siempre hay algunos que no contestan de inmediato (Takeru), y otros que lo hacen por privado (Yamato).
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Está derrotada. Por mucho que lo intentó no consigue levantarse de la mesita, ni tan siquiera para recoger las cervezas vacías. Arruga la hoja de su cuaderno y la tira. Bosteza y se echa en el tatami cerrando los ojos. El calor insoportable evidencia la ausencia de aire acondicionado. Era una de esas cosas que en primavera, cuando rentó el apartamento, no creyó importante.
Su apartamento es silencioso, demasiado silencioso.
Tocan en la puerta. Le cuesta interiorizar a que se debe sonido tan característico, pero cuando lo hace abre los ojos y la enfoca. Recogido como es, y seguramente por eso tan caluroso, puede preguntar desde la sala.
—Perdona Sora-san. Soy Ken, ¿tienes un segundo?
Es una visita de lo más inesperada. Mira a su alrededor y recuerda el motivo por el que le gusta tener siempre la casa recogida. Tras pedirle un momento; aparta los botellines, pone té a calentar, se cerciora de que pueda ofrecerle un aperitivo y se mira en el espejo. Viste una camiseta de tirantes y unos shorts deportivos. Ropa cómoda para estar en casa pero que sirve perfectamente para visitas de amigos cercanos y por suerte Ken entra dentro de esa definición. Se repeina el flequillo y abre.
—Perdona la intromisión.
Se resiste a entrar. A Sora le enternece esa timidez y ya sin preocuparse en cómo luzca su flequillo ni su caluroso hogar, intenta que se sienta como en su propia casa.
—Es cierto, había oído que ya regresa definitivamente —Sora asiente, trayendo unos cuantos hielos para el té.
Sudando y con el rostro enrojecido no opone ninguna objeción a tomar el té hirviendo, no obstante en cuanto ve el vaso con hielos derrama el té sobre él. Sora sonríe, retomando su asiento.
—¿Y entonces quieres que le haga un arreglo floral de bienvenida?
Ken asiente, tomando la bebida. El atrevimiento de hacer esta petición también contribuye al calor de su cuerpo. Exhala con satisfacción al dejar el vaso vacío con cuatro hielos tintineando
—Pagaré, por supuesto.
Sora, que ya ha tomado su cuaderno lo mira con desaprobación.
—No voy a cobrarte. No represento a la escuela Takenouchi como para poder hacerlo de todas formas.
Otra vez le produce ternura su expresión de culpabilidad. En ningún momento se ha planteado no hacerlo esta vez. Le emociona, le entusiasma. Se siente bien por poder ayudar de alguna forma a Ken a expresar sus sentimientos. Además, tiene debilidad por esa clase de sentimientos.
—¿Qué quieres expresar?
Se sobresalta por la pregunta de Sora. La profesionalidad que desprende sujetando el lápiz, dispuesta a tomar todos los apuntes necesarios, se contradice con su sonrisa divertida. Ken se sonroja y retira la mirada.
—Bienvenida a casa, supongo.
Le desilusiona y lo muestra con un mohín. Sintiendo la culpabilidad por no ayudar en absoluto a la creadora en una petición que él mismo le está haciendo, Ken hace un esfuerzo:
—Y que te he estado esperando —musita.
Sora contiene la risa. Asiente satisfecha no dispuesta a alargar su sufrimiento. Las notas que toma son en forma de boceto. Ya ha esbozado el arreglo que hará.
—Intentaré expresarlo lo mejor posible.
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El recipiente es alto y con un patrón moderno de suaves colores. Con la base ancha para que tenga buenos cimientos y la boca estrecha para que el camino al final sea el mismo. Las flores de base son silvestres. De diferentes colores, formas y tamaños salen disparadas por la estrecha cavidad. La flor principal es un Clavel que apenas sobresale en tanta flor dispar.
A la espera.
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Otra noche sin apenas dormir y por tanto otra mañana prácticamente perdida. No del todo realmente. La ilusión de Ken al ver el arreglo y los dulces caseros (hechos por su madre) con los que la obsequió bien merecieron la pena sus horas despierta. Además, fue gracioso verlo tan nervioso. Se dirigía al aeropuerto para esperarla con el arreglo en una mano y probablemente una promesa en la otra.
Debe despejar su mente y para ello debe salir de casa. Del calor. Irá a la biblioteca (con su aire acondicionado) a por fin preparar unos apuntes dignos que le hagan sentir que su viaje a Kyoto fue útil. Ya lo siente, pero si no lo ve en papel no llega a creérselo.
El calor la abarca desde su espalda al salir de su bloque de apartamentos. Calor dulce. Calor humano.
—¡Miyako-chan!
La abraza con cariño. La observa; radiante, alta, madura. Lo ve en ella en cuanto la mira. En su mirada, en su sonrisa. Gritan, se toman de las manos, se vuelven a abrazar. Sora no cree que que su arreglo pueda dar tanta felicidad. No lo da de hecho. Eso es cosa de los sentimientos.
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El aire acondicionado de la biblioteca le da un respiro. El helado que tomó con Miyako antes de llegar también se lo dio. Y no ha tenido oportunidad de verlo aún pero está segura que la memoria llena de fotos de su estancia en el extranjero con la que la obsequió será una fuente inagotable de inspiración. Con las energías renovadas ya se puede concentrar en su tarea. Este es el verano que ha empezado a volar con alas propias. Con lo aprendido y con lo que quiere aprender dará una diferente forma al iemoto que algún día heredará de su madre. Lo hará completamente suyo.
Sus últimos esbozos son los arreglos que hizo para sus amigos. Pasa las hojas: el estampado en papel. Las técnicas y los temas. Es muy parecido al Ikebana a fin de cuentas. Tema estacional. Hombre, cielo y tierra. Equilibrio. Armonía. Belleza. Fragilidad. Efímero. Eterno. Las artes tradicionales tienen la misma base. Es cuestión de hallar el núcleo, entender la verdadera naturaleza de las cosas. Ver la vida en lo que parece inerte.
Inmersa y concentrada, puede escuchar a la conferenciante de Kyoto en su mente mientras en sus retinas se aparece el proceso en la tela. Ve el kimono totalmente elaborado y desaparece abruptamente por la presencia frente a ella. Levanta la cabeza y le cuesta reconocerlo no porque haya algo diferente que le impida reconocerlo sino porque cuando su cerebro está en modo artístico cuesta regresarlo al modo normal. A las conexiones automáticas.
—Jou-senpai, que casualidad.
—Busqué tu ubicación.
Sora mira su teléfono silenciado sobre la mesa. Quizá en vez de silenciarlo debería haberlo apagado. Deja el lápiz y el cuaderno a un lado. Su intuición ya le dice por que Jou la ha buscado.
—Creo que ha habido un error —niega su proposición—. Solo he hecho algunos arreglos a amigos y familia, pero no soy mi madre. No soy maestra. No puedo hacer arreglos formales para personas que no conozco.
Para su padre. Eminente doctor Kido cuyo pasado como médicos se remonta al periodo Edo. Jou terminó sus estudios y es la forma de agradecérselo a su padre. Es una gran responsabilidad. No puede aceptar un encargo que comprometa a la escuela de su madre.
—Con todos mis respetos pero tu madre nunca podría expresar lo que siento.
El primer instinto es sentir molestia por sus palabras, pero le deja expresarse.
—Tú y yo nos parecemos. Ambos crecimos con presión por la posición de nuestros padres y ambos estamos encontrando nuestro camino sin renunciar a ellos. Solo quiero expresar el orgullo que siento por mi padre, que es gracias a la oportunidad de ser su hijo que elegí lo que quiero ser.
La molestia se ha disipado. Está conmovida de hecho. Los sentimientos de Jou hacia su padre no distan de los suyos hacia su madre. Lo estaba enfocando erróneamente. Jou no pide que represente a la escuela Takenouchi, solo pide que represente a una hija orgullosa de ser hija de quien es.
—Haré mi mejor esfuerzo Jou.
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El recipiente apenas es una bandeja. Clavados fuertemente en ella salen varios troncos de bambú. No están rectos, toman diferentes formas. Rodean el centro que son crisantemos de varios colores. Ninguno amarillo. Los crisantemos se asoman por entre los dobles del bambú.
A mi manera.
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Aunque ha oscurecido el calor no desaparece. Lleva un ramillete de diferentes flores en la mano. Hoy empezaron las clases de verano para principiantes de la escuela de su madre. Es una tarea de la que ella lleva encargándose algún año. Observa a sus alumnos; sus movimientos la mayoría torpes, la manera en la que escuchan sus explicaciones, cómo observan cada una de sus acciones que a sus ojos inexpertos parecen perfectas. A pesar de ello no logra sentirse maestra y tan solo piensa, al ver tanta flor malgastada, que hace días que las flores frescas que siempre tiene en su apartamento están marchitas. Necesita nuevas.
Hay una nota en el buzón al llegar a su apartamento. Le sorprende que lo firma el Doctor Kido. No es su amigo Jou que ya también es Doctor Kido (aunque duda que para ella alguna vez sea Doctor Kido). Con lo ajetreado que ha sido el día con sus nuevos alumnos casi ni recordaba que la mañana empezó como la mayoría en sus últimos días, con uno de sus amigos recogiendo un arreglo.
«No me cabe la menor duda de que el orgullo que sientes por tu madre es el mismo que ella siente por ti.»
Lo ha escrito un hombre que ni conoce. Lo siente como si lo hubiera escrito su propia madre. Siente la felicidad que Jou sentirá. Siente su propia felicidad.
Al entrar huele a comida. La luz está prendida y hay un ventilador funcionando. Dejando la nota a un lado sonríe al hombre entre los fogones. Es agradable regresar a un hogar que no está a oscuras.
—¿Qué tal tu primer día sensei?
Ella encoge los hombros. No se acostumbra a ser maestra. Quizá porque para su madre nunca podrá serlo, ella misma nunca podrá verse como maestra, y por ello no puede creerse que para otras personas lo sea. El jarrón de las flores frescas está lavado y las flores están terminándose de secar en la ventana. Nunca las tira a la basura, incluso marchitas pueden tener muchas utilidades. Yamato aprendió este tipo de cosas muy rápidamente.
Coloca las flores frescas mientras disfruta del aire del ventilador.
—Recordé que mi padre lo tenía para tirar desde el año pasado. Solo había que hacerle un apaño al motor.
Se acerca sonriente. Se sorprende al contemplar la calidad de la comida. Hay también una botella de vino. No necesita preguntar para saber que es obsequio de Natsuko.
—¿Celebramos algo?
Yamato voltea los trocitos de carne. Saca alguno sobre la plancha de hierro caliente. Empieza a picar la verdura.
—Más bien es cena de disculpa.
—¿Disculpa?
Sora suelta un quejido, pues ha tomado un trocito de carne y le quema en la boca. El intento de reprimenda de Yamato queda boicoteado por su propia risa. Le sopla, sonríe y mientras ella busca agua, suspira.
—Por mi culpa nuestros amigos te han estado explotando últimamente.
Lo mira con ternura mientras bebe.
—No me he sentido explotada.
—Ya, pero querías aprovechar el verano pero empezar en el arte textil y por mi culpa todo ha girado en torno al Ikebana.
Se acerca y toma su mano sobre el cuchillo. Este lo suelta. Yamato observa las pupas de su mano. Leves arañazos o cortes. También hay una dureza donde apoya la tijera. Ella aprieta. Yamato busca su rostro sonriente.
—Aceptando el iemoto he aceptado el Ikebana como parte de mí. Y mi madre ha entendido que estará integrado en mi vida, pero que no se la llevará. Haciendo estampados, diseños, dando clases o regalos a mis amigos... Ahora lo disfruto —se inclina. Besa el hueco de su clavícula. Es hasta donde llega—. Por sin soy capaz de disfrutar las cosas que hago.
No podría enfrentar a su compañera si no lo hiciera, la próxima vez que la vea.
Apartándose, toma el vino con intención de abrirlo. Yamato, enrojecido, la sigue con la mirada. Con retardo entiende el gesto de Sora y saca la carne antes de que se haga de más. Vuelve a mirarla. Dibuja una divertida sonrisa.
—Se me olvidaba...
Sora estalla a carcajadas al escucharlo cantar. Llena dos copas de vino y las lleva a la mesita.
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Abre los ojos repentinamente. La habitación está oscura. El ventilador aún suena desde la sala. Gracias a la puerta corrida, algo de aire entra. Escucha pasos y palpa a su lado el cuerpo de Yamato. Este gime sin despertarse. Se coloca la yukata y sale a la sala.
Da un respingo. Se extraña al reconocerlo.
—Takeru, ¿eres tú?
Como un fantasma iluminado tan solo por la pantalla de su teléfono. La silueta se acerca.
—Siento allanar tu morada tan deliberadamente, pero fue el cumpleaños de mi madre y he visto que has estado haciendo arreglos últimamente…
—Fue hace dos semanas —interrumpe Sora, mirándolo atónita.
—¡Cierto!, he estado casi un mes desaparecido y nadie se preocupó por mi.
—Creíamos que te habías fugado con un amor parisino.
Takeru sonríe. Agradables recuerdos revolotean en su mente. Un grito. Yamato está frente a ellos.
—¿Has estado secuestrado o qué?
—Por las musas.
Hace un fantasioso gesto con los brazos. Yamato hace una mueca de repulsión. Sora guarda un poco mejor la compostura, pero se retira tras Yamato.
—No excuses tu falta de higiene a que eres artista porque Sora también lo es y huele bien.
Es entonces cuando Takeru toma consciencia de su lamentable estado. Parece salido de una isla desierta. En cierta forma, así es.
—Estuve de retiro en la montaña. Creando —explica y sus oyentes saben que se refiere al lugar dónde hubo un campamento de verano hace años. Buscando una aurora que devuelva la luz a la piedra—. Es curioso el paso del tiempo, ¡estaba escribiendo y cuando levanté la cabeza ya era otro mes!
Sus palabras traen una nostalgia no premeditada. Ha pasado un mes. Ha empezado agosto. Sora no tarda en sonreír y no porque sea su papel. Ya no lo es. Ahora sus sonrisas siempre son sinceras. Sus sentimientos siempre son reales. Alzar la vista al cielo con optimismo también es parte de la verdadera Sora. Se acerca y tuerce la cabeza.
—La verdad que estás más delgado.
Sus palabras disipan la nube y el ambiente distendido regresa. Takeru se palpa la barriga lastimosamente.
—Y no puedo aparecer en casa de mamá para que me dé de comer sin ningún regalo.
No conmueve a su hermano que cruza los brazos disconforme.
—Ya le regalé un arreglo a mamá.
—Sí, por eso se lo pido a Sora —sonríe divertido. Yamato no se inmuta.
—No puedes aparecer en la casa de una chica a la noche oliendo a rayos y con esos cuatro pelos que dan grima saliendo de tu bigote y pedirle que haga algo que ya ha hecho dos semanas atrás.
Instintivamente Sora va a salir en defensa del pequeño de los hermanos, pero no es necesario. Takeru nunca necesitó defensa cuando se trata de su hermano de todas formas.
—Está bien. Sin insistes usaré tu baño, me pondré tu ropa, usaré tu maquinilla, comeré tu comida y beberé... ¿tu vino? —adentrándose mientras habla, finaliza con la botella en la mano. La observa. Mira a la pareja—. ¿Celebraban algo?, ¿sobrinito?
Sora contiene la sonrisa por su descaro. Yamato entrecierra los ojos.
—Tu desaparición.
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Un tarareo sobresale al sonido del agua cayendo. Yamato ha dejado en el baño algunas prendas y vuelve a la sala. Esta vez sí que cree que debe disculparse, pero Sora no le da opción.
—Si vas a hacer cena para tu hermano, ¿te importa calentarme un poco de té?
La observa. No es un kimono si no una yukata veraniega y corta. La suele emplear tan solo para cubrirse cuando sale del futón por la noche o recién levantada. Es su forma de moverse y no su atuendo lo que la hacen lucir como una maestra. Ha tomado la botella de vino y el jarrón con las flores frescas. Se sienta sin que el dorso del pie llegue a tocar el tatami. Nunca se había fijado que se mantiene sobre sus dedos, de que no llega a relajar del todo el pie. Quizá sean los pequeños gestos que delatan que siempre será una aprendiz. Tras apartarse el pelo de la cara en un par de ocasiones por fin parece darse cuenta de lo molesto que es y se lo recoge en una coleta con la goma que suele llevar en la muñeca.
—Se enfriará si sigues ahí.
Yamato se sorprende. Dada su concentración no creyó que notara que lleva rato observándola. Sintiéndose descubierto, va a su lado y le tiende el té.
—¿Así que harás el arreglo?
Se sienta informalmente con la pierna flexionada. Apoya la cabeza en la mano y mira sus dedos trabajar. Sora siente su respiración en su brazo. Le eriza la piel pero no le incomoda.
—Improvisaré algo.
Yamato ríe. Es la botella de vino la que hará de recipiente.
—¿Te importa si miro?
Repentinamente es consciente de que quizá su presencia pueda perturbar su trabajo. Ella niega. Sus movimientos son automáticos. Sabe perfectamente lo que tiene que hacer. Corta, dobla, pega y da forma a la lavanda, las magnolias y los lirios que debían adornar su apartamento. Queda vistoso y dulce. Las flores rodean la botella.
—A tu alrededor.
Sonríe orgullosa. Frota las manos y Yamato percibe el olor que desprende. Cierra los ojos.
—¿Todo tiene significado?
—Todo debe tener significado. Es el significado el que da sentido a las cosas. Sin significado estaríamos rodeados de cosas muertas. Esto no serían más que flores muertas —hace una pausa. Inspira. A ella también le costó entenderlo—. En este caso la amalgama de flores es la dispersión. Los diferentes caminos de la vida, pero siempre conectan con lo importante. El recipiente es esa conexión. La familia. Lo que hay que proteger y guardar siempre. El hogar.
Escucha el gemido conforme de Yamato. La está invitando a continuar.
—Para el arreglo que me pidió Taichi utilice un girasol. Es resplandeciente, tanto que a veces eclipsa a su alrededor. La peonía parece débil pero desprende una gran bravura y puede alcanzar casi tanto esplendor como el girasol. Está bien que se apoye en él para llegar a lucir con vida propia. El de Ken fue divertido porque Miyako es pura vitalidad. Tomé flores silvestres que crecen libres y desordenadas pero guardan una gran belleza. El clavel oculto es esa distinción. Eso que lo hace único y fascinante para los ojos enamorados. En cuanto al que me pidió Jou al principio me sentí presionada pero cuando lo entendí fue el más sencillo de hacer porque se trataba de reflejar mi propia vivencia. Tomé elementos tradicionales como el bambú y el crisantemo. El bambú es firme y por ello puede parecer una cárcel, pero tiene mucha flexibilidad. Representa la familia y la oportunidad de pertenecer a una familia. No elegí ningún crisantemo amarillo porque es el más tradicional y aunque la tradición será seguida cada uno elegirá su manera.
Lo observa al finalizar. Yamato abre lentamente los ojos al no escuchar más su voz y queda mirando un punto fijo unos instantes. Tiene un debate mental o esa impresión da. Acaba volteándose a Sora.
—¿Y el que hiciste para mi madre?
Sora sonríe.
—¿Tengo que explicártelo?
Yamato respira profundamente. Vuelve la vista al nuevo arreglo.
—Supongo que la no-me-olvides es el amor verdadero. Sueles poner esa flor en casi todos los arreglos que haces para mí. Recuerdo también que alguna vez me hablaste de ese recipiente, así que entiendo porque lo elegiste. Y supongo que las camelias representan a mi madre y a mí.
Asiente conforme a su vago intento de leer las flores. Ha entendido su significado. No esperaba menos. Puede que su facilidad no sean las palabras, puede que su cerebro esté más educado a analizar lo racional y solucionar problemas de forma efectiva. Sin embargo la sensibilidad que siempre hubo en él permanece y crece. Si su música trasmite sentimientos, su corazón cada vez está más abierto para recibirlos. Orgullosa de amarlo, lo besa despacio, disfrutándolo. Acaricia su mejilla impregnando la fragancia de las flores en ella. Sonríe al separase.
—La camelia amarilla representa el anhelo, la blanca la espera. Es el punto en el que por mucho tiempo tu madre y tú han estado. Utilice siete no-me-olvides, una por cada año que vivieron juntos. Son azules, como vuestras miradas, y representan el amor genuino, el amor puro, el amor eterno. Porque es el amor lo que hace mirarse a los ojos y entender los verdaderos sentimientos.
Yamato no aparta la mirada en ningún momento. Sora, tan radiante y segura, se mantiene fija en ella. Sin titubeos. Sin miedos. Se da cuenta de que está ante una mujer totalmente libre. Sin el peso del mundo, sin el peso de una máscara, sin el peso de un iemoto. Finalmente él asiente mientras toma su mano con pupas, durezas y olor a lavanda. Entiende por qué Sora es capaz de utilizar tan claramente el lenguaje de las flores. Por qué es capaz de llegar a lo profundo de las cosas y darle forma. Entiende que por fin encontró su camino.
Esta es su nueva lucha. Esta es su manera de proteger lo más valioso. Lo que perdura pese a la distancia. Los sentimientos que son los que volverán a unir los mundos.
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N/A: ya no escribo, pero una vez al año quédate en casa.
