Esta colección de historias, drabbles y fragmentos de escenas estarán relacionadas con el fanfic Digital Cuatro. A pesar de que hace más de un año logré acabar con esa historia, hay momentos de la trama que me siguen llegando a la mente y, finalmente, he decidido publicar algunas de las escenas que he escrito a lo largo de este tiempo (aunque no tengan sentido o sean malas). Lo hago porque estoy en el declive y ya casi no puedo darme tiempo de escribir como quisiera. Estos días tengo un respiro, así que haré un esfuerzo por actualizar lo más que pueda. Creo que se puede leer esto sin haber leído D4, pero me supongo que no tendrá mucho sentido.

Peroratio

Por ChieroCurissu

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1.- Yakisoba

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Bajo las plantas de sus pies, la duela crujió en cuanto entró a la casa. Quiso respirar el olor a madera, pero estaba viciado y lo único que filtraban sus fosas nasales era un aroma a yakisoba.

Era la primera vez que Miyako le dejaba pasar a su casa y, probablemente, también la última. No se veía regresando por nada de mundo, ya que se sentía incómodo y sobrecogido en los ambientes hogareños y cotidianos.

En su casa nunca había olido a fideos baratos y nunca había crujido la madera.

—Estoy preparándole el bento, pasa a la cocina —indicó Miyako, tratando de usar un tono de voz indiferente que no le quedaba nada bien. Vestía un mandil floreado de mal gusto y sus cabellos lacios y violetas estaban escondidos tras una pañoleta.

Intentó no mirarle el vientre hinchado y a punto de reventar, pero no pudo evitarlo, así que en cuanto pudo, desvió la mirada hacia el techo y trató de ahogar el suspiro. Últimamente había que esconder los suspiros, sobre todo en el trabajo. Cada día era más difícil, sobre todo ese día, que iniciaban ese viaje.

Observó a Miyako preparar dos almuerzos. Uno de esos probablemente sería para él, lo que lo conmovió un poco. En realidad, no se caían nada bien y hablaban lo menos posible, pero esa mujer era capaz de cocinar para él.

—No lo hago por ti —dijo por segunda vez desde que le había abierto la puerta —. Quiero que eso quede lo más claro posible. No acepté esto por tu bien.

Asintió. Estaba de acuerdo en que ella insistiera en repetírselo. Todos los días, en cuanto abría los ojos y notaba que seguía respirando, él también se lo decía: no lo hago por mí, no lo hago por mí, no lo hago por mí.

Porque —de verdad— Yamato Ishida no estaba viviendo por él. Por eso se alegraba de que Miyako se lo recordara y, a pesar de ello, hubiera cedido en compartirle lo más valioso que tenía.

Antes de envolver la comida, Yamato notó que, con el cuchillo, Miyako era capaz de convertir a las salchichas en conejos y en pulpos. Le pareció impresionante, por eso se le quedó mirando como si fuera presa de un hechizo. Las manos de la mujer estaban resecas, con las uñas un poco roídas debido al extenuante trabajo que debía significar ser madre y estar embarazada.

Natsuko nunca se rasgó las uñas. Las llevaba rojas y perfectas, como trocitos inmortalizados de sangre coagulada.

—Ha quedado claro, no lo haces por mí —confirmó Yamato, cuando Miyako abultó los labios en señal de reclamo ante su silencio.

—Tampoco lo hago por Sora-san —comentó —. Tú no le haces bien a ella.

—Lo sé.

—Nunca será feliz contigo —lo dijo con total sinceridad. Yamato no cambió su semblante.

—Eso no puedes saberlo —se defendió.

—… y que estés usando lo que más quiero para convencerla, me enferma.

Yamato esta vez no pudo retener el suspiro. Trató de distraerse escuchando el ruido de las llantitas de una maleta y la vocecita acompañante de ésta, que tarareaba una canción de moda.

—¡He traído la maleta yo solo! —avisó, asomándose por el marco de la puerta de la cocina. Yamato trató de sonreírle, pero fracasó. Toda su espontaneidad se le había acabado con el saludo de bienvenida que se habían dado él y el niño en el genkan.

—¿Te has despedido de Ken? —le preguntó Miyako.

—¡Eso es lo que me falta!, ahora regreso, Yama-san.

Yamato miró, por breves instantes, lo negros y brillantes que eran los ojos de ese chiquillo. Se le revolvió el estómago al verse, de nueva cuenta, inmerso en el pasado. Le daba remordimientos admitirlo, pero siempre buscaba en ese par de ojos a alguien más.

—Mi hijo no es Koushiro Izumi —. Miyako envolvió los bentos con un pañuelo nacarado. Yamato no pudo replicar nada —. Así que tampoco lo hago por la memoria de Koushiro.

—¿Por qué lo haces, entonces? —preguntó Yamato, porque la misma Miyako quería dejarlo en claro.

—Porque él me lo pidió —metió los almuerzos en una mochila con motivos de escarabajos. La puso frente a Yamato y lo miró a los ojos, de modo que entre ellos solo se interponían los cristales de las gafas de ésta —. Quiere estar contigo durante el verano y no le importa ser usado para que te acerques a Sora ni para reconectar con Yagami y Kido.

—Entiendo…

—Es un niño muy bueno, pero en realidad tú no le interesas demasiado, él tiene sus propios motivos —. Miyako caminó hasta recoger la maleta del infante, para revisar su contenido —. Kousei no quiere estar cuando yo dé a luz a su media hermana… no sé por qué, pero se le ha metido en la cabeza que debe vivir este momento separado de mí y, para ello, el pretexto de pasar el verano con los amigos de su padre biológico es perfecto.

—Es suficiente para mí y para él —consideró Yamato Ishida —, pero no para ti, ¿no es cierto?

—Ni se te ocurra llevarlo con los Izumi —fue la advertencia de Miyako —. Y ni pienses en envenenarlo como en su tiempo maleaste a Koushiro.

—No te preocupes, como cada persona de este mundo y por ser pariente de quien es, seguramente hasta Kousei tiene su propia dosis de veneno, solo déjalo crecer más y te lo mostrará… y cuando lo haga, te darás cuenta de que los digital cuatro no tienen nada que ver esta vez —susurró Yamato con malicia. Miyako Ichijouji era de esas personas que sacaban lo peor de él.

Justo entonces, Kousei regresó y, sin dedicarle una mirada a su madre, se acercó a Yamato y lo jaló de la camisa.

—¿Nos vamos, Yama-san? —preguntó, aniñando más su tono de voz para sentirse todavía más joven.

—Sí, vámonos —dijo Yamato, colgándole la mochila de escarabajos en la espalda.

—¿No va a bajar Ken? —cuestionó Miyako al niño.

—No. Ver a Yama-san le hace recordar a su hermano perdido —explicó Kousei, mientras enredaba sus deditos en las manos largas y callosas de Yamato.

—¿Y no te despides de mamá? —preguntó la mujer al borde del llanto, porque se notaba que, aunque trataba de ser fuerte, nunca se había separado del niño.

Kousei se rascó el cabello, que era liso y morado, como el de Miyako. Por breves segundos, pareció conflictuado.

—Es que vas a llorar si me despido…—pretextó, mientras Miyako se le acercaba y lo separaba de la mano de Ishida para ahogarlo en un abrazo.

—¡Por supuesto que voy a llorar! ¡Mi bebé se va de viaje sin mamá con un exdelincuente! —lo comprimió con fuerza. Yamato sintió que le hormigueaba la mano. Trató de rememorar si Natsuko alguna vez lo había apretujado así.

Y sí, lo había hecho una vez, antes de irse para siempre de su vida.

—¿Me avisarás cuando nazca mi hermanita?

—Claro, hijo… y si quieres puedes venir de inmediato a conocerla.

Kousei negó, se separó de su madre y volvió a recoger los dedos temblorosos de Yamato Ishida.

—La conoceré después de vivir mis primeras aventuras —explicó con seriedad, como si fuera un niño explorador a punto de entrar en un bosque con sus amigos.

Yamato se despidió apenas con palabras audibles. Tomó el asa de la maleta del hijo de Koushiro y juntos salieron de esa casa de madera crujiente y de olor a yakisoba.

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Caía la noche, el sol estaba a punto de sucumbir. Yamato no sabía por qué, pero el corazón se le había acelerado un montón por el solo hecho de haber tomado la mano de ese niño que le era ajeno y familiar al mismo tiempo. Más que a Koushiro, le recordó a Takeru, su hermano menor, de quien no sabía hacía mucho.

—¿A dónde iremos primero?

—A Kioto —respondió Yamato.

—¿Para ver a tía Sora?

Ishida asintió y las manos le sudaron un poco.

—Sí… ella, tú y yo iremos a ver a tu tío Tai.

Kousei lo jaloneó, de modo que Yamato soltó la maleta y se acuclilló a un costado del niño, quien se le encimó y le dijo al oído:

—La amas mucho —comentó, como chismeando.

Koushiro Izumi, de niño, jamás habría dicho nada así y nunca habría usado ese tono de voz juguetón con un adulto.

—Mucho —le sinceró Yamato, porque desde hacía años que no podía siquiera negárselo a sí mismo.

—Quieres hacerla tu novia, pero llevan mucho tiempo peleados.

—Sí.

—¿Necesitas que yo te ayude?

Yamato no pudo afirmarle nada, lo que hizo, para su sorpresa fue abrazar al pequeño con añoranza. Ese niño era su pasado, vivía en el presente, pero en realidad significaba el futuro.

—Eso no importa, Kousei-chan —susurró mientras suspiraba y se soltaba de él para tomar la maleta y seguir arrastrándola hasta la estación del tren, que ya estaba cerca.

—Te enseñaré a agarrarle la mano —propuso Kousei, de nuevo trenzando con ternura sus dedos con los del adulto.

—Seguro que sí…

—Te enseñaré a sonreírle, así como lo hago yo contigo.

—¿De verdad?

—Sí. Y cuando le tomes la mano y le sonrías, tendrás que decirle que la quieres.

—¿Quién te enseñó eso?

—Tía Sora —confesó —. Tía Sora me dijo que había que hacer todo eso cuando queríamos a alguien, me lo enseño en su última visita, así que resultará bien…

El corazón bombeó más sangre en el cuerpo de Yamato.

—Si tú lo dices, entonces saldrá bien —mintió al decir eso, porque a los adultos se les daba muy bien mentir a los niños.

—… y se amarán a pesar de que siempre hayan estado tristes —siguió platicando Kousei Ichijouji —. Y entonces aprenderé de ustedes… me enseñarán a amar a mi hermanita, aunque al mismo tiempo, me sentiré triste.

Yamato hizo que Kousei se le recargara nuevamente en el hombro. Se le acercó al oído: —Oh— le dijo —. Kousei-chan, si algo puedo enseñarte, es a amar a un hermanito, así que no te preocupes por eso.

Kousei asintió, cerró los ojos y se talló contra su ropa como un cachorro. Yamato se sintió asfixiado por el calor y vitalidad que desprendía esa criatura. No se arrepentía de haber rogado que se lo prestaran un par de semanas para hacer este viaje… no importaba si con ello lograba el amor de Sora, el perdón de sus amigos o un trozo más de felicidad… con haber tomado la mano de ese niño y haber platicado con él, ya había valido la pena.

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Antes de abordar el shinkansen, comieron yakisoba y Kousei le enseñó a Yamato muchas bromas para que aprendiera a sonreírle a Sora Takenouchi. Por su parte, Ishida sacó su vieja armónica y tocó Walk in the Edge para su sobrino, diciéndole de antemano que era una pieza que le hacía recordar mucho a su hermano menor.

Cuando subieron al tren y, en cuanto éste se puso en marcha, a Kousei se le nublaron los párpados y se acurrucó contra el adulto. Se llevó el pulgar a la boca y cayó en un sueño profundo.

—Te habría encantado tu hijo, Izzy —murmuró Yamato, mientras el tren bala, escondía tras las ventanillas, la silueta dormida del impresionante Monte Fuji.

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Fin

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Siempre quise escribir un poco más del hijo de Koushiro y su relación con los D4 que continuaron su camino. Gracias por leer.