HETALIA ES UN MANGA DE HIDEKAZ HIMARUYA


Las naciones bálticas sufrieron de forma indescriptible antes de que sus corazones dejaran de latir y cesara toda sensación en sus cuerpos. Y mientras eso ocurría Tomas Neikus y la que recientemente se había convertido en su esposa, Olympia, probaron el chocolate fondue por primera vez en el hotel de París en donde celebraron su luna de miel. Ignoraban la prisa de los amigos de los países, su preocupación, su miedo.

Encontraron los cuerpos (si es que se podía llamar así a lo que vieron), las esperanzas del grupo se hicieron añicos. Habían acudido tan pronto como habían podido, pero ya era demasiado tarde. No había nada que pudieran hacer por ellos. Ya se habían ido. Los tres se encontraban abrazados, como si la última cosa que hubieran hecho hubiera sido intentar protegerse los unos a los otros. Cuando los tocaron, lo que quedaba de ellos se convirtió en polvo. Mientras tanto, Tomas alababa los ojos de Olympia. Aquella noche, decía, brillaban como estrellas. Y ella recordó por qué se casó con él y esperaba que siguiera siendo el mismo durante el resto de sus vidas.

¿De veras era tarde? Tenía que intentarlo. Parecía que no se perdería nada más por intentarlo. Así que mientras los demás trataban de asimilar lo que estaban viendo y aquellos que ya lo hicieron comenzaban a llorar, él se posicionó de rodillas junto a los restos para murmurar las palabras, con los dedos tocando lo que había quedado. A miles de kilómetros de allí, las palabras que Olympia susurró al oído de Tomas fueron completamente comprensibles, e hicieron que su marido se sonrojara.

Pero le interrumpió un coro de gritos. Habían vuelto. Probablemente sabían que las llamadas de auxilio de los bálticos los atraerían y aprovecharon la ocasión. Tuvieron que moverse. Él dudó. El ritual tenía que completarse; las interrupciones podían ser fatales cuando se usaba la magia. Pero comenzaron a disparar y hubo que marcharse. Los Neikus disfrutaron de un agradable paseo por Paris de noche, y ellos tuvieron que correr para salvar la vida. La cacería fue salvaje. Un par de naciones casi fueron acorraladas igual que aquellos tres pobres desgraciados y tuvieron suerte de no haber terminado como ellos. Los restos de los tres bálticos fueron abandonados ahí, para que se pudrieran, para que los profanaran y que sus asesinos los ridiculizaran.

Aquella fue la noche en que tres vidas llegaron a su fin y una comenzó.

Nueve meses más tarde, ya de vuelta a casa, Olympia dio a luz un niño al que acordaron llamar Toris. Incluso al poco de haber nacido la familia y amigos comenzaron a decir que se parecía mucho a su madre; cuando abrió los ojos por primera vez se vio que tenía los ojos de su padre.

Los Neikus no pensaban tener otro hijo hasta que simplemente ocurrió, cuando Toris tenía un año y medio. La pequeña sorpresa, con todo, fue bienvenida. Sería bueno para Toris crecer con hermanos, Tomas lo había leído en una revista. De modo que pronto nació otro niño. Se le llamó Eduard, porque era un nombre bonito. El nuevo miembro de la familia guardaba una similitud sorprendente con su padre que se fue acentuando con los años. Tomas estaba orgulloso.

Dos niños era mucho trabajo y muchos padres se habrían dado por satisfechos, pero Olympia amaba cómo se sentía, y creía que el tres era su número de la suerte. Le costó un poco convencerlo, pero Tomas al final aceptó. Cuando nació Raivis, Toris tenía cuatro años y Eduard, dos. Ninguno de los dos sintió celos de su hermanito, ni siquiera con toda la gente alabándolo porque 'parecía un querubín'. Olympia solía contar que Toris quería sostener a sus hermanitos en sus brazos y se enrabietaba cuando sus padres intentaban arrebatárselos. Sería un hermano de la leche, estaban seguros. Y no se equivocaban.

Pasaron los años y los tres hermanos crecieron. Experimentaron una niñez tranquila, con muchos juegos, en los que implicaban a sus pobres padres, a los que apenas les quedaban energías después de trabajar pero siempre trataban de cumplir; se iban de vacaciones tan a menudo como podían, hicieron muchos amigos, tuvieron sus riñas y peleas entre ellos, pero cualquiera que se metiera con sus hermanos pagaría por ello; se enamoraron, tuvieron sus decepciones, pero parecía que Toris había encontrado a una buena y había esperanza para Raivis. Dormían en la misma habitación porque la casa era pequeña, y sus padres decían que era mala idea, porque hacían ruido a altas horas de la noche y siempre estaba hecha una leonera. Raivis acababa de sumergirse de lleno en la pubertad y Eduard y Toris se acercaban a la madurez. Ahora todos los parecidos eran evidentes, no había duda de que Toris se parecía a su madre, Eduard era una copia de su padre excepto por las gafas que estaba obligado a llevar y Raivis se parecía mucho a la madre de su padre pero tenía los gestos de su padre.

Ninguno de ellos habría sospechado jamás que su aspecto físico los metería en aquel lío.