, nuestro _ no deberíamos tirarlo. Yo estaré ahí, yo te _.
POV de Shaka
Mi compañero y yo teníamos viviendo juntos como unos dos años; después de todo, desde que nos conocimos en la universidad nunca hemos tenido ningún problema. Esos rumores de que sólo llegas a conocer a alguien después de vivir juntos, me parece que son unos simples cuentos de terror que la gente envidiosa no se cansa de repetir a los más incautos. Y es que no podría tener un mejor compañero que me ayude a pagar la renta y los gastos; es limpio, discreto y cumple cabalmente los tratos a los que llegamos.
Definitivamente, Camus es el rumie soñado.
Nuestra amistad surgió poco a poco en cuanto descubrimos que teníamos muchas cosas en común, y es que cuando se hacía la bola para saltar clases o irse de farra, por lo general éramos los únicos que se quedaban en el salón y los que se encontraban en la biblioteca después de clases. Con el tiempo hicimos un grupo (dúo) de estudio y no fue raro que, después de titularnos con honores, viéramos la posibilidad de seguir ayudándonos en las siguientes etapas de nuestra vida; y ahora somos todos unos hombres independientes.
O eso fue hasta que un viento inesperado cambió la vida de mi amigo.
Todo empezó cuando, en la empresa en la que trabajo, se vio la necesidad de contratar a alguien externo que llegara a actualizar y mejorar la productividad de las personas que estamos en el área de ventas. O mejor dicho que demostrara que la visión que traía era aplicable y eficiente a las necesidades de la compañía.
Se abrió la vacante y le pregunté a Camus si le interesaba la posibilidad de volver a trabajar juntos aunque fuera por uno o dos años. Aceptó y, como era de esperarse, se quedó con el puesto. No sólo abarcó mi área, siendo el gran vendedor que es, convenció a los ejecutivos de llevar a cabo todo un plan de conferencias específicos para cada sector, que coordinaría los esfuerzos y maximisaría el rendimiento en su conjunto. Y así se hizo.
En cuanto terminó con Ventas y Marketing, pasó a la siguiente, Publicidad y Diseño, y ahí empezó el asunto.
De repente veía llegar a Camus más pensativo, otras muy cansado, pasaba largo ratos en el teléfono y se le empezaban a olvidar detalles que antes jamás hubiera pasado por alto, eran minucias, pero para mí era más que obvio que algo estaba pasando.
*. *. *. *. *
Una tarde, regresando del trabajo, decidí abordarlo, pero por primera vez iniciar una conversación con él me pareció complicado; y es que por lo general nos dedicábamos a compartir datos e información relevante del trabajo y hasta ahora me daba cuenta de eso; pero si es necesario empezar algo nuevo se tiene que hacer de algún modo.
— Camus —le llamé en cuanto estuvimos a puerta cerrada.
— Dime.
— ¿Cómo sientes el trabajo?
Su cara me mostró su total extrañeza ante la inesperada naturaleza de mi pregunta.
— ¿Todo va bien? —continué.
— Sí, estupendo —me dijo y se dirigió a la cocina para empezar a calentar la cena.
Fue a dejar nuestras cosas de la oficina en su lugar y luego me fui a observar qué hacía.
Lo encontré sumido en su teléfono dejando todo en la lumbre y, cuando se quemó con la sartén, me acerqué para limpiar el desastre que había hecho.
— ¿Qué está pasando? —insistí.
Guardamos silencio en lo que terminamos de ordenar y fui a sacar una de las propagandas de comida para ordenar, ya que nuestra última ración para calentar terminó en la basura.
— ¿Qué harías si te digo que soy gay?
Su pregunta me tomó completamente en curva.
— ¿Qué qué haría? Nada, a menos que esa información me afecte o me incluya de alguna manera.
— Pues no, no te incluye —dijo y contestaron del otro lado de la línea así que paramos la conversación un rato.
— ¿Tiene que ver con que has estado distraído estos días? Porque entonces sí me está empezando a afectar —señalé mientras me le quedé viendo a la comida que terminó en el basurero después de todo el esfuerzo que había puesto en ella.
Nos fuimos a la sala a esperar a que llegara nuestro pedido, y de nuevo se perdió en sus celular y empezó a mostrar una sonrisa que no le conocía, una que me hizo sentir que estaba ante una persona totalmente diferente al Camus que venía conociendo hasta ahora.
— ¿Cómo se llama? —le pregunté en cuanto hizo su teléfono a un lado, mientras la televisión sonaba como loca.
Él me miró como si lo hubiera cachado en una movida.
— Milo —fue su respuesta.
— ¿Lo conozco?
— Tal vez.
— Es de la empresa.
— Sí.
Sonó el timbre y fui a recoger el pedido en lo que Camus iba por el dinero. Llevé todo a la sala, mi amigo despidió al mensajero y juntos fuimos por las bebidas, los trastes y los cubiertos.
Empezamos a comer y de repente el ambiente se tornó un poco más íntimo, le bajé el volumen al televisor y esperé a que me dijera lo que tuviera que contarme.
— Es del área de diseño, un pasante todavía.
— ¿Cómo es?
— Alto, rubio, cabello largo y esponjado, ojos azul oscuro, pero no demasiado. Labios carnosos, inteligente y con una sonrisa…
Sentí que lo empezaba a perder, era obvio que de verdad le gustaba.
— ¿Y cuál es el problema?
— Todo.
Su respuesta se me hizo totalmente incoherente, pero dejó su comida a un lado y continuó.
— Es muy joven, hasta ahora sólo he salido con tipos mayores y aún así ninguna relación ha resultado bien, aparte de que tengo por norma no mezclar mi vida privada con el trabajo; pero él insiste y no sé si lo hace a propósito o no… Me está volviendo loco —suspiró y terminó tomando su pelirroja cabellera entre sus manos.
— ¿Cuál es el problema?, ¿quieres alejarlo o quieres saber si de verdad le gustas?
— No sé.
— Entonces ése es el problema.
Me miró confundido.
— Mientras que no decidas qué es lo que quieres hacer con él seguirás siendo un desastre —expuse.
— Pero, es que de hacer, se lo quiero hacer todo.
Me sorprendió que fuera tan franco al respecto, no solía ser tan directo con sus impulsos.
— Muy bien, espérame aquí —me levanté, fui a mi cuarto por pluma y papel, y regresé— Haz una lista de pros y contras —le pedí acercándole las cosas y sin mucha oposición terminó cooperando.
Se puso a escribir y a la mitad de todos los contras y de unos pocos pros arrugó el papel…
— No me importa.
— ¿Hm?
— Que no importa cuantos peros le ponga y cuantos más salgan de cada uno, no logro quitármelo de la cabeza —terminó gritando y aventando la lista y la pluma.
— Te gusta demasiado.
— ¡Ese es el problema!
— Amigo, eso no es un problema, en lo absoluto. No, no. Déjame hablar. Un problema es que quieras alejarte de él, pero no puedes porque de verdad te gusta, y mucho —me paré y fui por el papel— Otro problema sería que quieras estar con él, pero no puedes por esto —me senté y le puse sus palabras enfrente— Otro problema sería buscar que aceptes tus propios sentimientos, que ya están ahí y son perfectamente válidos; y otro problema sería que intentes deshacerte de ellos, pero para eso tendrías que empezar por reconocerlos como algo que simplemente son, dejar de ignorarlos y de paso dejar de sabotearte, y llevarte a otros de por medio.
— ¿Tú qué sabes de esto? si jamás te he visto salir con nadie —dijo defensivo.
— ¿Tú qué sabes de esto? Después de tantos intentos fallidos. Y para que te enteres, probar que me equivoco no te dará la razón porque ambos podríamos estar equivocados. Ahora dime, ¿dónde he fallado?
Guardó silencio.
Terminé de comer lo mío y llevé mis cosas a la cocina, sabía que no me hablaría por un tiempo después de el tono que cobró la charla y de la cual no logró salirse con la suya; y que vendría después con nuevos argumentos que demostraran que ya había corregido, o que fue un lapsus brutus o con algo que preferiblemente desvalidara mis argumentos; pero al final siempre tiene que salir bien parado o de lo contrario seríamos unos extraños por un largo rato.
Lo bueno es que es alguien predecible, y tal vez precisamente por eso mismo le costaba tanto trabajo aceptar a este tal Milo. Tal parece que es alguien que sale por completo de todo lo que considera adecuado o deseable para su vida.
Eso para mí no significa un problema pero el que tiene que decidir para él, es él. Nadie puede vivir su vida.
*. *. *. *. *
Después de nuestra última conversación llevamos nuestras rutinas sólo con la única diferencia de que no nos dirigíamos la palabra y, después de un tiempo y tal como había previsto, un sábado llegó, se me plantó enfrente mientras acomodaba los muebles que había movido para mis ejercicios de fin de semana, y me abordó, sólo que con un discurso muy diferente a lo que había imaginado.
— Me… invitó a salir.
— Enhorabuena —dije terminando de arreglar la sala y me dirigí a la cocina.
No mencionó nada más, pero como insistió en seguirme supuse que al fin había admitido su derrota.
— ¿Y qué piensas hacer? —le pregunté.
— No empieces.
— No, es en serio. Es obvio que ya tomaste una decisión, sólo no quiero decirte algo contrario a lo que quieres hacer —le aclaré y comencé a tomar agua.
— Quiero… intentarlo.
— Intentarlo.
— Sí.
— Vamos, sé que puedes hacerlo mejor que eso.
— No me importa si esto termina bien o mal. Después de todo, todas las relaciones acaban por infinidad de motivos, tarde o temprano. Quiero, hacerlo mío.
No me miró mientras explicaba sus motivos y procuré respetar su espacio al cual me había dado acceso.
— De acuerdo —lavé rápido el vaso, lo sequé y lo devolví a su lugar— empecemos.
Regresamos a la sala e hice que me platicara todos los comportamientos de Milo, que por lo visto ya le había demostrado su interés de todas las formas posibles. El problema en realidad resultó ser Camus, quién se había dedicado todo este tiempo a llevar toda la relación a un terreno neutral, muy hábilmente debo añadir.
— Lo bueno es que te gusta.
— No pensaba cambiar de opinión.
— No mientas, de haberlo querido le hubieras dejado en claro que no te interesaba desde un principio. Todo esto me dice que: o te gusta torturarlo de verdad o no sabes lo que estás haciendo.
— Es como te dije, quería alejarlo pero… sin lastimarlo.
Por Buda. No sólo le gustaba, ya estaba totalmente enamorado; pero eso tendría que descubrirlo él mismo.
— Muy bien. Entonces sólo tenemos que revertir todo lo que ya has hecho y listo.
— Así, tan sencillo.
— Pues, sí. Y empezaremos con la cita, ¿cuándo quedaron?
— Aún no… le contesto.
— ¿Lo dejaste en visto?
— No, me lo pidió de frente, pero le dije que tenía que revisar mis compromisos y que luego le decía.
— Corrijamos eso ahora mismo —le ordené haciendo el ademán para que sacara su celular— y no me vengas con que no sabes para cuando, si conoces tu agenda de memoria.
— De acuerdo —contestó molesto y empezó a teclear la pantalla del teléfono.
— Bueno, hola Milo —tomé el celular al darme cuenta que había marcado y lo puse en altavoz, aprovechando que no haría un desplante en esos momentos.
—¡Cam, no puedo creerlo. Eres tú!— contestó con gran emoción la voz al otro lado de la línea.
— Sí, soy yo —dijo nervioso— ¿Estás ocupado?
—Para ti siempre estoy disponible— aclaró con un tono juguetón.
Camus rió levemente.
— Siempre dices cosas así pero, que bueno que no te encuentro en un mal momento. Oye —hizo una pausa dudoso— te, quería recordar que es tu turno de llevar el material la siguiente semana. ¿Crees que haya algún problema, necesitas apoyo?
—No te preocupes Cam, tengo todo bajo control y te prometo que todo lo que solicitaste estará el miércoles en la mañana en tu escritorio— respondió alegre —Pero, ¿estás seguro que sólo me hablaste para eso?— habló con voz coqueta.
— Me tranquiliza escuchar que tienes todo anticipado, de todas maneras recuerda que puedes contactarme si necesitas algo, y no… —le hice una mirada amenazante para que no saliera con un comentario inapropiado como era su costumbre ante las descaradas insinuaciones— no sólo hablaba para eso —respiró— ¿recuerdas la propuesta que me hiciste? —preguntó en un tono más serio y peor después de que se escuchó un ruido raro al otro lado de la línea— ¿Seguro que no interrumpo?
—¡He, no! Tú jamás me molestas, es sólo el gato que está de entrometido en la cocina— contestó rápidamente —Y de la propuesta, claro que sigue en pie. Solo dime qué día tienes libre.
— Estaba viendo y creo que tengo el próximo sábado despejado, no sé qué tanto se te acomoda o si ya tienes algo planeado, para ese día —se escuchó otra risa del otro lado de la línea.
—¡Si!— gritó
— ¿Estás... —iba a continuar pero le tapé la boca y no pude evitar golpearme con la mesa con tal de que no terminara su pregunta.
—Que diga— tose —Sí está perfecto el próximo sábado— habló con voz más seria.
— Espero que… esto no sea uno de tus juegos —inquirió un tanto molesto y no pude evitar empujarlo para que le bajara tantito, a lo cual Camus sólo se quejó.
—Cam, te lo juro ¡jamás jugaría contigo!
— Entonces —suspiró— Milo esto sale totalmente de… te veo el sábado —dijo tratando de calmarse— Si no tienes nada planeado, nos ponemos de acuerdo saliendo de la próxima sesión. Así sirve que también pienso en algo.
—Si, acordamos bien saliendo de la sesión— dijo alegremente —Y Cam, ¿Está todo bien?
— Sí está todo bien, me… golpeé con la mesa hace rato, eso es todo —dijo y me vio satisfecho con mi dolor ahogado— Así quedamos, llámame si necesitas algo.
—Claro— sonó un poco triste— Cam te… que pases un excelente sábado.
— Gracias Milo, tú igual y… cuida a ese gato.
—¡Eh! ¡Ah sí! Sabes, el pobre está tan sobre cuidado que ya se está poniendo gordo— dijo mientras se reía.
— Puedo buscar un gimnasio para mascotas si lo necesitas —propuso ya por fin en tono alegre— o bueno, no, perdón, ya es meterme mucho… Será mejor que colguemos. Me dio… gusto escuchar tu voz —se recriminó en silencio por cómo había sonado esa última línea.
—No te preocupes por el gato, sólo debo cuidar mejor su alimentación. Pero gracias por la atención— se escuchó un ruido —Y a mi también me encantó poder hablar contigo. Alegraste mi día.
Camus se aclaró la garganta y pude ver cómo se preocupó mucho por ocultar su rostro.
— Te veo el miércoles —mencionó bastante nervioso y ya no hice nada, se notaba que el pobre estaba llegando a su límite.
—Te veo el miércoles Cam, te quiero— dijo Milo rápidamente, antes de que el tono comenzara a sonar dando por terminada la llamada.
Camus se le quedó viendo al teléfono como si quisiera teletransportarse a través de él y tardó un buen rato para dejarlo en la mesa de centro.
— No fue complicado, ¿o sí?
—Me cansa mucho hablar con él, nunca sé lo que va a decir.
— Y sin embargo le marcaste, creí que le mandarías un mensaje o algo así.
— Creo que estaba con alguien…
— Y tú estás conmigo. No empieces con chaquetas mentales.
— Y ¿si es una broma, si sólo lo está haciendo para impresionar a sus amigos o…
— O lo agarraste en un mal momento y aún así se dio tiempo para atenderte? —lo interrumpí— Ya relájate, puede que sólo genuinamente le intereses. A mí me pareció bastante sincero.
— Por eso marqué… para que…
— No mientas —lo interrumpí— fui yo el que puso el altavoz.
Se acordó de su molestia, pero la volvió a dejar pasar.
— ¿Te sonó sincero?
— Bastante sincero, viniendo de un crío.
— No es un niño, nunca estaría con un escuincle.
— Camus, los dos parecen unos adolescentes, ¿qué fue eso del material?
— No quería sonar obvio.
— En cambio sonaste inseguro, ¿crees que te rechazaría siendo que fue él quién propuso salir?
— No.
— ¿Ves?
— Y no lo trates como a un cliente.
— Así soy yo, eso no lo puedo cambiar.
— Conmigo no hablas así.
— ¿Cómo se supone que debo tratarlo entonces?
— No lo sé, pero si quieres que sea especial trátalo como tal. Diferéncialo a tu manera.
— Pero si él por sí solo ya es bastante diferente.
— No hablo de él, hablo de que tú lo hagas diferente para ti, de los demás. Aunque sea un detalle, como cuando él te dice "Cam". Apuesto que tú también lo sientes —sus ojos cambiaron— Claro que sientes la diferencia.
— Está bien, pensaré en algo —dijo poniéndose de pie— Ya no puedo perder más el tiempo, tengo una presentación que hacer y aún no termino la bibliografía.
— De acuerdo —me pareció que salió huyendo.
— Gracias —Me dijo antes de irse a su recámara.
— Cuando quieras.
El siguiente fin de semana se tomó casi una hora preparando su ropa y otra para terminar de arreglarse, lo vi salir más nervioso que si fuera a una entrevista de trabajo y prueba de eso es que olvidó las llaves, de nuevo. Pensé en marcarle pero lo más seguro es que ya fuera tarde a su cita; así que fui bueno por esa vez y lo esperé hasta que regresó de su primer encuentro con su destino. Por suerte tuvo la decencia de mandarme un mensaje con suficiente anticipación.
*. *. *. *. *
Los meses pasaron, llegaron los cambios de grupos y aún seguía frecuentando a ese tal Milo. Un Milo que aún no se animaba a presentarme. Tuve que resistir la curiosidad de conocer al súper hombre que había logrado que Camus empezara a dormir en una cama que no fuera la suya y que dejara un poco de lado esos trajes, de toda la vida, para empezar a usar un estilo un poco más casual. Pero por más que esperé, y esperé, ni siquiera tuvo la amabilidad de contarme nada.
Cuando recibí un aumento de labores y de salario dentro de la empresa, empecé a buscar mi propio piso para independizarme totalmente. Podría costear el depósito con algo de los ahorros que ya tenía juntados y la mensualidad sería bastante accesible, digo técnicamente ya vivía sólo y también quería un lugar que fuera mío; así que, ¿porqué no hacerlo de una vez? Sólo faltaba lo más importante: decirle a mi amigo que tendría que hacerse cargo él solo del lugar, para que lo fuera contemplando y se buscara otro departamento, o consiguiera a alguien con quien compartir gastos. Así que, sin postergar más el asunto, acordé con él juntarnos a cenar un viernes, como hacía meses que no lo hacíamos.
Esa noche preparé el asado de verduras que a los dos nos gustaba y él sería el encargado de conseguir la bebida, supongo que porque llegó a la conclusión de que sería una noche importante. Preparamos la mesa en la barra del comedor, serví ambos platos y dimos gracias antes de empezar a comer.
— ¿Ya me vas a decir o esperaremos a terminar de cenar? —me preguntó Camus, pues ya conocía mis costumbres.
— No es nada que tenga que esperar tanto tiempo.
— ¿Entonces?
— Voy a mudarme.
Se sorprendió un poco.
— ¿Ya tienes el lugar?
— Los papeles están en proceso, empezaron a inicio de este mes así que sólo me queda esperar a que me llamen cuando esté listo.
— ¿Cuánto tiempo?
— Dos a seis semanas.
— Vaya, no creí que tan pronto —sonó su celular, lo puso en silencio y lo hizo a un lado.
— ¿Seguro, no vas a contestar?
— Seguro.
— ¿Cómo vas con Milo?
— Bien, normal.
— Aún no lo he conocido.
— No creí que quisieras conocerlo, no es de las personas que frecuentas. Es bastante ruidoso.
— De eso me di cuenta el día de la llamada, pero creí que me lo presentarías cuando formalizaran.
— Aún no lo hemos hecho.
— ¿No?
— Para nada.
— ¿Ya cuánto tiempo llevan saliendo?
— Eso no tiene que ver, le dije que quería una relación abierta y él aceptó. Eso es todo.
— Me sorprendes, creí que querías que él fuera diferente.
— Y lo es, sólo no hay ataduras de por medio.
— Pero si te la vives con él cuando no estás trabajando, creí que eso significaba que ibas en serio.
— Es serio.
— ¿Y él lo sabe?
— Claro.
— Camus, yo esperaba que al irme él o tú se mudaran, que empezaran a vivir juntos.
— ¿Vivir con Milo, no escuchaste la parte de ruidoso? No, necesito mi espacio para trabajar y poder ordenar mis cosas. No, nunca.
— No creo que sea tan malo.
— Tú mismo lo dijiste, paso mucho tiempo con él, al punto de que ya casi ni te veo; por eso mismo sé que no funcionaría si viviéramos juntos. No, está bien como está.
— ¿Entonces qué harás cuando me vaya?
— Buscaré a alguien más.
— Podrías conseguir un lugar más chico.
— ¿Y perder la vista y la zona? Olvídalo, me costó mucho conseguir algo por aquí. No, prefiero pagarlo yo solo a perder el departamento.
— De acuerdo, está bien, pero… Por favor considera mudarte con Milo antes de meter a alguien más, se puede mal interpretar.
— No veo por qué, estoy contigo y no hemos tenido problemas. Seguro que lo entenderá.
— ¿No te estarás aprovechando un poco?
— Para nada, él ya es un hombre, debe saber lo que hace. Siempre he sido claro y jamás lo he obligado a nada.
— Tal vez no (explícitamente) pero, tal vez ha cedido mucho.
A mi mente llegaron fragmentos de la llamada telefónica y recordé que, en ese momento, me sentí algo inquieto por la excesiva predisposición en el discurso de Milo, pero creí que sería pasajero, y empecé a temer que me hubiera equivocado.
— ¿Todo bien? —dijo Camus sacándome de mis pensamientos.
— Sí, sólo estaban pensando que, me gustaría conocerlo antes de irme.
— Seguro, si es lo que quieres. Pero sobre advertencia no hay engaño.
— Por supuesto.
— Muy bien.
Seguimos platicando del trabajo, terminamos de cenar y nos desvelamos viendo películas viejas del cine mudo. Por un momento llegué a sentir que estábamos de nuevo en la universidad y empecé a tener una sensación de nostalgia por el pasado, que había empezado a nacer desde que Camus conoció a Milo. Era tan pequeña entonces que me pareció absurdo cuánto había crecido.
*. *. *. *. *
El siguiente domingo, quedamos de ir al zoológico y al parecer fue de lleva a un amigo, porque lo que supuse que sería una salida de tres resultó ser de cuatro: Camus, Milo, el amigo de Milo y yo. No sé quién fue el de la idea, pero supongo que ninguno sabe que estoy en contra de estos lugares.
En cuanto estuvimos todos juntos, mi amigo hizo las presentaciones y entonces entendí que llevaron a Aioria para poder abandonarme con él durante el recorrido; y no me quejo, lo que empezó siendo una situación incómoda terminó por convertirse en una bastante agradable; aunque no podía parar de pensar en lo horrible que me resultaba el lugar.
Después de pasar por todas las secciones, fue lindo ver que los más jóvenes habían preparado todo un día de campo para terminar el recorrido. No hacía eso desde que cargamos la tarjeta o efectivo para todos lados y, aprovechando que Camus fue a conseguir algo, tuve la conversación con Milo que tanto necesitaba.
— Ni te atrevas o haré que te encierren con los leones —amenazó Aioria al no novio de mi amigo, no entendí por qué.
— Chicos, gracias por la comida, no creí que fueran tan previsores —dije, en parte también para evitar que se llegaran a matar entre ellos.
— Ah, no fue nada —respondió Aioria bajando la cabeza.
— Sí, Cam me contó que eres vegetariano; así que pensé que un día de campo sería más sencillo para todos.
— Camus te dijo.
— Sí, me cuenta todo —comentó alegre Milo.
— Entonces ya te contó que me voy a mudar en unos días.
— ¿Hmmm? No, eso no me lo ha dicho.
Aioria siguió comiendo y viéndonos.
— Bueno, pues tendré mi propio lugar y se me ocurrió que sería una buena oportunidad, ya sabes, para que se acerquen más.
— ¿Que estén más juntos? Si no se despegan nunca —dijo bromista Aioria y Milo le hizo una llave a su amigo castaño.
— Sí, no creo que sea necesario. Si Cam lo quisiera, ya me lo hubiera dicho.
— Y tú… haces todo lo que él quiere...
— ¿Bromeas? Si no fuera por mí sería su sirvienta —Milo apretó más el cuello de Aioria, quien empezó a quejarse por resistir el dolor.
— No es necesario que se lastimen —dije al ver que el pobre ya estaba cobrando otro color.
— No te preocupes, este come wiskas aguanta esto y más.
Aioria le contestó pero no se le entendió qué dijo, hasta que logró liberarse del agarre de Milo.
— Esta me la pagarás —gruñó Aioria con sus verdes ojos enrojecidos.
— Haz fila —respondió Milo.
— Bueno me quedo tranquilo al saber que están bien —intervine.
— Sí, bastante bien—dijo Milo.
— ¿Bien? —pero lo contradijo Aioria casi al mismo tiempo— el sujeto es un hielo, ni siquiera le ha dicho que lo quiere en todo este tiempo.
— ¿Qué? —exclamé preocupado.
— ¡No! Claro que no, por supuesto que me quiere, sólo que es tímido.
— Una cosa es ser tímido y otra un insensible de mier… —Aioria no acabó su frase porque Milo le retacó la boca con un emparedado.
— Supongo que tendrá otras formas de demostrar su afecto —dije para intentar calmar el ambiente.
— ¡Muchas! —gritó alegre el rubio con sus ojitos azules muy brillantes.
— Mandarte y estarte chequeando no cuentan como formas de afecto —señaló enojado Aioria con la boca llena.
— ¡No lo hace! —amenazó Milo.
— Claro que sí, bicho rastrero —le contestó el castaño.
— Gato mal parido, retira eso o lo lamentarás.
Ambos habían comenzado a ponerse serios.
— Chicos, chicos, chicos… lamento haber puesto el tema en la mesa, por qué no mejor levantamos si ya terminaron, para que cuando vuelva Camus podamos irnos.
Todos juntos recogimos el día de campo y encargué a Aioria que fuera a tirar la basura.
— ¿De verdad no ha dicho que te quiere? —le pregunté a Milo cuando por fin estuvimos solos.
— No, las palabras cursis no son lo suyo, pero como tú dijiste. Cam tiene otras formas de demostrarlo —terminó en un tono tan dulce que me llenó de ternura.
— Me alegra oír eso.
Fue todo lo que alcanzamos a platicar antes de que Aioria regresara y Camus también apareciera al poco rato. Por lo visto había conseguido que le rentaran dos carros del parque para que diéramos una última vuelta antes de irnos. Obviamente él y Milo se subieron en el mismo. El amigo del no novio de mi amigo tomó el volante de nuestro vehículo y empezamos a seguir a los tortolitos.
— ¿Siempre ha sido así, tu amigo? —su conversación me tomó por sorpresa, creí que se había pactado que no hablaríamos estando solos.
— ¿Camus? Sí, yo lo veo como siempre —dije intentando que no saliera mi preocupación por éste punto.
— Que bueno, al menos ahora sé que no es un imbécil sólo con Milo.
— Te recuerdo que estás hablando de mi amigo.
— Y también del mío —dijo y aceleró.
— ¿Tan mala te parece su relación?
— Tú eres su amigo, tú dímelo.
— Lo que tengo claro es que ambos se gustan mucho.
— Gustar no es amar.
— No, pero por algo se empieza.
Guardó silencio, no supe si reprimió su lengua por respeto o porque se había quedado sin argumentos. Por su cara asumí que tenía que ver más con la primera opción.
Nos despedimos tal y como habíamos llegado y, cuando Camus y yo nos pudimos relajar en la sala luego de haber vuelto, ya no logré contener mi discurso.
— Es agradable, Milo.
— ¿Sí?
— Se nota que te adora.
— Aún está en la etapa de enamoramiento.
— Es evidente.
— ¿Y, ya estás tranquilo?
— Algo.
— Algo —dijo para darme entrada a que continuara con mis observaciones.
— Creo que es importante para él las palabras de afecto.
— Sí, no son lo mío.
— A ti tampoco te haría daño expresar un poco más lo que sientes.
— Lo intento.
— Te creo, pero el sexo no es la única manera, ¿dónde quedó tu ingenio?
— No es sólo sexo.
— ¿No?
— No. Es que no puedo —exhaló con fuerza— pensar cuando lo tengo enfrente, ni cuando pienso en él, yo. Y luego el trabajo.
— Deberías expresar un poco más para que no te satures por dentro.
— Y ¿actuar como tantos otros que se mal viven mendigando cariño?
— Depende desde dónde lo hagas. Es cierto que muchos dan para recibir, pero algunos —le mostré una foto que les tomé cuando no me vieron— dan porque de verdad quieren compartir toda esa felicidad que les haces sentir. Creo que él de verdad se está esforzando por que funcione.
— Sí, lo sé… Me abruma que para él sea tan fácil, se la pasa provocándome. También hago mi parte pero, siempre hace algo que termina opacando todo lo que hago.
— Creo que sí se da cuenta y por eso te quiere tanto.
— ¿Pero?
— No hay pero —suspiré cansado— tú sabes lo que haces, es tu novio, no el mío. ¡Ah! perdón, que no son novios —me paré para regresar a mi recámara— supongo que me estuve preocupando de más. Si me disculpas tengo que terminar de empacar.
— Shaka, ¿tú qué harías?
— Dices, ¿si Milo fuera mi novio?
— No, claro que eso no. Si quisieras hacer algo por alguien, pero nunca parece ser suficiente; aunque él diga que sí.
— No es un problema, hasta que lo es. Supongo que tienes que arriesgarte a ser más atrevido, como cuando estás sondeando a un cliente nuevo, intentar comunicarte en su mismo lenguaje y ayudarlo a que entienda lo que le estás ofreciendo. Porque, por lo que veo, no es que ninguno no se esté esforzando, al contrario; es sólo que todo pasa desapercibido; aumentan los envíos pero siguen con el mismo resultado. Tal vez, no tengan que esforzarse tanto si enfocan mejor esos esfuerzos y así mismo se permiten descansar un poco.
— Lo haces sonar tan fácil.
— La teoría siempre es fácil, pero como dices: No tengo la experiencia para decirte exactamente qué hacer.
Cuando llegó el día de mi mudanza los tres fueron a ayudarme a moverme y, al ver un Camus más relajado y un Milo más contento, de verdad creí que me estaba preocupando por nada. Después de eso empecé a convivir con Aioria en la oficina, quien por alguna razón había empezado a buscarme; no pude negarme después de que también ayudó con las cajas, así que. Para que negarlo, terminé acostumbrándome a su compañía; después de todo compartíamos la misma suerte de haber sido puestos a un lado por nuestros amigos.
*. *. *. *. *
El ansioso gato me resultó ser más adorable de lo que imaginé en un principio y terminamos saliendo después de algunos… eventos desafortunados. Parecía absurdo que más nosotros comenzamos un noviazgo que el otro par que nos había juntado. Y nuestro grupo sólo se hizo más grande con el tiempo.
Cuando me mandaron de viaje, a causa de un proyecto en otra sede de la compañía, pensé que todo seguiría como hasta ahora; pero una llamada de mi amigo me sacó por completo de mi burbuja.
— ¿Bueno? —contesté.
— Soy un idiota.
— OK. Eso es nuevo.
— Odio cuando tienes boca de profeta.
— ¿Ahora qué pasó?
— ¡Nada!
Respiré.
— Entonces, ¿para qué me marcaste?
— ¿Tienes tiempo?
Vi el reloj.
— Tengo 10 minutos, pero si necesitas más, márcame en la noche.
— Creo que terminamos.
Puse el altavoz, coloqué el celular a un lado y seguí acomodando mi maletín.
— ¿Fue explícito?
— No todo tiene que ser explícito.
— ¿Qué pasó?
— Se enteró de que metí a alguien más al departamento.
— ¿En calidad de…?
— Compañeros de gastos. Lo conocí cuando estaba trabajando por mi cuenta durante mi estadía en Europa. Me pareció alguien adecuado.
— Y no se lo comentaste.
— No. Pensó que ya vivía sólo, y presionó y presionó para ir.
— Y aún así, no le explicaste.
— Es mi espacio, esa debería ser suficiente razón para él. Y, cuando nos vio saliendo juntos del departamento se imaginó lo peor.
— ¿Ya intentaste contactarlo a él, antes que hablar conmigo?
— Me manda a buzón y me bloqueó de todas sus redes. ¿Quién hace eso?
— ¿Eso es lo que te molesta?
— Pues, sí —se quejó— Por eso mismo no le dije nada. Sabía que exageraría, como siempre. De algo pequeño hace una cosa enorme.
— No toda la culpa es suya.
— Si no me deja hablar con él, ¿cómo quiere que le explique o me disculpe?
— A ver, cuando tuviste oportunidad de explicarle no dijiste nada. ¿Disculparte? Suena más bien a que quieres una disculpa suya. Y si no quiere hablar contigo, tal vez sea que no quiere: ni tus excusas, ni tus disculpas. Tal vez sólo necesita tiempo, es todo.
— ¿Tiempo? Pues, que me lo diga a la cara entonces.
— Escucha. Tengo que colgar, si la situación sigue igual márcame en la noche. Mientras, sé un buen chico y espera. ¿Qué más puedes hacer?
— No quiero que esto termine.
— ¿Terminar qué?
— Nuestra relación.
— ¿Cuál relación? Ya me tengo que ir, perdón. Háblame después de las 9.
Estuve un poco distraído ese día. En cada momento libre, pedí por que una segunda llamada no se diera pero, dieron las 10 y el teléfono marcó el número en espera de mi amigo.
— Hola, ¿aún no te vas a dormir? —sonó del otro lado.
— ¿Cómo podría? —estaba realmente cansado.
— Sigo bloqueado —y al parecer Camus igual.
— ¿Ya fuiste a su casa?
— No, claro que no.
— ¿Te da miedo?
— Si no quiere hablar conmigo, ¿qué diferencia haría?
— Mucha. Demostraría que te importa.
— Tú crees.
— Camus. ¿Por qué metiste a alguien más al departamento?
— Llegó y no tenía dónde quedarse. Es hasta que encuentre otro lugar donde establecerse, no conoce nada ni a nadie más aquí. Está solo.
— Y, ¿por qué no le dijiste eso a Milo?
— Yo, no lo sé. ¡No lo sé! —dijo irritado— Porque soy un idiota que cree que no le pertenece a nadie y que cree que es suficiente ser sincero en lo importante para que confíen en él.
— Para con el sarcasmo. ¿Fuiste sincero en lo importante?, ¿de verdad?
— Sí, siempre.
— Camus, le dijiste que no querías que fueran novios, tuve que pedirte que me lo presentaras para conocerlo; hasta donde tengo entendido, te cuesta darle cariño como a él le gusta y ahora le ocultaste algo que se puede interpretar como una mentira. Una que puede poner en duda todo lo acertado que hayas hecho hasta ahora. Nunca lo dejaste entrar de verdad y, ¿ahora le pides que crea en tu sinceridad? ¿Hablas en serio?
— Suena feo si lo dices de ese modo.
— Entonces tú dime ¿cómo hacer que todo esto parezca lindo y que sean muestras de que realmente te interesa? Porque, para mí, es que te preparaste para que te fuera fácil separarte de él en cualquier momento, y bajo cualquier excusa.
— No es así, si ya me afecta cómo me afecta; imagínate si llega a estar en todos los aspectos de mi vida. Me perdería en él, si de por sí no hago más que estar al pendiente y procuro participar de sus locuras; hasta le he permitido usarme de su muñeco y no puedo pasar por ningún lugar sin que algo me lo recuerde, o que piense que algo le gustaría o se le vería bien… cada vez se parece más a una droga. Este día ha sido un infierno, no quiero, no puedo vivir sin saber de él.
— Y no has ido a verlo.
— Dijiste que querría estar solo. Puedo por lo menos respetar eso… aunque no lo soporte.
— ¿Qué quieres hacer?
— Salir corriendo a tirar su puerta y obligarlo a estar conmigo.
— Me imagino que así se sintió durante este tiempo y siguió reprimiéndose, y esperando. Ahora, imagina cómo se sintió cuando vio que le diste algo que él tanto quería a alguien más.
— Yo —hizo una pausa larga— No me perdonaría —suspiró— Soy un idiota —escuché que la voz se le quebró— Ya lo perdí.
— Puede ser.
— No, ¡no!, ¡no puede ser! Él me adora, esto no puede terminar.
— Es una pelea, aún no termina; aparte, no es que iniciara realmente. No te digo que lo hicieras tu novio, pero realmente nunca le diste un lugar en tu vida. Tampoco es que pueda reclamarte ya que no tiene un derecho como tal y tú tampoco.
— ¿Tengo que disculparme verdad?
— Sería bueno, sí; pero no es lo más importante.
— Tengo que ser mejor, cambiar; demostrarle que me importa.
— Eso sería lo más óptimo, y más para ti; pero tampoco es lo más importante.
— Deja tu misticismo de lado —me dijo ya enojado— entonces ¿qué carajo es lo más importante?
— Que quieran seguir juntos.
— Yo si…
— No mientas. Has estado preparado para salir corriendo desde el día cero —no me contestó— y no estoy diciendo que no lo quieras o que no te guste, que no te desespere y que haya muchas cosas que no te gusten de él. ¡DIOS! Si te contara de las veces que sentí que podría matar a Aioria con mis manos —escuché una ligera risa— En estos momentos importa poco quién hizo qué, cuándo, cómo, dónde y cuánto. Yo solo te pido que pienses en algo: un momento, EL momento en que supiste que él era especial e irreemplazable. —guardamos silencio, quiso hablar pero lo interrumpí— No me lo digas. Después de que lo encuentres te pido que pienses si, algunos de los dos fuera a morir mañana, ese recuerdo sería lo suficientemente fuerte como para que valga la pena seguir luchando un día más, o en realidad no es para tanto. O si duele más tenerlo cerca y seguir en esa relación siquiera un segundo más, a dejarlo ir. No tienes que contestarme a mi.
— Lo amo —lo escuché llorando— yo… Shaka no… no puedo creer cuanto lo amo… No quiero, no resistiría perderlo.
— No me lo digas a mí, dícelo a él, y actúa en consecuencia. Sin juegos, no más trabas ni tretas. Permítete amarlo de todas las formas y maneras que puedas imaginar y cuando se te acaben invéntate otras. Disfrútalo. Si tú eres feliz y él también te ama, las cosas seguirán funcionando; encontrarán el modo, y sino búsquenlo.
— Voy a colgar, ya no soporto más. Iré a buscarlo.
— Suerte.
— Y...
— No digas más. Corre —dije y colgué.
Tal vez fue irresponsable de mi parte dejarlo ir en ese estado, pero para Camus puede que sea lo mejor. Sólo me quedaba meditar un poco y enviar toda mi energía para que pasara lo que fuera que tuviera que pasar.
*. *. *. *. *
Cuando regresé ya de planta a mi apartamento y a mi nueva oficina, no tardé mucho tiempo en enterarme, de boca de Aioria, que Milo y Camus ya habían conseguido una pequeña vivienda a las afueras de la ciudad y que ya estaban haciendo nuevos planes; aunque no supe más por menores, ya que por ahora todo seguía casi igual. Excepto por el detalle de que ya eran oficialmente una pareja de novios.
Creo que por suerte, el mío no se había enterado de la crisis que pasaron; sino no me explico el porqué estaría tan contento con esto, siendo lo protector que es con su amigo. Eso es algo que aún me causa conflicto a veces, pero fue esa característica lo que me cautivó de él desde un principio.
Me alegro por Camus, de que por fin haya encontrado esa persona con quien compartir su vida; que lo conoce, lo acepta y lo valora por quien es. Encontrar esa sencilla felicidad puede ser a veces muy complicado y hasta puede parecer irreal, pero qué mayor milagro que vivir plenamente una de las formas en que el amor tiene para manifestarse y hacernos crecer.
Comentarios del autor: Gracias a Lesath Al Niyat por inspirar esta historia y darle vida a Milo en la llamada telefónica :3 Adoro a su Milo. Espero que te agradara esta otra forma de hablar sobre esta hermosa pareja. Admito que lo hice en parte para sapear a Camus, xD pero tampoco es que me guste verlo sufrir. Gracias por darles tu tiempo :D
Siguiendo este estilo, habrá una segunda parte. Nos vemos pronto y no olvides pasar a curiosiar por nuestras cuentas ;)
Es todo por ahora. CIAO! n.n/
