Lo había notado hace poco tiempo, cuando las hojas comenzaban a teñirse de naranjo, y la cálida tarde llegaba como una suave ventisca a la montaña, Sabito comenzaba a actuar raro. Giyuu no lo notó enseguida, claro, sino fue después de entrenar todo un año juntos, cuando comenzó a conocerle mejor, cuando empezó a aprender más de Sabito.

Aprendió que cuando llega la mañana se levanta incluso más temprano que Urokodaki-san, antes de que los primeros rayos de luz caigan sobre la montaña Sabito comienza a dar algunos estiramientos, cuando las primeras golondrinas inician su canto va a levantar a Giyuu: comúnmente le daba toquecitos en las mejillas, esto derivado de los primeros días de su estadía, Giyuu solía tener pesadillas y llorar aún durmiendo, cachó un par de veces a Sabito limpiando sus lágrimas antes de levantarlo; después iban por el agua al río, acarriaban el agua suficiente para ese día, Urokodaki-san preparaba el desayuno y los tres comían antes de comenzar su entrenamiento, cuando el sol se ponía entre los árboles y los brazos y piernas de Giyuu no podían más, Sabito y él se tomaban un pequeño descanso sobre el césped, observando como la luz se desvanecía y las primeras estrellas se hacían presentes en el firmamento.

Giyuu se memorizó la forma en que Sanito ensancha su pecho para retener el fresco aire de la montaña, cerraba sus ojos y pasaba su tacto por sobre la humedad del césped, hasta llegar a la cálidez de la mano de su compañero. Giyuu lo miró sorprendido la primera vez, sin embargo, Sabito sonrió y sin más siguió observando el cielo nocturno, mientras su apretón de hacía más suave y después de un tiempo, entrelazaban sus dedos.

En sí, Tomioka aprendió mucho de él por ello, era evidente que había una época del año dónde comenzaba a ser más distante. Cuando se levantaba temprano solía quedarse viendo el amanecer sin muchas ganas, quién terminaba despertando a Giyuu era Urokodaki-san, y cuando esto pasaba, Sabito ya había ido él mismo por el agua, Giyuu hacía la comida junto a su maestro y Sabito no comía como debería, en sus tardes de entrenamiento no habían descansos, no habían diálogos, Sabito le evadía cualquier conversación y regresaban a dormir solamente, hasta el día siguiente.

Cuando se trataba de Giyuu, de cierta manera era más blando, más comprensivo, si se molestaba con él era por no valorarse a sí mismo, pero jamás le juzgó. Intentaba darle parte de su valía. En cambio, en esos días pareciera que le molestara su propia existencia.

Esa vez Giyuu le preguntó sobre eso a su maestro, Urokodaki-san se mostraba reacio, pero al final se lo dijo. Y era tal como sospechaba, tenía que ver con la fecha en que Urokodaki-san lo rescató del demonio que acababa de matar a toda su familia.

Sabito nunca hablaba de su pasado, ambos se entendían porque ambos habían perdido todo, pero Giyuu no sabía nada más. Pensar en eso le hacía sentir abochornado, Sabito conoce todo de él, incluyendo cómo había llegado ahí, siempre le decía que Tsutako se había sacrificado por él porque lo amaba y por ello era lo más valioso que podía haber, por otro lado, Giyuu no conocía cómo es que Sabito podía ser capaz de llevar a cabo reflexionas tan maduras para su edad.

Entonces, una tarde, el día en que Urokodaki-san había sido llamado por un cuervo, Giyuu quiso intentar ser un buen amigo y hablar con Sabito. Claro, que sus grandes dotes de conversación y seguridad no lo ayudaron del todo.

—¿Qué es exactamente lo que quieres, Giyuu? —dice el pelirrojo, con el ceño fruncido, bajando su espada de madera. Su tono se asemeja a al fastidio, pero ambos sabían que no era real.

Tomioka tiene que asentar bien los pies sobre la tierra, porque siente que a veces la mirada de Sabito le hace flaquear, pero esta vez debe ser firme. Realmente no le gusta cuando Sabito se siente mal, y es obvio para quien lo conozca, que comúnmente oculta su tristeza con enojo y un antifaz de valentía varonil.

—¿Te sientes mal? —atina a decir, sin embargo, siente que es inconsistente entre sus labios. Aún así, el ceño fruncido de Sabito desaparece, y suspira con cansancio. Giyuu mira con paciencia como su amigo asienta la espada a un lado, se da media vuelta y restriega su cara con las manos, como si necesitara un momento para recuperar la compostura, y Giyuu está dispuesto a darle todo el tiempo que necesite, siempre y cuando deje que su corazón se abra ante él.

—Lo siento, creo que te he preocupado —comienza, aún sin voltear a verle, el azabache duda de su dar los pasos que le faltan para llegar a él o darle su espacio un tiempo más —, pese a que siempre te regaño por lo mismo, ni yo puedo evitar sentirme mal a veces.

—¿Tiene que ver con lo que pasó con tu familia? —cuestiona directo, y tal vez suena menos delicado de lo que había pensado. Pero Sabito no parece afectado por sus palabras, después de todo era una situación que ambos compartían.

—¿Quieres ir un rato al arroyo? Urokodaki-san no lo sabrá —promete, volteando a él con una sonrisa perspicaz. Para Giyuu solo había una respuesta desde el momento en que su compañero extendió una mano hacia él. La toma sin dudar, siempre que la mano de Sabito se extiende hacía él, la tomaría sin duda, y viceversa. Hoy y siempre, sin ninguna duda.

La noche comienza a cubrir la montaña, y el agua del arroyo de siente helada corriendo por la piel de sus pies. Adoraba esa sensación tan fluida, el agua era un elemento vital, presente en tantas maneras que a Giyuu le erizaba la piel pensarlo. Desde las gotas de rocío hasta una tormenta, lo que las le cautiva es la sensación que le trae cuando recorre su piel. Cuando va al arroyo con Sabito, lo que más ama es poder contemplar como la luz del sol chocaba con el agua y esta le brindaba un matiz único a la mirada de Sabito, sus ojos se iluminaban con la corriente haciendo que se vean colores hermosos. Está vez era de noche, y no obstante, aquella suave luz en los ojos de su amigo era brindada por la luna.

Así, sentados lado a lado con sus pies expuestos a las orillas, pasaron varios minutos solos con la canción de las cigarras y las hojas que danzan con el viento. Hasta que Sabito vuelve a hablar.

—Fue entre estas fechas —, se detiene un momento con solo iniciar —, bueno, para ser más precisos, un día como hoy, cuando perdí a mi familia. Realmente no tengo recuerdos de mi madre, mi padre había fallecido poco antes por un accidente en las minas, y yo tenía dos hermanos menores que proteger. Nos habían echado de la casa donde estábamos porque no teníamos dinero, así que como buen hermano, busqué una cabaña a las afueras donde ellos pudieran dormir, parecía abandonada, así que dije "no creo que a nadie le moleste si dormimos aquí un par de noches", y el primer día estuvo bien, no pasaron frío. Pero… —Sabito suspira, mientras sus pies chapotean un poco sobre el agua, Giyuu le mira de reojo, no quiere incomodar al mirarle demasiado, su voz comienza a ser débil, pero no sabría decir si las lágrimas han llegado a acumularse en sus ojos —Ese día era mi cumpleaños, mis hermanos querían agradecerme por cuidar de ellos, así que antes de que me despertara, ellos salieron sin que me diera cuenta. Realmente no tenía un sueño pesado, aún no entiendo cómo no los escuché irse. Cuando desperté, el más pequeño de ellos se estaba arrastrando hacia la entrada de la cabaña, estaba lleno de tierra y sangre, tenía un rasguño que le acaparaba todo el pecho. Corrí hacia él cuando ví a ese demonio acercarse desde el bosque, lo cubrí con mi cuerpo para protegerlo, y fue ahí cuando llegó Urokodaki-san a salvarnos. Sin embargo, cuando me dí cuenta, mi hermano ya había muerto por la falta de sangre, entre mis brazos. Urokodaki-san me dio un trozo de la tela de mi otro hermano, no quise ni ver el cuerpo...

Si Sabito había estado conteniéndose hasta ese momento, ya no podía más, las lágrimas eran tan evidentes como el hipo que ya no lo dejaba seguir hablando

Giyuu nunca le había visto así, así que hizo lo que comúnmente Sabito había a veces para reconfortarlo, cubrió la mano ajena con la suya, dejando que el muchacho se secara las lágrimas antes de voltear su mirada hacia él, Giyuu le brinda una sonrisa, y sorprendentemente, es Sabito quien se inclina hacia él para descansar sobre su hombro. El niño azabache acaricia la espalda de su compañero hasta que esté se calma un poco más.

—Se supone que debía protegerlos, si no los hubiera llevado a ese lugar eso no habría pasado, si me hubiera despertado un poco antes los hubiera detenido… —lamenta con un aliento entrecortado, como un niño perdido, ya que precisamente eso es.

—No fue tu culpa, Sabito, no sabías que eso pasaría.

Sabito siempre parecía ser tan maduro que Giyuu a veces olvidaba que era un chico de su edad, un chico que se levanta siempre temprano por las mañanas con el arrepentimiento de no haberlo hecho antes, que le sermonea y le cuida demasiado, porque aún se siente como el hermano mayor. Un niño que tiene años odiando el día de su cumpleaños, porque es el día que terminó de perderlo todo, en esa fatídica mañana de otoño.

—Gracias por preocuparte por mi, Giyuu, perdón por preocuparte así —, dice una vez que logra calmar su respiración, separándose del azabache. Los ojos de Sabito ahora están rojos y un poco hinchados, realmente se veía terrible, Giyuu nunca le había visto así, y de cierta manera, se le encoge el corazón en tan solo pensarlo.

—No tienes que agradecer, somos amigos — sonríe Giyuu, de la manera más sincera que puede — Además, Sabito, se ve que tus hermanos te querían mucho, tal vez no pudieron decírtelo ese día, pero estoy muy agradecido de que hayas nacido y de poder tenerte en mi vida. Es gracias a tí que puedo estar bien ahora, tanto Urokodaki-san como tú me salvaron. Gracias, Sabito.

Los ojos del niño se abrieron de la sorpresa, Giyuu no siempre fue de muchas palabras; Sabito suelta una suave risa, tan corta como un suspiro, se inclina ante el azabache y deposita un pequeño beso sobre sus labios. Es pequeño, corto y superficial, pero fue suficiente para disparar sus corazones.

—Mi regalo de cumpleaños —, menciona el pelirrojo, riendo mientras se levanta y le extiende una mano a su compañero. Sus mejillas estaban rojas como un par de tomates, pero a la vez no podían ganarle a las de Giyuu si hicieran una competencia.

Él toma la mano de Sabito, como siempre, y se burlan un poco de la apariencia del otro.

Ese día, el viejo Urokodaki llegó junto con carne para la cena. Y para Sabito, fue el primer cumpleaños que disfrutó en mucho tiempo. Giyuu estaba agradecido a los cielos, pero también rogaba que estos momentos se volvieran eternos. Tal vez el próximo año, después de la selección final, pueda darle un regalo como es debido a Sabito.