Suspiró, con los ojos cerrados, acostado en aquel monte bajo la sombra de un árbol de glicinas que había ahí. Y es que...

Podía decir que finalmente, era libre. No había más sufrimiento, preocupaciones, miedo, ansiedad, tristeza, ira o dolor... Sólo una gran calma.

Y pese a que había dejado a sus otros hijos, Kiriya, Kuina y Kanata solos, sabía bien que ellos estarían bien y lo lograrían. Lograrían matar a ese ser, a Muzan Kibutsuji.

Y mientras escuchaba las risas de sus hijas, Hinaki y Nichika a lo lejos, escuchó pasos acercarse hasta donde él estaba. Y cesaron cuando se sentó a un lado suyo.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

— Finalmente hay paz.

— Todo terminó, Ubuyashiki-sama.

— Por favor, dime Kagaya. Sólo Kagaya.

Amane apretó ligeramente los labios, y un pequeño rubor apareció en sus mejillas, siendo la primera vez que mostrara otro tipo de emoción.

— ... De acuerdo, Kagaya.

Se permitió nuevamente disfrutar de esa paz que había y se sentía en el ambiente. Al lado de quiénes amaba.

Amane extendió su mano hacia el rostro de su marido, permitiéndose sentir la suavidad de esta y sintiendo alivio y alegría de finalmente verlo bien. Sin aquella enfermedad en su rostro, sin el miedo de que falleciera, sin sentir dolor al verlo postrado en su futón.

Sonrió levemente, pero, sinceramente.

Kagaya abrió los ojos ante el tacto, mirando a su esposa. Y aunque en un principio Amane se sorprendió y pareció querer retirar su mano por temor a incomodarlo, él puso su mano sobre la de ella, mirándola con una sonrisa.

Lavando y gris oscuro transmitiendo tanto sentimiento. Alivio, dicha, felicidad y paz.

— Sí te quise, Amane. — pronunció en medio del silencio que se formó entre ambos. No incómodo, pero, él en verdad quería decirle eso, obteniendo sorpresa en ella y en sus facciones casi estoicas. — Y te sigo queriendo.

Recuerda, en el pasado, que cuando estaban por unirse en sagrado matrimonio, que él le dio la opción de acabar con todo si a ella no le gustaba. Y recuerda como ella, con estoicismo, seriedad y madurez, le dijo que nadie le obligaba.

Que ella cumpliría su deber, porque así lo quiso. Y, sobre todo, que no iba a huir.

Y pese a que no muchas veces le dijo palabras como "Te quiero" o "Te amo". Las veces que ella estaba ahí, que le ayudaba tanto en sus deberes como Oyakata-sama o en su enfermedad, el apoyo también, eran suficientes.

Y, sin embargo, este era un momento para decir aquellas palabras que siempre quiso decir. Y que ahora, podía decir más seguido.

Amane quitó su mano por un momento de su mejilla, para acostarse al lado del azabache, mirándolo a los ojos. Y una pequeña sonrisa arribó sus labios, y con un brillo en sus ojos, pronunció:

— Yo también te quiero, Kagaya.

Hoy, más que nunca, lo hago y haré.

Y Hanaki y Nichika que antes estaban jugando, miraron dónde estaban sus padres, para sonreír con sinceridad.

Felices por ambos.

Y mirando al cielo de ese paraíso, les desearon suerte a sus otros hermanos, también, con la esperanza de que pudieran ser una familia feliz.

Finalmente, y como debió ser.