En los caminos de las frías tierras enemigas del imperio, un hombre se había forjado sin querer, una reputación de sanador a base de palabras y chismes que iban de mujer a vendedor y de mercader a productor, creando así una red confiable de lo que este hombre podía hacer, y en tiempos de severas enfermedades sin cura, las palabras y brebajes de un extraño hombre con melena negra y ojos verdes, ofrecía lo único que Dios también daba: esperanza.
Loki Laufeyson era un joven curioso del mundo y harto de las personas, esa era la verdad sobre él, pero se limitaba a solo mantenerla para consigo mismo, pues si bien no soportaba a las personas, sabía manipularlas como títeres de un teatro ambulante, además, sus dones no eran ni iban solo de su habilidad social y retórica, que sin duda eran muy pulidas y casi envidiables por los bardos, Loki en verdad poseía algo de magia en la sangre que poco le mortificaba en disfrazar como fe católica y pasar sus conocimientos como milagrosos actos provenientes de un Dios en el que ni siquiera creía, pero que sabía era mejor que cualquier otra opción.
Las personas preferían creer en una fuerza mística de algo que creen conocer, en lugar de aceptar que en el mundo fungen fuerzas y misterios más grandes que su diminuta fe.
La patria de Loki era desconocida, pero había vivido casi toda su vida en el país al norte de los reinos de Thor, y aunque le causaba curiosidad codearse entre las familias reales, poco era su interés en esforzarse por llegara esos altos mandos, prefería la comodidad de una montaña que conocía, al peligro y fuego de un volcán; pero sus planes fueron cambiados por una guardia de seis hombres que llevaba la orden directa de hacerlo presentarse ante el líder de estrategia contra el gobierno del zar.
Las peticiones de su gobierno eran sencillas, llegar a la familia real y asesinar al zarevich haciéndolo parecer una causa natural; era eso o morir por traición al negarse ante tal orden. Y si algo debía decirse de Loki Laufeyson era que por sobretodo, él apreciaba demasiado su vida.
Apreciar su vida había sido la razón que le llevó a volverse un nómada y a alejarse de su pueblo natal; un lugar que respetaba los misterios y la grandiosidad de la naturaleza, que aceptaba su esencia como algo superior a ellos y que por ende, se esclavizaban ante ella.
La ley de la naturaleza dictaba, según los líderes de su pueblo, que cada hombre nace con un alma destinada, prescrita por lazos de sangre que eran imborrables. Bajo esta ley los miembros del pueblos que quisieran casarse o tener sexo, debían hacerlo con su destinado, y según Loki, aquello no habría estado tan mal si los destinados fueran compatibles.
Allí la ley natural estaba por encima del libre albedrío y la propia conciencia, si un anciano resultaba destinado de una niña de diez años, era obligación casarlos para no ofender el trabajo de la naturaleza, eso asqueo a Loki. Encontraba desagradable depender de algo tan incierto como una creencia, si él quería tener sexo debería poder tenerlo sin verse obligado a tenerlo con quien le digan, o con una persona que no debería verse forzado a hacerlo, mucho menos un niño.
Así que en su décimo octavo cumpleaños huyó de su pueblo con sólo tres mudas de ropa, dos pares de zapatos y más libros que dinero.
Pero de eso, ya hacían diez años, ahora era un hombre reconocido, y en lugar de tres mudas de ropa, un carruaje con maletas se dirigía al palacio de la familia imperial, y no huía como un joven rebelde de su cultura, ahora llegaba como un hombre de fe y sanador milagroso solicitado por la misma zarina influenciada por las miles de recomendaciones que poco a poco había recibido gracias a un plan bien ejecutado por parte de un enemigo a la espera de un momento de flaqueza.
