El siguiente fanfic está basado en Splatterhouse, un videojuego Beat 'em Up creado por la icónica Namco. Ninguno de los personajes me pertenecen.

No hago uso de ellos con fines de lucro ni sacar ventaja. Todos sus derechos van a sus respectivos creadores.


Rick despertó alterado aquella lúgubre noche de luna llena, producto de una terrible pesadilla que revivió un trauma que se llevaría a la tumba. Había caído de la cama, recobrando el conocimiento poco tiempo después y, dándose cuenta que había sudado en exceso, pues su camisa estaba empapada tanto del pecho como de las axilas.

Ése mal sueño se repetía conforme los días transcurrían. Las memorias, los hedores, el sonido, todo se intensificaba. Su mente no albergaba otra cosa que no fueran los acontecimientos de esa casa maldita.

Haría cualquier cosa para eliminar esos recuerdos, hasta vender su alma de ser necesario con tal de borrar para siempre esa noche.

Y también borrar un día en especial.

El día en el que conoció a su amada Jennifer.

Oh Jennifer.

Ése nombre rondaba por su cabeza.

Jennifer.

Jennifer.

Jennifer.

Mil veces Jennifer.

Se sentía como un estúpido cada vez que se veía en el espejo, porque su rostro acabado por la bebida, el cansancio y el ayer le estaban rindiendo cuentas. Odiaba mirarse en los espejos, porque creía que si le daba la espalda a alguno, su otro yo, su "espectro" saldría de ellos y le daría esa paz eterna que tanto anhelaba.

Tenía miedo a cerrar los ojos, porque aquél matadero se volvía a repetir.

Se veía con esa ropa manchada de sangre que no era suya. Lo pensó bien y creyó que quizá no era sangre, ¿Cómo se le llamaría entonces a los fluidos de colores que expedían esos monstruos que fueron abandonados por Dios? Cada vez que los mataba y estallaban.

Se relamió los labios tratando de recordar su sabor, porque en más de una ocasión, por las aberturas de la máscara, ese líquido ingresaba y él en ése frenesí sangriento la probó.

Sabor a fierro, como si hubiera lamido un tubo oxidado.

Vomitó poco después.

En las fantasías más perversas veía a sus manos, llenas de ampollas y cortes, burbujas que crecieron debajo de la piel porque usó ambos brazos para reventar los cráneos de sus enemigos amorfos, para enterrar los puños, desgarrar la carne de sus entrañas y acabar con esas existencias que pedían a gritos que terminaran de una maldita vez.

Rick llegó a pensar que los monstruos se acercaban a propósito a él para ser liberados, porque él pensaría que lo atacarían y de éste modo era un ganar-ganar.

Quizá era así.

El joven estudiante se sentó en su cama y, por un momento vió a sus pies.

Estaba hipnotizado.

Inhaló sin acercarse a ellos y se acordó del terrible olor que despedían sus apestosos pies. No sólo por el sudor o el caminar sin parar, que bien eso pudo ser un factor de ese peculiar aroma.

Sino porque sus plantas pisaban los suelos repletos de materia de dudosa procedencia y, los órganos podridos de un centenar de cuerpos en estado de descomposición que estaban debajo de él, tanto hombres como mujeres que en algún momento de sus vidas ingresaron a ése infierno y jamás salieron.

Movía sus ortejos y esa sensación se intensificaba, aquella que era provocada cuando pisaba masas gelatinosas o en su caso las innumerables víseras en las salas, por un instante creyó que pudo haber pisado materia fecal cuando se encontró en ese limbo.

No hubiera sido extraño considerando las condiciones deplorables e inhumanas con las que se había encontrado.

Cada parte de sí le daba asco, porque fueron usadas para cometer crímenes que nadie le echaría en cara, porque nadie le creería.

Nadie iba a ayudarle.

Si pedía auxilio seguro lo encerraban en una institución mental, hasta lo culparían de la desaparición de Jennifer.

Rick empezó a llorar.

Se hincó al suelo y le preguntó a Dios el por qué le quitó al amor de su vida, a su otra mitad, a esa mujer que era la encarnación de todo lo bueno.

Esa señorita que se había robado su corazón con su voz de distinguida dama, tan suave, tan perfecta...

Y el hecho de escucharla gritar le destrozaba, lo rompía en miles de pedazos.

Extrañaba a su Jennifer.

Extrañaba acariciar su cabello, pasar sus dedos por su espalda, disfrutar del sabor del labial de fresa de sus labios, el unirse mediante todo tipo de lazos y volverse uno en esas noches interminables.

Y no sólo eso.

Extrañaba verla todas las mañanas, ella diciendo el nombre de su amado, esa relación de oro y de respeto mutuo.

Le había fallado a su diosa.

La había abandonado y fue tan estúpido e incompetente.

Tanto que llegó tarde y lo único que pudo acariciar de ella era el polvo de sus cenizas.

Los gritos...

Ella pidiendo socorro, de ella rogándole a Rick y al mismísimo Dios que la ayudaran, que le salvaran la vida porque todavía tenía muchas cosas por hacer y experimentar.

Y los dos no pudieron hacer mucho.

Rick se resignaba a vivir una vida vacía, y eso le estaba dando miedo.

En medio del llanto y el duelo, abrió los ojos y vió en el suelo esa máscara.

—Ella no tiene por qué morir, Rick.

Una macabra voz vociferó.

—¡Basta! Por favor basta...

El chico sólo quería paz, algo de tranquilidad. Ver esa figura y la sonrisa deliberada que emanaba no era de buen augurio. Pretendió abrir y cerrar los ojos creyendo que era una alucinación.

No lo era.

—Debes regresar.

No quería, de verdad que no quería.

—No tienes nada que perder. ¿Vivirás acaso con la incertidumbre de no saber que tal vez pudiste haberla traído de vuelta?

Pedía que se callara.

Enojado tomó la televisión y la arrojó al suelo.

—Ella no tiene por qué morir, Rick.

Y tenía razón.

No había motivo.

—¿Me lo prometes?

Rick preguntó hinchándose ante la máscara.

—Dame lo que quiero. Tú obtienes a tu mujer, y yo lo que mi alma anhela. Piénsalo bien, Rick... Jennifer no tiene por qué morir.

Con todo el dolor de su corazón tomó la máscara y la puso sobre su cara.

—Ahora somos uno.

La metamorfosis de Rick Taylor había comenzado.