Buenas! Estoy escribiendo este fanfic para una amiga que se está viendo la serie pero que aun va por la temporada 8. Me gusta más escribir a partir de la 10, pero qué se le va a hacer. Espero que lo disfrutéis, es un fic de humor, que a todos nos iría bien con los días que corren. No olvidéis dejarme en comentarios que os parece!

La habitación del motel de turno es como tantas otras. Igual y diferente. Dean no pierde el tiempo en mirarla. El papel pintado tiene algún tipo de diseño ochenteno hortera y todo es de tonos de un verde lima horrible; eso es lo único que su cerebro registra.

Deja su bolsa en la cama más cercana a la puerta y se tumba. Necesita algunas horas de sueño o acabará desmayándose. Sam y Cas entran tras él con más calma. El ángel se queda un momento de pie en medio de la habitación antes de recordar que a los humanos suele incomodarles y va a sentarse en una de las dos sillas que hay alrededor de una mesa circular.

—Dean, pásame las llaves del Impala. Voy a ir a comprar el desayuno.

—Trae cerveza, y tarta. —Dice mientras le lanza las llaves.

—Eso no es desayuno.

—Es para después, cabrón.

—Capullo.

Después de aquello, Sam sale de la habitación y no tardan en oír el ronco motor de Baby. Cas ha encontrado una revista encima de la mesa y pasa las páginas con el ceño fruncido. Dean ya tiene los ojos cerrados. Está a punto de dormirse cuando el ángel habla.

—Nunca entenderé vuestra manera de deciros adiós.

Dean suelta un suspiro sin abrir los ojos.

—Bueno, Cas, es el estilo Winchester.

Él no lo ve, pero Castiel asiente como si eso lo explicara todo. Hay muchísimas cosas que Cas atribuye al "estilo Winchester", así que le parece tan buena razón como cualquier otra. El cazador no tarda en empezar a roncar suavemente. Lo mira con curiosidad. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la cara un poco vuelta hacia él. Un sentimiento cálido se extiende por el pecho de Cas. El recuerdo de la vez que le dijo que le miraría mientras dormía y la reacción de el cazador le hacen sonreír. Habían pasado por tantas cosas…

Cuando Sam cierra la puerta tras de sí Dean se despierta de golpe, casi saltando de la cama. Lo mira con una sonrisa maliciosa. Cas sigue sentado donde lo dejó. El hermano menor reprime un suspiro. Cada vez que los deja solos reza para volver y encontrárselos cogidos de la mano. Por favor, le reza a quién lo oiga, que alguien los junte para que dejen de torturarle con sus miraditas y sus silencios. Dios… que alguien le salve de estos dos idiotas.

Desayunan en silencio mientras Dean da buena cuenta de su café y el bocadillo que Sam ha traído para él. Preferiría una hamburguesa, pero qué se le va a hacer. Su hermano y su irritante decisión de que coma más sano.

Cas le ha cedido su sitio a Sam para que pueda comer más cómodo. Espera a que los hermanos se acaben la comida antes de hablar. Dean está aguantando su café con las dos manos como si fuera el líquido más preciado del mundo.

Carraspea, de repente un poco inseguro, llamando su atención.

—¿Qué pasa Cas?

—Quiero intentar invocar a Dios.

Como siempre, Cas suelta bombas como si fuera lo más normal del mundo. Las palabras del ángel por poco consiguen que Dean se atragante. Odiaría desperdiciar café. Se vuelve para mirarle como si estuviera loco.

—Ya has intentado encontrar a Dios, Cas. ¿Qué te hace pensar que esta vez será diferente?

Mierda. Los ojos de Castiel se llenan de tristeza y se odia a sí mismo por haber abierto la boca. Dean se queda callado. No sabe qué decir para retirar sus palabras o devolver la normalidad a aquella mirada azul.

Al final, Cas responde con la voz un poco más profunda que su tono habitual; si es que eso era posible.

—Entre las armas que Balthazar escondió, hay un bol de invocación. Se supone que es infalible. O al menos lo ha sido hasta ahora. No hay registros de que se haya usado para invocar a Dios antes, pero es mi última opción.

—¿Opción para qué?

Cas lo mira como si fuera tonto.

—Para acabar con la guerra civil del Cielo. Dios podría parar a Rafael, podría devolver la paz entre mis hermanos y hermanas.

Un silencio expectante se expande por la habitación. Lo que Cas propone tiene pocas posibilidades. Dean sabe que, con su suerte, lo más probable es que no funcione. Pero, si es sincero consigo mismo, sabe que no se va a negar. Sabe que hará todo lo posible para quitar el peso que hunde los hombros de Cas desde hace tiempo.

—¿Por qué nos necesitas? —Pregunta Sam, devolviendo a Dean a la realidad— No me malinterpretes, te ayudaremos en todo lo que podamos, pero no sé si nosotros tenemos el tipo de poder que necesitas.

Castiel aparta sus ojos de Dean. Éste no se había dado ni cuenta de que se estaban mirando fijamente. Mierda. Tenía que disimular mejor. Mentía profesionalmente, por favor.

—Yo puedo hacer la invocación sin problemas gracias al bol. Pero si esto sale mal, necesito a alguien que le pueda transmitir el mensaje a Dios. Alguien en quién pueda confiar. Entenderé si no queréis arriesgaros a tal peligro.

—Sabes que no tenemos ningún problema en arriesgarnos…

Dean interrumpe a su hermano en cuanto las palabras del ángel cobran sentido en su cabeza. ¿"Si esto sale mal"? Un momento, un momento, piensa. Toda la empresa ya no le parece tan bien. Y su boca se mueve antes de que pueda evitarlo.

—Espera, espera. ¿Me estás diciendo que quizá te mueres intentando invocar a Dios?

Castiel lo vuelve a mirar con el ceño fruncido.

—Existe cierta posibilidad. Sí.

Dean empieza a pasearse por la habitación. No, no, no. Eso no está bien. Se supone que no tiene que preocuparse tanto por Cas porqué es prácticamente invencible. Mierda. Pero tiene sentido que si algo pueda matarle sea su Padre.

—Dean… —Empieza Sam, ya puede oír su discursito.— Estaremos preparados. Pase lo que pase.

Sí, claro, excepto que pase lo que pase incluye al mismísimo Dios haciendo desaparecer a Cas para siempre con un chasquido de sus dedos. Mierda. No está bien.

—¿Dean? —La voz de Cas le para en el sitio.

El ángel lo mira con ojos suplicantes, como si necesitara su aprobación para invocar a Dios. ¿En qué momento su vida se había vuelto tan extraña? ¿En qué momento cazar monstruos sacados de películas de terror no era lo más peligroso que hacían? Soltó un suspiro. Mierda. Sabía de antemano que no se iba a negar. No ante aquellos malditos ojos azules.

—Está bien… pero que conste que nada de esto me gusta un puto pelo.

—Qué raro… —Susurró Sam con sarcasmo mientras intentaba esconder una sonrisa divertida.

El mayor le lanza una mirada asesina, pero el menor no lo ve convenientemente entretenido como está en observar la mesa que tiene ante él.

Cierran las cortinas de la habitación y apartan los restos del desayuno de la mesa. Castiel hace aparecer un bol, que parece muy antiguo, en su mano y lo deja en el centro de la mesa. No tiene sentido esperar. Ya se han decidido.

El ángel empieza a meter cosas en el bol. Especias, una rama extrañamente deformada, una pepita de oro, y otras cosas que Dean no reconoce. Cuando parece que el ángel ha acabado, se saca su espada de la manga y alarga la mano por encima de la mezcla.

—¡Uo! ¿Qué haces?

—El ingrediente principal es la sangre de ángel. —Dice tan tranquilo.

Mierda, piensa Dean mientras cierra la boca. Aquello no le está gustando en absoluto. Ve cómo la sangre de Cas cae sobre el bol con un poco de su brillante divinidad. El ángel empieza entonar en enoquiano con un deje que es suave y fuerte a la vez. El idioma de los ángeles siempre consigue que Dean sienta cosquillas en las orejas.

Cuando Cas termina, están los tres extremadamente quietos, expectantes. Durante unos segundos no pasa nada, y Dean ya está a punto de soltar algún chiste cuando una luz blanca llena la habitación obligándoles a cerrar los ojos.

Mierda. Alarga una mano para apoyarla en el pecho de Sam, como un padre que va a cruzar un paso de peatones con su hijo, para cerciorarse de que sigue ahí. No consigue alcanzar a Cas antes de que la luz se vuelva demasiado intensa.

Mierda. Mierda. Mierda. No, por favor. Que esto no sea el final.