Como de costumbre, los rayos del orto* se filtraban por la leve niebla de la madrugada en el campo. Los cuervos – seres carroñeros – abundaban el lugar; probablemente atraídos por el fuerte aroma a muerte. El Viejo Lobo le seguía los pasos detrás, con las riendas de sus dos monturas, y la prominente cicatriz que partía su ceja y seguía hasta su mejilla. Fue en ese momento, que el joven brujo dejó de seguir el rastro de sangre hasta llegar a un cadáver desplomado sobre el campo.
―No hay un patrón de ataque. ―Señaló el Viejo Lobo―. Está hambriento.
―Mhm.
El joven brujo, entonces, se arrodilló delante cadáver y con las yemas de sus dedos tocó la sangre coagulada. Sus ojos, de un tono ámbar opaco y de pupilas similares a las de una víbora, miraban detenidamente la sangre que frotaba entre sus dedos. Fue en ese momento, que el joven brujo captó el aroma particular de la bestia. Y apretando con fuerza su puño, el brujo se levantó. Ya sabía a que se enfrentaba…
―Un Ulfhedinn* ―dijo el joven brujo.
―Da gracias que no es un Voref*, Issei.
―Cierto. Menos trabajo entonces, Geralt.
El joven brujo llamado Issei asintió con la cabeza y, con la vista sobre el rastro, prosiguió con su caminata. El Viejo Lobo al percatarse que entrarían por un denso bosque, tomó la decisión de atar las riendas de las monturas alrededor de un tronco persistente y le siguió el paso a su aprendiz. Con cada paso que daban, ambos se percataban de cómo el rastro de sangre se volvía más prominente y el aroma también. Estaban acercándose. Issei notaba que con cada paso más las pertenencias de diversas personas aparecían arrojadas en el suelo; ropa, libros, linternas y mochilas.
Finalmente alcanzaron un escenario que los asombro un poco. Al menos, media docena de cadáveres estaban amontonados sobre una sangrienta pila de extremidades, huesos y otras cosas. El Viejo Lobo gruñó; Issei, al darse cuenta de que las marcas de pisadas de la bestia se dirigían a una cueva que nacía entre unas rocas cercanas, desenvaino su espada.
―Es hora de trabajar.
