"Este relato participa en la tabla Alergias de Primavera organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash"

Palabra: Paladín

Personaje: Godric Gryffindor

Cantidad de palabras: 545


¿A qué precio?

Helga no había dejado de llorar desde la partida de Salazar. Rowena se había vuelto aún más taciturna y ni siquiera la risa y el cariño de su hija la hacía sonreír. Nada era lo mismo, algo se había roto entre los cuatro y no había vuelta atrás.

Godric trataba de actuar como siempre. Su orgullo no lo dejaba mostrar el dolor que le causaba haber perdido a su mejor amigo y jamás reconocería que quizás actuó de manera impulsiva al haberlo confrontado de esa manera.

Desde que se conocían habían disentido respecto a ciertas cosas, pero a pesar de las diferentes opiniones, el cariño y las cosas comunes iban primero y las discusiones nunca se alargaban, pues sabían que nunca iban a acordar en nada y preferían cambiar el tema.

Las tensiones, sin embargo, habían ido en aumento a partir de que decidieron fundar Hogwarts, aún más cuando la cantidad de alumnos fue creciendo de tal manera que hubo que separarlos de alguna manera. Los cuatro amigos pensaban decidieron que cada uno acogería bajo su ala a los niños según sus características. Y ahí había sido cuando todo comenzó a descomponerse. Salazar insistía en que no debían aceptar a los hijos de muggles, aunque mostraran aptitudes mágicas. Era demasiado el riesgo, en su opinión.

Al resto no les parecía aquello, pero Godric fue el único que se enfrentó a Salazar. Aunque reconocía el riesgo que representaba el aceptar a hijos de muggles en su castillo, creía que no darles una oportunidad era injusto. Para Godric lo más importante de la vida era el honor. Defender las causas justas y aquello por lo que creía era su principal motivo en la vida.

Así que por más que Salazar había explicado sus razonamientos, por más que Godric le había argumentado los suyos, ninguno pudo estar de acuerdo. Nunca en su vida se hubiera imaginado que usaría su magia en contra de su amigo, ni mucho menos que éste trataría de maldecirlo a cambio. Si no fuera por la intervención de Helga y Rowena, quién sabe cómo hubiera acabado eso.

Ahora, con la cabeza más fría, reflexionando en todo lo ocurrido ese día no dejaba de preguntarse si mantenerse fiel a sus ideales valía la pena si eso le costaba una amistad. Quizás si no se hubiera dejado llevar por su impulso y hubiera tratado de hablar con Salazar de otra manera, ¿hubiera sido distinto?

Pero no había forma de saberlo ahora. Nadie sabía a dónde se había ido Salazar, y ni siquiera la magia de localización que había ideado Rowena daba con él. «Si no quiere ser encontrado, no lo encontraremos», era la explicación. Y aunque lo encontraran, ¿qué le iba a decir? Se negaba a renunciar a su razonamiento: él estaba en lo correcto. ¿No era justo por eso que habían creado Hogwarts? Darles un hogar para proteger y educar a todos los niños con magia. Negarse a aceptar a algunos sólo porque sus padres no lo fueran, no era justo que permitieran que los pequeños acabaran en la hoguera o lapidados.

Siempre llegaba a la misma conclusión. Por lo que decidía que el precio de defender aquello por lo que creía, por más grande —y doloroso— que fuera el precio, estaba dispuesto a pagarlo.