Haikyuu! y sus personajes son obra de Haruichi Furudate. Sólo escribo por diversión.

Advertencia: SPOILER del manga! Si no vas al día y no quieres spoilearte con la historia, te aconsejaría que no leas este fanfic. Si vas al día o no te importa spoilearte, adelante xD


— ¿Sabes?

La voz de Atsumu Miya se dejó oír en medio del vestuario con aquel tono risueño y despreocupado de siempre, detrás de la puerta de su casillero. Pese a no estar dirigiéndose a nadie en particular, Bokuto Koutaro pareció percibir que aquella interrogante iba directo hacia él. En esos momentos, éste se encontraba sólo con los pantalones deportivos, a medio cambiar luego de darse una ducha una vez terminado el encuentro; sus cabellos húmedos estaban despeinados y apuntando hacia el suelo, aunque algunos mechones rebeldes ya comenzaban a empinarse, dándole un aire un tanto desquiciado.

— ¿Mmh?.— Bokuto hacía rato estaba entretenido con su celular y era ese el verdadero motivo por el que demoraba tanto en terminar de cambiarse. Ni siquiera levantó la vista cuando Atsumu se acercó a él, intentando leer lo que escribía por encima de su hombro.

— A veces, te detesto. Sólo a veces.

— ¿Por qué? ¿Qué hice ahora?

Bokuto levantó la mirada y volteó el rostro; ambos estaban demasiado cerca el uno del otro, y el hecho de que Bokuto ladeara medio torso hacia atrás enfrentándolo directamente, no hizo que Atsumu retrocediera ni un milímetro, aquella sonrisa de suficiencia instalada en su rostro.

— Dile que el sentimiento es mutuo.

La voz amortiguada de Kiyoomi Sakusa les llegó desde el otro lado del vestuario; el muchacho ya había terminado de cambiarse y se había colocado el cubrebocas obligatorio.

— Qué tierno, Omi Omi. Ahora se defienden.

— Pero yo no lo detesto.— Bokuto volvió su atención al celular, cuya pantalla acababa de encenderse. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro y aquello provocó un tic nervioso casi imperceptible en uno de los ojos de Atsumu.— Simplemente paso de él.

— Es buena opción.— terció Sakusa, incorporándose pesadamente del banco en donde había estado sentado atándose los cordones.

— A ti también te detesto. A veces.

Atsumu le mostró a Sakusa su sonrisa más radiante y Sakusa se limitó a fruncir el ceño, alejándose de ellos.

— El sentimiento conmigo sí es mutuo.

— Cómo no.— Atsumu saludó a Sakusa con la mano cuando se percató de que sus intenciones eran retirarse realmente del vestuario, sin recibir respuesta por parte del otro.— Debemos ser el único equipo que no festeja luego de una victoria.

— Habla por ti.

Las voces de Bokuto y Sakusa se habían sincronizado de tal manera, que Atsumu estaba seguro no habría salido tan bien de ser premeditado. Suspiró, intentando contener las ganas de golpearlos. A veces lo enfermaban con sus actitudes infantiles.

— ¿Te espera alguna fiestita en casa, Koutaro-kun?

Acto seguido, Atsumu señaló con el mentón el celular que Bokuto aún sostenía en sus manos mientras soltaba una risita para nada genuina y sincera. Bokuto frunció el ceño y, en ese momento, Atsumu se preguntó si realmente estaba sopesando su pregunta o si directamente estaba por golpearlo. O quizás era por el apelativo respetuoso que había usado con su apellido, después de todo, sabía bien que Bokuto odiaba todo tipo de formalidades.

No sabía por qué, pero desde que habían comenzado a jugar juntos en los Black Jackals como titulares, Atsumu sentía la necesidad imperiosa de molestar a Bokuto en cualquier oportunidad que se le presentase, y solía hacerlo con saña y un resentimiento que no sabía bien de dónde provenía, siendo que nunca habían sido enemigos o habían discutido por otra cuestión en el pasado.

Aún así, aquello era divertido. Hasta cierto punto en el que Bokuto llegaba al límite de su tolerancia. O lo que su cerebro soportaba.

— ¿No te cansas, Tsum Tsum?.— el tic nervioso empeoró al oír el apodo miserable que Bokuto le había puesto, ya mucho tiempo atrás.

— ¿De joderte? No, jamás.

Bokuto suspiró, restándole importancia a la provocación suave que Atsumu había intentado con él; al fin, luego de lo que había parecido una eternidad, Bokuto había soltado el maldito teléfono y había terminado de cambiarse bajo la atenta mirada del setter, aún sonriendo.

No iba a hacérsela tan fácil. Menos cuando estaba de tan buen humor luego de la victoria.

— ¿Por qué me miras así, Tsum Tsum? ¿Te gusto acaso?

La pregunta había sido malintencionada y Atsumu sabía, en son de broma. Aún así, era la oportunidad perfecta y no podía desaprovecharla, menos cuando podía usar aquello a su favor.

— No creo que tanto como le gustas a Akaashi. Mira, ahí te volvió a escribir.

Era una gran mentira si Atsumu afirmaba que no se la había visto venir; sólo pudo soltar una carcajada triunfante cuando Bokuto al fin había reaccionado; lo había tomado por la camiseta y, con una fuerza que Atsumu envidiaba tanto dentro como fuera de la cancha, lo había estampado contra los casilleros produciendo un ruido fuerte y siniestro, todos ellos retumbando y temblando por el impacto.

Ahora sí Bokuto estaba realmente enojado. Bingo.

— Cualquier cosa, ¿me oíste? Cualquier cosa, menos Akaashi.

— ¿Es tu novio? Pensé que era tu antiguo setter...ah no, espera...es aquel que no quiso seguir jugando contigo, ¿verdad?

— ¡Chicos!

Atsumu ladeó el rostro hacia un costado, aún sonriendo. Bokuto acercó su rostro peligrosamente al del otro con el aura más amenazante que Atsumu no le había sentido en mucho tiempo, sin siquiera prestarle atención a la voz chillona que los había llamado desde las duchas.

Hinata Shouyo los observó alternativamente; Atsumu lo observó de reojo, de abajo hacia arriba sin pena alguna. Hinata apenas y traía una toalla mal amarrada a la cintura, sus cabellos empapados aún goteando sobre su rostro y sus hombros, su respiración levemente agitado por la carrera que parecía haber dado desde las duchas - a dos pasos de distancia - hasta los cambiadores; la sonrisa radiante que había estado plasmada en su rostro poco a poco se transformó en una mueca de consternación y confusión cuando vio a los mayores enfrentados. Atsumu lo vio tragar saliva mientras seguía mirándolos, primero a Bokuto y luego a él, inseguro de qué hacer a continuación.

— ¿Qué sucede?

— Nada, Shouyo. Koutaro-kun perdió un poco los nervios aquí, es todo. A veces la verdad duele un poco.

— Y una mierda.

Bokuto soltó a Atsumu empujándolo otra vez contra el metal; los casilleros volvieron a temblar débilmente mientras Atsumu reía por lo bajo y Bokuto juntaba sus pertenencias; como si nada hubiese pasado, la expresión adusta de su rostro cambió cuando leyó el último mensaje que Akaashi le había enviado, sus ojos iluminándose como los de un niño pequeño.

— ¿Akaashi vino a verte?.— pese a la burla filtrándose en la voz de Atsumu, la treta no llegó a traspasar y estropear la felicidad interna que Bokuto parecía experimentar en esos momentos, pues la expresión de su rostro no se borró ni flaqueó en lo más mínimo al oírlo.

— Así es, está esperándome. Así que…te lo encargo, Hinata.

— ¡¿Akaashi-san?! ¡Mándale mis saludos!

Atsumu frunció el ceño al oír que la felicidad de Bokuto se transmitía hacia Shouyo de aquella manera tan…¿singular?¿Por qué a él también le brillaban los ojitos? ¿También estaba enamorado del tal Akaashi? Se acomodó la camiseta un poco arrugada, exhalando el aire que había estado conteniendo en un largo y penoso suspiro.

— ¿Tú también lo amas, Shouyo?

— ¿Eh? No, pero un setter es un setter. Supongo que Bokuto-san extraña las viejas épocas.— ambos miraron al aludido, quien ya se había colgado el bolso al hombro y estaba saliendo del vestuario.

— A veces quiero volver a Fukurodani.

— Te graduaste hace 7 años, idiota.— farfulló Atsumu, ya un poco molesto.— Aunque vuelvas, Akaashi ya no estará allí.

— Cállate. Nos vemos, Hinata.

— Claro.

La puerta del vestuario se cerró lentamente produciendo un chirrido molesto a su paso hasta que finalmente hizo su clic característico al sellarse del todo. El silencio se instaló dentro del vestuario, Hinata aún mirando hacia la puerta mientras Atsumu lo observaba a él, ideas y pensamientos encontrados surgiendo en su mente y molestándolo todavía más.

— ¿Viejas épocas?.— soltó finalmente. Hinata se sobresaltó en su sitio pareciendo percatarse de repente que no estaba solo. Se volteó hacia él, sus ojos marrones grandes y confundidos.

— ¿Cómo?

— ¿Tú extrañas Karasuno?.— Hinata volvió a parpadear, más confundido que antes.

— Claro, ¿tú no extrañas Inarizaki?

— No. Bueno, sí, algunas tonteras, pero no querría volver.

— Yo a veces sí, pero es nostalgia. Sobre todo cuando me reencuentro con algún ex compañero.

— ¿Extrañas a Tobio?

— ¿Eh? ¿A Kageyama?¿Yo?

Hinata se puso nervioso, Atsumu lo notó en una milésima de segundo. El vestuario tenía buena iluminación y Shouyo no estaba del todo lejos de su posición; había podido notar como su respiración se había atascado en su garganta, como su labio inferior había temblado levemente y como el mismo tic que él tenía en el ojo parecía habérsele contagiado. Atsumu se acercó uno, dos, tres pasos a Hinata mientras éste retrocedía, balbuceando.

En otro tipo de circunstancias aquella reacción tonta le haría gracia. Ahora sólo sentía su corazón hirviendo, sus músculos tensionados y una molestia de los mil demonios.

— ¿Qué carajos les pasa a ustedes con sus antiguos armadores?

— Miya-san…

— ¿Tan bueno era Tobio? Cuéntame que tan habilidoso era.

Finalmente, Hinata chocó su espalda con la pared fría del vestuario y Atsumu se detuvo sólo a escasos centímetros; pese a que Shouyo había crecido durante aquellos años, Miya aún le sacaba una ventaja de más de 10 centímetros, por lo que apenas inclinó la cabeza para observar chistosamente como Hinata estiraba su cuello, sus ojos brillantes fijos en los suyos, calculadores y provocativos.

— T-Tú mismo lo viste hoy, el maldito es bueno.

— Lo vi jugando en la cancha, yo me refería a otro tipo de habilidades.

— ¿De qué hablas, Miya-san?

— Oh, llámame por mi nombre, ya te lo he dicho.— dijo Atsumu sonriendo aún más. Lejos de generar tranquilidad en Hinata, éste pareció palidecer aún más.— Hablo de tu relación con él, claro.

— ¿R-Relación? Querrás decir competencia, porque ni amigos alcanzamos a ser.

— ¿Ah, no? ¿Competencia? Es decir que…

Atsumu ahora sí se reclinó sobre Shouyo, cerniéndose como un ave rapaz sobre una simple ardilla. Percibió la respiración agitada del otro cuando acercó sus labios a la oreja de Hinata, apenas susurrando, sin que la sonrisa abandonara sus labios.

— ¿...peleaban por saber quién recibía cada vez?

Hinata chilló y jadeó al oír eso, Atsumu estallando en carcajadas; se separó un poco del menor sólo para admirar el rojo furioso que había cubierto sus mejillas y orejas, su labio temblando más que nunca. No pudo evitar tomar aquel rostro sonrojado entre sus manos, acunándolo sin poder parar de reír.

— ¡N-No sé bien a qué te refieres, pero yo recibía sus pases siempre, incluso nos quedábamos hasta tarde luego de las prácticas!

— Oh, ya veo, Shouyo. No me quedaban muchas dudas al respecto, igualmente.

— No sé por qué, pero eso me sonó a insulto.

— Para nada, fue un halago.

Atsumu inclinó el torso hacia Hinata mientras apoyaba su frente contra la del más joven; sus manos aún sostenían el rostro ajeno, por lo que a Shouyo le era difícil esquivarlo en esa posición. Aún así, para alivio de Miya, Hinata no parecía incómodo con el contacto pese a que sus intenciones estaban más que claras.

Al menos para él mismo.

— Tobio es muy bueno en la cancha, supongo que debe serlo en cualquier tipo de práctica.

— Supones bien. El miserable es condenadamente bueno.

— Vaya…¿ahora qué haré al respecto?

Miya soltó a Hinata y se apartó sólo unos milímetros, tomando su propios rostro entre las manos y fingiendo un dolor emocional que realmente no sentía. Atsumu estaba muy seguro de sus habilidades como armador, demasiado seguro. No necesitaba compararse con otros de su mismo nivel porque él mismo se consideraba uno de los mejores del país, no sólo porque conocía sus propias habilidades sino porque se sentía orgulloso de poder decir que, pese a no reconocer a aquellos rematadores que no eran capaces de convertir en un punto sus colocaciones, él sabía leerlos, a todos y cada uno de ellos. Sabía en qué momento podía confiar en uno u en otro, cuál sería el mejor pase en el mejor momento, la mejor colocación para cada situación particular de cada uno.

Sin embargo, aquello no significaba que alguna sombra de duda se instalara en su corazón cada vez que veía ese tipo de actitudes.

Atsumu Miya no iba a reconocerlo jamás, pero era un armador muy celoso de sus rematadores. Sakusa estaba a otro nivel, por supuesto. De él no podía esperar ningún tipo de feeling, sólo acción y reacción dentro de la cancha, lo cual para Atsumu era suficiente, al menos por el momento.

Bokuto era otro cuento. Uno agrio y fastidioso, por cierto. El rematador era intenso, incansable e implacable cuando se lo proponía; sin embargo, lo que más le había agradado a Atsumu - sin que lo reconociera abiertamente - había sido la facilidad con la que ambos habían encajado en la cancha, tanto en las prácticas como en los partidos oficiales. Atsumu podía respirar tranquilo cuando Bokuto estaba anímicamente estable y quería creer que él era un armador lo suficientemente confiable a ojos del rematador.

El problema había surgido cuando, más temprano que tarde, había descubierto que su propia figura se hallaba bajo la sombra de otra persona. Atsumu había oído hablar de Akaashi - qué iba a decir, sabía perfectamente quién era -, pero nunca llegó a imaginar que Bokuto se hubiese estancado psicológicamente con aquel armador de la preparatoria; la idea le había resultado en un principio ridícula, porque ¿quién en su sano juicio seguiría pensando y anhelando jugar con una persona que nunca había tenido entre sus planes seguirlo? Luego de pensarlo un poco, recordó que Bokuto jamás utilizaba el juicio para guiar sus acciones y decidir sobre su propia vida, por lo que la idea ya no era tan descabellada.

Y de un momento al otro se vio a sí mismo comparándose fantasiosamente con Akaashi Keiji. ¿Cómo era eso posible, por qué le había surgido esa paranoia? Había comenzado a volverse más adusto y violento en sus colocaciones con Bokuto pese a que éste no parecía notar realmente su malestar emocional. Le pasaba lo mismo con Sakusa quien, más abierta y deliberadamente, solía comparar sus colocaciones con las de otros armadores que había conocido.

Siempre en menosprecio de Atsumu, claro.

Si se tratara de una persona insegura y temerosa, hubiese comenzado a dudar de sus propias habilidades. Como no era el caso, Atsumu comprendió que ese sentimiento ardiente y opresivo que le generaban aquellos descubrimientos no era otra cosa que celos. Celos y un deseo ferviente de auto proclamación, de demostrarles a ellos y al resto que él había sido, era y sería el mejor armador que cualquier jugador dentro de la cancha podría necesitar.

Y en ese momento, cuando ya tenía bien claros sus objetivos belicosos, había llegado Shouyo. Una cosa era jugar contra él, hablar de tonterías o al pasar fuera de los partidos, y otra muy diferente había sido compartir el mismo equipo. Su energía y vivacidad rápidamente contagiaron a Atsumu, quien se sentía como una planta creciendo feliz con los rayos de aquel sol tan radiante, tan sincero y genuino.

Por supuesto, su ideal del pequeño rematador pronto se vio arruinada, otra vez...por lo mismo.

De verdad, ¿qué rayos pasaba con aquellos armadores? Parecían haber marcado a fuego a los jugadores de su equipo, a los jugadores que él armaba. ¿Es que acaso a sus ojos él no era tan bueno como ellos? ¿...o había algo más allí?

Tobio Kageyama, aquel armador santurrón e ingenuo. Había visto en ocasiones pasadas cómo maltrataba a Shouyo más allá de una simple rivalidad entre ellos, lo que a Atsumu lo había llevado a pensar con seguridad que Hinata realmente lo detestaba, pero no había sido así; con estupor y fastidio, se había percatado de la intensidad con la que ambos se habían estado observando durante el partido. Aquello no era maldita competencia, ni mucho menos.

No iba a imponerse ante todos ellos, estaba claro que Atsumu tenía un orgullo y una imagen que mantener. De todos los rematadores, Hinata siempre había sido el más vivaz y cercano a él, al punto de que ya lo consideraba un buen amigo. Cercano y entrañable.

Pero tampoco iba a permitir que Shouyo jugara con sus sentimientos.

— ¿A qué te refieres, Miya-san? ¿No estarás comparándote con ese payaso de Kageyama, verdad?

— Tú lo estás haciendo, no tienes piedad, Shouyo.

— ¡¿Yo?! ¡No!

Hinata dio un paso hacia Atsumu mientras estiraba las manos y tomaba sus antebrazos, separando las manos del más alto que aún cubrían su rostro en fingido dolor. Sin perder el tiempo, Atsumu simuló sorpresa y tomó las manos más pequeñas y pálidas entre las suyas, presionándolas suavemente, percibiendo la anti natural suavidad y tersura de su piel pese al maltrato al que se veían sometidas a diario con el balón.

— ¡Escúchame! ¡Tú eres cien veces mejor, qué digo, mil veces mejor que ese tonto Kageyama!.— Hinata balbuceaba cada palabra, ansioso y aparentemente urgido por la culpa de que Atsumu malinterpretara sus palabras, lo cual enterneció al mayor quien lo dejaba hablar.— Tú sí me entiendes, sabes lo que quiero.

— Claro que lo sé, Shouyo.

Todos esos minutos se había estado conteniendo, básicamente porque Atsumu se consideraba a sí mismo una persona paciente y juicioso...además de porque estaba disfrutando en grado sumo la demostración de ansiedad y pena que había despertado en Hinata.

Pero todo tenía un límite, incluso su paciencia.

Aprovechó la guardia baja de Shouyo y lo estampó contra la fría pared, uniendo sus labios a los del menor en un beso un tanto tosco y desesperado; lo sintió inspirar aire bruscamente, sus manos luchando por soltarse de las suyas mientras Atsumu profundizaba el beso, siendo totalmente consciente de la poca resistencia que en realidad le ofrecía Hinata.

Paulatinamente, Shouyo suspiró y se entregó apaciblemente a la demanda de Atsumu; sus manos se deshicieron suavemente del agarre del otro y rodearon el cuello del mayor, atrayéndolo. De repente, en aquel lugar hacía más calor del que debería; sin separarse de Shouyo, Miya tomó ventaja de la enajenación mental en la que se había sumido el menor dentro del beso para colar una mano debajo de la toalla blanca, acariciando la piel suave y aún húmeda, sus dedos rozando la cara interna de sus muslos con delicadeza y parsimonia, ascendiendo lentamente sobre su pierna.

— M-Me haces...cosquillas…

— ¿Y ahí? ¿Aquí también tienes cosquillas?

La respiración agitada de Shouyo se sumó al sonrojo de sus mejillas y al temblor de la mano que luchaba contra la mano de Atsumu, la cual ya estaba prácticamente sobre su intimidad, en su ingle. Atsumu susurró aquella pregunta retórica al sentir el pequeño sobresalto en el cuerpo ajeno cuando un dedo largo apenas rozó su vello púbico sin atreverse a más, sopesando las reacciones del otro.

— Miya-san, alguien podría venir…

— Nadie vendrá, relájate.

Atsumu depositó un suave beso en sus labios antes de descender por su mandíbula depositando besos cortos en su camino hacia su cuello, haciendo caso omiso al nerviosismo de Hinata. Sonrió contra la piel ajena al sentir sus vellos erizados, su respiración agitada. Acarició aquella piel tersa a conciencia con sus labios, su lengua, logrando que el menor se estremeciera aún más entre sus brazos, su mano sin abandonar el refugio que había hallado debajo de la toalla.

Hinata seguía fingiendo que aquello no le agradaba, como él solía fingir inocencia cada vez que lo asaltaba apenas se encontraban solos. No era la primera vez que una cosa así sucedía; hacía ya unos meses atrás, aquel acercamiento se había dado también en el vestuario del equipo luego de un arduo día de prácticas y, de manera espontánea y ansiosa, se había ido sucediendo en reiteradas oportunidades, cada vez más frecuente, cada vez traspasando un límite nuevo.

Hinata y él tenían buen feeling, Atsumu lo sabía. También era conocedor de la atracción que el menor sentía por él y de que muchas de aquellas ocasiones, había sido el mismo Shouyo quien había propiciado los encuentros. Eso también lo conocía, o al menos lo intuía con fuerza. Aún así, ninguno de los dos daba un siguiente paso. Se llevaban bien dentro y fuera de la cancha, ambos eran buenos amigos y estaba más que clara la atracción sexual que compartían...y sin embargo, Atsumu no había podido lograr nada más.

Su paciencia era casi infinita.

¿Era reserva por su timidez, o realmente Hinata no quería dar otro paso más contundente en su relación con Atsumu porque había alguien más? Miya no era un acosador ni mucho menos, pero producto de la pequeña inseguridad inconsciente que había surgido durante aquellos meses en los que no había podido lograr que Hinata admitiera sus sentimientos por él y los exteriorizase con los demás, se había descubierto a sí mismo analizando las expresiones y movimientos de Shouyo.

Incluso había llegado al punto de averiguar - como quien no quiere la cosa, preguntando al pasar sin sonar demasiado evidente - qué actividades realizaba fuera de las prácticas y las reuniones que involucraban al equipo de vóley. Y todo sin ningún resultado, porque estaba absolutamente seguro que el lenguaje corporal y verbal de Hinata no mentía.

No sabía mentir, para empezar.

Con ese pensamiento en mente, Atsumu coló una rodilla entre las piernas de Hinata, separándolas un poco; su propia mano y aquella fastidiosa toalla le impedían hacerlo del todo, pero fue suficiente para que Shouyo se sorprendiera y aferrara a sus hombros fuertemente. La mano que aún mantenía allí abajo se aventuró un poco más; Atsumu no pudo evitar que un resoplido similar a una risa se le escapara cuando sintió la erección del otro entre sus dedos.

— ¡¿De qué te ríes?!

Pese a su pregunta lanzada de manera molesta y avergonzada, Atsumu no tuvo tiempo de contestar. Hinata lo había atraído impulsivamente hacia su rostro volviendo a capturar sus labios en forma posesiva; Atsumu relajó todos sus músculos cuando sintió un suave gemido mezclarse entre sus labios cuando su mano atendió amorosamente el miembro ajeno, sin pudor alguno. Presionó más el cuerpo de Shouyo contra la pared, su otra mano luchando para deshacer el maldito nudo de aquella toalla entrometida mientras percibía los tirones de Hinata intentando retirar su camiseta…

...y un golpe sordo en la puerta del vestuario los sobresaltó a los dos.

Hinata volvió a jadear, ésta vez asustado. No necesitó empujar a Atsumu para separarse de él, porque Miya ya lo había hecho y su mirada estaba ahora clavada en la puerta. Entrecerró los ojos, perspicaz, furioso y un poco inseguro por lo que acababa de suceder.

— ¿Quién será? Es raro que alguien golpee una sola vez.— susurró Hinata, acomodándose la toalla mientras suspiraba, nervioso pero también bastante frustrado.

Atsumu desvió sus ojos hacia Shouyo, su expresión seria y medida. ¿No se había dado cuenta? Eso no había sido el golpe de alguien que había llamado en el vestuario, sino alguien que había abierto la puerta. El sonido que habían escuchado era el típico ruido metálico que producía aquella cosa cuando se volvía a cerrar del todo.

Alguien había ingresado, los había visto y había vuelto a salir.

Miya también suspiró, pasándose una mano por el cabello. Si fuese alguien de su equipo, conociéndolos...habrían tomado aquella oportunidad para torturarlos psicológicamente empezando por ese mismo instante, no habrían huído, Atsumu los conocía bien a todos. ¿Alguien del personal administrativo del lugar? Probable, pero no terminaba de convencerlo. Al oír voces en el interior del vestuario, Atsumu estaba seguro que habrían golpeado primero y él habría oído aquel sonido.

Fuera cual fuese la verdadera persona que había abierto la puerta, había arruinado la atmósfera del momento. Al ver que Atsumu no tenía miras de cerciorarse si había alguien del otro lado y como no volvieron a "golpear", Hinata ya se estaba secando y cambiando para cuando él logró controlar el impulso de salir, buscar y moler a golpes a la persona que los había interrumpido.

No le quedó más que aceptar la realidad, una vez más. Miya le sonrió en forma condescendiente mientras Shouyo terminaba de acomodar sus pertenencias, la mirada culpable y un tanto nerviosa en el menor brillando en sus ojos al salir del vestuario. Atsumu rodeó sus hombros con un brazo y lo acercó a él mientras caminaban juntos por el corredor ya desierto, convenciéndose a sí mismo que todo llegaría a su tiempo.

O eso es lo que pensó antes de que voltearan hacia las escaleras que daban a la salida del estadio.

Atsumu Miya estaba teniendo muy, muy mala suerte últimamente.

Por supuesto, él divisó el peligro de pie a unos metros de distancia antes de que Hinata se percatara de la nueva presencia, entretenido mientras le comentaba casi a los gritos una que otra jugada que él mismo había logrado realizar durante el partido. Cuando sus ojos castaños se desviaron hacia el objetivo de la mirada cansina y un tanto molesta de Atsumu - al menos, Shouyo había notado la transformación de su rostro de un momento al otro - enmudeció automáticamente, deteniéndose junto con Miya en medio del corredor.

La mano de Atsumu que sostenía aún el hombro de Hinata se tensó en su sitio, apenas apretando.

¿Por qué, de todos los lugares existentes, Tobio Kageyama estaba de pie allí, justo en la salida, por donde ellos debían pasar obligatoriamente...?

Porque lo estaba haciendo adrede, porque aquello era premeditado. Porque Kageyama parecía saber que ellos - o Hinata, al menos - aún seguían en el estadio casi vacío, porque los estaba esperando.

Porque, probablemente, había sido él quien había ido al vestuario y los había visto juntos.

La conclusión llegó rápida y certera a la mente de Atsumu, y la sonrisa de suficiencia no se hizo esperar. Suspirando largamente, palmeó el hombro de Hinata, separándose de él. Shouyo se sobresaltó, sorprendido por su actitud y aún nervioso por tener al otro frente a ellos, sus ojos desviándose de uno a otro sin decir nada.

— Vaya, qué re encuentro tan emotivo.

Atsumu notó el ceño fruncido de Kageyama en su dirección, su expresión fastidiada. Su tono de voz no había sido socarrón ni sarcástico, sino más bien sutilmente exagerado. Lo suficiente para que el armador de Schweiden se percatara de sus verdaderas intenciones al decir aquello, pero no lo suficientemente notorio para que Hinata comprendiera la provocación.

— Bakageyama…¡¿qué haces aquí?!.— Hinata gritó pese a encontrarse a sólo tres metros de distancia de Kageyama, su voz resonando y rebotando por el corredor.

— Por cierto, buen juego, Tobio-kun.— la sonrisa de Atsumu se ensanchó mientras el ceño de Tobio se contrajo todavía más, mirándolos alternativamente mientras parecía decidir a quién le contestaba primero.

— Lo mismo digo, Miya-san.

— ¡No me ignores!

— Quita esa formalidad, por favor. Somos casi amigos, ¿eh? Compartimos unas cuantas cosas en común.

Su voz también resonó en el corredor pese a que no había levantado la voz, o esa había sido la impresión que había tenido Miya al decir aquello. Hinata parecía no comprender del todo qué era lo que sucedía allí entre los tres, pero Atsumu percibió que algo estaba intuyendo, porque el ambiente se volvió un poco más tenso que antes, y la ansiedad no provenía de Tobio.

De él sólo percibía frustración y violencia en sus estados más puros. Atsumu tenía que reconocer que el muchacho sí era intenso.

De repente, Kageyama pareció que la mejor decisión era no seguir la provocación de Miya; exhaló el aire que había estado conteniendo y su visión se centró en Hinata, aunque ese hecho pareció ponerlo peor que antes.

— Hinata.

— Qué quieres.— Atsumu negó con la cabeza mientras reía cuando Hinata se refugió detrás suyo, protegido por su ancha espalda.

— Hablar.

— No tengo nada que hablar contigo.

— ¡Claro que sí, me dijiste podíamos hablar después del partido!

Ah.

Aquello sí había tomado desprevenido a Atsumu.

Punto a favor de Kageyama.

— ¿Es eso verdad, Shouyo?.— Miya ladeó el cuello y observó a Hinata aún escondido detrás suyo, quien ahora se aferraba a su camiseta, su rostro enterrado en ella.

— Le dije que podíamos llegar a cruzar alguna palabra, ¡nada más! No es como para que te tomes literal lo que dice.— susurró Hinata un tanto avergonzado.

Atsumu comprendió que de alguna manera se sentía culpable y temeroso de su reacción y, por alguna razón, aquello le reconfortó. Al menos lo consideraba lo suficientemente íntimo como para comprender que aquella propuesta de Kageyama podía ser, como mínimo, malinterpretable. La sonrisa de Atsumu creció un poquito más.

— ¿Por qué le das explicaciones?.— dijo de repente Kageyama, sobresaltándolos a ambos.

— No me está dando explicaciones, sólo me lo está comunicando. Es todo. ¿No es acaso lo que hacen las parejas? Comunicación, Tobio-kun.

Ahora sí que el silencio que siguió a sus palabras fue tenso. Atsumu se sentía satisfecho, por qué no. Había dado en el blanco de tal manera que se enorgullecía de sí mismo al ver la expresión contrariada y anonada en el rostro de Kageyama, como si Miya le hubiese acertado una puñalada. Directo en el pecho.

Mil puntos a favor para Atsumu.

— ¿Pareja?

La voz de Kageyama había salido prácticamente en un susurro que se parecía a un siseo peligroso. Al fin, al oírlo, Hinata surgió del escondite que representaba la espalda de Atsumu, quien acarició sus cabellos aún con la sonrisa en el rostro, elevando las cejas en dirección a Tobio como incentivo para que confirmara sus palabras.

Era un maldito manipulador, a veces no podía evitar detestarse a sí mismo.

— Ah…—Hinata miró a Kageyama y luego a Miya, aún indeciso de lo que estaba por decir. Los segundos pasaron y la tensión aumentó en el ambiente, alterándolos a los tres.— Sí, eso.

— ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Qué esperabas para hacerlo?

— ¡No es algo que se dice en dos mensajes de texto escuetos, sabes! Además, ¿Qué te importa?

— ¡Claro que me importa!.— la voz de Tobio había alcanzado tal volumen que otra vez sus dichos ya eran gritos.— Estás logrando que Miya-san y yo discutamos por tu culpa, cuando tranquilamente podrías haberme ahorrado todo eso.

— ¿Discutir?¿Quién está discutiendo aquí? ¡Tú eres el único que está gritando! ¿Te das cuenta, no? No cambias más, Rey.

— Uy…eso me dolió hasta a mi.

Atsumu colocó una mano en su pecho fingiendo dolor y una mueca de sufrimiento que no llegó a sus ojos; Tobio lo observó por unos momentos antes de suavizar su propia expresión encolerizada. Volvió a exhalar, intentando controlarse.

— En todo caso, Daichi-san me pidió que hablase contigo. No es como que yo quisiera hacerlo.— masculló Kageyama finalmente, justificándose aún enfurruñado.

— ¿D-Daichi-san? ¡¿Han hablado?!

— Me saludó cuando terminó el partido.

— ¡¿Y por qué a mi no?!

— ¡Porque te fuiste gritando y ni lo viste!

La molestia inicial que Atsumu había experimentado al ver a Tobio Kageyama ya, a esas alturas, se estaba disipando. No podía dejar de admitir que era incluso hasta gracioso observar como ambos se gritaban y discutían hasta por la cosa más nimia; tanto Kageyama como Hinata habían hecho un impasse en sus gritos sólo para tomar aire, los dos agitados por el esfuerzo. Miya suponía que hablaban de Daichi Sawamura, el antiguo capitán de Karasuno. Por lo que veía, la gente de su equipo no era la única con problemas para soltar el pasado.

— Entonces, ¿Qué dijo Daichi-san?

Otra vez, la mirada de Kageyama se desvió hacia Miya, quien sonrió elevando las cejas.

— Hablen tranquilos. Te espero afuera.— susurró hacia Hinata en un tono lo suficientemente alto para que Kageyama lo oyera y Shouyo se sonrojara.

Pasó caminando tranquilamente a un costado de Tobio, apenas palmeándole el hombro en forma amistosa.

— Nos vemos en la próxima, Tobio-kun.

— No perderemos. Yo no perderé.

La intensidad en la mirada que le dirigió Kageyama hizo que Atsumu se replanteara realmente si abandonar aquel corredor o no. Ambos sabían que aquella última aclaración había estado de más, pero Atsumu no pudo sino ver aquello como una provocación directa hacia su persona, aunque no podía definir bien si se refería al ámbito profesional o personal.

Resignándose a que los antiguos armadores de sus compañeros de equipo actual sí podían llegar a ser un verdadero dolor de huevos, Atsumu suspiró y volvió a palmear la espalda de Tobio, decidiendo abandonar el lugar.

— Sigue participando, Tobio-kun.

— ¡¿Cómo?!

— ¡Qué dijo Daichi-san, Bakageyama!

— ¡No me digas así, enano!

— ¡He crecido!

Atsumu cerró la puerta del estadio que conducía al aparcamiento con los gritos de fondo, riendo.