[…]

La tierra húmeda después de llover advierte la calma. Flores silvestres regadas de rojo circundan el camino serpenteante que lleva a una montaña.

Xellos observa con manos enguantadas cubriendo su sonrisa, disfruta de la vista. Su sangre se escurre por su torso y esconde la grieta que rebosa de color rojo, pero no expresa molestia alguna. Por el contrario, le llena un sentimiento de éxtasis que le recorre entero.

Lina se arrastra sobre su cuerpo ensangrentado, con apenas la fuerza de un brazo y una pierna para avanzar a su objetivo. Ella sabe que para Xellos solo es un juego, que el costo de seguir respirando es ver a sus amigos morir y que estar muerta, de todos modos, de nada le serviría. Porque muerta no sería capaz de salvarlos.

Él le ha hecho saber de lo que es capaz por ella —y le enferma, le repugna esa parte de él que es sincera, enfermizamente sincera—, que le quitaría todo menos la respiración porque la quiere. Y ella no puede más que escupir palabras de desprecio y echarle en cara que le odia con todas las fuerzas de su cuerpo.

Xellos, sin embargo, no deja de sonreír, porque se alimenta de emociones negativas. Empero, tras su sonrisa inmóvil, esconde un sentimiento que emerge con golpes contundentes a ese por el cual Lina se permite seguir respirando. Cuando los ve y ella se pone de pie por él, sangrando y rota, pero sin rendirse. Y él no puede más, porque tiene que tenerla, a cualquier costo. Tiene que ser suya.

Con sangre salpicada por todas partes y gritos de dolor estremecedores, Xellos sabe que peleó en una batalla perdida.

De todas las cosas que le ha quitado a Lina, la única que no ha querido sacarle —porque viva para él vale más, sufriendo y sangrando pero viva—se le escurrió entre las manos.

La dejó vivir porque la quería y ella, en cambio, murió por quien amaba.