Disclammer: Esta obra fue creada sin ganas de lucrar con ella, los personajes usados pertenecen a sus respectivos dueños.

Advertencia: Yaoi.

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Las huellas en el bosque.

St. Yukiona.

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Quizás a lo que más le teme Yuuri no es a la plata o a la ponzoña de los vampiros más puros, sino al tener que enfrentarse al demonio interno que vive en él. Lo sabe cada vez que abre sus ojos y se enfrenta a su reflejo humano que en el espejo lo observa de regreso. Le da miedo observarlo ahí adormecido, aletargado, dando tumbos y retozando de vez en vez. Ha tenido que pasar por verdaderas guerras internas para llegar hasta ese punto en el que no necesita meditar mucho sobre su condición. Cada vez es más fácil poder contenerse, pero sabe que si no es lo suficientemente fuerte puede llegar a flaquear. No quiere eso, no quiere flaquear, y se lo repite, día sí y día también.

Por su piel escurre el agua con el que acaba de enjuagarse para espabilar. Lleva tres meses viviendo bajo un techo construido por humanos, comiendo comida preparada por humanos, usando artículos ensamblados y diseñados por humanos, saludando e interactuando con humanos pero aún no termina de acostumbrarse al aterrador modo en que ellos le brindan con una sonrisa la hospitalidad y calidez que una sociedad puede darte. Tienen sus problemas, graves problemas de supervivencia y manutención primaria (no entendía el por qué los humanos no cuidaban el medio en el que vivían) pero muchos eran capaces de extender la mano de forma desinteresada al desprotegido que necesitaba ayuda, sin voltear a ver si debajo de la piel se ocultaba una bestia o si el instinto hormigueaba en luna llena.

—Katsuki-san, debe de ir a trabajar —era la arrendadora que golpeaba la puerta. Yuuri confundía el ataque de la señora Takano –que veía a Yuuri como un desobligado sospechoso- con una "amabilidad" de recordarle todos los días que debía de trabajar para pagarle el arriendo mensual del departamento donde vivía.

—¡Gracias, Takano-san! —respondía casi al segundo siguiente Yuuri mientras salía con su mochila sobre sus hombros y bajaba las escaleras de dos en dos.

La anciana veía con el ceño fruncido y los labios torcidos al adolescente que tiraba de su bicicleta azul para empezar a andar hacia el comedor municipal donde le pagaban su ayuda diaria con comida, después iba a un trabajo de medio tiempo en una guardería donde fungía como una especie de conserje y en las labores que requirieran algún esfuerzo físico que las señoras mayores de intendencia no podían –o no querían—hacer.

A Yuuri le había fascinado como era la estructura social humana. Desde joven había estado siempre merodeando los alrededores de los pequeños poblados donde su manada solía asentarse por temporadas. Espiando el trabajo arduo de los campesinos aprendió a arar la tierra, a oler los cultivos y comer como los hombres. Caminar como los hombres. Hablar como los hombres.

Inserto en la sociedad, a Yuuri le parecían que los humanos eran mucho más interesantes y encantadores de lo que había pensado con solo verlos a lo lejos.

Todos los días descubre cosas nuevas.

Pedalea su bicicleta desde su pequeña cueva que con cariño llama hogar, hasta el comedor comunitario donde hay tres chicas más ayudando. Una de ellas es Yuko que tiene tres hermosas bebés, las acaba de parir y su esposo las cuida mientras ella presta servicio social, lo hace sin recibir absolutamente nada a cambio. El esposo de ésta trabaja en una pequeña pista de patinaje que es uno de los lugares de entretenimiento del pequeño pueblo, según entiende Yuko también trabajaba ahí pero se encuentra tomando un descanso mientras sus hijas crecen. Después se encuentra Misao, que es la segunda cocinera, es una adolescente con problemas de actitud y por último está Hiroko que es la encargada del lugar en el primer turno, la más grande de todos los que laboran en el sitio. Ella junto a su esposo Toshiya son dueños del único lugar de aguas termales del poblado. Ambos son bastante amables y constantemente invitan a comer y a cenar a Yuuri.

Yuuri le tiene un cariño especial a Hiroko y a su esposo, la mujer no lo sabe pero ella le brindó nombre al chico cuando éste apenas un cachorro. De hecho, cuando Yuuri decidió vivir entre los humanos adoptó el apellido de Hiroko y Toshiya sin saber que eso ocasionaría en un principio alegres situaciones e incidencias que mantuvieron en vilo al pobre adolescente.

—Yuuri-kun, buenos días —saludaba Hiroko que abría las puertas del local donde estaba el comedor.

—Bu-buenos días, Hiroko-san —responde el moreno que baja apresurado de su bicicleta, para terminar de correr la cortina metálica y sacar el anuncio plegable donde se puede leer el horario del comedor.

Abierto de 8.00 am a 10.00 am.

El menú es rezado por la caligrafía impecable de la propio Hiroko. El segundo horario era de las 2.00 pm a las 4.00 pm y el último era de las 8.00 pm a las 10.00 pm, sin embargo esos horarios eran cubiertos por otras personas.

—Llegas tarde —murmura Misao desde la barra donde deja las cacerolas de comida. Yuuri se apresura también ahí para cargar las más pesadas y dejarla en la barra desde donde sirven.

—Lo lamento —responde avergonzado.

—Misao-chan, no molestes a Yuuri —rezonga Yuko que llega con los platos limpios acomodándolos para que empiecen a servir los alimentos—. Le tocará limpiar la cocina por llegar tarde.

—¡Yuko-san! —gime alarmado Yuuri y las dos mujeres se ríen divertidas a costillas del bochorno del moreno.

—Dejen de meterse con Yuuri-kun —murmura cariñosamente Hiroko que ha entrado secándose las manos en el mandil—. Ya prepárense, Yuuri ayúdame a servir. Misao comienza a lavar los trastes sucios, y que Yuko termine de freír las últimas caballas.

—¡Sí! —los tres responden a las encomiendas y enseguida se encuentran realizando las tareas asignadas.

Yuuri se ha acostumbrado bastante a las labores más básicas que resultan en el comedor comunitario, así como en la guardería para la cual trabaja. Le gusta tener contacto con mucha gente y todos parecen ser amables con él muy a pesar que aún se pone nervioso y la ansiedad muchas veces le juega malos pases. Siempre recibo halagos que él siente no merecer y de vez en vez le llevan obsequios como sobras de la cena del día anterior, alguna fruta encurtido, ropa de segunda mano de alguien más. Para muchos solo eran basura, para Yuuri eran regalos que no cambiaría por ningún tipo de riquezas. Al principio había sido realmente difícil estar aparentemente solo pero después el corazón de los ciudadanos de ese pequeño poblado se abrió hacia él.

—Yuuri-kun, puedes retirarte ya —dice Hiroko-san mientras que termina de levantar los últimos trastes sucios.

—Terminé mi parte —anuncia Yuuri caminando hacia donde están sus cosas acomodadas religiosamente. Cuando vivía en el bosque con los suyos no existía algo tal como la privacidad todo era de todo y a él le tocaba lo que sobrara. Sí cazaba algo era para la pareja alfa y después para los cachorros, de ahí para las hembras y por último era disputa entre los jóvenes beta. En Hasetsu, en la nueva vida que había cuartado sus cosas eran suyas, lo que ganaba era para él y los obsequios... los obsequios los disfrutaba y no podía evitar sentirse sobrecogido cada vez que después de su trabajo matinal Hiroko le extendiera las manos con una bolsa que contenía una ración de comida del día.

—Entrégala a Minako-sensei de mi parte, y hay una ración extra para que cenes, Yuuri-kun.

—¡Muchas gracias, Hiroko-san! —exclama con alegría sincera sin darle oportunidad a nada más que sonrojarse a las mujeres que lo alcanzan a escuchar.

Hiroko sonrojada lo despide desde la puerta mientras que el moreno pedalea hacia el jardín de niños; los pequeños ingresan desde las seis de la mañana, otros en diferentes horas del día. El horario es agotador para los cuidadores y parvularios que trabajan pero él está hasta las cinco en cuanto llega el otro intendente del turno vespertino.

Se siente alegre y pedalea más rápido. Una canción se le ha pegado y no puede evitar tararearla. Pasa por el frente del parque y hay un grupo de porristas de la secundaria local practicando, más adelante está la tienda de refacciones de auto y afuera están los ancianos de la localidad tomando café y quejándose. Los saluda con un movimiento rápido de mano y ellos le responden aunque no lo conocen formalmente. También pasa por un café de servicio rápido donde la chica que atiende usualmente espera cuidadosamente que sean las nueve cuarenta para estar en la ventana y poder ver pasar al chico de la bicicleta; ella se sorprendió la primera vez que él la saludó, sin embargo ya se había vuelto un bonito hábito que la motivaba para ir a trabajar día a día.

A Yuuri no le importa la paga, bien podría hacer todo lo que hace gratis y estaría igual de feliz. El ruido de las personas, el respirar colectivo de ese pequeño poblado es la música feliz que una solitaria persona como él necesitan.

Cuando llega a la guardería los niños que están en el patio jugando bajo la supervisión de su profesora se revuelven a su alrededor. Él les sonríe y les caricia las cabezas. En su manada los cachorros eran expulsados apenas representaban un peligro para el alfa sin importar que tuvieran meses de nacido, no eran muchos en realidad, sólo unos cuantos nacían al año queriendo retar al líder, el resto nacían sabiendo que estaba bien ser parte de los seguidores del alfa a cargo. Pensar de esa manera, resignarse a ser parte del montón era una pesadilla, esperar para siempre rezagados hasta el final. Él había sido uno de esos, realmente no le había importado quedarse hasta que todos los demás hubieran terminado de escoger el mejor sitio para dormir, la mejor pieza para comer, las hembras más bellas, qué importaba mientras él estuviera bien.

Acabó de acariciar las cabezas de los pequeños y anduvo hasta los vestidores de los profesores. En el refrigerador donde las maestras y empleados guardaban su comida guarda lo que Hiroko-san le ha dado para la maestra Minako y para él. Toma su uniforme de su locker y se va a cambiar. Sale cinco minutos después del cambiador y está el mismo niño que lo sigue como abeja a la miel.

—Buenos días, Minami-kun.

—¡Yuuri-niichan! ¡Buenos días! —exhala conmocionado el menor y se abraza a sus piernas para después salir corriendo.

—Yuuri-kun parece llevarse bien con todos los chicos —dice alguien detrás de él, es Minako-sensei, la directora del jardín de párvulos.

—Buenos días, Minako-sensei.

—¿Estuvo bien el trabajo en el comedor?

—Sí —sonríe mientras que caminan ambos hacia el jardín, a pesar que viene del exterior, Yuuri siente un brochazo de vitalidad cada vez que sus pies paran en el césped verde que ha cuidado con tanto esmero; la vista de las margaritas, las rosas y los terebintos que con tanto cariño ha hecho florecer para que los niños disfruten de ellos le regocijan el alma, sin embargo sus sentidos se siente crispar apenas doblan por la esquina del edificio y aprieta los puños tragando en seco el veneno que corre en su instinto. Relamiéndose la lengua. Un aire espectral y distinto le muerde los huesos y prefiere observar antes de que su cabeza saque conclusiones apresuradas.

—Necesito que por favor asegures la barda que está en el patio trasero.

—¿Por qué ocurrió algo? —pregunta yendo ahora hacia el cuarto trasero en el exterior del edificio donde se guardan sus herramientas de trabajo, la sensación de extrañeza le sigue envolviendo el cuerpo y es inevitable no echar una ojeada general al lugar, siente ojos que no están ahí y respiraciones que no existen señalarlo desde la espesura del bosque que hay más allá de esa barda a la que la directora alude.

—Al parecer algunos delincuentes juveniles se les hizo gracioso romper uno de los tablones de la barda para destrozar el jardín de rosas —argumenta enfadada.

Y Yuuri abre los ojos con sorpresa. ¿Delincuentes juveniles rompieron tablones de madera de casi dos pulgadas de grosor?

—¿Y nada más forzaron para destrozar el jardín de rosas? —pregunta sin desaparecer el asombro de su rostro y la directora afirma.

—Sólo han destrozado el jardín de las rosas rojas, las primeras que sembraste al llegar aquí —comunica empezándolo guiar hasta el lugar de los hechos, las maestras han cercado el lugar del daño para que los niños no se acerquen a él con un cordón puesto en sillas que rodea el pedazo de madera roto y el destrozo en el jardín.

La boca se le seca a Yuuri y ladea el rostro. No quiere decir nada, pero ese destrozo parece algo distinto a simples adolescentes ociosos, aunque ha visto suficiente cosas como para saber que un adolescente con mucho tiempo libre es capaz de eso y de más. No agrega ni contradice nada de lo que su jefa le ha dicho y afirma con una sonrisa suave, resginada.

—Yo me haré cargo —comunica y se gana una palmada por parte de la esbelta mujer que le anima a hacer un buen trabajo antes de dejarlo en el área afectada.

La tarea le lleva la tarde completa. Y tiene que apresurarse en recoger las flores destrozadas, los pétalos rojos están esparcidos y atrapados entre las ramas. Sólo recoge la basura y dedica la mayor parte del tiempo a quitar el tablón y colocar otro de los que hay de repuesto. Lija y prepara la barda. En algún momento sale hacia la zona del bosque para trabajar desde ese punto, y su nuca por completo se crispa, se le erizan los vellos y la piel le hormiguea, dentro de él la fiera que lleva dentro se estira y se asoma mientras el moreno camina guiado por mero instinto.

El aire tiene una nota diferente, densa, casi embriagante. Hace a un lado ramas y arbustos, hojas y helechos. Sus pisadas deberían hacer crujir lo que hay en el piso, pero parece flotar sobre el suelo –sabe donde pisar y donde no pisar, es un cazador nato por lo cual no necesita ver por dónde va, el mismo entorno se lo dice mientras avanza—, se acerca hasta un clero donde un manchón negro le produce un retorcijón en el estómago. Sus labios se marchitan en un gesto serio y amargado. Se queda donde las sombras lo cubren pero el machón ni siquiera se mueve, es como una huella dejada en un bonito cuadro con la luz bañando el campo de flores y el azul de cielo que se proyecta en lo alto.

El aroma es fuerte y cargado, su nariz escose y después de varios minutos de contemplación sus puños se aprietan en los guantes negros que lleva puestos. Traga saliva. Huele a sangre. A mucha sangre. Sus ojos avellana lentamente se tornan carmín, de pronto adquieren un brillo casi espectral que le produce un aspecto no humano.

—¡Por aquí! —aúlla una voz ronca, potente, masculina.

Y varios pares de botas rompen la maleza a su paso. Sus respiraciones agitadas y la transpiración de una jornada larga de trabajo los delatan entre la montura del bosque que rodea Hasetsu. Los animales del bosque se resguardan en sus escondites pues el ladrar de los perros ansiosos y desesperados los asusta, así como el brillo encarecido de las armas que llevan los hombres en sus manos. Pechos que se inflaman como los de un toro y fosas nasales que aletean jactándose de conocedores. Creen percibir un rastro inusual, uno que los llevará hasta su presa, pero en lugar de ello encuentran solo la presa de su presa.

—¡Maldición! —grita uno de los hombres mientras que los perros gruñen y rodean al ciervo que yace con vísceras de fuera y piel desgarrada en medio del claro. Terminan de llegar los últimos hombres de la comitiva de cazadores.

—Esto lleva muerto mucho tiempo —murmura uno de ellos que se ha hincado sobre su pierna y sus manos palpando los jirones de piel que cuelgan de los huesos expuestos de las costillas del animal.

—Cinco o seis horas —agrega otro pateando el rostro del ciervo para ver sus ojos bajo el manto blanco de la muerte.

—Viktor. ¿Crees que de verdad sea un puma? —pregunta el que ha llegado primero a uno de los últimos cazadores que ha clavado su mirada en un punto en la lejanía. Su mano se mantiene sobre el arma pero no logra divisar nada a lo cual deba de apuntar—. Viktor —lo vuelven a llamar y el extranjero reacciona virando su atención al grupo de cazadores que lo observan con fijeza.

—Lo siento, solo me asegurara que no estuviera cerca el leopardo.

—¡No hay leopardos en Japón, Viktor-san idiota —gruñe otro compañeros y todos se ríen.

La actitud de Viktor Nikiforov, un extranjero asentado en Hasetsu desde hace mucho tiempo logra menguar la tensión del momento y otra vez las cavilaciones regresan, todos ahí teorizan sobre el animal causante de la muerte de varias cabezas de ganado de algunos de los ahí presentes, así como de algunos otros animales que han ido encontrando muertos en el camino desde hace dos semanas.

—Maldición, sino logramos detenerlo antes llegará al pueblo... y ese será un problema —murmura uno de los cazadores.

—Dentro del pueblo hay cámaras, y en caso de que ocurra un ataque podrá quedar grabado.

—Pero no podemos esperar a que suceda algo un ataque a alguien.

—Hey —interrumpe la rencilla Viktor—. Atraparemos a este animal antes de que llegue al pueblo, de momento debemos de avisar a todos, que extremen precauciones... —otra vez sus ojos están puestos en aquel árbol de roble que se alza y hace una impresionante sombra a su alrededor—, que no anden solos en el bosque y en caso de ver algo fuera de lo normal, se nos avise de inmediato.

Todos estuvieron de acuerdo.

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Gracias por leer.

St. Yukiona

Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.