Una alegre risa triste.
Había algo de triste en su persona, y le parecía que era justamente eso lo que le gustaba.
Una sonrisa de maniquí, unos ojos claros, lavados por lágrimas antiguas; y una risa callada, de aquellas que reflejan muchos tragos amargos en el pasado. "La sombra permanente de una tristeza" consideró con una sonrisa. Se trataba de algo tan grande que la seguiría por siempre. La alegría no se lleva con lo elevado. El descontrol de una risa sincera, la despreocupación de una sonrisa real, lo obtuso de una mirada sin intención; todo eso es más bien vulgar, pero la tristeza...
Siempre había pensado que había algo de melancólico en su distinguido caminar, algo de melancólico y extremadamente atractivo. Le gustaba el solo verla estar, exhalar suspiros, posar con desdén, mirar con indiferencia.
Era lo más parecido a amor que podía recordar, no se atrevía a terminar de nombrar así lo que sentía, pero lo encontraba muy gratificante. Probablemente se tratara de la fantasía de amor imposible que lo envolvía todo. Antes que nada: Ambas eran chicas, no es que eso le representara una gran traba a ella, sino que temía que lo fuera para su amada. En segundo lugar: Las relaciones de ese tipo estaban prohibidas en la academia, aunque poco podrían hacer en verdad para detener a quienes quisieran intentarlo; y finalmente: eran compañeras de cuarto, más que eso, amigas cercanas.
Su otra compañera de cuarto, y su mejor amiga, Bárbara, estaba ocupada aquel día. Había dicho algo sobre un compromiso de ayudar a una maestra al que más bien la habían obligado. No podía recordarlo bien ¿Quién prestaría atención a detalles como esos cuando lo que le importaba se dijo al comienzo? Podría desayunar a solas con Diana y observarla libremente.
No pensaba desvelarle sus pensamientos ni deseaba confrontar la realidad detrás, pero había descubierto lo agradable que le era observar a su amada. Recargar los codos en la mesa, con las manos en las mejillas, intentando evitar sin éxito una pequeña sonrisa tonta; y después quedarse muy quieta.
A ella no parecía importarle, aunque definitivamente tenía que haberlo notado, y eso era parte de la magia que envolvía el raro romance.
–Hannah, debo preguntarte algo– Seriedad, claridad, timbre de alguien a punto de decir algo de verdad importante. Su voz poseía una capacidad maligna para erizarle la piel. La chica, rubia, esbelta, de ojos azules, se había vuelto hacía ella y le hablaba.
– ¿Eh? ¿De qué se trata? – Intentó responder con falsa confianza, arrojando la mirada en cualquier dirección para no aceptar que había estado mirándole. Se arrepintió de sus gestos e intento encararla, luego bajó la mirada.
– ¿Tengo algo en la cara? No me gustaría desperdiciar una servilleta sin necesidad y creo que Barbara se quedó mi espejo esta mañana– Había un poco de todo para emocionarla. Frialdad, desinterés, complicidad, la impresión de que lo que decía era más significativo de lo que podría parecer a simple vista.
–Claro, solo… Sí, hay algo en la mejilla– No había nada, la respuesta había surgido únicamente del deseo de encontrar algo, al recuerdo infantil de una escena tonta en una película que no podía rememorar; Pero ya había hablado, y como por instinto había extraído su propio pañuelo dispuesta a lavar la inexistente mancha.
–No es necesario que lo hagas– Contestó sin terminar de apartarse, sonriendo condescendientemente, como intuyendo que permitírselo tras el esfuerzo de sacar su pañuelo era una norma de educación.
–N-no es nada, solo… Listo– Tan solo una caricia. Deslizó la fina seda por el rostro y ocultó el pañuelo bajo la mesa al instante para evitar que pudiera notar su engaño. Encontró las afiladas pupilas cortando contra su rostro, entonces Diana se rio.
Cerró los ojos, cubrió la boca abierta con una mano y dejó las notas de su risa cantar dulcemente. Hanna apretó el trozo de tela en su mano temiendo mil posibilidades, intentando encontrar respuestas para la situación, salidas para evitarse la vergüenza de confesar sus motivos, cualquier escape. No pensaba admitirlo, pero tampoco podía mentir y el sonido melodioso de aquella risa le revolvía la mente.
–Creo que olvide mi…– Intentó excusare.
–Hannah. – pronunció de pronto, mirando con los ojos entrecerrados y una sonrisa vagamente sarcástica– Acabo de notar que tú tienes una mancha en la mejilla. Es realmente curioso que te preguntara por mí sin antes verte bien. Permíteme limpiarla por ti–. Completó sin dejar la sonrisa, sacando un fino pañuelo bordado de algún bolsillo.
Esperó entonces, y la joven pelirroja tardó algunos segundos en calmar el embravecido latir de su pecho como para poder asentir con la cabeza una respuesta. Su mente se dividía entre la vergüenza de haberse manchado con el desayuno frente a la chica por la que suspiraba y el alivio de la salvación inesperada.
Los dedos de la británica le sujetaron la barbilla con suavidad, extrayéndola inmediatamente de sus pensamientos. El rostro ajeno se precipitó hacía el suyo lentamente, mirando con atención, manipulando suavemente la cabeza de la pelirroja; tan cerca que podía sentir, o quizá tan solo imaginar, el calor que emanaba, el aroma a vainilla que se desprendía de toda ella, el sabor dulzón que sin duda tendría su barniz de labios. Colocó el pañuelo contra la piel y acarició un par de veces a través de la seda. El perfume en la tela se impregnó también en ella.
Sintió sus mejillas arder una vez que los dedos de pianista de la chica se apartaron de ella. Aprovechó para respirar por la boca un par de veces mientras la rubia devolvía el pañuelo a su bolcillo; luego comenzó a fingir que estaba calmada, igual que lo hacía siempre.
–Una situación extraña. Me pregunto qué pensarían al vernos limpiándonos el rostro mutuamente– Más de una chica se había vuelto en su dirección y miraba disimuladamente, pero Hannah no tenía ganas de prestar atención a algo como eso. –Suena un poco más tonto de lo que es, pero creo que al menos fue divertido– Rio nuevamente. Todavía le parecía escucharla por primera vez.
–Fue… lindo–. Contestó a falta de una palabra que saltara a su mente más rápido y descubrió otra vez la risa de la rubia y el ardor en sus propias mejillas.
Fresca, espontanea, graciosa, elegante. Una nueva mirada a lo que pensaba ya conocer, completamente carente de melancolía, de sufrimiento y pasado tormentoso; y aun así le gustaba. No, era algo más, algo más imposible y especial. La amaba, la había conocido lo suficiente como para decidir que se trataba de eso y aceptarlo.
Ya le contaría a Barbara sobre el asunto y esperaría lo mejor, después de todo no podía hablar con Diana sobre ella misma, y luego decidirá qué hacer. Muchas cosas podían salir mal, pero le bastaba la risa que escuchaba para olvidarse de ellas y fantasear únicamente con las buenas.
Hannha rio también, disfrutando el momento que compartían.
Los saluda su, tristemente alegre, autor ManiacoDepresivo.
Saben, eh estado ausente por... al menos un mes creo; y escribo esto literalmente porque me dieron ganas de leer sobre el fandom aquí y pensé "Publicare algo antes de leer" y tarde algunas horas de más masticando la idea y dando formato.
Como sea... espero sus reviews y atenderé con gusto todo lo que envíen.
Se despide su, alegremente triste, (Y ¿Por qué no decirlo? amante de los retruécanos) autor ManiacoDepresivo.
