IMPORTANTE: ¡Hola gente! Este es un One-shot de una historia en publicación de Thalilitwen (si os gusta id a darle muchos corazoncitos y muchos comentarios). Para entender este one-shot hace falta un breve contexto de la historia principal (que también está en proceso de traducción): Akaashi y Kuroo son dos mercenarios enemigos, némesis que se odian con todo su ser. Kuroo le pide a Bokuto que le acompañe en una misión, sin saber este nada de la situación. Este one-shot es una especie de AU donde Kuroo y Akaashi se ven por primera vez. Espero que os guste.

UN PROBLEMA DE ALIANZAS- BONUS

La línea no transmitió ningún sonido durante algunos instantes. Solo se escuchaba el corazón palpitante de Bokuto, y eso no le ayudaba en nada a calmarse.

−Lo siento− continuó para acabar con ese silencio insoportable−. Sé que habíamos dicho que pasaríamos el fin de semana juntos, pero… Acabo de cruzármelo… Y hace ya siete años…

−Kotaro, no hay ningún problema. Estoy contento de que os hayáis reencontrado, aprovéchalo mientras aún esté aquí.

−¡Gracias!

−Podría venir a cenar a casa esta noche, si está disponible− propuso Akaashi−. Será un placer.

−¿Esta noche? − repitió Bokuto, sorprendido− ¿Vas a estar en casa?

−Puedo intentar salir antes. No tenemos mucho trabajo hoy, de todas formas.

−Sería genial− exclamó, dedicando una mirada suplicante a Kuroo.

Puso el teléfono contra su hombro y, con el brillo esperanzado de sus ojos comenzando a apagarse, preguntó a su mejor amigo:

−¿Vienes a cenar esta noche?

Una mano en la nuca, un ligero suspiro. Kuroo se preparó para rechazarlo, Bokuto sintió como su corazón se encogía por la decepción.

−No quiero molestar− respondió al fin Kuroo.

−¡No nos molestas para nada! ¡Y así podrás conocer a Keiji y ver hasta qué punto es genial! – insistió su amigo− ¡Por favor!

Bokuto esperó que la mirada que acompañaba sus súplicas transmitiera el "Me lo debes después de siete años de ausencia" que no se atrevía a añadir.

Kuroo parecía tener muchos problemas con su trabajo, no tenía por qué sentirse culpable. Pero la perspectiva de una cena le llenaba de alegría, sobre todo si podía compartir un momento con su mejor amigo y su pareja. No quería perder aquella oportunidad por nada del mundo.

−Kuroo, te lo suplico…

Kuroo suspiró de nuevo y Bokuto se permitió tener algo de esperanza.

−Si te hace tanta ilusión… Supongo que se puede hacer, sí.

Una sonrisa radiante le llegó a los labios de Bokuto; de pronto, recordó la llamada en curso y se llevó precipitadamente el teléfono a la oreja.

−¡Sí, Keiji, lo siento, sigo aquí! ¡Dice que sí!

−Muy bien− dijo Akaashi−. Yo me encargo de la comida, si quieres.

−¡Súper! Ya no te robo más tiempo. Hasta esta noche. ¡Te quiero!

−Yo también te quiero.

Tras colgar, Bokuto tembló de la impaciencia. La energía bullía en él- los tres cafés de la mañana seguro que tenían algo que ver- y mientras se acercaba a Kuroo intentó no saltar en su sitio para compartir su alegría con el mundo.

−¿Y? − preguntó su mejor amigo, escrudiñando su rostro con emoción y curiosidad.

−Todo bien, ¡te vienes a cenar esta noche!

−No, quiero decir para mañana.

−Ah… Sí, claro, está todo bien, él está de acuerdo. Pero tengo muchas ganas de esta noche. ¡Va a ser genial!

Kuroo le devolvió la sonrisa y le golpeó el hombro con el cariño de la camaradería.

−No hay razón para que no lo sea.

Por primera vez en meses, Akaashi se marchó del trabajo antes de que fuera de noche. No había tenido que negociar demasiado: la jornada había sido tranquila, y ningún imprevisto había comprometido la seguridad de su cargamento actual. La seguridad del museo no necesitaba más que algunos hombres, sin urgencia, y él había sido uno de los primeros en ser liberado de esa pena. Su devoción sin fallas le concedía ciertos privilegios y, además, su ojo entumecido, que sin embargo había intentado tapar con maquillaje, jugó a su favor. Sakusa se había despedido de él sin comentario alguno, salvo alguna anotación burlona sobre sus defectos en el combate cuerpo a cuerpo.

Akaashi le había ignorado, contento de poder volver a casa.

Tras las compras para la cena, recibió la frescura y el silencio de su apartamento con mucho placer. La perspectiva de poder descansar todo el fin de semana le pareció de pronto una bendición, incluso si la ausencia parcial de Bokuto le contrariaba ligeramente.

Era una noche como cualquier otra, después de todo. Casi nada. Y por fin iba a conocer al famoso mejor amigo. Sin embargo, y con cierto egoísmo, Akaashi había deseado tener a su pareja para él solo durante los siguientes dos días. Su trabajo le mantenía muy ocupado en aquel momento, y apenas tenían una pausa, un paréntesis en su desenfrenada vida.

Pensó que aquella comida sería, al menos, la ocasión de pasar un poco de tiempo los dos juntos. Y de por fin conocer a Kuroo Tetsuro, con el que Bokuto parecía haber pasado de todo y quien, según decía este, era una persona verdaderamente increíble.

No podía quejarse de nada.

Sin perder más tiempo, se duchó, se vistió y recogió algunas cosas con las que había estado entrenando en el apartamento. Después, cuando todo parecía estar en orden, se dirigió a preparar la comida. Se había decantado por la comida italiana, para cambiar un poco. S trataba de una receta que le había llamado la atención en uno de sus viajes, y que no suponía ni demasiado tiempo ni demasiado esfuerzo.

Todo estaba listo cuando la puerta empezó a abrirse. Destellos de risas se introdujeron en el apartamento, llenándolo de la alegría comunicativa de Bokuto.

−¡Ya estamos aquí! − exclamó la voz, vibrante por el entusiasmo, de su novio.

Una sonrisa apareció en su rostro al tiempo que abandonaba la habitación para recibir a los recién llegados. Bokuto apenas se había descalzado cuando, sin perder un instante, se lanzó sobre él como si no se hubieran visto en semanas. Habituado a esas muestras de afecto, Akaashi se anticipó y le abrazó. Pronto se apartó para depositar un rápido beso sobre sus labios.

Pero su placer duró poco.

Cuando sus ojos se posaron sobre Kuroo Tetsuro, quien cerraba la puerta tras de sí, se paralizó.

El peligro le apretó la garganta.

Luego sintió una descarga eléctrica. Una espantosa tensión que aumentaba las palpitaciones de su corazón y ponía rígidos cada uno de sus músculos.

−Keiji− declaró solemnemente Bokuto, con estrellas en los ojos y una mano siempre rodeando su espalda−, te presento a Kuroo Tetsuro, mi mejor amigo. Kuroo, este es Akaashi Keiji, el amor de mi vida.

Sus miradas se cruzaron. Tembló.

Akaashi se sentía incapaz de moverse. Apenas había escuchado las presentaciones joviales de Bokuto, y ninguna respuesta le venía a la mente; su boca estaba seca, y el recuerdo de la noche anterior le provocaba un zumbido en los oídos.

Imposible. Ese hombre no podía estar en su apartamento, frente a él, sonriéndole de forma divertida.

Un dolor punzante le llegó desde su ojo derecho, como una especia de advertencia. Le recordaba una amenaza, tan cercana, que comprometía su seguridad.

Kuroo Tetsuro no era otro que el energúmeno que había causado tantos problemas durante las operaciones de ayer. El hijo de puta de Milán, el mismo que le había agraciado con aquella deshonrosa herida.

Imposible.

Este parecía tan sorprendido como él; sus ojos negros estaban entreabiertos, y un movimiento de retirada le delató.

Después de unos segundos de silencio cargado de tensión, la mirada de Bokuto pasó de uno a otro; de pronto, algo angustiado, exclamó:

−¡Oh! Eso no es… Keiji se hizo daño ayer, un ciclista le atropelló cuando salía del trabajo. Yo nunca…

Kuroo pareció recuperar los sentidos con rapidez, puesto que cazó su estupefacción con una gran sonrisa al tiempo que le tendía la mano.

−Vaya con los ciclistas− declaró entonces−. Encantado de conocerte, Akaashi.

El mencionado agradeció a su pareja su actitud, gracias a la cual pudo permanecer impasible a pesar de la agitación que le carcomía cada vez más. Dudó, tratando de vencer la hostilidad que aquel encuentro le inspiraba.

Observó por el rabillo del ojo a Bokuto, que le miraba con una sonrisa. Su mano subía despacio por su espalda, pero consiguió pararla.

No había opción.

−Encantado igualmente− cedió, sin mostrar la menor simpatía.

Le cogió la mano y la mantuvo así un tiempo; la mandíbula de Kuroo se contrajo ante la presión, obligándole a apretar los labios. Akaashi lo disfrutó, ignorando la mirada de advertencia que le había lanzado.

Liberó su agarre enseguida, como si el contacto le hubiera manchado.

Bokuto sonrió a ambos.

−Ven, Kuroo, te voy a enseñar la casa− dijo mientras introducía al enemigo de Akaashi en su apartamento.

Akaashi fijó los ojos en él un momento antes de tomar una profunda respiración. Los nuevos datos de aquellos segundos le habían dejado noqueado, petrificado; la ansiedad le torció el estómago mientras trataba de ignorar la catástrofe que presentía se avecinaba en las horas posteriores.

Akaashi a penas lograba mantener la calma mientras observaba, impotente, a su enemigo tomar asiento en su mesa, en su apartamento, y charlar como si nada con su pareja.

Se preguntaba qué había hecho para merecer aquello, pero intentaba que no se le notase. Si se comportaba como siempre, todo iría bien. Podía hacerlo, no era más que una noche. Por Bokuto.

Sirvió los platos con un control admirable, ocupado en ignorar la presencia de Kuroo; y en no reaccionar con una mueca antes sus agradecimientos; y en no ceder ante el deseo de estamparle la cabeza contra la mesa que había nacido tras su primera sonrisa.

Eran sonrisas malvadas, llenas de amenazas. De esas que decían "sé lo que te da miedo y cuento con aprovecharlo". Las detestaba con la misma intensidad con la que estas le petrificaban.

−Entonces, ¿qué has preparado? − preguntó Bokuto, mirando fijamente su plato, incapaz de resistir más tiempo el silencio.

Akaashi le imitó y se maldijo mentalmente por haber elegido la receta que había elegido y de haber propuesto aquella inocente idea de la cena. Grandísimo error.

−Escalopes milanesa− respondió con un tono calmado.

Después tomó asiento y esperó que llegara la réplica. Porque llegaría.

−¿Sabes de cocina italiana, Akaashi?

El nombrado apretó los dientes. Cruzar miradas con Kuroo le resultaba muy difícil.

−Keiji viaja a menudo al extranjero por su trabajo− intervino Bokuto con un tono orgulloso−. Hace dos años, estuvo varios meses en Italia y se trajo varios trucos. ¡También tenemos un montón de libros de recetas!

Kuroo asintió con un movimiento de cabeza, simulando estar sorprendido e interesado. Akaashi se vio en la necesidad de apretar su puño contra su pierna para no estrangularlo.

−Yo también he estado un tiempo en Italia− lanzó Kuroo, siempre con aire despreocupado.

La mirada iracunda que recibió por parte de Akaashi no pareció perturbarle. Estiró un poco más el silencio, tomándose su tiempo para enrollar con conciencia sus tagliatelle con el tenedor, bajo la curiosa mirada de Bokuto.

−¿En serio?

−Sí, y también hace dos años.

−¡Quizás hayáis estado en el mismo sitio sin saberlo! ¿Dónde estuviste tú?

Kuroo observó un rato largo a Akaashi antes de responder.

−En Milán.

−¡Como Keiji! ¡Qué fuerte!

−Increíble- añadió con un tono mecánico.

Kuroo decidió centrar sus nervios en un trozo de escalope particularmente bien cortado.

−¿Y qué hacías allí, Akaashi? − preguntó con una curiosidad fingida a la perfección.

Tuve el enorme placer de humillaros a ti y a tu equipo de inútiles y me muero de ganas de volver a hacerlo.

−Viaje de negocios.

Una nueva sonrisa mezquina. El miedo congeló las entrañas de Akaashi.

−Ah, sí, ¿y en qué trabajas exactamente? Bokuto ha sido incapaz de explicármelo esta mañana.

A pesar de tratarse de una respuesta controlada y repetida, Akaashi dudó mientras la recitaba.

−Seguridad informática. Consiste en proteger los datos de grandes grupos y aportarles el equipo necesario. Instalamos todo nosotros mismos y salimos bastante de Japón para promover nuestras tecnologías.

−Ves− exclamó Bokuto, sirviéndose otro plato de pasta−, no estaba tan alejado.

Kuroo no parecía convencido. Se contentó con fijar a Akaashi bajo sus ojos, con una intensidad casi aterradora. Pero su intento de hacerle apartar la mirada fue un rotundo fracaso.

−Que gracia. Yo te veía en una materia un poco más física, ¿sabes?

−El deportista es Kotaro.

−De todas formas tienes pinta de estar en forma.

−Me entreno.

−¿En tus viajes al extranjero?

Aquello era demasiado. Sus intercambios tenían más de interrogatorio que de conversación real. Cada respuesta llenaba la habitación de una tensión más alta que la anterior, y Akaashi temía que pronto las cosas escaparan a su control: Kuroo parecía dispuesto a atraparle.

Así que jugó la única carta de la que disponía para detener de inmediato aquella desagradable conversación. Dedicó a Bokuto una mirada confusa antes de preguntar, con un toque de indignación en la voz:

−¿Puedo saber qué insinúas, Kuroo-san?

El mencionado comete el error de parecer desinteresado.

−Oh, nada grave. Solo me lo preguntaba. No pareces el tipo de persona que va a Milán a vender programas informáticos, eso es todo.

−Kuroo− empezó Bokuto−, ¿qué te pasa?

−¿No? − respondió al momento Akaashi− ¿Y qué tipo de persona parezco?

Kuroo entrecerró los ojos.

−El tipo de persona que se aprovecha de la credulidad de los demás.

−¡Kuroo!

La indignación del tono de Bokuto no se le escapó a nadie, y puso fin al intercambio de miradas negras entre los dos antagonistas. Akaashi parecía realmente herido por aquel comentario, aunque ya no lo estaba, lo que funcionó de maravilla: Bokuto, alarmado, posó una mano sobre su hombro.

−No le…

−Voy a por más agua− le corta, levantándose con brusquedad.

Cogió la jarra y se marchó a grandes pasos a la cocina. Bokuto estaba realmente entristecido por el giro de los acontecimientos, y culpaba a Kuroo de ello. Ese era el agradecimiento que recibía por invitarle a su casa.

Mientras esperaba, Akaashi decidió darse el placer de revelar la identidad de Kuroo a sus superiores. Sin embargo, antes de hacerlo, pensó que tal vez debería esperar para meterse en aquel camino, pues su información personal también sería conocida.

El único lado positivo de aquella noche era que Kuroo no representaría más una amenaza para los intereses de Tsubaki. Sacó su móvil del bolsillo en el momento en el que se encontró solo en la habitación. Después, puso la jarra bajo el grifo y comenzó a escribir un mensaje a Sakusa. Estaba tan concentrado que no oyó los pasos tras de sí, ni pudo reaccionar con la suficiente rapidez cuando le quitaron el teléfono de las manos.

−Que falta de educación estar con el teléfono teniendo invitados- le espetó Kuroo en un tono bajo−. ¿De verdad crees que voy a dejarte solo para que puedas avisar a tus amigos de Tsubaki?

−Devuélveme eso de inmediato− ordenó Akaashi, tendiendo el brazo para recuperar su móvil.

−¿Y por qué debería?

−Porque si no voy a empezar a gritar y te aseguro que si lo hago no vas a volver a poner un pie en este apartamento.

Kuroo le observó unos segundos con los ojos ensombrecidos.

−Si haces eso, le cuento todo a Bokuto.

Akaashi se quedó mudo. Su mirada estaba llena de aprensión.

−No creo que le guste saber que no sabe nada de su novio. Que su preciado Keiji le miente desde hace años. ¿Quieres que se lo preguntemos?

−No te creas que conoces mi vida−se defendió.

−Sé lo suficiente para saber que un tipo como tú no se merece alguien como Bokuto. Y que él estaría mil veces mejor sin un sucio manipulador de tu calaña.

A pesar de mantener la mirada de Kuroo con una propia colmada de cólera, Akaashi se toma sus palabras muy a pecho.

−Deja a Kotaro fuera de esto− replicó entre dientes.

−Es mi mejor amigo. Y francamente, me da ganas de vomitar el pensar que llevas cinco años provechándote de él.

−No me conoces.

−Él tampoco, al parecer. Pero está bien, veo que eres mínimamente consciente de que si lo supiera todo, estarías solo. Siempre has querido lanzarme a Tsubaki, ¿cierto?

El espíritu de Akaashi buscaba desesperado una escapatoria a aquel callejón sin salida, pero no fue capaz de encontrar ninguna: si revelaba la mínima información sobre Kuroo a sus superiores, este destruiría la armonía perfecta que había conseguido encontrar en su vida. Pero si Kuroo daba el primer paso y le contaba algo a Bokuto, estaría encantado de dejarle a merced de Tsubaki.

Akaashi tenía entre sus manos el equilibro de la vida profesional de Kuroo.

Pero Kuroo tenía entre sus manos el equilibrio de la vida personal de Akaashi.

Ambos estaban entre la espada y la pared. Cogidos por el cuello por el otro, sin medios para salir indemnes de aquel conflicto.

−No diré nada a Tsubaki− declaró lentamente Akaashi− si tú no dices nada a Kotaro.

Kuroo buscó el menor trazo de mentira en sus ojos.

−Si la mínima información sobre mí llega a tu jefe− le advirtió−, créeme que será un placer liberar a Bokuto de tus garras.

Le devolvió el teléfono al cabo de unos segundos. Akaashi lo guardó en su bolsillo, apretando la mandíbula y sintiendo una insoportable vulnerabilidad alojada en su pecho.

−Bien− empezó Kuroo−, ahora vamos a salir de esta cocina y le vas a decir que me he disculpado, ¿de acuerdo? Nos mataremos más tarde.

Akaashi contestó con un movimiento de cabeza, sin cruzar la mirada. Tenía la impresión de ser víctima de un profundo chantaje: en semejante situación no podía negarse a nada.

Aquello le provocaba deseos de asesinar.

−¿Y si pregunta? − se inquietó.

−Déjamelo a mí, yo me ocupo. Por cierto, no te olvides de la jarra.

Mientras Akaashi volvía al salón, jarra llena de agua en mano, intentó aparentar que no había pasado nada. Respondió con una sonrisa radiante a la mirada inquieta de Bokuto.

Kuroo y él se sentaron de nuevo a la mesa, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, la atmósfera parecía cargada de una tormenta: Akaashi prefirió terminar su plato en silencio, sin escuchar más que de refilón la conversación entre los dos mejores amigos.

Asentía con algunas anécdotas, sonreía cuando la situación lo ameritaba. A veces, comentaba algo cuando Bokuto le preguntaba.

El resto del tiempo lo dedicaba a reducir a la nada los planes de Kuroo Tetsuro en cuanto a su misión. Y, si tenía la mala suerte de volver a cruzarse con él, le haría pagar por cada minuto que había pasado en su apartamento como si fuera su casa.

−Esto… ¿Puedo preguntaros una cosa?

La intervención de Bokuto le hizo levantar la cabeza, intrigado; normalmente, su novio nunca tomaba ese tipo de precauciones hacia su audiencia. Su tono de incertidumbre hizo temer a Akaashi las próximas palabras que saldrían de su boca.

Kuroo le incitó a continuar con un movimiento de cabeza.

−Es que… Me doy cuenta de lo raro que es esto. No sé qué pasa pero vosotros dos no estáis como siempre… Así que… Me preguntaba… ¿Os conocíais de antes?

−No.

−Sí− respondió Kuroo a la vez.

Akaashi le odiaba.

−¿Keiji? − preguntó Bokuto con una voz que buscaba respuestas.

Cruzar sus ojos con aquellos orbes brillantes de inocencia le partía el corazón. Ninguna palabra logró llegar a su boca.

−Akaashi no quiere hablar− declaró entonces Kuroo−, piensa que te va a contrariar.

Alarmado por semejantes alegaciones, Akaashi le lanzó una mirada, desafiándole a seguir hablando. Si le denunciaba a Bokuto, se aseguraría de que Tsubaki hiciera de él hombre muerto, si es que no le mataba antes él.

Kuroo le ignoró.

−¿Qué quiere decir eso? – quiso saber Bokuto.

−De hecho, la verdad es que Akaashi y yo nos hemos visto varias veces hace algunos años.

−¿Visto?

−Kuroo-san− le advirtió Akaashi.

−Frecuentado, si lo prefieres. Me has entendido. Te lo garantizo, fue una historia de unos días, nada serio.

En tus sueños.

−Quieres decir que…

−En fin, ha sido raro volver a verse así. No acabamos en los mejores términos.

La mirada de Bokuto se alternaba, incrédulo, entre Kuroo y Akaashi. Este último utilizaba todo el control que poseía para no mostrar que hervía de rabia. Las ganas de dar un puñetazo a aquel bastardo eran irresistibles.

La tentación se acentuó cuando Kuroo se atrevió a sonreírle.

Akaashi no sabía que le superaba más: el hecho de que Kuroo había revelado una parte de la verdad a Bokuto, o que la hubiese formulado, a mala fe, de la peor manera posible.

−Ah, de acuerdo− exclamó finalmente Bokuto, sin añadir nada más.

Akaashi quiso calibrar su ánimo, pero no le fue posible. No pareció recuperar el sentido hasta un momento después, pues se rió como si se tratara de una lamentable broma de Kuroo. Después se propuso para recoger la mesa.

−Bueno− dijo Kuroo de camino a la puerta−, gracias por invitarme. La comida estaba realmente deliciosa.

−De nada, ¡estoy muy contento de volver a verte! Me ha encantado que hayas venido.

−A mí también, Bokuto. Te he echado mucho de menos.

El mencionado le abrazó con fuerza.

−¿Te llamo mañana para quedar? − preguntó Kuroo soltándose un poco.

−¡Claro!

−Perfecto. Hasta mañana, pues. Y Akaashi…

Kuroo se giró hacia él.

−…Grazie mille per il pasto.

Akaashi hizo el esfuerzo de ofrecerle la actitud más desilusionada posible.

Vaffanculo− le respondió sin pestañear.

Una sonrisa forzada atravesó el rostro de Kuroo. Bokuto, por su parte, solo pudo reaccionar con una ligera elevación de las cejas. No entendía nada de italiano.

Fai attenzione a quello che dici, tesoro. A presto!

Akaashi esperó que sus ganas de asesinarle estuvieran perfectamente visibles en su mirada. Kuroo no le prestó demasiada atención: saludó a ambos con la mano antes de dirigirse al fin hacia el pasillo.

−¡Buenas noches! – se despidió Bokuto cerrando la puerta.

Akaashi no pudo evitar suspirar cuando por fin estuvieron solos. Era sin lugar a dudas la noche más desagradable que jamás había vivido. Muchas cosas le habían afectado, algunas de las cuales seguían dolorosamente clavadas en su ánimo, y no había tenido el tiempo de asimilar la situación.

Sin embargo, cuando Bokuto se giró hacia él, con el aire triste, volvió enseguida a la realidad.

−¿Qué pasa, Kotaro?

−Solo me preguntaba…

Bajó los ojos. Akaashi se acercó a él y le agarró dulcemente una mano.

−Para ti y Kuroo… ¿Fue en Milán, lo vuestro?

−No, desde luego que no.

La cólera creció en él; que Kuroo fuera una fuente de molestia constante podía soportarlo, pero que sus estupideces pusieran en entredicho su honor y su fidelidad era demasiado.

Apretó los dientes mientras contemplaba sus opciones: estaba en contra de continuar con aquel malentendido absurdo, y ocultar así la verdad de Milán. De todas formas, mentía tres veces sobre la misma historia.

Las palabras que Kuroo había escupido en la cocina le volvieron a la memoria, pero prefirió dejarlas de lado.

No era el momento.

Akaashi entrelazó sus dedos con los de Bokuto antes de continuar, su mirada clavada en la de él:

−Kotaro, fue hace años. Aún no te conocía.

Que vivan las mentiras.

−Jamás te haría algo parecido, lo sabes. Jamás.

−Lo sé− murmuró Bokuto−, pero la forma en la que Kuroo ha hablado… Me preguntaba si…

Akaashi le abrazó para hacerle callar. Lo había entendido. Unos segundos bastaron para que Bokuto respondiera, sus gestos traicionando una duda conmovedora.

Una duda que necesitaba ser cortada.

−Kuroo puede ser tu mejor amigo− dice al fin Akaashi, acariciándole la mejilla−, pero es un capullo integral. No pasó casi nada, de todas formas. Ha dicho eso solo para molestarte.

Bokuto asintió débilmente con la cabeza.

−Eres lo mejor que me ha pasado nunca, Kotaro. No me imagino la vida sin ti.

Akaashi depositó un dulce beso sobre su frente, después en su mejilla, hasta encontrar el camino a sus labios.

−No te merezco− susurró contra su boca.

−Di lo que quieras, ¡soy yo quien tiene la suerte de tenerte!

Akaashi no estaba tan seguro, pero sonrió de todas formas mientras se perdía en los ojos de oro del hombre de su vida.