—Edward… tú y yo… ¿Qué somos? —le pregunté mirándole a los ojos.
—Somos amigos, Bella… tú lo sabes, eres mi mejor amiga, desde secundaria —la sonrisa en su rostro resplandecía.
—Amigos…
—Sí, Bella… sólo amigos…
Sólo amigos. ¡Pues menuda mierda! Estaba colgada por Edward desde que tenía catorce años. ¡Catorce! Y he visto como las mujeres iban pasando por su vida como si se tratase de un álbum de cromos. Nunca repetía, y mientras tanto yo me había dedicado a esperarle, creyendo que en algún momento de su vida se daría cuenta de que yo siempre estaba ahí para él, incluso cuando no lo merecía.
Pues bien. ¡Ya estaba harta! Harta de tener que aguantar sus peroratas cada vez que uno de sus ligues se pone pesado y pretende llevar su relación más lejos. Harta de escuchar todos los pormenores de su relación cada vez que la pandilla se junta. Harta de tener que aprenderme el nombre de la chica de turno porque él es incapaz de aprendérselos y espera que sea YO la que se los recuerde.
Bella Swan iba a dejarlo atrás. Sí. Yo podía dejar atrás a Edward Cullen. Seríamos eso. Amigos. Y a partir de hoy iba a tener que aguantar mis historias. Historias acerca de mis citas con otros hombres, de mis encuentros sexuales con ellos. Si yo tenía que escuchar la talla de sujetador de una sola mujer más, él iba a enterarse de cuanto medía la polla del último hombre que me había llevado a la cama. Sí, iba a probar en sus propias carnes lo que era eso, como que me llamo Isabella Marie Swan.
