LA DIOS(A) YAUTJA

Summary: Nunca desafíes a una hembra. Al menos, no a una como aquella. No corras, no huyas, pero sobre todo… no te escondas. F/F.

N/A: La franquicia Alien/Predator no me pertenece. Este fanfiction tan solo ha sido escrito con el propósito de disfrutar de este fandom, inventando nuevas tramas y aventuras.

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CAPÍTULO I: NUNCA DESAFÍES A UNA HEMBRA…

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Amanda corrió por todo lo que valía. Con las mejillas furiosamente sonrojadas, el cabello ondeando en el viento como una bandera y las rodillas peladas, sangrientas y amoratadas. La sangre le rugía en los oídos y la hiperventilación de sus pulmones amenazaba con dejarla cao; demasiado oxígeno en la cabeza. Si no paraba, moriría. Pero si paraba, también. Incrementando la carrera, optó por continuar y apretó los dientes con fuerza, amenazando con hacerlos polvo y sintiendo un regusto metálico y desagradable en la lengua.

De pronto, a un lado, más cerca de lo que ella quisiera imaginar, un grito humano cortó el aire, atravesándola con la misma intensidad que una cuchilla. Oh, Dios. Se acercaban. Aquellos seres horribles se acercaban, más rápido de lo que jamás podría imaginar. Más rápido de lo que ella quisiera creer. Amanda cambió de dirección al instante, como huyendo del sonido desgarrador de una tráquea siendo diseccionada y del olor a carne quemada, y giró tras un gigantesco árbol medio caído sobre la tierra húmeda y embarrada por la lluvia. Siguió corriendo y corriendo, prácticamente sin aliento. Prácticamente desfallecida. Sin parar.

De pronto, otra explosión. Esta vez una gigantesca que se llevó por delante varios trozos la frondosa vegetación del lugar y que prácticamente la impulsaron por el aire. Entonces cayó y dio contra unas raíces largas y gruesas que crepitaban en el aire como si fueran horripilantes criaturas. Amanda gimió, sintiendo sus costillas magulladas y varios trozos de roca incrustados en sus tobillos y muslos. Ignorándolos, se arrastró por el suelo hasta el hueco bajo tierra que la misma explosión había originado y allí se metió de cabeza, temblando y respirando con fuerza, rezando por no ser descubierta. Rezando por algún tipo de ayuda divina.

Por favor, Dios, por favor, por favor, por favor, por favor… Dios…

No le dio tiempo a rezar, a juntar sus manos temblorosas y rezar. Unas garras mortíferas la agarraron del largo cabello y la arrastraron de un solo movimiento hacia el exterior. Gritando, imploró por ayuda. E incluso por piedad. Pero aquel ser esquelético y oscuro no entendería ni atendería a sus plegarias. La contuvo contra el suelo embarrado y levantó la cola, triangulándola como quien intenta dar en la diana. Amanda gritó histérica como jamás había gritado en su vida y cerró los ojos, pataleando de pánico, sintiendo la muerte pisándole los talones y el alma.

POR FAVOR, POR FAVOR. ¡POR FAVOR! ¡POR FAVOR!

¡Zump!

Sollozando, con el corazón tronándole en los oídos, Amanda volvió el rostro al frente y poco a poco abrió los ojos, temblando y sintiendo sobre todo su rostro y sobre sus pestañas la lluvia torrencial que caía sobre ella. Dios… Tras algunos cortos segundos, giró el rostro hacia su derecha y miró casi sin ver a través de la mugre y su cabello empapado. La criatura había sido aplacada a un lado, arponeada y clavada contra el tronco ancho y macizo de un árbol centenario, también caído tras la contienda. Su sangre, amarilla y fluorescente, comenzó a derretir la madera, como ácido. Aturdida, no pudo evitar fruncir el ceño con extrañeza, sin llegar a comprender cómo aquel ser del inframundo había sido derribado con semejante brutalidad, acabando con su vida de un plumazo.

Sintiéndose mareada y exhausta, giró el rostro hacia el otro lado, gimiendo, y allí lo vio. Se le dilataron las pupilas negras, otra vez presa del pánico, sin poder creerlo, y aquello hizo que su visión comenzara a emborronarse, demasiado tensa como para poder discernir algo más que su colosal tamaño. Allí, a unos pocos metros de su cuerpo, un ser impresionante de casi dos metros de altura la miraba tras una especie de máscara negra, equipada hasta los dientes y en posición de combate. Era enorme. Realmente enorme…

¿Dios?

El ser se agazapó y la observó en silencio, como decidiendo si era peligrosa o no. Imperturbable ante la visión del caos que había a su alrededor, de la lluvia, los truenos y relámpagos, indiferente con sus pies sobre el fango y el lodo, los charcos de agua y el viento que portaba un nauseabundo olor a sangre ácida, Amanda creyó ver cómo esta giraba la cabeza en diferentes direcciones, analizando la situación y su forma paralizada y sangrienta sobre el manto destrozado del bosque.

¿Me matará? Pensó tiritando de frío y adrenalina desbordada.

La nueva criatura se puso de pie y atravesó la distancia que las separaba. Entonces la agarró bruscamente de la pechera de su destrozada camisa y la llevó por un sendero invisible que daba hacia el mar, a unos cuantos quilómetros de distancia desde su posición, como quien lleva una maleta por las asas. Amanda pareció querer luchar, sin embargo, debido al sopor y el cansancio, se dejó llevar allá hacia donde su salvador quisiera llevarla, apenas percibiendo cómo hacía un stop para hacerse con la cabeza del bicho que había ajusticiado. Quizá la salvaría; quizá la mataría lentamente lejos de todo. Quizá se la llevaba para tirarla por un barranco y limpiar la escena del crimen.

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Cuando Amanda volvió a despertar, esta se dio cuenta de que había estado dormida. Y de que había tenido fiebre durante su sueño sin sueños. Colocada sobre una especie de gran superficie metálica, en un cuarto demasiado aséptico y blanco, de potentes luces en el techo, se vio sola en mitad de un gran silencio y aquello puso su cuerpo de nuevo en tensión, como preguntándose dónde diantres estaba y qué habían hecho con ella. Su mente entró en alarma, ahora más despierta, y aquello le dio fuerzas para intentar ponerse en pie, no sin dificultad. Sus costillas estaban vendadas y sus muslos y tobillos también. Pese al sudor pegajoso producto de la fiebre y un ligero dolor de cabeza residual, caminó a tientas hasta la salida y presionó con un puño el botón que supuso le concedería la libertad, intentando controlar su pulso agitado y nervioso.

Se impulsó con cuidado hacia el pasillo, completamente oscuro en contraposición a la sala que supuso era una especia de enfermería, y miró a ambos lados, maldiciendo la rigidez de sus tendones. Izquierda o derecha, ninguna de esas dos direcciones parecía indicar nada. Así que decidió dirigirse hacia la izquierda al azar y averiguar cómo podía salir de aquel lugar.

Pam… pam… pam… pam…

Pisadas. Fuertes. Dominantes. Precisas. Tragó saliva, conteniendo el aliento, y se agachó tras una especie de caja con cables gruesos y extraños de alto voltaje, deseando que las paredes negras y las luces rojizas del techo de ese pasillo, la ayudaran a pasar desapercibida para quien fuera que estuviera dirigiéndose hacia ella. Juntó sus manos y comenzó a rezar en voz baja y trémula, de forma casi imperceptible para el oído humano.

Pam… pam… pam… pam…

Amanda abrió uno de sus ojos, escondiendo su rostro entre mechones de cabello, y miró hacia la criatura que ahora la pasaba y cruzaba la puerta de la enfermería. Esperando a que el ser en cuestión entrara y las puertas se cerraran herméticamente a su paso, Amanda se puso de pie y echó a correr sin freno, maldiciendo la debilidad de su cuerpo, pero determinada a sobrevivir y a huir. Un rugido atronador sonó a la distancia y aquello la hizo apretar el paso, aunque perdiéndose inevitablemente en el laberinto que parecía ser las instalaciones en cuestión. La criatura se había dado cuenta de su huida y ahora la perseguía. No sin mucha dificultad, quizá debido a una posible gran sensibilidad al oído o al olfato. Si no la encontraba por su fétido olor a sudor y sangre, bien podía encontrarla por su respiración jadeante y sus pasos agitados sobre el piso impoluto y brillante también de color negro.

Otro rugido, esta vez más cerca. Chillando por primera vez en muchas horas, Amanda sintió que se destrozaba el tobillo y las cuerdas vocales, todo al mismo tiempo. Cayendo de bruces sobre el suelo que daba a una espaciosa estancia llena de controles, cables y lucecitas de colores, por fin se vio cazada. Frente a ella, el mismo Dios que la había salvado volvía a aparecer ante sus ojos. Ojos que ahora podían apreciar mucho mejor la magnitud del peligro al que se enfrentaba.

OOMAN.

Parecía enfadado. O… enfadada. Grande como era, Amanda se dio cuenta de que quizá no se trataba de un macho, sino de una hembra. Una hembra muy, muy, muy enfadada. Una hembra con penetrantes ojos rojos y piel escamosa negra, salpicada de colores tierra y naranjas color lava, tan fiera como la peor y más cabreada y fiera de las hembras de todas las especies en las que ella pudiera pensar en aquellos momentos. Sus mandíbulas con colmillos parecían muy peligrosas, al igual que sus garras en sendas manos y pies, y su postura igual de inquietantemente letal. Ataviada con tan solo una red y algunas partes metálicas colocadas en lugares estratégicos de su cuerpo, como los leves montículos de sus pechos o sus genitales, parecía toda una guerrera. O quizá una despiadada cazadora. La misma que la había llevado hasta allí como si no pesara más que un saco de patatas.

Gritando, Amanda se puso en pie como un resorte, como impulsada de nuevo por la adrenalina, y se dispuso a huir de nuevo. Sin embargo, la hembra interestelar se lo impidió con abismal facilidad, agarrándola del cabello y trayéndola de nuevo directa hacia el suelo, sin importarle el dolor en su cuerpo ni el chillido que salió de su boca reseca. La había desafiado, y muy pronto Amanda aprendería que nunca, nunca, jamás, debía de intentar desafiar a esta hembra. A una hembra Yautja.

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CONTINUARÁ…

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