Prólogo

"Descenso"

145 años antes...

Había un templo oculto debajo de la tierra. Sus columnas eran de oro y brillaban como el fuego. El piso parecía tablero de ajedrez. Los muros eran gigantes, como bambalinas negras. Sobre el blanco mural al fondo del salón había una simbología extraña dibujada con trazos finos. Las sillas eran de un tapiz rojo escarlata de terciopelo y estaban ocupadas por animales que vestían trajes de seda. Sus máscaras eran maquiavélicas y aterradoras. Al centro se extendía un pasillo amplio y espacioso. Detrás del podio se encontraba el Sacerdote Maestro. En ambos lados se hallaban sus cabras más allegadas. Había llamas y una iluminación bochornosa; las velas avivaban un anaranjado cerveza como antorchas en la oscuridad.

El ritual estaba a punto de comenzar.

El Sacerdote Maestro era una cabra bípeda y robusta. Usaba un traje negro de corbata de vino. Su altura rebasaba los dos metros. Sus cuernos eran negros como su pelaje. Llevaba guantes blancos en las manos. Su mirada era como de fuego ardiente. La piocha de su barbilla estaba finamente cortada. A sus espaldas se veía el símbolo de la Providencia rodeado por los destellos de un sol opaco.

Las puertas del salón se abrieron lentamente. Eran altísimas; la madera era como la caoba. La iluminación hacía brillar los bordes de oro y los bustos de ónice. La sombra de aquel animal que esperaba debajo del marco se alargaba por toda la nave central. A su lado había otras dos figuras de paños negros que lo escoltaron hasta el altar.

Aquel animal llevaba un sombrero negro de ala ancha sobre la cabeza y un abrigo de paño negro. Durante todo el trayecto, mantuvo la mirada cabizbaja en señal de respeto. Había luchado por años para avanzar hasta donde se encontraba en ese momento; la escaleta requirió un sacrificio gigantesco, de una valentía incalculable para entregarse a la abnegación; su esposa, sus hijos, sus amigos; todo lo echó por la borda para volverse uno de los sacerdotes más poderosos de la Orden.

Conocimiento ilimitado, carisma, placeres carnales, eterna juventud y muchas otras más promesas que el pacto concedería a cambio de su alma. Delante de él había una moqueta color carmesí con un pentáculo estampado en el centro de lo que parecía ser una simbología abstracta y difícil de leer. Las velas puestas en los cinco picos de la figura alumbraron parcialmente su semblante. Era un lobo de pelaje fino y oscuro. Sus ojos eran como rubíes. Sonreía con malicia; sus dientes eran como perlas y su rostro tan arrogante como el de un dictador. Se apoyó en una de sus rodillas frente al pentáculo, ante el propiciatorio que descansaba justo en el centro del pictograma. Los guardianes salieron del salón no sin antes hacer una reverencia.

Cuando las puertas se cerraron, el sacerdote maestro extendió los brazos.

—Jason Maddisson —desvelando una voz rasposa y engrosada, se refirió hacia el lobo arrodillado a unos cuantos metros de él.

—Oh, gran señor de la obscuridad —decía Jason sin haber levantado la mirada—, vengo ante ti humilde y humillado…

—Has demostrado ser un miembro admirable de nuestra sociedad, y por ello habrás de ser recompensado. Tus logros fincan lo que eres ahora, la base de lo que serás por el resto de tus días.

—Oh, señor mío, necesito de tu sabiduría para conducirme en verdad y justicia —cerró los ojos. Hablaba como si estuviera implorando clemencia—… nuestra justicia…

—Así es, Jason —decía la criatura— Hemos construido un mundo completamente nuevo. El Nuevo Orden Mundial lo controla todo… y tú, Jason Maddisson, verás el amanecer de un glorioso porvenir. Seremos los gobernantes supremos, nadie nos podrá detener.

—Será como usted deseé, maestro —respondió Jason.

La criatura bajó la mirada hacia el libro sagrado que descansaba encima del podio. Era rojo y tenía un pentáculo negro en la cubierta. Lo abrió con suavidad para buscar las páginas correctas.

—Ponte de pie.

Jason lo hizo sin problemas.

—Acércate al propiciatorio.

Otros sacerdotes aparecieron de entre las sombras. Se posicionaron junto a Jason para iniciar el ritual. Juntaron sus palmas en lo que Jason extendía sus manos hacia el frente.

—Entréguenle la espada —ordenó la criatura.

Uno de los sacerdotes se acercó a Jason para desenvainarla de su cintura. Un rasgueo filoso y estridente atosigó sus oídos. El mango era de oro puro y la hoja de hierro labrado. Vibraba en címbalos y brillaba como una estrella. Cuando la colocaron sobre sus palmas, advirtió su ligereza. Debía de medir, junto con la empuñadura, como setenta centímetros.

Jason la tomó entre sus manos para admirarla.

—El pergamino.

Oyeron la voz del sacerdote maestro y extendieron un pliego de papel sobre el propiciatorio. Había jeroglíficos peculiares detrás del pentáculo oscuro. Jason miraba el pergamino con intriga.

—Todos de pie.

Aquellos enmascarados que apreciaban el ritual se levantaron de sus lugares. El Sacerdote Maestro volvió a extender los brazos para declarar a gran voz:

«Oh, Belcebú. Sé testigo. Recuerda este momento.»

Jason tomó la espada con su mano izquierda.

«Protege a este siervo tuyo que ha decidido sufrir contigo.»

Aferró su palma derecha a la afilada hoja y jaló fuerte.

«Revela tus misterios. Deja que tus súbditos se complazcan en tus delirios.»

Con el puño firmemente cerrado, Jason enseñó los dientes ante el evidente dolor.

«Permite, oh señor de las tinieblas, que tu siervo te glorifique. Derrama tu favor sobre su ahora avivado espíritu.»

Jason suspiró antes de levantar su pata ensangrentada encima del propiciatorio. Sabía muy bien lo que estaba a punto de hacer.

—Jason Maddisson —habló el sacerdote maestro—. ¿Entiendes que ya no hay vuelta atrás una vez hayas hecho el ritual?

Jason ensanchó el pecho, firme como una roca.

—Lo estoy, señor.

—¿Estás consciente de que ya no habrá salvación para tu alma?

Jason arrugó el entrecejo, convencido de sus acciones.

—Por supuesto que sí, maestro.

—¿Estás enterado de que la Madre Naturaleza quitará su mano sobre ti?

La mirada de Jason estaba sumergida en furia y convicción.

—Sí, señor…

—Antes de proseguir, deberás escoger una de las tres bendiciones que Belcebú puede brindarte.

Jason oyó atentamente.

—Estoy preparado.

—Escoge ahora, Jason —la cabra puso las manos detrás de su espalda—: Amor, dinero… o conocimiento. Toma el tiempo que necesites.

Jason inclinó el semblante, analizando cuál era su más grande deseo en la vida. Suspiró y cerró los ojos.

—Ya hice mi decisión.

La cabra le vio con fervor.

—¿Qué has decidido?

—… Conocimiento, quiero saberlo y entenderlo todo…

La cabra le miró con respeto.

—Belcebú te prosperará grandemente por haber preferido la sabiduría ante lo material. Sé consciente, Jason, de que nuestro dios es poderoso, que este mundo está bajo su poderío. Al hacer el pacto de sangre, habrás completado la escolaridad como sacerdote grado treinta y tres y serás parte de la Supremacía.

—No existirá un halago más grande.

La criatura cerró el libro y bajó los pequeños escalones del escenario. Los sacerdotes que rodeaban a Jason le cedieron el paso con temor y respeto. Era gigante, dos metros diez de alto, temible y con una mirada escalofriante. Sus pisadas retumbaban. Se posicionó frente a Jason. Éste último estuvo tentado a observar su rostro, pero no lo hizo.

—Abre la zarpa entonces, y deja que él te consuma.

Jason reparó en el tono rojizo emergiendo de los pliegues de su piel. Su pelaje comenzó a empaparse debido al brote de su sangre.

—Como ordene, maestro…

Al hacerlo, un charco de sangre cayó sobre el inmaculado pergamino. Todavía se derramaron unas cuantas gotas cuando la criatura tomó su mano. Jason se espantó ante la violencia del agarre. La cabra se soltó de él suavemente para saborear con su lengua partida la sangre de Jason.

«Uh… sí…» Exclamó en placer, deleitándose ante el sazón.

Jason tragó profundo por causa de las náuseas.

—Deberás cumplir una tarea más antes de finalizar el ritual —la criatura retiró el contrato del propiciatorio.

—Lo sé —dijo con nerviosismo.

—¡Tráiganla ahora! —gritó el sacerdote.

Una puerta ubicada a un costado del salón se abrió repentinamente. Dos figuras negras llevaban esposada a una joven de buen parecer que lloraba horrorizada.

En ese momento, todos en el salón se retiraron las capuchas y las máscaras. En su mayoría eran presas, una galería surtida de distintas especies. Se alcanzaban a percibir algunos depredadores, pero eran mínimos. Los sacerdotes también se quitaron las caperuzas, revelando ser cabras como el Sacerdote Maestro.

«¡No, por favor no! ¡Se los suplico, déjenme ir!» Vociferaba estando en cueros. Jason advirtió que era una zorrita de pelaje blanco.

—Deberás sacrificarla para complacer los deseos de nuestro señor —decía en lo que la tomaban con fuerza de los brazos y colocaban su cabeza encima del propiciatorio.

«¡NO, NO, POR FAVOR! ¡AY MADRE MÍA, SÁLVAME!» Exclamó en lágrimas y con los ojos enrojecidos.

—Toma la espada y mátala, ahora.

Jason temblaba de miedo. Había hecho otras atrocidades en su camino hasta aquí, pero nunca un sacrificio.

Y menos con una zorrita tan bella. Al verla más de cerca, cayó en la cuenta de que parecía tener unos dieciocho años.

—Completa la tarea y lo tendrás todo, Jason —decía la criatura.

Jason empuñó la espada con ambas patas, asustado. Se acomodó para tener un buen ángulo. Los sacerdotes le tapaban la boca para que dejara de gritar. Espantado, Jason colocó la hoja justo encima del cuello de la ninfa, un poco más abajo de la nuca. Ésta última percibió la vibración del filamento en su pelaje, comenzando a sacudirse con violencia.

«¡NNNNFF! ¡MMMMMFFF!» Balbuceaba sordamente la pequeña.

Jason no pudo evitar sentir lástima por ella.

—¡Hazlo! —ordenó el sacerdote.

Fue entonces que Jason alzó las manos para cortar su cabeza de un tajo.

Jugoso, viscoso; el lobo trataba de describir el peculiar sonido que se produjo al momento de hacerlo. Cuando abrió los ojos, la cabeza de la vulpina rodó hasta caer frente a sus pies. El cuerpo se agitó bruscamente antes de desplomarse encima del propiciatorio. Jason tomó una porción de la sangre derramada para ponerla en el pergamino. Luego de eso, el sacerdote lo levantó para que todos fueran testigos del cumplimiento.

—… ¡Está hecho!

Aplaudieron.

—¡Silencio! —gritó—… Él está aquí… entre nosotros...

Sintieron pavor.

—¿No lo escuchan? Se ríe, se carcajea. Está feliz por ti, Jason.

El lobo de pelaje oscuro mostraba una actitud intrépida. No se inmutó. Tenía la vista en la nada. Rumiaba profundamente lo que acababa de hacer.

—He aquí un claro mensaje de nuestro señor —pregonaba ante la secta—, recuerden que me ha elegido a mí, Mefistófeles, como su más grande aliado, y por ello, al haberme entregado por completo a su voluntad, me ha provisto de poderes sobrenaturales. Por eso soy el único digno de transmitir sus mensajes.

Prestaban atención.

—El plan sigue en pie —decía Mefisto—. Gracias al conocimiento que nos ha brindado, creamos esta sociedad. Desde que infundimos a la gente la idea de hacer a un lado todas las supersticiones religiosas, los prejuicios y las diferencias, ellos mismos han decidido llevar a cabo la construcción de una ciudadela en la cual todos podrán hacer lo que quieran, ser lo que quieran y creer lo que quieran…

Jason atendía las palabras de aquel demonio.

—Le ha placido revelarnos esta información ahora. Desconozco por qué, pero debe ser por una muy buena razón.

El lobo mantenía la cabeza baja.

—… Debe tener fe en ti, tal vez quiere usarte para que el proyecto avance rápidamente.

—Haré lo que sea que él me pida —respondió Jason—; a partir de ahora, todo mi ser le pertenece...


Gracias por leer el primer capítulo de esta historia, espero les haya gustado :D