Estaba increíblemente hastiado. Los días se sucedían con una abrumadora rapidez, y tan estúpida, tan desbalanceada, que hacía pensar en el trayecto sinuoso y siempre pronto al descalabramiento de un cojo en monopatín. Por una pendiente.

Todos los días, el boletín de Okami. ¿Quién diría que aquella muchacha, casi niña, saltaría de un momento a otro a un renombre del que había renegado durante toda su vida previa? La cara dura de Kara-Kurt pronunciando con crueldad la respuesta, todavía producía en mí el efecto de un escupitajo directo a la cara.

Quería pensar que el destino del ZDWorld ya no me interesaba. El Clan ONX, desintegrado por nuestra última gran aventura, me había dejado completamente consciente del peso de nuestras acciones. Fue solo gracias a la intervención apasionada —imprevista, además— de Flambeau que nuestra condena quedó limitada al destierro.

¡El destierro! El ban permanente e inexorable. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. No es poca cosa. Y tampoco es poca cosa que el destierro haya significado… eso: un destierro político. Porque a muchos, con el nombre público y legal de destierro, los habían torturado hasta la muerte, para lanzar los cuerpos a confundirse con las inmundas carroñas que para el caso la Capital destinaba inmensas fosas comunes en remotos descampados, inaccesibles para las multitudes: fosas semejantes a los cráteres de las lunas marcianas que fueron el escenario de las aventuras de Flynn Tagart centurias atrás. ¿Qué diría el viejo héroe de saber que aquella fauna infernal que se afanó en exterminar se encontraría al servicio del entretenimiento de la humanidad en sus más humillantes manifestaciones? Hace poco el diario Daemon Days —el que regenta Okami— publicó una escandalosa nota en la que se había descubierto y desmantelado un inmundo tugurio en la periferia de la Capital: un horroroso prostíbulo demofílico y zoofílico: hombres pagaban por penetrar desde imps a cacodemons ataviados como grotescas meretrices. Veterinarios, biólogos, demonólogos y otros variados investigadores universitarios y procuradores del respeto por la vida, se encargaron de rescatar a los bichos y readaptarlos a su hábitat.

Para desternillarse de la risa.

¿O soy el único que, después de horrorizarse, ríe como un demonio?

Siempre supe que no estaba bien. Que algo dentro de mí no era normal.

Pero, ¿qué horrible destino le depara al mundo? La avasalladora personalidad de Okami se yergue colosal y dominadora sobre el mundo, y como el obelisco desprende una sombra que arropa de tinieblas a todo aquél que aspire a resistir. ¡A resistir! Ya no digamos a oponerse. ¿Qué destino podría esperarle a tamaño necio? La ayuda procurada por Flambeau nos ha salvado de vagar hasta la muerte por los inmundos Campos del Sur donde germinan los demonios, abundantes como maleza, entre flores de maligna radiación, pétalos de azufre y tallos de carbón. La muerta era un sino mucho más deseable que verse abandonado en la inmediación de aquél paraje anárquico y desesperanzador.

¡Okami! El personaje con más poder después de AF-Domains y Kilgore en todo el ZDWorld. Y temo que su carisma le esté granjeando una simpatía popular que muy pronto le valdrá el acceso a la cúpula misma del poder. Esta, hoy día, se tambalea. Los grandes grupos, aterrorizados, va perdiendo la aptitud de gobernar. El poder se desvanece, se escurre de sus manos como un líquido indómito. Sus concupiscencias y avaricias han acabado por retorcerlos, exprimiendo de sus pobres espíritus hasta la última pizca de humanidad. Senadores, alcaldes, comandantes, Domains y compañía, se encuentran en el crepúsculo mismo de su poder. ¿Cómo podía un esplendor tan lúcido durar tan poco? Diez años corrieron y un imperio del tamaño de Babel se va desmoronando sin posibilidades de reconstrucción. Un Verbo relampagueante se opuso victoriosamente: el de Okami. Pero ahora, ella misma, después de diez años, se ha tornado, nutrida por los sedimentos malsanos de la Babel derrumbada, en el esbozo fantasmal de una Tirana.

El Viento sopla, y su aullido, trepidante de árboles y ramas, semeja el postrer canto del Cisne. El Viento sopla, helado y fúnebre, cargado de presagios. Desde mi ventana el viejo árbol dibuja signos en el azul cenizo del cielo: las púas de las ramas formaban un extraño alfabeto cuneiforme, un alfabeto antiquísimo, entre ángulos y púas, segmentos y articulaciones, brotes imprevistos, caracoles, bichos petrificados por el invierno. Todo es signo. Todo es lenguaje. El sol que adiamanta las nubes, las caras tortuosas de los troncos, el fondo de la taza.

Yo me recojo del frío. Tomo entre mis manos el mismo librito rojo que conmovió hasta las entrañas al Morador del Baldío en su peregrinación por el desierto, en su espera sin fin.