Adv.: ooc y cualquier cosa.
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Antes de que comenzara a coleccionar el amor de dragones, zombis y demonios de toda clase
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Makima solía sonreírle (a veces) sin filo, una mera cortesía quizás.
Quanxi siempre vio esto como la ínfima chispa que provoca el incendio, sin embargo. Una causa que se vuelca hacia sus propios efectos con velocidad vertiginosa, inevitable y—
Quiere decir, a ella le ocurre rápido; con solo eso y verla frecuentemente portando una expresión plácida, su ropa de trabajo empapada en sangre y ni un rasguño sobre su persona.
Pero es igual de lúcida y veloz como para reconocer que querer a Makima quizás fuera aceptable, incluso si se trataba de una idea estúpida, pero querer tocarla o perseguir algo con ella, no. Eso es una causa perdida y un desperdicio de tiempo; es que Makima es inaccesible y está rodeada por un halo raro, una luz dorada y malsana que hace las veces de advertencia.
Así que al principio se conforma con suspirar tras ella, el anhelo debería ser suficiente.
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Solo que—
(Makima tiene el hábito de observarla también, largo, tendido y con vehemencia, y ni siquiera se molesta en esconderlo.
Su mirada es extraña: demasiado roja, hipnótica y en el fondo de pozos rebosantes de granate algo pareciera estar hirviendo,
y a nivel superficial, tiene la cualidad tentadora de los ojos de un depredador sofisticado que acecha de manera indiferente.)
Quanxi tiene dificultades evitándola y todo lo que ella provoca: principalmente porque no es cobarde, y luego porque sencillamente le gusta.
Hace su mejor esfuerzo para permanecer impávida a simple vista mientras la joven le ata y desata un nudo en el estómago cada vez que se asoma con las manos sobre sus hombros para controlar su trabajo, o con sus pequeños gestos y "buenos días, te ves bien" por las mañanas entre los pasillos y ella— ella debe mirar hacia el lado opuesto por un momento para recuperar su paz mental.
Y no es como si estuviera asustada, ni siquiera alarmada, solamente intranquila e incómoda con lo bizarro de toda la situación; que de entre todas las mujeres fuera a reparar ella en Makima, y encontrarla interesante y atractiva y— como esa era posiblemente la peor idea, y una sobre la cual Quanxi no tenía poder de decisión alguno.
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Kishibe trae este hecho a colación sobre el café de la tarde con la intención de burlarse de ella, pero termina sonando agrio.
Lo que realmente quiere decir es "es una de mis antiguas estudiantes y un demonio —metafóricamente hablando—, la más sádica, la más insana de todos. Lo sabes ¿cierto?" pero ni las advertencias ni los consejos sirven con Quanxi, no le llegan. La conoce lo suficiente como para saber esto.
—Ella te observa. —comenta entonces, apurando un sorbo de licor y con eso se conforma. Es ominoso y a la vez un hecho.
Ambos saben de quien hablan y la manera en la que Kishibe formula la oración hace parecer omnisciente a Makima y recuerda a "Dios sabe lo que haces —lo que piensas, lo que sientes—" una frase demasiado familiar y cuyos orígenes nadie conoce, perfecta para alguien como ella.
—Le interesas.
—Por favor, no te hagas ideas. La encuentro irritante. —Quanxi refuta casi impertinente, pero lo cierto es que no ha tocado su cigarrillo desde que Kishibe la menciona, la ceniza creciente parece sostenerse por obra de la tensión palpable en el ambiente, y ella sabe que él lo ha notado.
Y, la verdad sea dicha, no tiene sentido esconder cuanto le gusta Makima, incluso si lo intenta.
Porque es evidente, y Makima es letal y volátil, pólvora. Ocurre que su cabello color caramelo huele a vainilla y tabaco dulce; Quanxi no se ha dado cuenta de que lo sabe hasta que se encuentra pensando en arreglarle un raro mechón desordenado detrás de la oreja, o en inclinarse sobre ella para desabotonar su camisa blanca sin apuro, en esconder su rostro en la curva de su cuello blanco, respirar y— como si la fragancia estuviera precisamente bajo su nariz, nota cuan densa es la presencia de Makima en ella.
Es desde ese momento que también comienza a creer que ve ratas corriendo por el rabillo de su ojo cuando está distraída. No sabe si le preocupa o le importa en lo absoluto.
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Antes de que Quanxi abandonara la oficina central definitivamente, Makima encuentra la forma de acorralarla tan sutilmente como es posible.
Empuja una gran botella opaca de junmai daiginjo en sus brazos —otra de sus cortesías, un regalo de despedida esta vez— y le habla en un tono que se balancea entre la plegaria y la burla cruel, varios centímetros más cerca de lo que se considera apropiado:
—No te vayas al sector privado, estás desperdiciando tu potencial.
Así es como nota qué tanto la ha estado observando realmente todo este tiempo. Quanxi no es aficionada a que la manipulen o usen, así que le tienta la idea de preguntarle a qué potencial exactamente ella se refiere: si como un arma, o como un perro o lo que fuera; le tienta de idea de escupirle que en realidad ella está volviendo a su hogar, pero algo así no sería propio de ella, de todas maneras, la actitud de Makima ni siquiera la molesta tanto
y—
también hay una mano fría que reposa ligeramente sobre la suya, no es casual —resulta que durante todo este tiempo nada lo fue—.
Ella pretende no prestarle atención, sólo exhala humo y piensa en que está harta y en que lo que sea que le espere en China al menos no será tan humillante como este intercambio.
—No importa. —casi nada importa, de hecho.
Porque no cree en dios, pero lo más cercano a uno, bajo los parámetros de todos quienes la rodean, está en frente suyo y se parece a una niña soberbia hambrienta de poder y con las manos rojas, y esto la decepciona en sobremanera, pero—
Es Makima, después de todo.
Y Quanxi está cansada de que siempre sea Makima. Así que cuando la empuja contra la pared y la besa con fuerza no siente que ha ganado nada.
(Es imposible sacarle ventaja a dios ¿no es así?)
No, ni siquiera al notar que Makima no la rechaza, sino que la besa de vuelta, la lengua tibia raspando la suya. Ni siquiera cuando ella le muerde impetuosamente el labio con dientes blanco-aspirina, una punzada caliente y empalagosa que la deja sangrando y Quanxi sabe que en su memoria se están grabando tanto la sensación como el sabor acre y metálico.
Una epifanía estúpida la arresta de golpe, entonces: No ha ganado nada porque es Makima quien se está beneficiando. Le hurta algo que Quanxi no sabía tenía en ella en primer lugar.
Y cuando murmura "Qué lástima, Quanxi..." cerca, tan cerca de su boca, el no-contacto se vuelve paralizante y su nombre un veneno excepcional, ella nota como la abandona —y el aire en sus pulmones también—.
—Ah, tu lo dijiste. En fin, no importa. —Makima ríe como campanas de plata y bien bajito. Hace eco en el vacío que las envuelve.
