El cielo se encontraba encapotado, gruesas nubes grises se desperdigaban por el horizonte, amenazando la llegada de una inminente tormenta.

Robin alzó la mano y atrapó un copo de nieve, este se derritió en cuanto tocó su piel mientras un frío viento le transportó el olor a leña, canela y pinos.

El ambiente sombrío contrastaba con la alegría y la fiesta que se celebraba en la cabaña. A través de la ventana podía ver la cálida luz del fuego iluminar la habitación, a sus nakamas alrededor de la mesa compartiendo una deliciosa cena que Franky y Sanji habían cazado aquella misma tarde, pero sobre todo podía verle a él, apartado en una esquina junto a una gran jarra de cerveza. Durante un instante se quedó mirándole hasta que sus ojos se encontraron en el espacio y, avergonzada, los apartó.

Robin no se consideraba una mujer tímida, de hecho, siempre había pensado que era demasiado atrevida y desvergonzada con los hombres, pero había algo en él que la hacía sentir... diferente.

A su espalda escuchó el sonido de la puerta, los gritos de júbilo se apagaron en cuento ésta se cerró. Robin sintió su presencia y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—¿Qué haces aquí sola con este frío, mujer?

La voz de Zoro hizo que su corazón palpitase apresuradamente.

"Estúpidas emociones", pensó.

Robin se dio la vuelta y le miró con una sonrisa.

—Disfrutaba del buen tiempo. Dentro hacía mucho calor.

Zoro soltó un pequeño gruñido, afirmando su comentario mientras se acercaba a ella, apoyándose en la barandilla del porche.

—¿Y tú? Porqué estás aquí? Dentro se está celebrando una buena fiesta y he oído que tienen alcohol del bueno... —dijo guiñándole un ojo.

Él se encogido de hombros y contempló el horizonte. Robin bien sabía que Zoro era un hombre de pocas palabras y en cualquier otra ocasión o con cualquier otra persona, se habría sentido incómoda ante conversaciones a una banda, pero con él no. Ambos eran personas que aborrecían las conversaciones triviales, por lo que el silencio no era un problema para ellos. Al contrario, tras años juntos, Robin había aprendido a leer sus pensamientos sin apenas decirse nada. Aquello le gustaba y la asustaba a la vez. Tras unos minutos de silencio, volvió a hablar.

—Gracias por salvarme.—dijo—. Esta vez realmente creía que sería el final.

Zoro soltó un bufido.

—Haría falta mucho más que eso para poder acabar contigo, mujer.

Robin soltó una carcajada.

—¿Tú crees? Cada día que pasa me siento más... cansada. Como si el viaje que emprendimos nunca tuviera un fin, como si todo por lo que hemos luchado y a todos los que hemos perdido no haya servido de nada, porque todo aquello que deseamos está cada vez más lejos de nuestro alcance. ¿Realmente merece la pena?

Zoro se dió la vuelta y la miró directamente a los ojos.

—Si no luchamos por nuestros sueños, si no tenemos un propósito...¿De qué nos sirve seguir estar vivos?

—A veces la vida consiste en algo más que en sobrevivir. A veces esperamos algo que nunca llega y nos marchitamos persiguiendo una ilusión, un propósito. Nos olvidamos de lo que significa realmente vivir, de lo que es amar...

Zoro apartó la mirada incómodo.

—El amor es la mayor mentira que existe en el mundo.

Robin enarcó una ceja.

—¿No crees en el amor?

Él negó con la cabeza. Ella le miró cada vez más sorprendida.

—Entonces, ¿en qué crees, kenshin-san? ¿Por qué arriesgas tu vida por personas a las que no amas?

—Yo no he dicho que no te ame. Sólo he dicho que no creo en la concepción que el mundo tiene sobre el amor.

El corazón de Robin dio un vuelco.

—No hablaba de mi...—susurró—. Sino de nuestros nakamas.

Zoro encogió las manos en dos grandes puños y Robin se dió cuenta de que estaba avergonzado por su declaración. Tras un breve silencio, volvió a hablar.

—No creo en el amor, porque nunca lo he conocido, al menos... No hasta ahora. No hasta conoceros... No hasta conocerte.

Esta vez a pesar de la vergüenza, la miró a los ojos.

—Nunca en mi vida me habían querido ni me habían demostrado lo que significa una familia. Nunca habría sentido lo que significaba el amor incondicional si no hubiera sido por Luffy. Él me enseñó que lo peor que le puede pasar a un hombre es ... —Zoro tragó saliva, su voz se tornó más grave y profunda—. Es estar solo. Sin nadie a quién amar, sin nadie a quién proteger, sin nadie por quién vivir... He tardado años en darme cuenta que la concepción del amor tal y como el mundo lo ve, no existe. Yo tengo mi propio significado.

—¿Y cuál es? —inquirió, aunque le asustaba saber la respuesta.

Zoro dudó. Se rascó la nuca y apartó de nuevo la mirada. Sus manos eran un revoltijo de nervios y ansiedad. Cuando estuvo a punto de hablar, la puerta se abrió de golpe y apareció Luffy perseguido por una Nami muy enfadada.

—¡TE HE DICHO QUE NO PONGAS LAS MANOS DONDE NO DEBES!

La cara de Luffy estaba llena de moratones y un hilillo de sangre caía por la comisura de su labio.

—¡SUMIMASEN! Brook dijo que era lo que debía de hacer para...

Nami le saltó encima y volvió a golpearle de nuevo.

—¡Te voy a matar!

Zoro soltó un suspiro resignado y Robin sonrió a su pesar. Puede que aquella conversación hubiera terminado, al menos por el momento, pero sabía que descubrir la verdad, descubrir en profundidad sus verdaderas emociones, iba a ser una tarea complicada y, siendo sincera consigo misma, no sabía si en realidad quería saber lo que su nakama ocultaba en el fondo de su corazón, ya que, muy a su pesar, ella tampoco comprendía lo que su propio corazón más anhelaba.